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Asunto:NoticiasdelCeHu 685/02 - Los Males de la Globalización
Fecha:Lunes, 4 de Noviembre, 2002  19:01:45 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 685/02
 
Los males de la globalización

Por Jeffrey D. Sachs


 
NUEVA YORK

La globalización nunca se vio sometida a tantas tensiones. Su estrés se hace sentir por todas partes. La mayor parte del Africa subsahariana, América del Sur, el Medio Oriente y Asia Central están atascadas en el estancamiento o la decadencia económica. América del Norte, Europa Occidental y Japón se empantanaron en un crecimiento lento y un nuevo peligro de recesión. Ahora, la guerra llama en Irak.
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Esta experiencia plantea cuestionamientos importantes a los partidarios de los mercados abiertos. ¿Por qué peligra tanto la globalización? ¿Por qué sus beneficios parecen concentrarse en unos pocos lugares? ¿Podemos lograr una globalización más equilibrada? No hay respuestas fáciles para estos interrogantes. Los mercados abiertos son necesarios para el crecimiento económico, pero no bastan. Algunas regiones han prosperado muchísimo con la globalización, en especial Asia Oriental y China en estos últimos años. No obstante, a otras, específicamente al Africa subsahariana, les ha ido muy mal.
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El gobierno de Estados Unidos pretende achacar la mayoría de los problemas de los países pobres a fallas locales. Los dirigentes norteamericanos atribuyen el lento crecimiento de Africa a los malos gobiernos africanos. Pero la vida es más compleja de lo que la Casa Blanca cree. Tomemos por caso los países africanos mejor gobernados: Ghana, Tanzania, Malawi y Gambia. Todos vieron caer sus niveles de vida en los últimos veinte años, mientras que muchas naciones asiáticas situadas por debajo de ellos en las comparaciones internacionales de eficiencia administrativa (Paquistán, Bangladesh, Myanmar, Sri Lanka) experimentaron un mejor crecimiento económico.
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Lo cierto es que las pautas de gobierno no constituyen la única circunstancia determinante del desempeño económico: también influyen la geopolítica, la geografía y la estructura económica. Los países muy poblados y, por ende, con grandes mercados internos tienden a crecer más rápido que los poco poblados. (Como en todos estos tipos de tendencias económicas, también hay ejemplos de lo contrario.) Los países ribereños tienden a desempeñarse mejor que los Estados sin salida al mar. Los que presentan altos niveles de malaria tienden a crecer más despacio que aquellos con niveles más bajos. Las naciones en desarrollo contiguas a mercados ricos, como México, tienden a desempeñarse mejor que aquellas distantes de los grandes mercados.
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Estas diferencias importan. Si los países ricos no prestan atención a estas cuestiones estructurales, advertiremos que las brechas entre vencedores y vencidos siguen ensanchándose. Si los países ricos culpan a las naciones desafortunadas alegando que, por alguna razón, son cultural o políticamente incapaces de beneficiarse con la globalización, no sólo crearemos bolsones de pobreza más profundos sino que además ahondaremos el desasosiego. A su vez, esto incrementará la violencia, las reacciones no menos violentas y, sí, el terrorismo.
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Ya es hora, pues, de encarar la globalización con más seriedad de lo que proponen los países ricos, en especial Estados Unidos. Habría que empezar por lo más urgente: satisfacer las necesidades básicas de los pueblos más pobres. En algunos casos, podemos aliviar sus padecimientos aplicando, como remedio principal, el mejoramiento de sus gobiernos. Pero en otros, una observación justa y sincera de lo evidente revelará que las causas básicas son las enfermedades, la inestabilidad del clima, la aridez del suelo, la lejanía de los mercados, etcétera.
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Se acabó el talle universal
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Una evaluación honesta demostraría, además, que las naciones pobres no pueden recaudar fondos suficientes para resolver esos problemas por sí solas. En vez de dictar más conferencias sobre el mal gobierno, los países ricos deben prestar una ayuda financiera que permita superar las barreras más arraigadas. Sólo así se obtendrán soluciones reales.
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Veamos un ejemplo patente. El control de las enfermedades requiere un sistema de salud capaz de suministrar medicamentos que salven vidas y servicios preventivos básicos, tales como mosquiteros para combatir la malaria y vitaminas para combatir la mala nutrición. Este tipo de sistema cuesta, como mínimo, unos 40 dólares anuales por persona. Es poco dinero para las naciones ricas, habituadas a gastar más de 2000 dólares anuales por persona. Pero es un monto inaccesible para los países pobres, como Malawi, con sus 200 dólares anuales de ingreso per cápita. ¡El costo operativo de un sistema de salud excedería sus rentas públicas totales! Pese a su buen gobierno, si Malawi no recibe la ayuda adecuada, las enfermedades harán estragos en su población.
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Una globalización exitosa requiere que pensemos más como médicos y menos como predicadores. En vez de fustigar a los pobres por sus "pecados", deberíamos hacer diagnósticos meticulosos para cada país y región, como lo haría un buen médico, a fin de comprender los factores fundamentales que retardan su crecimiento y desarrollo económicos.
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En algunas regiones, digamos la andina y Asia Central, el problema primordial es el aislamiento geográfico. La tarea es tender caminos, líneas aéreas y conexiones de Internet para ayudar a estas regiones remotas a establecer vínculos productivos con el mundo. Los países ricos deben ayudar a financiar estos proyectos. En el Africa subsahariana, los desafíos básicos son controlar las enfermedades, fertilizar la tierra y expandir las oportunidades educacionales. Una vez más, hará falta una mayor asistencia extranjera. En otras regiones, será la escasez de agua, la discriminación de la mujer o de otros grupos, o algún otro problema específico.
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Ya es hora de tomar en serio las complejidades de la globalización; en verdad, deberíamos haberlo hecho antes. Se acabó la ideología del "talle universal", propuesta por el Consenso de Washington. En la situación actual -estamos al borde de una guerra-, urge iniciar la ardua tarea de hacer que la globalización funcione y sirva para todos. Podemos lograrlo si quitamos a los ricos sus anteojeras ideológicas y convocamos a la unión de ricos y pobres.
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(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
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Jeffrey D. Sachs es profesor titular de economía y director del Earth Institute, en la Universidad de Columbia.

Fuente: Diario La Nación, Buenos Aires - Argentina, del 4 de noviembre de 2002.