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Asunto:NoticiasdelCeHu 282/07 - 'GUERRA Y PAZ EN EL SIGLO XXI' (Entrevista a Eric Hobsbawm)
Fecha:Martes, 20 de Marzo, 2007  20:41:11 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticiasdelcehu @..................ar>

NCeHu 282/07
 
 

Eric J. Hobsbawm
'GUERRA Y PAZ EN EL SIGLO XXI'  
 

16/03/2007. Publicamos extractos del nuevo libro - Guerra y Paz en el Siglo XXI - del historiador marxista inglés Eric J. Hobsbawm y una reciente entrevista donde reafirma - próximo a llegar a los 90 años - sus convicciones comunistas, analiza al imperio norteamericano y discute el fracaso de las ideas neoconservadoras.


“Los historiadores somos la primera línea defensiva contra el avance de los mitos nacionalistas peligrosos”
Nuria Azancot
entrevista a Eric J. Hobsbawm, www.elcultural.es/HTML/20070315/Letras/Letras19995.asp  

 



A sus casi noventa años, el historiador británico Eric J. Hobsbawm (Alejandría, 1917) sigue en activo y con ganas de pelea, enredado en mil proyectos a pesar de confesar, con algo de coquetería, que “a mi edad debo limitar mis ambiciones”. Lo dicho, pura coquetería, porque a renglón seguido reconoce a El Cultural que está apasionado por las últimas investigaciones sobre el ADN, y contesta vía email a velocidad de vértigo... Hijo de padre inglés y madre vienesa, en su autobiografía (Años interesantes, Crítica, 2003) explicaba que se ha sentido “como en casa” en varios países, a pesar de ser “alguien que no pertenece totalmente al lugar en el que se encuentra, bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío en todos los sitios en los que he estado –especialmente en Israel”. Irreductible en sus convicciones,“el historiador más conocido del mundo” habla hoy con El Cultural sobre el imposible fin de la Historia, sobre el nacionalismo y sus mitos y sobre terrorismo, temas que aborda en Guerra y paz en el siglo XXI (Crítica), que lanza la próxima semana en España y del que también ofrecemos uno de sus mejores ensayos.

Antiespecialista en un mundo de especialistas, el trabajo de Hobsbawm se ha dirigido a menudo “a los no intelectuales”, lo que “ha complicado mi vida como ser humano pero ha representado una ventaja profesional para el historiador”. Otra es que, como reconoce a menudo, estuvo en algunos de los lugares precisos cuando debía: “Si uno ha vivido lo suficiente en la Europa del siglo XX, es casi imposible no haber estado en lugares históricos en momentos históricos. He tenido suerte”. A raudales. Pasó su infancia en la Viena de la posguerra de la I Guerra Mundial, su adolescencia en el Berlín prehit-leriano y su juventud en Londres y Cambridge. Se hizo comunista en 1932, aunque no ingresó en el partido hasta que llegó a Cambridge en otoño de 1936; la II Guerra Mundial coincidió con su servicio militar, pero, a pesar de presentarse como voluntario, sólo pudo colaborar en el Ala Militar del Hospital de Gloucester, “donde hacía de una especie de asistente social”.

Del Che Guevara al jazz

Políglota y cosmopolita, su vida académica le ha llevado a Estados Unidos, Hispanoamérica (vivió en Colombia y Perú, y fue intérprete del Che Guevara), la India y Extremo Oriente. Miembro de la British Academy y de la American Academy of Arts and Sciences, hasta su jubilación enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde entonces dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Pero su retrato sería incompleto sin mencionar, por ejemplo, su pasión por el jazz (durante diez años escribió críticas bajo el seudónimo de Francis Newton, como homenaje al trompetista del mismo nombre, que fue uno de los pocos músicos de jazz comunistas), su fascinación por las investigaciones científicas punteras o los rescoldos jamás extinguidos de su fe comunista.

–Hace algún tiempo, el escritor Ian Buruma publicó un ensayo acerca de usted, de por qué Eric Hobsbwam había permanecido leal al comunismo tanto tiempo y a pesar de todo. Y al final no quedaba muy clara la razón. ¿El propio Hobsbwam conoce la respuesta?
–No soy la única persona del mundo que se mantuvo leal a la causa de la emancipación de la humanidad casi toda su vida. Para los que quieran una respuesta biográfica más completa, he intentado ofrecerla en mi autobiografía Años Interesantes.

