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Asunto:NoticiasdelCeHu 323/06 - LAS PULPERÍAS DE ARGENTINA
Fecha:Domingo, 30 de Abril, 2006  00:33:41 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 323/06

LAS PULPERÍAS de ARGENTINA

Los antiguos despachos de bebidas hoy coleccionan botellas intocables.

Pulpería de Chacharramendi, La Pampa (al borde de la Ruta del Desierto).

En otros tiempos, la Pulpería de José Feito, como se la conoció, era el almacén de ramos generales de una zona de 100 kilómetros a la redonda. Fue fundada en 1901 por un tal Seijoó, pero su arrendatario a los pocos años pasó a ser el dueño. Y le dio el nombre.
Metida entre cuatro enormes eucaliptus,
la Pulpería conserva su estructura original prefabricada: chapas en el exterior y el interior (paredes, pisos y cielo raso), de madera. Cuando uno entra, se sumerge en esa época remota. Lo ayudan el enrejado, de bastones cuadrados de pinotea, que hay sobre el mostrador, de unos quince metros: esa imagen que sintetiza las pulperías. Y la infinidad de productos de esa época lejana: botellas, cajas, toneles de fideos, remedios (también era botica), una caja fuerte, un telégrafo, discos y un atado de cartas, de los años 20, sin entregar.
Un cinturón con vainas para llevar balas y tres cantimploras de metal son otros de los elementos que se podían comprar en el lugar. Hoy cuelgan de las enormes estanterías de madera.

 Apenas hay que desviarse trescientos metros de la ruta, en línea recta, para desembocar en el patio que lleva el nombre de una de las leyendas de La Pampa: "Juan Bautista Bairoletto".
En la Pulpería hay troneras, agujeros hechos en la pared y disimulados que se utilizaban para colocar los caños de las escopetas. Esa zona, asediada por los indios a fines del siglo pasado y principios del actual, fue también acechada por los bandoleros en los años 20 y 30. La Pulpería, de noche, se convertía en una fortaleza. Tenía un sistema, en la mesa familiar, que cortaba la luz interior. También un túnel, descubierto en la restauración, que salía del sótano que siempre tenía provisiones para resistir varios días de asedio.

_ La visita a la Pulpería de Chacharramendi es ideal para realizar una parada antes de ingresar a la ruta provincial 20, llamada Ruta del Desierto. La Pulpería está ubicada a 808 kilómetros de Capital Federal. Las visitas se pueden realizar de 8 a 12 y de 15 a 19.

_ Hay dos lugares para comer: estación de servicio Shell y YPF. También hay motel (YPF).



 Pulpería "La Nueva Rosada".
San Antonio de Areco, Buenos Aires.

Esta antigua pulpería, que se encuentra frente al museo del Parque Criollo de San Antonio de Areco, fue restaurada y ofrece picadas, parrillada, lechón, costillar, pollo, matambre, ensaladas, papas fritas, postres caseros, empanadas, pasteles, mate cocido.

Tel.: (02326) 453815 - (02325) 15 658643.


En la avenida De los Corrales 6476, en Buenos Aires, el Museo Criollo erigió su pulpería, y lo propio se hizo en San Antonio de Areco con lo que fuera La Blanqueada, tan ligada a la literatura gauchesca, con la representación del hábitat pulpero, paso obligado para quienes visitan el Museo Ricardo Guiraldes.
Las auténticas pulperías merecen, como mínimo, un safari fotográfico enriquecedor. Y hasta un viaje largo, como para ver, en el camino de tierra que une a las localidades bonaerenses Bolívar y Carlos Casares, a la pulpería Miramar, bautizada así exageradamente por una casi desaparecida laguna. Conserva la verja pulpera y se nutrió de clientes vascos -que provenían de las comparsas alambradoras acaparadas por estos trabajadores incansables-, pero sin cancha de pelota a paleta, la de bochas mitiga los ardores deportivos lugareños. Buenas anécdotas reclutó una veterana pobladora, Eva Sarraúa, y Miramar salió del anonimato en El Chasque Surero, una publicación de tradiciones camperas.

