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Asunto:NoticiasdelCeHu 242/06 - Afganistán - La guerra ignorada (Renato V ilacís )
Fecha:Viernes, 31 de Marzo, 2006  11:08:07 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

 
NCeHu 242/06
 

Afganistán
La guerra ignorada
Renato Vilacís
WORLD DATA SERVICE
30/03/2006

La guerra que inició la saga del 'super-Comandante en jefe' George W. Bush, permanece relegada en la atención de los medios difusivos estadounidenses.

Afganistán fue el país por donde empezó la actual administración su 'cruzada contra el terrorismo', en supuesta persecución del líder de Al-Qaeda, Osama bin Laden quien, entre paréntesis, no ha sido capturado, pese a todo el poderío militar del Pentágono.

La guerra no ha acabado en Afganistán, pese a que un vistazo a la prensa de Estados Unidos puede sugerir todo lo contrario.

El asunto es que a la Casa Blanca de Bush no le conviene hablar mucho de una aventura bélica que la deja muy mal parada, con una resistencia que, como en Irak, crece constantemente y ya no se reduce a los residuos del régimen Talibán.

Muchos se han incorporado a las acciones contra las tropas de ocupación debido a la brutalidad que muestran los soldados estadounidenses en el trato a la población, lo que no constituye sorpresa alguna. Estados Unidos, bajo el segundo Bush de la dinastía, entregó fuertes sumas de dinero a los 'señores de la guerra' afganos para que combatieran al régimen Talibán desde fines de 2001, supuestamente porque daban santuario a bin Laden.

Se trataba de un paso lógico en la mecánica de pensamiento de 'doble rasero' en una administración que antes había pagado fuertes sumas a los clérigos musulmanes ortodoxos instalados en Kabul tras derrocar al gobierno respaldado por la presencia militar soviética.

En mayo de 2001, el régimen Talibán recibió 43 millones de dólares sólo tres meses después de destruir a cañonazos estatuas budistas con 1 500 años de antigüedad y un incalculable valor como patrimonio cultural de la humanidad. Era como si el mesiánico presidente, quien dice hablar con Dios todos los días para recibir sus instrucciones de cómo gobernar al mundo, hubiera aplaudido los bombazos y se les recompensara con dinero para comprar más pólvora.

En aquel momento, pese a que Al-Qaeda ya era acusado de varias acciones terroristas, como el ataque al buque Cole en Adén, esa suma se entregaba al gobierno que se decía anfitrión del jefe del grupo. Así mismo había hecho con bin Laden para que combatiera contra esa presencia militar soviética, en una cadena en la que Washington siempre ha estado aliado a sectores nada atractivos por sus ópticas en materia de derechos humanos.

Las entregas al régimen Talibán se hicieron porque se le suponía altamente eficiente en la lucha contra la producción de amapola, la materia prima de la heroína, que antes de su llegada al poder era la principal fuente de ingreso nacional. Los clérigos fundamentalistas también habían impuesto el orden en un país sumido en el caos, con decenas de ejércitos privados de 'señores de la guerra' y grupos islámicos fanáticos envueltos en luchas intestinas.

Esos cabecillas feudales hacían enormes fortunas millonarias con el cultivo de la amapola, pero los nuevos gobernantes religiosos de los 1990 prohibieron esa actividad y la proclamaron contraria al Islam. Aunque los 'señores de la guerra' también son musulmanes, las grandes ganancias derivadas del narcotráfico les cerraba los ojos, como ocurre con los fundamentalistas cristianos de Wall Street y la Casa Blanca, en opinión de la prensa alternativa estadounidense.

Ahora que los subordinados de Donald Rumsfeld supuestamente están al timón de Afganistán, la producción de heroína de ese violento país ha vuelto a crecer, con 80 por ciento del suministro mundial. Los soldados estadounidenses están al margen del cultivo, procesamiento del opio y exportación de la heroína y ninguno ha sido asignado a combatir esas actividades que tanto dicen rechazar en la administración Bush.

