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Asunto:NoticiasdelCeHu 112/08 - La causa perdida de la OTAN (Tariq Alí)
Fecha:Domingo, 29 de Junio, 2008  16:37:13 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <ncehu @..................ar>

 
NCeHu 112/08

La causa perdida de la OTAN
 
Tariq Alí
 
29/06/08
 

 

La “guerra buena” de Occidente en Afganistán se ha vuelto mala. Se precisa una solución local, no de una solución de tipo colonial.

En los últimos choques habidos en la frontera de Pakistán y Afganistán las tropas de la OTAN han matado a 11 soldados paquistaníes y herido a muchos más, motivando una seria crisis en el país y el malestar del alto mando del ejército paquistaní, ya dividido sobre la cuestión.

El fracaso de los EEUU en Afganistán es ahora evidente y la desmoralización de la OTAN demasiado evidente. Extender la guerra al Pakistán podría ser un desastre para ambas partes. La era Bush-Cheney se está acabando, pero es improbable que sus sustitutos, a pesar de la catástrofe de Irak, calmen al gigante estadounidense suficientemente como para hacerle dormir un rato y digerir el atracón.

La grieta temporal que se abrió entre algunos estados de la UE y Washington sobre Irak se solventó después de la ocupación. Pudieron permanecer unidos en Afganistán y hacer la buena guerra. Este punto de vista ha sido sólidamente apoyado por cada uno de los candidatos presidenciales en la carrera de las elecciones de 2008, con el senador Barack Obama jaleando a la Casa Blanca para que violase la soberanía paquistaní cuando fuese necesario. Debe sentirse complacido.

Que la “guerra buena" se ha vuelto ahora mala no es muy discutido por un buen número de analistas serios en EEUU, aunque no estén de acuerdo con la receta de tratar con los problemas. No es el menor de ellos para algunos el futuro de la OTAN, que se ha quedado varada hace tiempo lejos del Atlántico en un montañoso país, la mayoría de cuya gente, después de ofrecer una oportunidad a los ocupantes, se ha dado cuenta que eso era un error y se ha vuelto hostil de forma creciente.

Los “neotalibanes” controlan al menos 20 distritos en las provincias de Kandahar, Helmand y Uruzgan, en donde las tropas de la OTAN reemplazaron a soldados de EEUU. Es un secreto a voces que muchos funcionarios de estas zonas apoyan de tapadillo a los guerrilleros. Como muchas de las agencias de inteligencia activas en el país saben perfectamente, la situación está fuera de control. El modelo concebido para la ocupación fue el de Panamá. El entonces secretario de estado de EEUU, Colin Powell, dijo que: “la estrategia debe ser la de hacerse cargo de todo el país mediante la fuerza militar, policial u otros medios.” Su conocimiento de Afganistán era limitado.

Panamá, con una población de 3,5 millones de personas, no podía haber sido más diferente de Afganistán, que tiene una población aproximada de 30 millones y geográficamente es completamente distinta. Incluso para intentar una ocupación militar del país entero se requeriría un mínimo de una tropa de 200.000.

Un total de 8.000 soldados de EEUU fueron enviados para sellar la victoria. Las 4.000 “fuerzas de la paz” enviadas por otros países nunca dejaron Kabul. Los alemanes se concentraron en la creación de una fuerza policial que podía llevar a una policía estatal, y los italianos, sin ningún atisbo de ironía, estaban ocupados “adiestrando un poder judicial afgano” para tratar con la mafia de las drogas. Los británicos fueron a Helmand en medio de campos de adormidera. Y para los nuevos estados satélite involucrados —checos, eslovenos, polacos, estonios, eslovacos y rumanos— fue un adiestramiento útil para el futuro.

Cinco años después, en septiembre de 2006, un atentado con bomba en la embajada de EEUU estuvo cerca de alcanzar el objetivo. Una evaluación de la CIA del mismo mes pintó una situación sombría, en donde se describía a Karzai y a su régimen de completamente corruptos e incapaces de defender Afganistán de los talibanes. Ronald E. Neumann, el embajador en Kabul de los EEUU, apoyó este punto de vista y dijo a un entrevistador que los EEUU tienen que elegir entre opciones absolutamente opuestas, y el fracaso solamente podría evitarse mediante “múltiples miles de millones” a lo largo de “múltiples años”.

La represión, que golpea aquí y allá de forma indiscriminada, lleva a la gente a no tener más opción que apoyar a los que tratan de resistir, especialmente en una parte del mundo donde la cultura de la venganza es grande. Cuando toda una comunidad se siente amenazada, se refuerza la solidaridad, sea cual sea el carácter o debilidad de aquéllos cuya lucha se apoya.