Allí, por ejemplo, admite que “hoy en día el comunismo está muerto”, aunque acaba preguntándose si acaso “la humanidad puede vivir sin los ideales de libertad y justicia o sin aquéllos que le dedican su vida ¿O acaso incluso sin el recuerdo de los que así lo hicieron en el siglo XX?”).

Un nuevo terrorismo

–Pero, ¿al menos ha llegado a aceptar los límites de la condición humana, eso que su amigo Isaiah Berlin llamaba “las vigas torcidas de la humanidad”?
–Siempre he aceptado los límites de la condición humana, pero también he reconocido sus enormes esperanzas para un mundo en el que los humanos pueden ser humanos.

–¿Cómo cambiaron los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres sus ideas sobre el terrorismo?
–Los marxistas siempre hemos sido escépticos con el terrorismo (es decir, con el intento de lograr un cambio social o político principalmente mediante la acción violenta de pequeños grupos). Por sí solo el terrorismo no puede alcanzar sus metas, ni siquiera la independencia de pequeñas naciones. Ni el 11-S ni el 7-J han cambiado mi opinión al respecto. La actual fase de terrorismo es nueva en la medida en que puede organizarse globalmente de una forma en que jamás se organizó ningún terrorismo anterior, en la medida en que utiliza una macabra técnica nueva, el atentado suicida, y en la medida en que algunas de sus versiones practican sistemáticamente la masacre indiscriminada. Pero aunque esto justifica ciertamente todos los esfuerzos por eliminarlo, eso no lo convierte en una gran fuerza militar o en un peligro grave para cualquier sociedad y nación estables.

Errores de Fukuyama

–En las primeras páginas de Guerra y paz en en el siglo XXI, el libro que lanza en España la próxima semana, se muestra muy crítico con Fukuyama... ¿Por qué considera que el historiador americano fue, cuanto menos, un incauto cuando planteó y desarrolló su teoría sobre el Fin de la Historia?
–Fukuyama suponía que la culminación del desarrollo histórico sería la conversión permanente del globo a la combinación occidental de capitalismo y gobierno liberal representativo. Pensó que se había logrado, después de que se superara el desafío del socialismo en el siglo XX. No creía que la historia llegaría a detenerse, sino que a partir de entonces el mundo avanzaría tranquilamente dentro de un marco occidental incuestionable. Pero se equivocaba en ambos puntos. No hay razón alguna para creer que el capitalismo liberal del tipo noratlántico que triunfó a finales del siglo pasado sea la base duradera de las operaciones futuras del mundo. No es fundamentalmente estable ni inmune a cambios o desafíos posteriores. Y es evidente que, desde el final de la Unión Soviética, no hemos entrado en un “nuevo orden mundial”, sino en una época de agitación tectónica mundial.

–Tampoco está de acuerdo con Fukuyama cuando defiende lo que llama “valores liberales positivos” y afirma que las modernas sociedades liberales han debilitado sus identidades, basadas en conceptos como patria o religión, y que deben enfrentarse al desafío que plantean emigrantes de otras razas y religiones, que, según él, están mucho más seguros sobre quiénes son...
–Las sociedades liberales, al estar basadas en el individualismo, están concebidas para que tengan unas identidades colectivas débiles. Por tanto, es inútil quejarse de que los “valores liberales positivos”, como escribe Fukuyama, no son suficientes para una humanidad que no vive buscando sólo el interés propio. ¿Cuáles son las alternativas? Es cierto que la velocidad y la escala del cambio histórico, es decir, el impacto de un turbocapitalismo global desde los años 60, han minado los patrones tradicionales de relación entre los seres humanos y, por tanto, su idea de identidad individual y colectiva. Los inmigrantes procedentes de países en los que este proceso está menos avanzado quizá preserven todavía las viejas formas de identidad, sobre todo en la primera generación, pero el hecho mismo de la migración las debilita. De hecho, nadie tiene un problema de “saber quién soy” más acusado que los inmigrantes de segunda generación, como los jóvenes terroristas del sur de Asia que viven en Gran Bretaña y que no se sienten como sus padres ni como los británicos y que, por tanto, hallan una identidad en un tipo nuevo y muy poco tradicional de fundamentalismo musulmán. Pero los occidentales desorientados también intentan buscar identidades colectivas en una era de incertidumbre, y una minoría también las encuentra en los estilos de vida religiosos, culturales y sexuales, mientras que un número mayor se refugia de la impersonalidad global en el nacionalismo étnico. Creo que son síntomas de enfermedad más que un diagnóstico, y mucho menos un tratamiento, como pretende Fukuyama.

