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La
“guerra buena” de Occidente en Afganistán se ha vuelto mala. Se precisa
una solución local, no de una solución de tipo colonial.
En
los últimos choques habidos en la frontera de Pakistán y Afganistán las
tropas de la OTAN han matado a 11 soldados paquistaníes y herido a muchos
más, motivando una seria crisis en el país y el malestar del alto mando
del ejército paquistaní, ya dividido sobre la cuestión.
El fracaso
de los EEUU en Afganistán es ahora evidente y la desmoralización de la
OTAN demasiado evidente. Extender la guerra al Pakistán podría ser un
desastre para ambas partes. La era Bush-Cheney se está acabando, pero es
improbable que sus sustitutos, a pesar de la catástrofe de Irak, calmen al
gigante estadounidense suficientemente como para hacerle dormir un rato y
digerir el atracón.
La grieta temporal que se abrió entre algunos estados de la UE
y Washington sobre Irak se solventó después de la ocupación. Pudieron
permanecer unidos en Afganistán y hacer la buena guerra. Este punto de
vista ha sido sólidamente apoyado por cada uno de los candidatos
presidenciales en la carrera de las elecciones de 2008, con el senador
Barack Obama jaleando a la Casa Blanca para que violase la soberanía paquistaní
cuando fuese necesario. Debe sentirse complacido.
Que la “guerra
buena" se ha vuelto ahora mala no es muy discutido por un buen número de
analistas serios en EEUU, aunque no estén de acuerdo con la receta de
tratar con los problemas. No es el menor de ellos para algunos el futuro
de la OTAN, que se ha quedado varada hace tiempo lejos del Atlántico en un montañoso país, la
mayoría de cuya gente, después de ofrecer una oportunidad a los ocupantes,
se ha dado cuenta que eso era un error y se ha vuelto hostil de forma
creciente.
Los “neotalibanes” controlan al menos 20 distritos en
las provincias de Kandahar, Helmand y Uruzgan, en donde las tropas de la
OTAN reemplazaron a soldados de EEUU. Es un secreto a voces que muchos
funcionarios de estas zonas apoyan de tapadillo a los guerrilleros. Como
muchas de las agencias de inteligencia activas en el país saben
perfectamente, la situación está fuera de control. El modelo concebido
para la ocupación fue el de Panamá. El entonces secretario de estado de
EEUU, Colin Powell, dijo que: “la estrategia debe ser la de hacerse cargo
de todo el país mediante la fuerza militar, policial u otros medios.” Su
conocimiento de Afganistán era limitado.
Panamá, con una población
de 3,5 millones de personas, no podía haber sido más diferente de
Afganistán, que tiene una población aproximada de 30 millones y
geográficamente es completamente distinta. Incluso para intentar una
ocupación militar del país entero se requeriría un mínimo de una tropa de
200.000.
Un total de 8.000 soldados de EEUU fueron enviados para
sellar la victoria. Las 4.000 “fuerzas de la paz” enviadas por otros
países nunca dejaron Kabul. Los alemanes se concentraron en la creación de
una fuerza policial que podía llevar a una policía estatal, y los
italianos, sin ningún atisbo de ironía, estaban ocupados “adiestrando un
poder judicial afgano” para tratar con la mafia de las drogas. Los
británicos fueron a Helmand en medio de campos de adormidera. Y para los
nuevos estados satélite involucrados —checos, eslovenos, polacos,
estonios, eslovacos y rumanos— fue un adiestramiento útil para el
futuro.
Cinco años después, en septiembre de 2006, un atentado con
bomba en la embajada de EEUU estuvo cerca de alcanzar el objetivo. Una
evaluación de la CIA del mismo mes pintó una situación sombría, en donde
se describía a Karzai y a su régimen de completamente corruptos e
incapaces de defender Afganistán de los talibanes. Ronald E. Neumann, el
embajador en Kabul de los EEUU, apoyó este punto de vista y dijo a un
entrevistador que los EEUU tienen que elegir entre opciones absolutamente opuestas, y el fracaso
solamente podría evitarse mediante “múltiples miles de millones” a lo
largo de “múltiples años”.
La represión, que golpea aquí y allá de
forma indiscriminada, lleva a la gente a no tener más opción que apoyar a
los que tratan de resistir, especialmente en una parte del mundo donde la
cultura de la venganza es grande. Cuando toda una comunidad se siente
amenazada, se refuerza la solidaridad, sea cual sea el carácter o
debilidad de aquéllos cuya lucha se apoya.