Mientras, el Departamento de Estado bajo Condoleezza Rice, evalúa que 'el opio se ha convertido en fuente de ingreso para muchos afganos, especialmente después de quebrada la autoridad central con la retirada soviética'. El informe de la diplomacia añade que 'el opio es fácil de cultivar y transportar y ofrece una fuente de ingreso rápida para los empobrecidos afganos' mientras admite que el país fue el principal productor de opio en 2004.

También señala que la mayor parte del opio afgano se refina para hacerlo heroína que se consume por la población regional (adicta en grado creciente, según el documento) o se exporta, sobre todo a Europa Occidental. El analista Brian Cloughley escribe que es 'una tontería banal de un Departamento encabezado por su más incompetente secretario en décadas' porque ignora el panorama durante el régimen Talibán al ser incómodo para la administración.

Cifras oficiales de la ONU, sin embargo, registran que el área cultivada de amapola creció casi cinco veces de 2003 a 2004 y se extendió a las 34 provincias en lugar de 18 en 1999 y ocho en 1994.

'El hecho es -apunta Cloughley- que desde la invasión del país por EEUU, la industria ilegal más lucrativa se ha expandido más que cualquier otra actividad económica', como reconoció la propia Voz de las Américas, estación radial oficial del gobierno estadounidense. Pero la guerra en Afganistán también es un desastre para Estados Unidos en el sentido de que no ha traído la democracia a un país del que se sentía honrado de ser amigo porque era 'libre y orgulloso de combatir el terror'.

Cloughley publica algunos despachos noticiosos en los que se dan ejemplos de esa 'lucha por la democracia y contra el terror', como la prisión para un editor por desafiar las prácticas de apedrear a la muerte a los conversos o castigar el adulterio con 100 latigazos.

En otro, Abdur Rahman fue encarcelado por convertirse del Islam al cristianismo y enfrenta una posible pena capital porque la Sharia o Ley Musulmana estipula la muerte por apostasía y es la base del sistema legal afgano actual bajo la ocupación estadounidense. El régimen de Karzai recibió un reciente apuntalamiento con la visita de Rice a Kabul, el mismo día que el editor era enjuiciado a pocas cuadras de su residencia fortificada desde la cual anunció que 'Afganistán ahora inspira al mundo con su marcha a la democracia'.

Mientras esas locuras caracterizan la política estadounidense, Afganistán deriva de un panorama terrible a una catástrofe, según Cloughley, sobre todo con aportes de la ocupación militar. Una unidad quemó los cuerpos de dos combatientes y luego insultó la hombría de los integrantes del Talibán, con lo que implicó atrasos de más de un siglo para los intereses de Estados Unidos al extenderse la voz como un reguero de pólvora.

Tales comentarios, por demás, ignoran la historia de un país que derrotó tres veces a las tropas del imperio británico (1838-1842, 1878-1880 y 1919) y las soviéticas en los 1990, mientras Bush recibe una quinta paliza afgana.

Cual 'perro huevero, aunque le quemen el hocico', los británicos envían ahora cuatro mil soldados para reemplazar a los estadounidenses, debido a la estrecha colaboración con la Casa Blanca del 10 de la Calle Downing, habitado por el primer ministro Anthony Blair. Ya murió el primero de esos soldados en la provincia de Helmand y algo similar podría esperar a los canadienses que también han obedecido las órdenes emanadas de la administración Bush

La lista de barbaridades incluye bombardear bodas, torturar, asesinar a prisioneros inocentes y matar a los propios policías afganos 'por accidente', un pretexto que se hace usual bajo el rótulo de 'daños colaterales'. Los resultados refuerzan la resistencia y la hostilidad contra cualquier extranjero, en primer lugar los estadounidenses en un pueblo difícil de doblegar que vive bajo normas difíciles de entender por extranjeros, menos los ocupantes que torturan y asesinan.

En tales circunstancias, opinan analistas, Bush está atascado en otra guerra que no puede ganar, aunque los medios difusivos que lo acatan con tanta prontitud traten de echar la vista a un lado e ignorarla.


Extraído de www.argenpress.info .