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Asunto:NoticiasdelCeHu La caída del muro de Florida
Fecha:Miercoles, 21 de Febrero, 2007  17:13:02 (+0100)
Autor:FRANCESC XAVIER C. PAUNERO AMIGO <xavier.paunero @...es>



La caída del muro de Florida
La comunidad cubana en EE UU es hoy una fuerza dispersa, proclive a la
reconciliación y dispuesta ayudar al desarrollo de la isla
EL PAÍS. ANTONIO CAÑO (ENVIADO ESPECIAL) - Miami - 18/02/2007

Cuando alguien quiere tomar el pulso a la comunidad cubana de Miami sigue
acudiendo, casi instintivamente, a la famosa calle Ocho, al célebre
restaurante Versalles y otros locales próximos donde la población huida,
por razones políticas o económicas, del régimen de Fidel Castro, ha creado
desde hace casi medio siglo un fenómeno único en el mundo: un exilio
poderoso llamado a jugar un papel relevante en el futuro de su país.
Ninguna otra dictadura reciente tuvo al otro lado de sus fronteras un
grupo de compatriotas tan numeroso e influyente.
Los descalificados como 'gusanos' por su filiación derechista ya no son la
mayoría del exilio
"Uno de los que está luchando en Cuba debe llevar la nación en el futuro",
dice un exiliado
La importancia de ese exilio no ha decrecido con el paso de los años. Al
contrario, su actuación puede ser más determinante a medida que se
aproxima el proceso de cambio político en Cuba. Pero el perfil de la
comunidad no está dibujado ya en aquellas concurridas esquinas de la calle
que lleva el sobrenombre de Celia Cruz. Al menos, no sólo ni
fundamentalmente allí.
La comunidad cubana de Estados Unidos -más de 700.000 personas en el sur
de Florida y cerca de un millón en el conjunto del país- es hoy una fuerza
más dispersa y compleja, políticamente mucho más proclive a la
reconciliación entre los cubanos, decisiva ya en el sostenimiento
económico de Cuba y dispuesta a impulsar el desarrollo de la isla, sin
condiciones maximalistas e incluso mediante el diálogo con los actuales
gobernantes.
"Este exilio ha desarrollado una forma de pensar más pragmática, más
racional y menos emocional; en resumen, más efectiva", afirma Carlos
Saladrigas, presidente del Cuba Study Group, el hombre de moda en Miami,
el personaje al que remiten la mayoría de los expertos y, probablemente,
la voz más representativa de lo que hoy está sucediendo en el sur de
Florida.
Subsisten en el Versalles, por supuesto, viejos exiliados que todavía
sueñan con un nuevo Bahía de Cochinos, o que cuentan los días que restan
para vengar las humillaciones y el desprecio de los que fueron víctimas.
Muchos de éstos están aún representados en las principales emisoras de
radio de Miami, donde se condena de forma estentórea cualquier gesto de
entendimiento con los enemigos dentro de la isla.
Algunos de estos sectores -principalmente los salidos de Cuba
inmediatamente después del triunfo de la revolución- tienen todavía
influencia notable en ciertos sectores políticos de Estados Unidos y
cuentan con capacidad para movilizar a los votantes cubanos, lo que se
traduce después en la presencia en el Congreso norteamericanos de algunos
escaños afines. Pero esos grupos, antes descalificados por el Gobierno de
Castro como gusanos, y generalmente incomprendidos en el mundo por su
fuerte filiación derechista, no son ya la mayoría del exilio cubano.
"La gente que utiliza el discurso del degüello es una minoría", asegura el
veterano disidente Ricardo Bofill, presidente del Comité Cubano de
Derechos Humanos y figura respetada en Miami por sus credenciales de 16
años como preso político. "El discurso general es de brazos abiertos, de
colaboración", añade Bofill.
Aquella imagen del exilio como el de un grupo de cubanos esperando a la
muerte de Fidel Castro para saltar sobre la isla y recuperar las
propiedades que les fueron incautadas, parece hoy totalmente anacrónica.
