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Asunto:NoticiasdelCeHu Robert Scott y el Polo Sur
Fecha:Martes, 13 de Febrero, 2007  11:25:53 (+0100)
Autor:FRANCESC XAVIER C. PAUNERO AMIGO <xavier.paunero @...es>


Robert Scott y el Polo Sur
TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL
Quien pierde gana
EL PAÍS. RAFAEL ARGULLOL 13/02/2007

En 1912 el capitán Robert Scott fracasó en su intento de ser el primero en
llegar al Polo Sur. Explorador experimentado, ya había llevado a cabo con
anterioridad una expedición en la Antártida entre 1901 y 1904. Su segunda
y última expedición comenzó en enero de 1911 y, en efecto, alcanzó su
objetivo, el Polo Sur, en enero de 1912. Sin embargo, un mes antes el
explorador noruego Roald Amundsen ya había alcanzado la misma meta. El
capitán Scott perdió la carrera del Polo Sur. También perdió la vida. Él y
sus cuatro compañeros fallecieron en el camino de retorno por falta de
suministros.
Estos días la Universidad de Cambridge dedica una muestra al explorador
británico. En ella se exponen varias cartas encontradas un año después en
su tienda de campaña por el equipo de rescate, incluyendo la última de
ellas, dirigida a su mujer Kathleen. Es una carta de despedida,
conmovedora y serena al mismo tiempo. Las dos líneas del inicio resumen la
situación: "Querida, no es fácil escribir con este frío, 70 grados bajo
cero y nuestra tienda de campaña como único refugio". Scott le habla a su
mujer de la muerte inevitable y, a continuación, tras expresarle su amor,
le pide que anime al hijo, Peter, para que estudie historia natural. Las
mejores palabras son para ella, su "viuda": "lo peor de esta situación es
que no te volveré a ver".
Los periódicos británicos, al informar sobre la exposición de Cambridge,
recuerdan que el capitán Robert Scott, pese a su derrota en la carrera por
llegar al Polo Sur, había sido uno de los exploradores que había calado
más hondo en el corazón de los ciudadanos. Perdedor, su esfuerzo y su
coraje le convirtieron en un ganador. Había sido, concluían las
informaciones, "un ejemplo para sucesivas generaciones de jóvenes
británicos".
Esto último, repetido por los dos diarios en que leí la noticia, dejaba
entrever que las cosas ya no eran así. Dicho de otro modo: ¿a quién se le
ocurriría en la actualidad poner a Robert Scott como ejemplo? Quizá a
cuatro nostálgicos de las viejas exploraciones y a algún loco, que siempre
lo hay, pero a nadie más. Un tipo como Scott no tiene el suficiente
prestigio en nuestros días como para ponerlo de ejemplo de nada.
Tampoco, desde luego, para los jóvenes británicos. Leyendo la última carta
del capitán Scott me vino a la memoria una encuesta realizada hace un par
de años, precisamente entre esos jóvenes, sobre los ejemplos a emular: ¿a
quién te gustaría parecerte? Se detallaba una lista con cien nombres que
habían ocupado el territorio de la máxima admiración. El primer puesto,
con gran ventaja sobre los demás, era para el futbolista Beckham. Entre
los veinte primeros sólo uno, ahora no recuerdo quién, escapaba a la
comitiva de futbolistas, cantantes, actores, modelos y presentadores de
televisión. Jesucristo estaba situado en el vagón de cola, hacia el puesto
sesenta o setenta y, si la memoria no me falla, el único explorador que
entraba en la lista, aunque por los pelos, era Edmund Hillary, el
conquistador del Everest.
Con algún que otro nombre local la lista no sería muy distinta en los
demás países europeos. Nuestros medios de comunicación, con todo, han
realizado una sutil sustitución de modo que acostumbra a dejarse de lado
el arcaico y algo moralizante ejemplo para los jóvenes por el más idóneo
ídolo de jóvenes. Beckham -ahora un poco en declive- no es tanto un
ejemplo sino un ídolo, y otro tanto cabría decir de sus compinches en la
clasificación del éxito social.
Este asunto de idolatría tiene especial interés. ¿A quién puede importarle
hoy un Scott que, por valiente que sea, en lugar de ocupar permanentemente
el escenario, desaparece en la bruma de una lucha invisible? Quien se
desvanece en busca de un camino propio adquiere una condición
fantasmagórica. Por el contrario, quien se presta a desempeñar el papel de
ídolo, aunque no tenga noción alguna de lo que pueda significar un camino
propio, se convierte en el centro, ya no de las miradas, sino de las
intenciones.
De hecho lo que tenían en común los diez más admirados por los jóvenes
británicos era su apariencia de imagen prestada para la idolatría. Lo
importante no era, pues, su mérito -alguno, en su campo, lo tenía- sino la
adoración que suscitaban por su capacidad para el éxito inmediato o por su
forma, la herramienta de ese éxito. Eran vistos como ganadores.
¿Qué tipo de ganadores? No, desde luego, ganadores en un futuro, después
del largo rodeo que conlleva el esfuerzo y el combate, sino ganadores
inmediatos, ganadores que ni saben ni quieren perder ¿Para qué dar un
rodeo cuando la posesión puede ser inmediata? ¿Para qué preguntarse cómo y
hacia dónde si lo decisivo es cuánto?
Una de las ventajas de la idolatría es que promete paraísos sin demasiado
trabajo de la razón, paraísos fulgurantes que pueden ser habitados con
prontitud. Aparentemente, además, son paraísos poco costosos para la
conciencia: basta con no poner el listón muy alto en las expectativas
espirituales del ser humano y enseguida surgirá la rentabilidad del grito
bien calculado, de la propaganda afilada, del gesto abrumador. El fetiche
no exige ni verdad ni bondad sino fe ciega, y en nuestro fetichismo epocal
ser ganador a cualquier precio es la ceguera favorita.
En un paisaje de estas características ¿quién puede querer emular al
capitán Robert Scott, ya no en su aventura misma, sino en el alma que la
dirige? ¿No es todo eso excesivamente fantasmagórico para nuestros deseos?
Para que alguien como el capitán Scott -o el carácter que representa-
pudiera volver a ser un "ejemplo para varias generaciones de jóvenes"
habría que educar de nuevo en el difícil arte de perder. De perder para
ganar.
Puede que nadie se esté tomando la molestia de enseñar este arte que en lo
esencial consiste en construir una existencia propia -un amor propio- sin
vivir idolátricamente por cuenta ajena. Y que, por consiguiente, vale la
pena batallar, y perder, y volver a batallar, para llegar más lejos en la
victoria más hermosa que es la que uno consigue en la carrera que tiene
establecida consigo mismo.
Claro que si aún tuviéramos memoria de este arte en lugar de pasarnos el
tiempo hablando de los Beckham hablaríamos un poco de los Scott. Quien
pierde gana: nuestros jóvenes, gracias a nuestras enseñanzas, no tienen ni
idea de este valioso principio.
Rafael Argullol es escritor.



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