La Colorada
Una de las más preciadas pulperías todavía en actividad - que pertenece a la categoría de esquina- sin ochava alguna, a pleno campo y con la única vecindad de la Escuela Rural Nº 136. Es La Colorada, con no muy conocida historia y no menos de 130 años de exhibir sus gruesos y enrojecidos muros. Está abierta todos los días menos los domingos. La atiende Ramón Perone, que tiene 68 años y ninguna esperanza de que el negocio prospere, por más fieles que le resultan media docena de clientes, como Gómez, Eidaizoz, García Ares y otros. Las veteranas puertas dan sobre el camino de tierra, a 7 kilómetros del asfalto de la ruta nacional 5 y la entrada a Chivilcoy. Es la prolongación de la calle Mitre en dirección de la estancia turística La Rica, paraje por donde pasaron los presidentes Mitre y Sarmiento.

El Recreo y El Palomar
No hay que irse de Chivilcoy sin conocer la avenida de la Tradición. Basta cruzar la ruta 5 y recorrer cuatro kilómetros hasta la plaza central de la ciudad y luego, a la derecha, buscar la avenida José León Suárez hacia el Este. La ruta provincial 30 es el límite urbano, y desde allí Suárez se transforma en avenida de la Tradición. A poco de andar, sobre la derecha, aparece El Recreo, almacén de ramos generales construido en 1881. Hoy es un museo inigualado, con las estanterías originales y una máquina registradora de 1870, además de toda la cartelería publicitaria de fin de siglo y marcas desaparecidas, de latón enlozado.

Pocas cuadras más adelante está la pulpería El Palomar, con una cancha de bochas anexa, también un edificio fin de siglo.

 Pulpería "La Blanqueada".

Ligada a la literatura gauchesca, con la representación del hábitat pulpero, paso obligado para quienes visitan el Museo Ricardo Guiraldes.

La pulpería del Molino
La Pulpería de Cacho -que surgió en 1868 atendida por don Buenaventura Céspedes y como Pulpería del Molino- sobrevivió a 36 inundaciones registradas en su historial amasado junto al puente del río Luján, en los deslindes de Mercedes (o Guardia de Luján, como se llamó originalmente). Cacho Di Catarina tiene 49 años, nació en la pulpería y no hace mucho tiempo se fotografió en la puerta del boliche con Matilde Amado, la partera que hace casi medio siglo ayudó a Figuenia Pérez a tener este hijo. Figuenia murió un par de años atrás, y mucho antes la precedió su marido, el pulpero Domingo Di Catarina.

Antes, ofició de pulpero el abuelo materno de Cacho, Salvador Pérez Méndez.
 La pulpería no cerró ni en tiempos de la fiebre amarilla, y no pocos clientes llegaron en bote para tomar unas ginebras durante las inundaciones. Ahora ofrece picadas y empanadas, tragos cortos y aperitivos que vale la pena aligerar con intervalos para admirar la parafernalia de añosos carteles y almanaques, viejos faroles y artefactos varios, o algunos de los estantes de botellas que no se tocan desde los tiempos del abuelo (no se tocan ni se venden). Son ejemplares de Hierro Quina Padilla, Grapa Lagorio o Caña Colibrí Argentina.

Otras marcas contemporáneas, pero tampoco hallables en Buenos Aires, por ejemplo, llenan las copas que se equilibran al dar cuenta de pasteles caseros o atacar el repulgo de una empanada. A la vez, los parroquianos repasan la cartelería que alista frases ingeniosas ("Si de chico no trota, de grande no galopa") y hasta pícaras ("Si no me conoce por dentro, no me toque por fuera").

Hay palenque para los caballos, una cancha de bochas para justificar los vicios, un libro para registro de visitantes y la memoria de filmación de películas, documentales de televisión europeos y el recordado paso de un aluvión de gringos extasiados que llegan hasta de Suecia.

Para dar con la pulpería se toma el Acceso Oeste hasta desviar por la ruta nacional 5, con otro peaje de 3,30 pesos en Olivera. Hay que entrar por el primer acceso a Mercedes: el que da con la avenida España o arteria 40. Seguir hasta avenida 29 o Mitre, donde se gira a la derecha y continuar, aun cuando se transforma en calle de tierra y llega al río Luján. Allí está el puente y la pulpería. El mismo camino, pero sin entrar en Mercedes, lleva hasta Chivilcoy y sus pulperías.
Este hijo y nieto de pulperos sirve caña, ginebra, picadas y empanadas.
Debe descontarse la guitarreada y no pocos contrapuntos verseados bajo el alero de la pulpería, junto al puente del viejo camino a Areco y que salva las mansas aguas del Luján.