Brian Latell, investigador del Instituto de Estudios Cubano Americanos de
la Universidad de Miami y autor del libro After Fidel (Después de Fidel),
cree que "la mayoría de los cubanos no tienen interés en reclamar sus
propiedades". "El que era rico allí es rico aquí", añade.
La mayoría del exilio cubano la compone hoy una población más joven,
llegados de niños a suelo norteamericano -algunos, incluso, nacidos aquí-
o venidos en posteriores oleadas migratorias, principalmente a comienzos
de los años noventa.
Gente como Omar López Montenegro, que llegó a Miami en 1994 y actualmente
es director ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana. "Al
cambiar la composición demográfica, cambian las percepciones políticas",
comenta López, que entre otras novedades que aporta a la organización, hoy
centrista, que en su día presidió Jorge Mas Canosa, suma el hecho de ser
de raza negra, muy escasa hasta ahora en las posiciones relevantes del
exilio.
Por un lado, los crecidos en Estados Unidos no han heredado todo el rencor
que sus padres trajeron y, por el contrario, se han educado en un modelo
de convivencia con la diversidad de ideas y pensamientos. Los exiliados
más recientes, por su parte, nunca han roto los lazos con sus parientes
que quedaron en la isla y son proclives a soluciones que les permitan a
todos vivir juntos de nuevo en las mejores posibilidades de prosperidad y
paz.
Por mera ley de la biología, unos y otros han terminado superando en
número al primer y más intransigente grupo de exiliados, hasta el punto de
acabar resultando más representativos de cara a lo que finalmente interesa
a todos: su papel en el futuro de Cuba.
Ese papel futuro empieza, en cierta manera, a marcarse hoy. Las remesas
que los cubanos de Miami envían a sus parientes en la isla, aun siendo
difíciles de cuantificar con precisión, se calculan en torno a los mil
millones de dólares anuales y, paradójicamente, constituyen la segunda
fuente de recursos del régimen de Castro, inmediatamente después del
turismo y por encima del azúcar.
Si eso es así, con los enormes obstáculos impuestos para el movimiento de
dinero, tanto de parte del Gobierno cubano como del norteamericano -EE UU
sólo autoriza el envío de 100 dólares mensuales (76 euros) y a familiares
en primer grado, y el Gobierno de Cuba se queda con el 20% de cada envío-,
¿cómo puede ser cuando el intercambio sea libre? "Si esto es ahora, que el
dinero es sólo para la supervivencia, ¿cuánto podemos llegar a hacer en el
futuro?", se pregunta Omar López. "El potencial de esta comunidad es
enorme", afirma.
"Miami está llamado a jugar el papel de Alemania Occidental en la
unificación alemana: sufragar a la otra Cuba en favor de la unidad", opina
Ricardo Bofill. "Económicamente", corrobora Latell, "la influencia del
exilio en el futuro de Cuba va a ser enorme, lo que, indirectamente,
significará una gran influencia política también".
Influir en Cuba a través del intercambio -se han multiplicado también los
vuelos directos de Miami a La Habana- y del dinero es, precisamente, el
plan de Carlos Saladrigas, que, según él, no duda en poner su espectacular
éxito en los negocios "al servicio de 11 millones de hermanos". Saladrigas
propone -también al régimen cubano- la creación de un fondo de 10 millones
de dólares (7,6 millones de euros) que sirva para el desarrollo de un
sistema de micro créditos en Cuba. Ése y otros proyectos de esta nueva
figura del exilio son duramente criticados por alguna personalidad más
tradicional y menos optimista, como Frank Calzon, que dirige en Washington
el Center for a Free Cuba, una mezcla de lobby y grupo político que sigue
pensando que la única vía para conseguir la democracia en la isla es la de
la presión diplomática y económica.
