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Asunto:NoticiasdelCeHu 57/06 - Las Heras, Santa Cruz. La vida de un pueblo lejos de todo norte (Leila Guerriero)
Fecha:Viernes, 10 de Febrero, 2006  20:49:50 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 57/06
 

Argentina
Las Heras, en Santa Cruz

La vida de un pueblo lejos de todo norte

Los piquetes son una de las caras de la desesperanza que reina en esta localidad; doce jóvenes se suicidaron entre 1997 y 1999

Leila Guerriero


 

-Yo nunca pensé en matarme. Siempre pensé "¡pucha, por qué nací!", pero nunca "me voy a matar", como hicieron esos chicos que se mataron acá. Porque por todas las cosas que me pasaron, yo ya tendría que estar muerta.

La chica tenía 19, unas malas caricias por parte de tío allá en su infancia, un padre casi desconocido y una madre por la que estaba contenta: era marzo de 2002 y la mujer había dejado de vender su propia carne para lucrar con las carnes ajenas: ya no era prostituta y había alcanzado las aguas tranquilas de un empleo en el matadero de Las Heras, esa ciudad ubicada en medio del desierto patagónico donde ayer estalló una violencia que se pretende espontánea: inexplicable.

La historia de la chica era una más de tantas otras, iguales o parecidas, que brotaban en esa ciudad en la que, entre noviembre de 1997 y el último día de 1999, se habían suicidado 12 hombres y mujeres de una edad promedio de 25 años y cuya lista oficial nadie había reconstruido nunca. Doce hijos de familias modestas pero emblemáticas, que parecían haber elegido fechas significativas para matarse -el cumpleaños de su mejor amiga, el fin del milenio- de los cuales se decía mucho y se sabía poco.

Cuando llegué por primera vez allí, en marzo de 2002, para empezar una investigación que tres años más tarde sería un libro, pasaron muchas cosas. Pero la que primero pasó fue un piquete que duró días y del que nadie se preocupó porque eso -el corte de ruta, la ciudad aislada por la nieve o el piquete- era normal. Era cosa de todos los días.

Las Heras está allí desde 1911, y fue durante décadas la última estación del Ferrocarril Patagónico. Era una ciudad próspera, apenas alterada por las subas y las bajas del precio de la lana. Pero el descubrimiento de Los Perales, uno de los yacimientos petrolíferos más importantes de la Patagonia, lo cambió todo. La ciudad mutó a base de operaciones de YPF y los 7000 habitantes se hicieron 16.000.

A cambio de futuro

Los hombres solos llegaron de Chile, de Salta, de Formosa, a buscar lo que no había en esas tierras: futuro. A cambio, entregaban el cuerpo nueve horas por día al arte de extraer petróleo en campos helados a decenas de grados bajo cero. Todos llegaron para irse, pero se quedaron siempre. Algunos formaron familias nuevas, contorsiones tenebrosas de hijos e hijastros, padres y padrastros, madres y madrastras. De a poco llegaron los burdeles, a paliar el ansia de los hombres solos.

En la década del ochenta y los primeros años de la del noventa, en Las Heras había empleo y dinero. Pero cuando comenzó el proceso de privatización de YPF siete mil personas se fueron de la ciudad y el desempleo superó el 20 por ciento. No hubo cómo evitar el impacto.

Las Heras no es la Patagonia nevada con lago al fondo que se vende en los folletos turísticos. El trayecto que la une con Comodoro Rivadavia, la ruta 43, se clava en el horizonte sin una sola curva. A los costados, arriba, abajo, no hay nada. Ni pájaros ni ovejas ni casas ni caballos. Sólo viento, y el cabeceo triste de los balancines del petróleo.

En la ciudad no hay cine ni librerías, no hubo Internet hasta hace dos años, y cada tanto el viento corta los teléfonos y la luz. Hay, desde 2004, un casino, cuatro EGB y un Instituto Superior del Petróleo. Por lo demás, después del secundario se termina el mundo y para ser cualquier cosa -profesor, analista o médico- hay que irse a Caleta o a Comodoro. Pero allí, en esa ciudad que parece reunir el folklore mayúsculo del estrago social (niños objeto de abuso, mujeres golpeadas, embarazos adolescentes, suicidios) los sueños con que sueña la mayoría son sueños simples.

-A mí me hubiera gustado estudiar, ser alguien -decía una mujer-. Ser algo en la vida, no estar pasando lo que estoy pasando ahora. No saber leer, tener que estar molestando a tu vecina para que te lea una carta.

-Yo quería ser alguien -decía otra, embarazada demasiado pronto, que no había podido ir a estudiar a Río Gallegos-. Y una carrera corta te permite ser alguien. Ser alguien era algo que querían ser muchos, ahí en Las Heras. Ser alguien, decían. Como si ellos, así, no fueran nadie, nada.

De Las Heras se habló, en estos años, poco. Pero aunque no trascendieran, los cortes, los piquetes, eran habituales. En enero de 1999, durante 15 días, y en reclamo de puestos de trabajo, los desocupados cortaron la ruta 43. Los comercios ya empezaban a vender comida racionada cuando los piqueteros llegaron a un acuerdo con Repsol y levantaron el corte. En 2002 el intendente José Luis Martinelli, hombre de la Alianza que gobernaba desde 1999, se hizo eco del reclamo y tomó, con los desocupados, la batería de rebombeo Loma del Cuy II, de Repsol YPF, reclamando que la empresa empleara mano de obra local.

A fines de julio de 2002 decenas de desocupados cortaron la ruta 43 para pedir que se crearan 80 puestos de trabajo, hasta que el 5 de agosto la camioneta de una empresa de la zona atropelló a 12 de ellos en un episodio confuso. Entonces, los piqueteros marcharon hacia la batería LH3 de Repsol YPF, treparon a uno de los tanques de petróleo y amenazaron con prenderle fuego. Entonces sí: la noticia volvió a hacerse nacional, pero el piquete terminó pocos días después y los desocupados consiguieron ochenta puestos de trabajo.

En las elecciones de 2003 el intendente Martinelli se presentó como candidato, esta vez por el PJ, y fue reelegido hasta 2007. La fórmula Kirchner-Scioli ganó en Las Heras con el 80 por ciento de los votos. La UCR obtuvo sólo 29 sufragios.

Una noche de tantas, en noviembre de 2002, en un burdel muy chico y tan oscuro de Las Heras, Leo Mattioli atronaba en la rockola y tres o cuatro mujeres -las botas largas, la carne afuera- se meneaban con aburrimiento. La encargada -rubia, pocos dientes- fumaba en la barra. Y entonces un petrolero, después de la tercera o cuarta cerveza -faltaban tantas- dijo lo que dijo.

-La culpa la tienen ustedes, los porteños. Si Buenos Aires tiene luz, es porque se fabrica acá. Si tiene gas, es porque lo hacemos acá. Acá, si queremos, les cortamos el gas y sonaron. Ustedes piensan que acá somos todos indios. El que se va de la casa a las cinco de la mañana para ir al campo soy yo, no usted. Usted prende la luz y tiene luz.

Prende el gas, dijo el tipo, y tiene gas.

-Los que aguantamos acá somos nosotros. Y ustedes, los del Norte, se llevan lo mejor.

Allí, en el sur profundo, Buenos Aires es el Norte.

Una patria de otros. Otro país.


La autora es redactora de la Revista y escribió el libro "Los suicidas del fin del mundo", de Editorial Tusquets, que narra una ola de suicidios en Las Heras entre 1997 y 1999.


 Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 9 de febrero de 2006.