Por allí un día llegó don Segundo Ramírez, el santafecino de Coronda inmortalizado con un apellido de ficción -Sombra-, y fue atendido por don Salvador Pérez Méndez, abuelo materno del actual pulpero, trenzado desde entonces en amistad gaucha con el resero arequero.
Seis o siete décadas después, a este heredero -que en Mercedes llaman el último de los pulperos- le cupo ceder el viejo boliche para registrar toda una coincidencia: escenas del film Don Segundo Sombra.

Dónde informarse: Dirección de Turismo de Mercedes. Tel. (02324) 423445. La última pulpería, tel. (02324) 421816 (es la casa de la hermana de Cacho Di Catarina: el pulpero se resiste tenazmente a modernizar el lugar con teléfono propio).

Tomar un grapa en los viejos mostradores de La Colorada o en la Pulpería de Cacho no tiene la emoción de hacerlo en Los Ombúes, donde la sirven a través de la verja que protege el ventanal que da al breve saloncito. Más que una coquetería conservadora resulta una necesidad que restauraron los nuevos tiempos: fue asaltada varias veces. Sin acumular los doscientos años que aduce la pulpera Elsa Insaurraga, la vejez del edificio se parece más a un viejo almacén, beneficiado por el portal que le hacen dos ombúes sobre el asfalto que une la ruta 193, de Exaltación de la Cruz, con Andonaegui. Está siempre abierto, y para llegar hay que viajar por el Acceso Norte y el ramal a Zárate con peaje de $ 1,50, hasta que se da con la ruta 193 hacia Solís por 18 kilómetros hasta el paraje Puerto Chenaut, donde se gira por el asfalto a Andonaegui. A los seis kilómetros, a la izquierda aparecen los ombúes de la pulpería.

Bessonart y La Lechuza
Si se visitó Los Ombúes y se sale nuevamente a la ruta 193, Solís y la ruta nacional 8 distan 13 kilómetros. De allí se está a un paso de San Antonio de Areco (previo peaje de 3,30 pesos), asiento de La Blanqueada reciclada. La viejísima esquina de almacén pulpería Bessonart (por Ricardo, pero también se llamó El Vasco, El Jockey Club), en Zapiola y Segundo Sombra, que también fue despacho de bebidas de don Castro Covián y almacén de un tal Serrat, con los muros de desgastados ladrillos y una antigüedad insondable. También tiene un sector de estantería con botellas intocables y fuera de la venta, además de ser lugar auténtico de las últimas tertulias del personaje que retrató Ricardo Güiraldes. Desde allí se puede hacer el camino inverso que recorría don Segundo desde el puesto La Lechuza, si se sale otra vez a la ruta 8 y se enfila hacia Buenos Aires, apenas hasta el cruce con la ruta provincial 41, que se toma a la izquierda hacia Baradero. A cinco kilómetros se cruza la ruta 31, de tierra, y a poco de andar, a la izquierda aparece el viejo puesto La Lechuza.

Por la ruta 41, sin entrar en la 31, se sigue hacia Baradero. Unos 12 kilómetros antes de llegar a la ruta 9 y su kilómetro 137, se abre el viejo Camino Real de carretas que iba a Areco y Capilla. Por allí se da con El Torito, almacén, pulpería y club de baile en actividad desde 1901, y que posiblemente reemplazó a una posta anterior. El lugar lo atiende el solitario Rubén Horacio Salas (su única comunicación es a través del 03329-482965) y ofrece desde una mínima válvula para bicicleta hasta recados, botas y alpargatas. Hay cartuchos de caza, miel, chorizos, salamines secos como piedra, y un pasado más mullido por el recuerdo de tiempos mejores, que el pulpero relata en la inmensidad del salón, mientras corta queso, un embutido y sirve una copa.

En casi todas estas postas, cualquier copa cuesta un peso, y una picada, dos. Llegan visitantes de botas, bombachas de loneta, boinas tejidas o sombreros corazón de potro. Ya no convidan, como los gauderios de antaño, cuando el campo era la riqueza soñada.

