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Asunto:NoticiasdelCeHu 36/03 - Si la sociedad no puede organizarse, gana el mercado
Fecha:Sabado, 25 de Enero, 2003  21:35:14 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Día luminoso

NCeHu 36/03

A FONDO: ROBERT BOYER, ECONOMISTA

"Si la sociedad no puede organizarse, gana el mercado"



Estados estratégicos o débiles. Según sean centrales o periféricos, los países cuentan o no con instituciones que los protejan ante la tormenta de la globalización. La apertura a los mercados externos puede ser entonces una ventaja o un perjuicio. Así analiza la crisis actual del capitalismo el economista Robert Boyer, mentor de la escuela francesa de la regulación.



Mabel Thwaites Rey. DE LA REDACCION DE CLARIN.






  
Boyer es director de investigaciones del Centro Nacional de Investigación Científica y de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Francia. Vino invitado por la embajada de su país para presentar su libro \"Los modelos productivos\". Dictó conferencias en el CEIL-PIETT/Conicet, el IADE y las universidades de Buenos Aires y La Plata.

La escuela francesa de la regulación -que usted representa- se ha destacado por sus análisis de las crisis en el capitalismo. ¿Cómo caracteriza usted la etapa actual?

-La crisis se manifiesta en dos niveles. Uno es el financiero, de especial incidencia en los años 90. Las crisis asiática del 97, la rusa del 98 y la brasileña del 99 son ejemplos claros. La Argentina actual es otro ejemplo desgraciado. Una característica central de esta etapa es la difusión de la crisis financiera en países que no la conocían, como Japón o los del sudeste asiático. El segundo nivel de la crisis se refiere a la economía de EE.UU.
Porque en los años 90 se creyó que con la nueva eco nomía se había encontrado un nuevo régimen de crecimiento, liderado por las tecnologías de la información y apoyado por los mercados financieros, que traería crecimiento y prosperidad estables.


¿Este auge de la economía de la información tenía bases sólidas?

-Tenía una parte que era muy sólida, en la medida que la gran novedad de los años 90 es el casamiento entre la informática y la información -Internet-, que facilita la gestión de las empresas y la transmisión de las informaciones. Pero esta era una innovación genérica, porque se aplicaba en todos los sectores, pero no radical, porque sólo ha profundizado lo que era el teléfono o el fax.


¿Cuáles son los impactos de la crisis norteamericana?

-El impacto se da principalmente a través del deterioro de los balances financieros. Porque las empresas de la nueva economía invirtieron demasiado, lanzaron acciones en el Nasdaq y se endeudaron. La consecuencia es la pérdida de riqueza de los ahorristas, la disminución de las tasas bursátiles y la quiebra de grandes firmas como Enron.


¿Es a partir del afán de acumulación que se explica la ilusión por la informática?

-Esta ilusión se fundó en el hecho de que desde hacía quince años se buscaba un sucesor al régimen fordista, basado en la producción en grandes fábricas de bienes de carácter uniforme para el consumo masivo. Primero se creyó que sería el modelo toyotista japonés, que modernizaba la producción al permitir la salida de productos en series menores y más diferenciadas según las distintas clientelas. A partir de 1995, aparece el boom de la informática en el Silicon Valley y muchos gobernantes y empresarios pensaron que el porvenir estaba allí. Hubo flujo de capitales financieros del mundo entero hacia el mercado norteamericano, pero cuando se advirtió que las nuevas firmas no eran tan rentables, brutalmente el mercado se dio vuelta.


El modelo fordista permitía a los asalariados consumir productos fabricados de manera masiva. Su cambio no sólo se produjo en el modo de producir, sino en la capacidad de consumo. ¿Cómo lo explica?

-Obviamente, la relación salarial fordista, que está en el corazón del modelo de crecimiento hasta los años 70, disminuye a partir del auge de las políticas monetarias conservadoras, de tal manera que el ingreso de los asalariados se vuelve muy sensible a la coyuntura: las industrias licencian y despiden y esta gente se emplea en los servicios o en nuevos sectores, con salarios más bajos, más precariedad y sin sindicalización. Surgen formas muy desiguales de la relación laboral, bien distintas de la uniformidad salarial del fordismo.


Esta transformación fue acompañada por el auge del neoliberalismo. ¿Cómo se legitima hoy el deterioro en las condiciones de vida de las mayorías asalariadas?