"¿Alguien pensó que Baby Doc sería mejor que Papá Doc?", dice Calzon, "¿o
que Kim Jong-il sería mejor que Kim Il Sung?, ¿o que Somoza hijo sería
mejor que Somoza padre? No creo que nadie pensara eso. ¿Por qué tiene
alguien que pensar que Raúl Castro va a ser mejor que Fidel?".
La respuesta a esa pregunta, según Saladrigas, es que "ésta es la última
oportunidad de Raúl de salvar algo de esa revolución". Y, por esa razón,
cree que la misión del exilio ha de ser la de "rebajar el precio que el
régimen tiene que pagar por cambiar, no subirlo". "Si el precio es perder
la vida, no lo van a pagar nunca. Además, Irak nos ha enseñado que ninguna
democracia surge de las cenizas", opina Saladrigas, "y su política, por
tanto, es la de acelerar el intercambio y crear un clima que favorezca el
cambio". "Hay que entender", añade, "que sólo la reconciliación va a
permitir que surja una Cuba nueva, como en España, como en Chile, como en
Suráfrica".
En una posición similar se encuentra la Fundación Nacional Cubano
Americana. "La asfixia económica no ha resultado", concluye López. Es
mejor, según él, convencer con el ejemplo: "La gente en Cuba mira al
exilio y observa cómo es la vida en la libertad. Ven cómo, en una sociedad
abierta, los cubanos prosperan, puedan llevar la vida que quieren; ésa es
la mayor influencia política que el exilio puede tener".
Fuera de eso, casi nadie en Miami se propone, al menos abiertamente, otro
papel político más destacado en el futuro de Cuba. Ramón Saúl Sánchez, que
dirige el grupo Movimiento Democracia -famoso en las dos últimas décadas
por el envío de barcos con ayuda humanitaria a Cuba- asegura que no
renuncia a la organización de flotillas similares una vez que Fidel Castro
muera. Es uno de los pocos activistas cubanos que está planeando cómo
responder en ese momento.
Pero tampoco él cree que nadie del exilio pueda ocupar una posición
relevante en la Cuba poscomunista. "No me gusta ningún político de Miami",
declara Sánchez, "me gusta la gente que está dentro de Cuba, luchando;
quiero que sea uno de ellos el que lleve la nación en el futuro".
Con distintos matices, todas las fuentes consultadas en Miami y en
Washington compartían este punto de vista. Muchos de ellos ni siquiera
tienen planes de regresar a la isla. Las encuestas suelen coincidir en que
menos del 15% de los cubanos de Estados Unidos volvería a su país si fuese
posible. Para muchos, simplemente ha pasado demasiado tiempo desde su
salida y han echado aquí suficientes raíces como para irse. Por lo demás,
la distancia entre los países -apenas 150 kilómetros- haría factible una
rápida comunicación entre ambas orillas del estrecho de Florida sin
cambiar de domicilio permanente.
Pero, de momento, todo esto son planes, intenciones, más cercanos y
verosímiles que otros anteriores, pero quién sabe si igual de fracasados.
De momento, ni el régimen ha caído ni nada, excepto la lógica de los
tiempos, hace pensar en una negociación política entre los cubanos de uno
y otro lado. Esta comunidad, como otros exilios, ha pasado año tras año
pronosticando el final inminente de la dictadura, y ahora, pese a la
enfermedad de Fidel Castro, cunde también el fatalismo de que tampoco sea
posible.
En esta ocasión, sin embargo, es el exilio el que ha empezado a cambiar.
"Para que Cuba renazca", reclama Saladrigas, "todos los cubanos tenemos
que cambiar, los de aquí y los de allá; los de aquí ya estamos cambiando".
Después de tantas frustraciones, este exilio parece haber entendido que no
habrá un día D, un momento histórico en el que el castrismo ceda paso a
los que lo combatieron durante 50 años. "Pensar", dice Bofill, "que el
Gobierno de Cuba se va a desplomar y el exilio va a encabezar el cambio es
una utopía". Una utopía alimentada durante mucho tiempo en las tertulias
perfumadas por el aroma profundo del café cubano, pero que ahora comienza
a dar paso a la realidad.



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