 

Siempre igual...
En estos negocios de campaña, a rápido alcance de la City, se puede desde tomar una grapa hasta jugar a los naipes, sin necesidad de vestir bombachas de gaucho y portar un facón.

 Las primeras pulperías que desaparecieron eran urbanas -había más de 300 en esta capital del Virreinato antes de los jubilosos días de Mayo de 1810-, pero unas pocas, afortunadamente, sobrevivieron lejos de la ciudad.
Lugar de encuentros, que cobijaron desde bravuras hasta romances -una canción inmortalizó a la pulpera de Santa Lucía-, consiguieron renombre a expensas de motivos diversos.

Como aquella que, décadas más tarde, enarboló una veleta con perfil de potro y terminó por darle nombre a un barrio porteño: Caballito. O El Pasatiempo, en Venezuela y Quintino Bocayuva que visitaban payadores y frecuentaron Gabino Ezeiza y José Betinotti.

Pero la ciudad se propuso otras metas, y las pulperías cayeron bajo la piqueta del progreso edilicio, mientras que las suburbanas y las del interior quedaron marginadas por el trazado de nuevos caminos, pavimentados y urgidos, por donde el turismo ahora pasa indiferente a semejante pasado.
Sin embargo, en tren de un paseo suburbano, las pulperías sobrevivientes satisfacen la curiosidad adicional.
Todavía algunas están en pie en Chivilcoy o en Mercedes. Unas pocas se avistan desparramadas por zonas rurales cercanas a Zárate, Baradero, San Antonio de Areco, Bolívar o el Tuyú.

Sin proponérselo, los bolicheros -como prefieren llamarse a sí mismos quienes heredaron la labor pulpera- transformaron sus locales en modestos museos, como sucedió con El Recreo, de Chivilcoy, que hoy es deliberadamente uno de ellos, privado, pero de visita sin restricciones, que guía, cuida y asiste Carlos Antonio Cura, todo un tradicionalista que integra la Agrupación Gaucha y es nieto del genovés Carlos Rossi, fundador del local (1881).
Algunas pulperías conservan las viejas verjas protectoras, como Miramar, el boliche de campo que fue erigido en un camino que va de Bolívar a Vicente Casares, pero nadie duda que se trata de locales en extinción, por más históricas que se considere a estas postas.

No existe consideración que les otorgue finanzas gubernamentales para mantener, apuntalar y remozar sus castigados edificios.

Las pulperías muestran que todo está como era entonces; forman parte del inventario de reliquias de la vida gaucha

Truco y buena comida
Algunos están flanquedos de canchas de bochas o de sortija.

No suele faltarles palenque, como sucede con el viejo madero que emerge en la esquina del almacén y pulpería Benssonart, en Zapiola y Segundo Sombra, en San Antonio de Areco donde, precisamente, el personaje real que inspiró a Ricardo Güiraldes hacía su parada tras trotar desde el puesto La Lechuza, cerca de las ahora estancias turísticas La Bamba y El Ombú.

Fue La Lechuza el último albergue de don Segundo, un puesto que también está en pie, fue pulpería y puede visitarse desde el camino. Se trata de la carretera de tierra (provincial 31) que lleva desde Areco hasta el paraje El Tatú, luego llega a la ruta pavimentada 193 y desemboca en Zárate.

Pero si de truco se trata, Juan Carlos Jaime, pulpero de El Resorte, prácticamente único edificio habitado frente a la ahora inútil estación Vergara, no lejos de la ruta provincial 20 y el río Samborombón, habilita los sábados por la noche premiados concursos de truco.

Las andanzas de Juan Moreira, vago y mal entretenido.

Moreira simbolizó a los personajes más temibles que justificaban las rejas encaramadas en el mostrador, esas que protegieron -no siempre- a los taberneros (españoles, gallegos, en su mayoría, y hasta italianos). El gaucho malevo inauguró su vida delictiva, precisamente, con la muerte del pulpero genovés Sardetti.

Escapadas
Que los tiempos violentos retornaron -y se aconseja visitar las pulperías en los fines de semana y feriados- se demostró hace algunos años cuando, según mentas, en la pulpería Los Ombúes, cerca de Andonaegui, partido de Exaltación de la Cruz, fue muerto el pulpero Cachaea por una partida policial. Relatos escuchados en esos pagos aseguran que los violentos buscaban la recaudación escondida en latas, y no lograron encontrarla.