-La quiebra de Enron, por ejemplo, mostró algo escandaloso. Los trabajadores lo perdieron todo: empleo, fondos de pensión, participación accionaria en la empresa cuando lo tenían. Pero en EE.UU se da algo peculiar. En los países europeos o en América latina, los asalariados pauperizados o despedidos acusan al sistema; en EE.UU, los perdedores se acusan a ellos mismos por serlo. Con los ojos de los norteamericanos, la crisis es una invitación a volver a empezar, a enriquecerse nuevamente.


Es interesante la distinción entre lo que piensan los norteamericanos de su propia economía y cómo ve el resto del mundo lo que provocan las políticas neoliberales. Al respecto, ¿cómo se podría interpretar la crisis argentina?

-Si tomáramos al pie de la letra la retórica del Consenso de Washington, el derrumbe de Argentina marcaría el fracaso de ese modelo, porque se aplicaron todas las recetas: privatización de las empresas estatales, disminución del gasto público, privatización de las jubilaciones, apertura del capital internacional, abolición de las barreras aduaneras. La sorpresa es que el modelo no funcionó. Pero otra vez hay una doble interpretación, según estemos en Washington o en Argentina. Desde allá es muy simple: la culpa es de la convertibilidad, que fue inventada por los argentinos pero nunca propuesta por el FMI. Algunos reaccionarios añadirían que la Argentina es un país ingobernable. Desde aquí la opinión es otra, porque la realidad divergió totalmente de la retórica a partir de la cual se vendió el modelo.
Inclusive en los períodos de alto crecimiento, la desigualdad aumentó. De esa forma, la cuestión es la adopción misma del modelo.


¿El fracaso argentino no implica que la riqueza que perdió el país fue a parar a otro lado, es decir, que fue un éxito para algunos actores económicos?

-Tal vez sea un éxito privado para algunos agentes muy poderosos, pero es un gran fracaso público de las elites dirigentes. En la medida en que no se puede aceptar que los niños que se mueren de hambre son el precio que se paga para que algunos se conviertan en millonarios, es un gran fracaso. Yo diría que si los argentinos ricos mandan sus dólares a EE.UU. y contribuyen a la riqueza norteamericana y a la suya propia, sólo agravan la crisis económica argentina.


En este proceso, no sólo los capitales norteamericanos ganaron, sino también los europeos. ¿Cómo lo ve usted?

-Creo que en el caso de Argentina, los Estados Unidos y Europa tienen dos roles distintos. Los norteamericanos se especializaron en todo lo que tiene que ver con las finanzas, mientras que los europeos trajeron tecnologías en lo que tiene que ver con servicios públicos. Por lo tanto, los europeos siguen siendo industrialistas, mientras que los norteamericanos tienen una lógica en extremo financiera. Por eso puede haber conflicto de intereses.


¿En qué terreno se manifiesta esta disparidad de intereses?

-Le voy a dar un ejemplo: el problema de la llamada gobernabilidad mundial.
Para los norteamericanos, todo va bien, a excepción del terrorismo. Para los europeos, nada está bien: inestabilidad financiera, pérdida de influencia de aquellas instituciones que defienden la salud y el trabajo, acentuación del subdesarrollo de las naciones más pobres y de las desigualdades y, sobre todo, el carácter no multilateral de la gestión de los grandes problemas internacionales. Hay muchas oposiciones entre europeos y norteamericanos.
Pero durante los períodos de crisis, la reacción más rápida viene de EE.UU, que impone las soluciones.


¿Esta división también se expresa respecto del caso argentino?

-Creo que la cuestión es bastante compleja. Es cierto que es Domingo Cavallo quien propone la convertibilidad y no el FMI, pero éste impone medidas de liberalización y de flexibilización del mercado de trabajo. Y a partir de 1997 el FMI declara a la Argentina como un muy buen alumno y la felicita públicamente. El hecho de que el FMI pare su financiamiento puede ser interpretado de varias maneras. Una es la preeminencia del núcleo que plantea que no hay que ayudar a los que quiebran, porque se crea un problema de \"riesgo moral\". La segunda es que, desde la crisis asiática, el FMI no tiene más paradigmas tan rigurosos como a principios de los años 90. La tercera es que, vista desde Washington, Argentina es un país raro. Es probable que algunos funcionarios del FMI quieran hacer de la Argentina un
caso aislable y que sirva de ejemplo. La crisis argentina es tan incierta y compleja que ni los economistas argentinos ni los del FMI aciertan con un diagnóstico. Por eso resurge la vieja ideología de cortar el presupuesto, flexibilizar el mercado de trabajo, etc. Pero no habría ninguna racionalidad económica en el plan que el FMI quiere imponer.


