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Asunto:NoticiasdelCeHu Cosas que el dinero puede comprar, o no
Fecha:Sabado, 10 de Febrero, 2007  18:12:45 (+0100)
Autor:FRANCESC XAVIER C. PAUNERO AMIGO <xavier.paunero @...es>


El País. AMANDA MARS - Barcelona - 10/02/2007
REPORTAJE Cosas que el dinero puede comprar, o no
Un estudio de IESE y la Universidad de California analiza por qué el
dinero no logra en ocasiones hacernos felices
"Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una
pequeña mansión, una pequeña fortuna...". Groucho Marx no andaba tan
desencaminado. El dinero no da la felicidad, pero la puede comprar, la
única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no
sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo
tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas, según un
estudio elaborado por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios
IESE, y Rakesh K. Sarín, de la UCLA Anderson School of Management de la
Universidad de California.
Un informe cifra en unos 11.500 euros los ingresos mínimos para ser feliz
La rápida adaptación a los nuevos lujos y la comparación social frena en
seco la dicha
La investigación cifra en 15.000 dólares (unos 11.500 euros) los ingresos
mínimos para ser feliz. A partir de ahí, poder adquisitivo y felicidad no
crecen al mismo ritmo y el largo inventario de pobres niños ricos que ha
dado la historia es buena prueba de ello.
Una mujer que conduce un viejo utilitario en su época de estudiante puede
hallar una dicha temporal cuando empieza a trabajar y logra comprarse un
bonito deportivo, pero pronto se acostumbrará a conducirlo, lo integrará
como una parte habitual de su vida y dejará de alegrarla. Es lo mismo que
le ocurre a los ganadores de lotería: un estudio de Brickman, Coates y
Janojj-Bullman señala que aquellos a los que les toca un gran premio
económico sólo experimentan un incremento de felicidad el primer año,
mientras que los consecutivos se mantienen igual porque ya se han
acostumbrado al nuevo tren de vida y no les resulta extraordinario.
"Lo que da la felicidad es el cambio, el paso de un escalón al otro, por
ello mantenerse siempre en uno, aunque sea muy elevado, deja de hacernos
felices", explica Manuel Baucells. Para solucionarlo, el profesor del IESE
tiene una receta: "Si te toca un millón de euros, debes hacer tus cálculos
para que la mejora de tu situación sea paulatina y gastar sólo un 1% de lo
ganado el primer año, un 2,5% al siguiente, y así progresivamente hasta
alcanzar incrementos del 20% y el 30%".
La sociedad sobrevalora los beneficios que el dinero le reportará. "Los
nuevos ricos pasan de repente de un grupo social de menos ingresos a otro
mayor y su bienestar sí crecerá, al menos de forma temporal", señala el
estudio. Pero llega el día en que esos nuevos ricos pierden a sus antiguos
vecinos del barrio como referencia y comienzan a fijarse en el nuevo grupo
social al que pertenecen. Es entonces cuando el éxtasis desaparece.
Y es que conducir un deportivo deja de ser tan agradable cuando uno se
encuentra en el garaje con el nuevo Lexus del vecino. Tras la unificación
de Alemania, los niveles de felicidad de los vecinos del Este cayeron en
picado, ya que pasaron de compararse con ciudadanos del bloque soviético a
mirarse en el estilo de vida de sus vecinos de la Alemania Occidental.
A los deportistas de élite les ocurre igual. Unas encuestas revelaron en
1995 que los medallistas olímpicos de bronce estaban más contentos que los
que habían ganado la plata, ya que se comparaban con aquellos que no
habían subido al podio, mientras los clasificados en segundo lugar tenían
pesadillas porque creían que se les había escapado el oro.
Dos investigadores dieron a elegir en 1998 a los alumnos de la Escuela
Pública de Salud de Harvard entre dos escenarios: en uno, ellos ganarían
50.000 dólares cuando el resto del mundo lograría 25.000, es decir, la
mitad, mientras que en el segundo escenario ellos ganarían 100.000 dólares
cuando el resto ganaría 250.000, más del doble. Todos prefirieron el
primer escenario.
"Por eso la felicidad social no ha avanzado pese a que mejore la calidad
de vida en un país, porque nos peleamos siempre por tener lo que tiene el
vecino", según Baucells. "Si eres capaz de llegar al trabajo y decir qué
alegría, hoy no me han atracado viniendo, has conseguido bajar tu nivel de
referencia y tienes más posibilidades de ser feliz", añade.
En aquellas naciones en las que la economía ha crecido de forma
extraordinaria, sus ciudadanos no han experimentando ese mismo salto
cualitativo. El estudio pone como ejemplo Japón, donde los ingresos per
cápita se quintuplicaron entre 1958 y 1991, de 3.000 a 15.000 dólares
anuales, pero los niveles de felicidad se mantuvieron entre el 2,5 y el 3
(sobre cuatro) a lo largo de esas tres décadas.
El informe habla de dos tipos de bienes: los básicos, como comer,
descansar o disfrutar con los amigos, que son básicos y su placer dura
siempre, y los de consumo -bienes de consumo como un coche o un viaje al
extranjero-, a los que uno se acostumbra mucho más rápido de lo esperado
y, por tanto, el éxtasis dura poco. "Son adaptativos", aclara. El dinero
puede comprar la mayoría, pero la dicha de los bienes materiales dura
menos.
Por ello es más feliz aquel que centra el bienestar en esos bienes básicos
y no los de consumo. Además, el estudio recalca que influyen otras
variables como la salud y el hecho de vivir o no en un régimen
democrático, con libertad y derechos individuales garantizados. Así que,
según el estudio, el viejo latiguillo de que lo importante de la vida es
la salud, el dinero y el amor sólo admite discusión respecto al orden de
los elementos.
En general, los índices de contento en los países ricos son superiores a
los que declara la población de los países pobres. Británicos,
estadounidenses y también españoles se sienten mucho más felices que los
rusos, los ucranios o los búlgaros (ver cuadro). En cualquier caso, a la
luz de este nuevo informe, hacerse rico, incluso si es por la vía rápida,
no es un proyecto nada descabellado.



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