Historia, nacionalismo y mitos

–Una de sus principales contribuciones académicas son sus investigaciones sobre la invención de tradiciones nacionales. En la era del nacionalismo y de una nueva preocupación por la identidad nacional, han surgido nuevos mitos históricos nacidos simple y llanamente por razones políticas, sectarias y étnicas. ¿Es eso lo que hace que el papel del historiador sea tan decisivo a la hora de desenmascarar falsos mitos?
–Tiene razón. Vivimos en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos. Creo en lo que escribió Ernest Renan en 1882: “El olvidar la historia y, de hecho, el error histórico, son factores esenciales en la formación de una nación, y ése es el motivo por el que el progreso de la investigación histórica a menudo constituye un peligro para la nacionalidad”. Los historiadores hoy en día somos la primera línea de defensa contra el avance de mitos peligrosos.

–Otro de los temas de su libro es el imperialismo. ¿Considera que el americano actual es más débil que el español del siglo XVI o británico del siglo XIX? ¿Por qué?
–El Imperio Español del siglo XVI es muy distinto del británico y el estadounidense. El Imperio Británico, que gobernó a más gente que cualquier otro en la historia, reconocía sus puntos débiles incluso en la cúspide de su poder: vea, por ejemplo, el poema “Recessional”, escrito por el gran imperialista Rudyard Kipling. Sabía que sus principales activos –el ser la primera potencia industrial y el centro del comercio internacional, o una armada que controlaba los océanos– no durarían. También sabía, desde la pérdida de las colonias americanas, que podría sobrevivir la pérdida del imperio y que seguiría floreciendo. El imperio estadounidense carece de este sentido de sus limitaciones. En lo relativo a la política de fuerza, obviamente no es débil, aunque sea incapaz de dominar el mundo por sí solo. Su economía atraviesa un relativo declive, pero lógicamente seguirá siendo formidable durante mucho tiempo. Sin embargo, a diferencia del Imperio Británico, que prosperó en una época de paz y escasos gastos en armamento, el imperio de Estados Unidos depende de la realidad y el potencial de un poderío militar abrumador para su supremacía. Estados Unidos, a diferencia de la Gran Bretaña del XIX, nunca ha sido un elemento esencial del sistema de comercio internacional, sólo su economía más importante. Por tanto, a diferencia de Gran Bretaña, quizá intente contrarrestar su declive mediante el poder militar. Éste es uno de los grandes peligros de la situación mundial del nuevo siglo.

–Si eso es así, ¿qué opinión le merece la dependencia europea respecto a la política internacional norteamericana?
–Todos los Estados europeos y la Unión Europea deben aceptar a la superpotencia, pero no hay razón para depender de ella. Nuestro modelo debería ser la política comercial de la UE, y no la de la OTAN.

El mapa de la especie humana

–Es evidente que usted sigue en activo, atento a la actualidad. ¿Qué descubrimientos, que inestigaciones académicas ha encontrado fascinantes últimamente?
–Me fascinan los recientes avances de la tecnología del ADN, que hacen posible una cronología y un mapa de la propagación de la especie humana por todo el globo. (Como historiador) Las dos obras originales, innovadoras y ambiciosas que más me han impresionado son The Birth of the Modern World, de Christopher Bayly, una historia auténticamente global, y Framing the Early Middle Ages, de Chris Wickham, que debe alterar nuestras perspectivas sobre lo ocurrido tras la caída del Imperio Romano.