Los neoliberales sostienen que la intervención política interfiere en el sano desarrollo de la economía. ¿Cómo ve usted la relación entre política y economía?

-Es un viejo mito. Para los liberales, el Estado sólo puede hacer daño a la economía. La paradoja es clara: ¿cómo es que en EE.UU. el Estado interviene tanto? Bush es un republicano y, sin embargo, impulsa muchas medidas económicas desde el Estado, para compensar las crisis provocadas por el mercado. El otro punto importante es que los políticos tuvieron demasiada confianza en las finanzas. Cuando los países fueron hacia la liberalización financiera, más grave resultó la crisis. En aquellos países que resistieron -como Taiwan, India, China, Chile, Malasia-, los políticos no dejaron entrar a los capitales de corto plazo y la crisis fue mucho más moderada. Por ende, los políticos podrían ser una barrera frente a las crisis suscitadas por la entrada de capitales.


Sin embargo, en la mayoría de los países periféricos no lo fueron y asumieron el discurso antiestatista. Esta apertura de los países periféricos, ¿no fue funcional a la acumulación de los centros, donde se reforzaba la acción del Estado?

-Voy a responderle a través de un análisis crítico de la globalización. La globalización es el discurso que inventaron las multinacionales norteamericanas para hacerse abrir todos los mercados de los países emergentes. Y utilizaron con vigor los Estados y las organizaciones multilaterales para conseguir esa apertura. De tal manera que para ellos, efectivamente, los Estados débiles eran la premisa favorable para negociar condiciones de acceso más fáciles. Es cierto que hay un doble discurso. Por un lado, pretendemos que el mundo entero tiene igual receta, pero las medidas de ajuste son para los países de las periferias. Sólo un ejemplo, que está en el libro de Joseph Stiglitz: cuando en Estados Unidos la burbuja estalla, bajan las tasas de interés, para evitar que todos los bancos quiebren. Cuando lo mismo ocurre en Corea, el FMI recomienda subir las tasas de interés, lo que aumenta las quiebras de los bancos. El objetivo era simplemente abrir los bancos coreanos al capital multinacional. De tal manera que es cierto que hay un Estado estratégico en el centro y Estados débiles en la periferia. La globalización es una falsa convergencia.


¿Cuál es la alternativa para los Estados nacionales periféricos, en este momento preciso de la globalización?

-Abrirse al exterior puede significar cosas muy distintas: aceptar trabajadores, inversiones productivas, ideas, finanzas, recetas de organización de una sociedad. Mi recomendación sería muy simple: que a través de la deliberación política se analice qué gana la sociedad abriéndose o cerrándose en cada caso. Para mí, el diagnóstico es claro: no hay que abrirse a los capitales de corto plazo si uno es un país emergente, sino que hay que abrirse al capital productivo y directo a condición de que se lo controle. Si nos abrimos a los capitales especulativos, podemos imaginar que somos muy ricos en el corto plazo, pero ese capital se va a ir y seremos todavía más pobres que cuando entró. Hay que contar con las propias fuerzas e intentar recomponer las bases productivas. Para mí, el gran tema sería disciplinar las finanzas. Y segundo, organizar el comercio internacional, estabilizando las tasas de cambio. Para eso, la solución sería constituir zonas de integración económica regionales, de las cuales uno de los modelos, aunque imperfecto, es Europa.


¿La clave reside en encuadrar la actividad del mercado?

-Sí. El mercado gana cuando la sociedad no es capaz de generar compromisos institucionales para organizarse. Si la sociedad está muy dividida, muy conflictuada, muy corporativizada, las elites utilizan el mercado para atomizarla y segmentarla. Si eso ocurre, es el gran momento para la renovación política y para volver a encontrar lo que desea la ciudadanía. El mercado puede estar perfectamente limitado a cosas menores, como establecer el precio relativo entre ese lápiz y esa grabadora, y no organizar toda la vida social.


Entonces, ¿para los trabajadores la única alternativa es la política?

-Claro. La política es la única barrera contra el neoliberalismo.


Fuente: Diario Clarín, Buenos Aires, del 12 de enero de 2003.