Muchos afganos que
detestan a los talibanes están tan hartos de los errores de la OTAN y el
comportamiento de sus tropas, que son hostiles a la ocupación. La misma
OTAN ya ha dejado de hacer creer que la ocupación tenga algo que ver con
las necesidades del pueblo afgano y lo admite como una ofensiva militar de
EEUU de duración indefinida en el Oriente Medio y Asia Central. Como el Economist lo resume, “la derrota
podría ser un duro golpe no solamente para los afganos, sino —y más
importante, por supuesto— para la alianza atlántica.” Como siempre, la
geopolítica prevalece sobre los intereses afganos en los cálculos de los
grandes poderes.
El acuerdo básico firmado por Washington con su
títere en Kabul en mayo de 2005 da al Pentágono el derecho a mantener una
presencia militar masiva en Afganistán a perpetuidad. Que Washington no
busca tener bases permanentes en esta peligrosa e inhóspita tierra
simplemente por amor de la “democratización y la buena gobernanza” fue
claramente expuesto por el secretario general de la OTAN Jaap de Hoop Scheffer en la Brookings
Institution en febrero de hogaño: la oportunidad de ubicar complejos
militares, y eventualmente misiles nucleares, en un país que tiene
frontera con China, Irán y Asia Central era demasiado buena para dejarla
pasar.
Más estratégicamente, Afganistán se ha convertido en un
teatro central para unificar y extender la garra del poder político
occidental sobre el orden mundial. Por una parte, se argumenta, provee una
oportunidad para los EEUU de hacer caso omiso a sus fracasos en imponer su
voluntad en Irak y en persuadir a sus aliados de que jueguen un amplio
papel en este lugar. Por el contrario, como un informe (pdf) sugiere, EEUU y sus
aliados “tienen más unidad de criterios en Afganistán. El último resultado
del esfuerzo de la OTAN para estabilizar Afganistán, y el liderazgo de
EEUU en este esfuerzo puede afectar la cohesión de la alianza y la
capacidad de Washington para forjar el futuro de la OTAN.”
Hay al
menos dos caminos fuera del impasse de Khyber [se trata de uno de los
principales y más antiguos pasos de comunicación entre Afganistán y
Pakistán. El autor juega con las palabras “paso” e “impasse”. N.dT.]. El
primero y el peor podría ser balcanizar el país. Parece ser el criterio
dominante de la hegemonía imperial por ahora, pero en tanto que los kurdos
en Irak y los kosovares y otros en la última Yugoslavia fueron serviciales
nacionalistas clientelares,
la posibilidad de que los Tajiks o Hazaris jueguen este papel de
forma efectiva es más remota en Afganistán.
La segunda alternativa
podría requerir una retirada de todas las fuerzas de la OTAN, o venir
precedida o seguida por un
pacto regional para garantizar la estabilidad afgana a lo largo de los
próximos diez años. Pakistán, Irán, India y Rusia podrían garantizar y dar
apoyo a un gobierno nacional funcional, comprometiéndose a preservar la
diversidad étnica y religiosa de Afganistán y crear un espacio en el cual
todos sus ciudadanos pudieran respirar, pensar y comer cada día. Se
necesita un plan social y económico serio para reconstruir el país y
proveer las necesidades básicas de su pueblo.
El fracaso de la OTAN
no puede ser achacado simplemente al gobierno de Pakistán. Es una vieja
estratagema colonial ésta de echar la culpa a los “de fuera” para los
problemas internos. Si algo ha hecho la guerra de Afganistán ha sido
engendrar una situación crítica en las dos provincias paquistaníes
fronterizas, y el uso del ejército del Pakistán por el CENTCOM [mando
central estadounidense;T.] ha traído consigo el terrorismo suicida en
Lahore, convertidos la agencia de inteligencia federal y una escuela de
adiestramiento naval en objetivos de quienes apoyan a los insurgentes afganos.
La mayoría pastún de Afganistán ha
tenido siempre estrechos lazos con sus correligionarios pastún en
Pakistán. La frontera actual fue una imposición del imperio británico,
pero siempre ha resultado porosa. Es prácticamente imposible construir una
alambrada tejana o un muro israelí a lo largo de una frontera montañosa de
2.500
kilómetros y en buena parte sin marcas de separación
entre ambos países. La solución es política, no militar. Y debería ser
buscada en la región, no en Washington o Bruselas.
Tariq
Ali es
miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
Traducción
para
www.sinpermiso.info:
Daniel Raventós
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