A su vez, en El Torito, posta y viejo almacén del Camino Real tendido desde Baradero hasta Areco y Capilla del Señor, frente al mostrador, fue abatido el policía Somohano. Sucedió casi un siglo y medio después que pasaron las carretas que, hacia Santos Lugares, llevaron a Camila O'Gorman y su enamorado cura Guitérrez. Fueron fusilados el 18 de agosto de 1848.

Juego, duelos, reclutamientos para pelear en la frontera y milongas dibujadas sobre el piso de tierra apisonada constituyeron algunas de las pasiones protagonizadas en las pulperías.

En capital...
La Banderita, de la avenida Montes de Oca y Suárez; La Blanqueada, de Cabildo y Pampa, y La Paloma, de Santa Fe y Juan B. Justo, fueron algunas de las viejas pulperías más populares que perduraron en Buenos Aires, reformadas para subsistir hasta que fueron demolidas. Cuando el barrio Sur cedió su primacía, la hoy calle Florida llegó a tener media docena de pulperías, acorde con la memoria rural, que tuvo su primera exposición ganadera en Florida y Paraguay.

Origen
Sobre el origen de la palabra pulpería se puede discutir indefinidamente desde profundas trincheras etimológicas y costumbristas. La exageración vale si se comienza por entender lo de pulpa (origen carnoso) o lo de pulque (origen de antiguo trago mexicano que se saca del magŸey o pita), y se cierra el primer capítulo con alguna enciclopedia española que la sentencia como una voz tolteca (para polemizar más: en lengua pampa, pulcú es aguardiente).
Esto quedaría allí si no existieran los pulpos ni los españoles conquistadores. Es que éstos vinieron de rías y puertos donde los pulpos abundan para estremecimiento de los amantes de picadas marítimas (por las calles de Santiago de Compostela, no es difícil encontrar una pulpería con esa designación, sin gauchos claro, pero con tragos y entremeses).Y toda esta confusión concluiría si fuera contundente lo del Inca Garcilaso de la Vega, que dio cuenta de que en una taberna halló a los pobres vendedores intentando la venta de un pulpo. En esto se apoyó tres décadas atrás el periodista León Bouché, en uno de sus trabajos sobre las pulperías.

Las eruditas versiones de enciclopédicos como Tito Biraben y Félix Coluccio, entre otros, coinciden en definir las pulperías como una suma de almacén, tienda, taberna y casa de juego de campaña, abastecida de bebidas fuertes y vino Carlón, que se bebía en cilindros de hojalata. Sarmiento le agregaba a la pulpería su condición de club, y el francés Alfredo Ebelot, la distinción que jerarquizaba a las llamadas esquinas.

El marino inglés Emeric Essex Vidal -en 1819- las consideró chozas miserables y sucias, aunque hablaba de la posta, que era una pulpería y a la vez modesta posada. La clientela -supuso- no gustaba del vino, sí de la caña hasta el último penique; y, aseguró, que el gaucho canta penosas canciones. Pero Charles Darwin, que se topó con una pulpería por primera vez en Uruguay, cerca de Las Minas, reparó en la apariencia chocante de los gauchos, "altos y guapos", anotó, llenos de altivez, el pelo largo y en bucles sobre la espalda.

Cunninghame Graham descubrió que lo más a mano que el pulpero tenía era el facón y una pistola. Pero hizo una buena descripción de la reja de madera a lo largo del mostrador, con una portezuela para alcanzar la bebida. Coincidió con Sarmiento en lo de club, y habló del payador, del convite con Carlón, de las riñas a primera sangre y de una decrépita anécdota del gaucho Carancho (seguro, González, lugarteniente de Rosas en Monte).

 El Camino del Norte hizo que florecieran muchas de estas tabernas, como La Roldanita, de Cerrito y Santa Fe, y más allá, por esta avenida, La Sol de Mayo. El Pasatiempo, de Venezuela y Quintino Bocayuva, albergó a payadores, algunos de fin de siglo, y músicos. Hubo varias Trompezón, muchas Blanqueadas y varias Coloradas. En el interior se recuerda La Colorada, de Balcarce; Los Dos Machos, de San Pedro; La Macanuda, de Mercedes; El Gualicho, de Las Flores; La Buena Moza, de Rauch, y El Destierro, de Azul.