Muchos afganos que detestan a los talibanes están tan hartos de los errores de la OTAN y el comportamiento de sus tropas, que son hostiles a la ocupación. La misma OTAN ya ha dejado de hacer creer que la ocupación tenga algo que ver con las necesidades del pueblo afgano y lo admite como una ofensiva militar de EEUU de duración indefinida en el Oriente Medio y Asia Central. Como el Economist lo resume, “la derrota podría ser un duro golpe no solamente para los afganos, sino —y más importante, por supuesto— para la alianza atlántica.” Como siempre, la geopolítica prevalece sobre los intereses afganos en los cálculos de los grandes poderes.

El acuerdo básico firmado por Washington con su títere en Kabul en mayo de 2005 da al Pentágono el derecho a mantener una presencia militar masiva en Afganistán a perpetuidad. Que Washington no busca tener bases permanentes en esta peligrosa e inhóspita tierra simplemente por amor de la “democratización y la buena gobernanza” fue claramente expuesto por el secretario general de la OTAN Jaap de Hoop Scheffer en la Brookings Institution en febrero de hogaño: la oportunidad de ubicar complejos militares, y eventualmente misiles nucleares, en un país que tiene frontera con China, Irán y Asia Central era demasiado buena para dejarla pasar.

Más estratégicamente, Afganistán se ha convertido en un teatro central para unificar y extender la garra del poder político occidental sobre el orden mundial. Por una parte, se argumenta, provee una oportunidad para los EEUU de hacer caso omiso a sus fracasos en imponer su voluntad en Irak y en persuadir a sus aliados de que jueguen un amplio papel en este lugar. Por el contrario, como un informe (pdf) sugiere, EEUU y sus aliados “tienen más unidad de criterios en Afganistán. El último resultado del esfuerzo de la OTAN para estabilizar Afganistán, y el liderazgo de EEUU en este esfuerzo puede afectar la cohesión de la alianza y la capacidad de Washington para forjar el futuro de la OTAN.”

Hay al menos dos caminos fuera del impasse de Khyber [se trata de uno de los principales y más antiguos pasos de comunicación entre Afganistán y Pakistán. El autor juega con las palabras “paso” e “impasse”. N.dT.]. El primero y el peor podría ser balcanizar el país. Parece ser el criterio dominante de la hegemonía imperial por ahora, pero en tanto que los kurdos en Irak y los kosovares y otros en la última Yugoslavia fueron serviciales nacionalistas clientelares,  la posibilidad de que los Tajiks o Hazaris jueguen este papel de forma efectiva es más remota en Afganistán.

La segunda alternativa podría requerir una retirada de todas las fuerzas de la OTAN, o venir  precedida o seguida por un pacto regional para garantizar la estabilidad afgana a lo largo de los próximos diez años. Pakistán, Irán, India y Rusia podrían garantizar y dar apoyo a un gobierno nacional funcional, comprometiéndose a preservar la diversidad étnica y religiosa de Afganistán y crear un espacio en el cual todos sus ciudadanos pudieran respirar, pensar y comer cada día. Se necesita un plan social y económico serio para reconstruir el país y proveer las necesidades básicas de su pueblo.

El fracaso de la OTAN no puede ser achacado simplemente al gobierno de Pakistán. Es una vieja estratagema colonial ésta de echar la culpa a los “de fuera” para los problemas internos. Si algo ha hecho la guerra de Afganistán ha sido engendrar una situación crítica en las dos provincias paquistaníes fronterizas, y el uso del ejército del Pakistán por el CENTCOM [mando central estadounidense;T.] ha traído consigo el terrorismo suicida en Lahore, convertidos la agencia de inteligencia federal y una escuela de adiestramiento naval en objetivos de quienes apoyan a los insurgentes afganos.

La mayoría pastún de Afganistán ha tenido siempre estrechos lazos con sus correligionarios pastún en Pakistán. La frontera actual fue una imposición del imperio británico, pero siempre ha resultado porosa. Es prácticamente imposible construir una alambrada tejana o un muro israelí a lo largo de una frontera montañosa de 2.500 kilómetros y en buena parte sin marcas de separación entre ambos países. La solución es política, no militar. Y debería ser buscada en la región, no en Washington o Bruselas.


Tariq Ali es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.

Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Raventós


Fuente: The Guardian, 11/6/08.