 

Extractos de los capítulos 2 y 8 de Guerra y paz en el siglo XXI, que la editorial Crítica lanza la próxima semana en España.


Guerra y paz en el siglo XXI

Capítulo 2
Guerra, paz y hegemonía a comienzos del siglo XXI

De entrada, la paz mundial parece hoy más factible que en el siglo xx, un siglo marcado por una cifra récord de guerras mundiales y por las muchas formas de morir a gran escala. Aún así, un estudio reciente llevado a cabo en Gran Bretaña y que comparaba las respuestas que los británicos dieron en 2004 a unas preguntas ya formuladas en 1954 apunta que el miedo a una guerra mundial es hoy mayor que en el pasado. Este miedo responde, principalmente, a un hecho cada vez más evidente: vivimos en una época de conflictos armados mundiales endémicos, guerras que suelen transcurrir dentro de las fronteras de los estados aunque se ven magnificadas por la intervención extranjera. Si bien el impacto de estos conflictos en la historia del siglo XX fue pequeño en términos militares, no podemos decir lo mismo si nos fijamos en la población, la principal víctima de estos enfrentamientos, que ha pagado, y paga todavía hoy, un elevado precio. Desde la caída del muro de Berlín, nos hallamos de nuevo sumidos en una era de genocidios y de traslados de población masivos y forzosos, tanto en algunas regiones de África como en el sureste europeo o en Asia. Se estima que, a finales de 2003, la cifra de refugiados dentro y fuera de su propio país alcanzó los 38 millones de personas, unos números comparables a la extraordinaria cantidad de "personas desplazadas" después de la segunda guerra mundial. Un dato bastará para ilustrar estas afirmaciones: en 2000, el número de muertos en combate en Birmania se situaba entre las doscientas y las quinientas personas; la cifra de "desplazados internos", fundamentalmente por obra del ejército de Myanmar, rondaba el millón. Y la guerra de Iraq no hace sino confirmar este aspecto. Lo que, según los estándares del siglo XX, podríamos calificar como guerras pequeñas provocan unas catástrofes sin parangón.

La guerra típica del siglo XX, la guerra entre estados, ha perdido peso rápidamente. En la actualidad no hay conflictos entre estados, aunque no podemos descartar que vaya a haberlos en distintas regiones de África y Asia, o en aquellas zonas donde la inestabilidad o la cohesión de los estados existentes se vean amenazadas. Por otro lado, aunque no estamos ante una amenaza inmediata, no ha desaparecido el riesgo de una gran guerra global, fruto probablemente de la reticencia de Estados Unidos a aceptar la aparición de China como su rival. En ocasiones, incluso, las posibilidades de evitar su estallido parecen muy superiores a las que había en 1929 para evitar la segunda guerra mundial, si bien conviene no olvidar que la posibilidad de esta guerra seguirá presente en las décadas venideras.

Sin embargo, y aun sin las guerras tradicionales entre estados, grandes o pequeñas, pocos son los observadores realistas que auguran que éste será un siglo en el que el mundo vivirá ajeno a la presencia constante de armas y a los brotes de violencia. Con todo, es nuestro deber combatir la retórica del miedo irracional de la que se sirven gobiernos como el del presidente Bush o el del primer ministro Blair para justificar unas políticas que nos acercan al imperio global. Salvo como metáfora, no existe una "guerra contra el terror o el terrorismo", sino contra un agente político determinado que recurre a una táctica, no a un programa. El terror como táctica es indiscriminado y moralmente inaceptable, tanto si se amparan en él grupos clandestinos como si lo hacen los estados. La Cruz Roja Internacional reconoce el aumento de la barbarie en su condena a los dos bandos en conflicto en Iraq. También ha crecido el miedo a que pequeños grupos terroristas opten por la guerra biológica, al tiempo que no parecen preocuparnos tanto los riesgos, mayores e impredecibles, que indudablemente se plantearán cuando la manipulación de los procesos vitales, incluida la vida humana, se nos vaya de las manos. Aun así, el peligro real que para la estabilidad mundial o para cualquier estado consolidado suponen las actividades de las redes terroristas panislámicas a las que Estados Unidos declaró la guerra global, así como las de la suma de todos los grupos terroristas que operan en cualquier punto del planeta, es residual. Aunque han logrado asesinar a muchas más personas que sus antecesores -y menos que los estados-, el riesgo es mínimo desde un punto de vista estadístico y su importancia, escasa en términos de agresión militar. A menos que estos grupos puedan hacerse con armas nucleares, una posibilidad que, no por no ser inmediata, podemos descartar, el terrorismo no provocará la histeria, sino la reflexión.

