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Asunto:NoticiasdelCeHu 158/07 - Los neobárbaros (Michael Warschawski)
Fecha:Martes, 20 de Febrero, 2007  21:34:07 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticiasdelcehu @..................ar>

NCeHu 158/07

Los neobárbaros
Michael Warschawski
 
18/02/07
 

“La similitud entre las prácticas estadounidenses e israelíes es asombrosa: ya en los años 70 las autoridades militares israelíes anunciaron en la Corte Suprema israelí y en las conferencias internacionales, que en el caso de los Territorios Palestinos Ocupados (OPT), los convenios de Ginebra no eran aplicables. Además, desde finales de los años 60, los presos políticos palestinos son clasificados como presos de derecho común, no como detenidos políticos. Y la “prisión secreta” que descubrió la abogada Lea Tsemel, cerca del kibutz Ma’anit en 2003, es idéntica a la de Guantánamo.”


Desde el punto de vista moral la historia nunca es estática: si no evoluciona hacia una menor opresión y una mayor justicia, se moverá hacia el recorte de los derechos y más barbarie. Parafraseando a la socialista revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo, que veinte años antes de la llegada del nazismo predijo “socialismo o barbarie”, hoy podemos decir que el siglo XXI será “la instauración del derecho o la ley de la selva”.

Parece, sin embargo, que en la primera década de este tercer milenio, la que va a dominar es la ley de la selva.

En un artículo publicado hace un mes en Haaretz, el periodista y analista israelí Tom Segev ponía en tela de juicio la extendida idea de que el contexto político global de nuestra época es el peor que se ha conocido desde hace 20 años. Según Segev la guerra, la opresión y la destrucción han caracterizado la realidad política de nuestro planeta durante los cinco últimos decenios y no ha cambiado nada ni cualitativa ni cuantitativamente en el pasado más reciente. Segev incluso va más lejos y afirma que el “choque de civilizaciones” no es un fenómeno nuevo, sino que ya era evidente en los decenios anteriores bajo diferentes formas.

No cabe ninguna duda de que los cuarenta años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial no fueron pacíficos; durante ese período más de 76 millones de seres humanos perecieron en guerras, revoluciones y represiones masivas de las dictaduras [1]. Y también es cierto que durante los años 50, 60 y 70 el “Norte” mantuvo una guerra colonial contra el “Sur” y el “Oeste” una “guerra de civilizaciones” contra el bloque comunista del Este.

Sin embargo hay una diferencia cualitativa entre la situación actual y la de los 40 años que siguieron a la derrota del fascismo. Tres factores principales limitaban las aspiraciones hegemónicas de USA después de la Segunda Guerra Mundial:

La existencia de una superpotencia soviética.

La fuerza de la clase obrera organizada en los países imperialistas.

La marca de los horrores del fascismo en la memoria de la opinión pública internacional y la percepción de la ilegalidad del unilateralismo, la agresión armada, etcétera.

Debido a estos factores, las grandes potencias han estado obligadas a actuar bajo la presión de una oposición política enorme (movimientos anticolonialistas, oposiciones democráticas masivas) y constantemente han tenido que inventar pretextos para legitimar sus guerras y sus actos de represión en el mundo.

Sin embargo, 50 años después de la victoria sobre el fascismo, estas coacciones ya no se les imponen a las grandes potencias imperialistas -USA en particular-. El unilateralismo, las guerras “preventivas”, las aventuras colonialistas, etcétera, están legitimados de nuevo o, más exactamente, ya no se rechazan de formas que puedan ofender a sus autores. Gracias a la ausencia de una oposición fuerte, el gobierno de los neoconservadores del imperio ha podido dotarse de un nuevo “discurso global” que, por lo menos en parte, se ha ganado el beneplácito de un sector importante de las propias víctimas del imperio.

Los cuatro elementos principales de este discurso son:

El hundimiento de la Unión Soviética es la prueba definitiva de que el capitalismo es el único sistema viable.

La civilización (occidental) está amenazada por un nuevo enemigo mundial: el terrorismo.

Es necesario mantener una guerra global preventiva permanentemente para proteger la civilización de los nuevos bárbaros (terrorismo/Islam) y sus aliados.

En esta guerra por la supervivencia de la civilización no hay ni debe haber límites, todas las normas y convenios de los últimos 50 años están obsoletos.

En efecto, en su cruzada para lo que llama “el Nuevo Siglo Estadounidense”, es decir, la imposición por la fuerza de una hegemonía total de su imperio, con el pretexto superficial de una “guerra contra el terrorismo”, la administración USA declaró que cualquier coacción moral o reglamentación internacional carecen de interés.

Ya en 2003, George W. Bush anunció que los convenios de Ginebra estaban caducos en una guerra contra el terrorismo. Guantánamo se abrió violando no sólo la ley internacional sino también la ley de los Estados Unidos de América. Con el fin de privar a los sospechosos de terrorismo de cualquier protección y de todos los derechos, la misma administración decidió inventar una nueva categoría de detenidos: ni criminales ni prisioneros de guerra, sino “presuntos terroristas”. La similitud entre las prácticas estadounidenses e israelíes es asombrosa: ya en los años 70 las autoridades militares israelíes anunciaron en la Corte Suprema israelí y en las conferencias internacionales, que en el caso de los Territorios Palestinos Ocupados (OPT), los convenios de Ginebra no eran aplicables. Además, desde finales de los años 60, los presos políticos palestinos son clasificados como presos de derecho común, no como detenidos políticos. Y la “prisión secreta” que descubrió la abogada Lea Tsemel, cerca del kibutz Ma’anit en 2003, es idéntica a la de Guantánamo.