Con todo, el caos mundial es una realidad, como también lo es la perspectiva de otro siglo de conflictos armados y de calamidades humanas. ¿Es posible volver a una suerte de control global, como sucedió, a excepción de un período de treinta años, durante los 175 años que transcurrieron desde la batalla de Waterloo hasta la caída de la URSS? La cuestión es hoy mucho más complicada, por dos motivos. En primer lugar, las desigualdades a que ha dado lugar la globalización descontrolada del libremercado, y que han aumentado a un ritmo exponencial, son el caldo de cultivo natural de todo tipo de inestabilidades y agravios. Como se ha observado recientemente, "ni siquiera los estamentos militares más avanzados podrían enfrentarse a una crisis total del sistema jurídico", y la crisis de los estados a la que aludí anteriormente ha hecho de esta una posibilidad más factible que en el pasado. En segundo lugar, ya no existe un sistema de superpotencias internacionales plurales como el que estuvo vigente y que evitó que, salvo en el catastrófico período comprendido entre 1914 y 1945, estallara una guerra total. Este sistema descansaba en un postulado que se remontaba a los tratados que habían logrado acabar con la guerra de los Treinta Años en el siglo xvii: existían en el mundo unos estados cuyas relaciones se regían por diversas reglas, y entre ellas la de no interferir en los asuntos internos del otro, y por una distinción diáfana entre guerra y paz. Sin embargo, nada de todo esto es válido en la actualidad. Otro de los pilares del sistema era la realidad de un mundo donde convivían diferentes potencias, algo que ya existía en la reducida "primera división" de estados, apenas un puñado de "grandes potencias" que, a partir de 1945, se reduciría aún más, hasta quedar sólo dos superpotencias. Ninguna de las dos supo imponerse de un modo abrumador.

Capítulo 8
Las transformaciones del terror

¿Ha cambiado la naturaleza del terror político en las postrimerías del siglo xx? Permítanme comenzar con el inesperado brote de violencia surgido en una isla hasta ahora pacífica, Sri Lanka, en la que una mayoría de cingaleses budistas (cuya religión e ideología es todo lo contrario que se puede ser a la violencia) convive con una minoría de tamiles emigrados desde el sur de la India hace siglos o venidos como mano de obra para las plantaciones a finales del siglo xix. Su hinduismo tampoco es partidario de la violencia. El movimiento antiimperialista en Sri Lanka no se caracterizó ni por un eleva-do militantismo ni por una eficacia extraordinaria, y el país obtuvo su libertad calladamente, en realidad como subproducto de la independencia india. De hecho, en el Sri Lanka colonial se había desarrollado un partido comunista más bien pequeño, y, cosa bastante curiosa, un partido trotskista de dimensiones muy superiores, ambos encabezados por miembros cultos y agradables de la élite occidentalizada, y las dos formaciones, como buenos partidos marxistas, se opusieron al terrorismo. No hubo intento de insurrección alguno. Tras la independencia, el país siguió un plácido derrotero de socialismo moderado, cosa que resultó excelente para el bienes-tar y la esperanza de vida de la población. En resumen, medido con criterios asiáticos, el Sri Lanka anterior a la década de 1970 era una rara isla de civismo, como Costa Rica y (antes de esa misma década) Uruguay en América Latina. Hoy se enfrenta a un baño de sangre.

Los tamiles, una minoría del 25 por 100 cuya representa-ción en las profesiones cultas es superior a su peso demográfico, han desarrollado un comprensible resentimiento hacia el régimen cingalés que en la década de 1950 decidió sustituir el inglés por el singalés como lengua administrativa nacional. En la década de 1970, un movimiento separatista tamil, no sin el apoyo de un estado indio meridional, creó varias organizaciones armadas, precursoras de los actuales Tigres Tamiles de Liberación de la Patria Tamil,* que han venido libran-do lo que de hecho es una guerra civil desde mediados de la década de 1980. A sus miembros se los conoce sobre todo por contarse entre los grandes instauradores y probablemente en-tre los mayores activistas del terrorismo suicida, aunque, dicho sea de paso, dada su ideología laica, carece de las habituales motivaciones religiosas. Los tamiles no son lo suficientemente fuertes como para lograr la secesión, y el ejército esrilanqués* es demasiado débil para derrotarlos en el plano militar. La intransigencia de ambas partes ha mantenido la guerra a pesar de las distintas mediaciones por las que terceras partes (India, Noruega) han tratado de lograr un arreglo.

Entretanto, dos son las cosas que le han ocurrido a la mayoría de la sociedad cingalesa. Las tensiones étnico-lingüísticas generaron una fuerte reacción que adoptó la forma de una ideología nacionalista basada en el budismo y en la superioridad racial, dado que la lengua singalesa es indoeuropea (esto es, "aria"). Resulta bastante curioso que este racismo se halle presente en la tradición de la India hindú, y de hecho, tanto en Sri Lanka como en Pakistán, aún pueden encontrarse rastros del antiguo sistema de castas hindú bajo la superficie, oficialmente igualitaria. Al mismo tiempo, el JVP,** un organismo izquierdista asentado principalmente en la actividad de jóvenes cingaleses cultos que no conseguían encontrar un trabajo adecuado, así como en ideas castristas con un toque de maoísmo y una gran dosis de resentimiento hacia la vieja élite sociopolítica, organizó una importante insurrección a principios de la década de 1970.

Fue sofocada con cierta dureza y un gran número de mucha-chos fueron enviados durante un tiempo a la cárcel. De los vestigios de esta rebelión juvenil al estilo del mayo del 68 surgió una organización terrorista militante que, acantonada principalmente en la campiña esrilanquesa, convirtió su maoísmo original en un vehemente chovinismo racista de raíz budista. En la década de 1980 organizó una campaña de asesinatos sistemáticos contra sus adversarios políticos, lo que hizo de la política una actividad de alto riesgo. (La recientemente retirada presidenta de Sri Lanka vio cómo su padre, ex primer ministro, y su marido, caían asesinados ante sus propios ojos, y perdió un ojo en otros atentados similares encaminados a asesinarla a ella.) También se utilizó sistemáticamente el terror para lograr el control de las ciudades y de los pueblos del campo. Como en el caso del movimiento maoísta Sendero Luminoso en el Perú de la década de 1980, es imposible saber hasta qué punto la dominación del JVP encontró su sostén inicial en el apoyo de las masas, en qué grado se vio ese respaldo alienado por el terror, en qué medida fue a su vez contrarrestado por el resentimiento producido por la represión del gobierno y hasta qué punto genera escepticismo acerca de los revolucionarios. Dos cosas están claras. Que el JVP contó con un apoyo generalizado en aquellos sectores de la población trabajadora del campo cingalés de cuyos miembros cultos se nutría su cúpula dirigente, y que el JVP realizó un gran número de matanzas, la mayoría de ellas perpetradas por un grupo de militantes que en América Latina habrían recibido el nombre de sicarios o asesinos a sueldo. La tentativa de asalto al poder del JVP fue reprimida del mismo modo, esto es, mediante el equivalente de las "guerras sucias" latinoamericanas orientadas a la eliminación de los líderes y de los militantes rebeldes. A mediados de la década de 1990 se estimaba que habían muerto unas sesenta mil personas, víctimas de estos conflictos. Desde sus orígenes, a finales de la década de 1960, el JVP ha intervenido de manera intermitente en la política oficial de Sri Lanka.

Parece evidente que Sri Lanka es simplemente un ejemplo del crecimiento y la mutación sorprendentes que ha experimentado la violencia política en el mundo de finales del siglo xx. La pregunta "¿por qué?" es excesivamente amplia para este ensayo, tanto más cuanto que resulta difícil desligarla del incremento general del nivel de violencia o acción directa que las comunidades occidentales han llegado a aceptar socialmente, tanto en el plano mediático como en el de la realidad. Esto se ha producido tras un largo período en el que se ha asistido, en la mayoría de esas sociedades, al arraigo de la expectativa de que la civilización debería traer consigo el declive permanente de la violencia.