Además, según la dirección neoconservadora estadounidense y el gobierno israelí, el objetivo de las guerras ya no es ganar una batalla, conquistar un territorio o cambiar un régimen, sino destruir estados y desmantelar sociedades enteras.

El Estado de Israel –y también la gran mayoría de la sociedad israelí- ha asimilado totalmente este análisis neoconservador y la estrategia que emana de él. De hecho, en el último decenio Israel y Palestina han sido el laboratorio de dicha estrategia, siendo los palestinos los conejillos de Indias, por ejemplo, sin ir más lejos, en el caso del armamento como lo confirmó recientemente el periódico italiano de izquierda Il Manifesto, que desenmascaró la utilización de uno de los nuevos y más crueles tipos de bombas fabricadas en Estados Unidos y empleadas en la última agresión contra la población civil de la Franja de Gaza. La guerra israelí contra los palestinos pretende descaradamente destruir la sociedad palestina y hacer de los palestinos una nación de tribus dispersas de la misma forma que los estadounidenses pretenden hacerlo en Afganistán e Iraq.

De hecho todas las guerras son bárbaras, pero la guerra israelí en los Territorios Ocupados (y su contexto más amplio, la guerra preventiva infinita contra el terrorismo) representa un paso adelante de la barbarie moderna. Si el término “genocidio” no es apropiado, podemos adoptar el de “sociocidio” del profesor Saleh Abdel Jawad, de la Universidad de Bir Zeit, o el concepto de “politicidio” de un sociólogo israelí. Actualmente Israel roba la tierra original de la nación palestina por medio de las “colonias legales” y las “avanzadillas ilegales” que consiguen apropiarse cada vez de más terreno. El muro dispersa a la sociedad palestina en demarcaciones aisladas, la nueva legislación pretende limitar la entrada de palestinos a sus territorios, así como sus posibilidades de desplazarse dentro de su propio espacio, los representantes de la población de Jerusalén elegidos democráticamente han sido expulsados de su ciudad y decenas de ministros y miembros del Consejo Legislativo han sido secuestrados y encarcelados para un posterior intercambio de prisioneros.

El colmo de todas estas calamidades son los horrores de Hebrón donde la población local está sometida al acoso cotidiano de los colonos y el ejército israelí y además tiene prohibido el acceso a una gran parte de su ciudad. Es el martirio de la Franja de Gaza, el blanco del bloqueo económico y de los bombardeos sistemáticos de Israel que destruyen las infraestructuras básicas y los mata por centenares.

Es inútil decir que todos estos crímenes, de los que algunos están calificados como crímenes contra la humanidad por Human Rights Watch, no acarrean ninguna sanción ni ninguna protesta de la pretendida comunidad internacional. La impunidad para los bárbaros es la nueva norma, de Iraq a la Franja de Gaza. En cuanto al “campo de la paz” israelí, entró en un coma profundo el día que Ehud Barak volvió de Camp David, donde se tragaron la gran mentira del “peligro existencial” que amenaza a Israel con un suspiro de alivio.

La similitud entre la estrategia y los métodos de Israel y USA pone de relieve la cuestión de quién es la cabeza y quién la cola, es decir, cuál de los dos hace que se mueva el otro, ¿es el lobby israelí quien empuja a USA en el sentido de las necesidades del Estado sionista, o la administración estadounidense quien empuja Israel para llevar a cabo su política de guerra global en Oriente Próximo? En realidad es una pregunta retórica, no hay cabeza ni cola, sino una guerra global de recolonización y un monstruo exterminador con dos cabezas horrorosas. Las estrategias neoconservadoras se han elaborado conjuntamente por los políticos y pensadores estadounidenses e israelíes y se aplican simultáneamente, aunque no podemos negar que Israel tuvo la oportunidad de testar estas estrategias y estos métodos antes que Estados Unidos, porque los neoconservadores israelíes ganaron las elecciones cuatro años antes que sus colegas estadounidenses.

USA e Israel –además de la Gran Bretaña de Blair, la Italia de Berlusconi (y hasta de Romano Prodi) y cada vez más países occidentales- están librando una guerra mundial contra los pueblos del planeta con una agenda fija: la imposición, por la violencia y/o la amenaza, de la ley del imperio neoliberal. Esta guerra global es una cruzada de los neobárbaros contra la civilización humana.

El papel de Israel en esta asociación es erradicar cualquier forma de resistencia al imperio en Oriente Próximo empezando por la emblemática resistencia palestina la cual, en este momento de la Historia, es una barrera defensiva no sólo para el pueblo palestino, sino para todos pueblos y naciones de Oriente Próximo, de Líbano a Irán. Por eso es necesario que todos los enemigos de la barbarie asumamos el apoyo a la resistencia palestina como una prioridad estratégica. En Oriente Próximo y en el resto del mundo.

[1] “Democide Since World War II” de R.J. Rummel (cifras de 1945 a 1987).

Michael Warschawski es un reconocido analista político y militante anticolonialista israelí. Es copresidente del Centro de Información Alternativa (Jerusalén)

Texto original en francés: http://www.france-palestine.org/article5716.html

Traducido para Rebelión y Tlaxcala por Caty R.


Fuente: www.sinpermiso.info , 18 de febrero de 2007.