Sería tentador decir que la violencia social en general y la violencia política no tienen nada que ver la una con la otra, dado que una parte de la violencia política de la peor clase puede producirse en países dotados de una tradición política y social notablemente no violenta, como Sri Lanka o Uruguay. No obstante, no es posible mantenerlas separadas en los países de tradición liberal, aunque sólo sea porque dichos países son precisamente aquellos en los que la violencia política no oficial ha adquirido mayor relieve en el último tercio del siglo xx, y donde, en consecuencia, lo mismo ha su-cedido con la violencia estatal de signo contrario, de intensidad habitualmente superior. Mientras conservan su capacidad operativa, los países dictatoriales o autoritarios dejan poco margen de maniobra a esta violencia política ex-traoficial, del mismo modo que apenas dejan espacio alguno a la política extraoficial no violenta.

El aumento de la violencia en general forma parte del proceso de reversión a la barbarie que ha venido fortaleciéndose en el mundo desde la primera guerra mundial, y que he examinado en otro lugar. Su progreso resulta particularmente sorprendente en los países provistos de estados sólidos y estables, así como de instituciones políticas (en teoría) liberales, en los que el discurso público y las instituciones políticas no distinguen más que entre dos absolutos que se excluyen mutuamente: la "violencia" y la "no violencia". Esta ha sido una forma más de sentar la legitimidad del monopolio nacional que el estado tiene de la fuerza coercitiva, lo que ha venido íntimamente unido al desarme total de la población civil registrado en los estados desarrollados del siglo XIX, excepto en Estados Unidos, que por consiguiente han tolerado siempre un mayor grado de violencia en la práctica, aunque no en teoría. Desde finales de la década de 1960, los estados han perdido una parte de ese monopolio del poder y los re-cursos, y una porción aún mayor de la percepción de legiti-midad que inducía a los ciudadanos a acatar la ley. Por sí solo, esto explica buena parte del aumento de la violencia.

La retórica liberal ha sido siempre incapaz de reconocer que ninguna sociedad funciona sin cierta violencia en la política -aunque sólo sea en la forma cuasi simbólica de los piquetes de huelguistas o las manifestaciones de masas-, y que la violencia tiene grados y reglas, como es de dominio público en las sociedades en las que forma parte de la urdimbre de las relaciones sociales y como constantemente trata de recordar la Cruz Roja Internacional a los embrutecidos beligerantes del siglo xxi. Sin embargo, cuando las sociedades o los grupos sociales no acostumbrados a un alto grado de violencia social se ven en la tesitura de practicarla, o cuando en las sociedades tradicionalmente violentas se descomponen las reglas normales, los límites establecidos sobre el uso o el grado de la violencia pueden saltar. Por ejemplo, tengo la impresión de que las tradicionales rebeliones campesinas, teniendo en cuenta la brutalidad general de la vida y la conducta rurales, no eran habitualmente demasiado sanguinarias -por lo común menos que su represión-. Cuando dichos levantamientos caían en la masacre o en la atrocidad, la violencia solía ir dirigida contra personas o categorías de personas concretas y contra propiedades -por ejemplo las casas de la pequeña aristocracia-, mientras que, a la inversa, otras gentes quedaban específicamente al mar-gen debido a que gozaban de buena reputación. Los actos violentos no eran arbitrarios, sino prescritos, casi podríamos decir, por el ritual de la ocasión. No fue la Revolución de 1917, sino la guerra civil rusa la que extendió las carnicerías a gran escala a la campiña rusa. Ahora bien, cuando desaparecen los frenos de la conducta consuetudinaria, los resulta-dos pueden ser aterradores. Una de las razones de que los narcotraficantes colombianos hayan tenido tanto éxito en Estados Unidos estriba, a mi entender, en que, en la pugna con sus rivales, han dejado de aceptar la acostumbrada convención machista de que no se debe matar a las mujeres y a los hijos de los adversarios.


Fuente: www.inprecor.org.br , 16 de marzo de 2007.