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Asunto:NoticiasdelCeHu 569/02 - ¿Hacia la Guerra?
Fecha:Miercoles, 25 de Septiembre, 2002  15:31:12 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Ataque radial

NCeHu 569/02

Por: Immanuel Wallerstein
 
 
 
 
 
Uno de los intelectuales clave de nuestro tiempo, Immanuel Wallerstein, director del Fernand Braudel Center, analiza los hechos del 11 de setiembre de 2001 . Es autor del libro “Después del liberalismo”.

George W. Bush se está preparando para invadir Irak. Sin embargo, la oposición a este movimiento ha cobrado fuerza. En Estados Unidos, dos grupos se han manifestado en ese sentido. Uno de ellos es el llamado de "los viejos Bush", integrado por George Bush padre y James A. Baker, Brent Snowcroft, y Lawrence Eagleburger, integrantes del círculo más íntimo de consejeros del ex presidente. Según ellos, proceder a una invasión en estos momentos, sin autorización de la ONU, es imprudente, y además innecesario, y sólo puede tener consecuencias negativas para Estados Unidos. El segundo grupo está compuesto por militares retirados, como Brent Snowcroft, Norman Schwarzkopf, que condujo las tropas estadounidenses en la guerra del Golfo, Anthony Zinni, ex comandante de las tropas estadounidenses en Oriente Medio y ex mediador entre Israel y Palestina, y Wesley Clark, ex comandante de las fuerzas de la OTAN en Kosovo. Se piensa que estos generales retirados tienen influencia sobre militares en actividad. Por otra parte, Richard Arme, el principal líder republicano en el Congreso, y el senador Chuck Hagel, veterano de Vietnam y senador republicano por Nebraska, también han proclamado su oposición a una guerra con Irak. Nótese que ningún demócrata figura en esta lista. Es que los demócratas han demostrado una rara y vergonzosa timidez en este debate.

La oposición a la guerra procede igualmente de los países amigos y aliados de Estados Unidos. Los canadienses alegan que carecen de pruebas que justifiquen una invasión; los alemanes anunciaron que se niegan a enviar tropas; los rusos han mantenido en las últimas semanas diversas reuniones al más alto nivel con representantes de los países considerados por Estados Unidos como el "eje del mal" (Irak, Irán y Corea del Norte); los países árabes "moderados" (Arabia Saudita, Jordania, Egipto, Bahrain, Qatar) claman que no permitirán el uso de su territorio para un ataque a Irak; los kurdos se negaron a asistir a una reunión de la oposición iraquí promovida por Estados Unidos... Incluso en Gran Bretaña, las cosas no son fáciles para Washington. El primer ministro Anthony Blair, aun si sigue dando muestras de fidelidad a la alianza con Estados Unidos, se queja de que George W. Bush no lo ayuda en esa tarea, puesto que no le ha brindado evidencias que pueda exhibir ante terceros para justificar una invasión. No en vano se niega a convocar a una reunión de gabinete para discutir la eventualidad de un ataque a Irak: sabe que encontrará fuerte oposición, en particular del canciller Robin Cook. A su vez, la mayoría de la opinión pública británica se ha pronunciado en contra de una intervención. 

¿Qué dice la administración estadounidense en respuesta a las críticas? Bush alega que no se ha tomado decisión alguna respecto a un ataque a Irak, cosa que nadie le cree. El vicepresidente Dick Cheney, por su lado, insiste en que Saddam Hussein debe ser derrocado, aun si aceptara que el territorio de su país sea inspeccionado por funcionarios de Naciones Unidas, una tesis que hasta Blair encuentra inaceptable. Y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dice que cuando Estados Unidos decida qué se debe hacer, y lo haga, otros lo seguirán. "Esto, agrega, es lo que nosotros entendemos por liderazgo".

 

¡Ahhh macho! 

Para los halcones de la administración estadounidense, entre los que ahora se encuentra el propio Bush, lo que piense la oposición es irrelevante. El objetivo es derrocar a Saddam Hussein, no importa lo que éste haga u otros digan, porque el presidente de Irak osó desafiar a Estados Unidos. Sólo aplastando a Saddam, piensan, se podrá disuadir a otros de imitarlo y al mismo tiempo demostrar que Estados Unidos debe ser obedecido en todos los sentidos. Por esta razón, igualmente, es que Washington impulsa la firma de acuerdos bilaterales para garantizar un trato especial a los ciudadanos estadounidenses en temas que competen a la recientemente creada Corte Penal Internacional. El principio es el mismo: Estados Unidos no puede estar sujeto a la ley internacional, porque es el macho dominante. Lo que los opositores a la guerra sostienen es que en caso de una invasión Estados Unidos se estará autoperjudicando y causando enormes daños a sus aliados. Además de que para la legislación internacional una acción de este tipo es ilegal (invadir un país es agresión, y la agresión constituye un crimen de guerra), es tonta.

Analicemos los tres posibles resultados de una invasión. Estados Unidos puede ganar rápida y fácilmente, con pérdida mínima de vidas. Estados Unidos puede ganar tras una guerra larga, agotadora, con pérdida considerable de vidas. Estados Unidos puede perder, como en Vietnam, y ser obligado a retirarse de Irak luego de haber cosechado considerables pérdidas de vidas. La victoria fácil y veloz, obviamente la hipótesis a la que apuesta la administración estadounidense, es la menos probable. Tal vez tenga una oportunidad en veinte de verificarse. La victoria tras una guerra agotadora y larga es la más probable (dos oportunidades en tres). La derrota, por increíble que parezca (así también lo parecía en Vietnam), es sin embargo posible (una oportunidad en tres).

 

Perder amigos

En todo caso, cualquiera de las tres hipótesis es perjudicial para los intereses de Estados Unidos. Supongamos que gana fácil y rápidamente. Los halcones argumentan que en ese caso se restaurará el poder estadounidense. Sucederá más bien lo contrario. Estados Unidos impresionará al mundo entero, y causará terror en cuanto ser vivo puebla el planeta. Pero paralelamente sufrirá una tremenda pérdida de influencia política, en primer lugar entre sus aliados y amigos. Y se planteará el problema de qué hacer después de la victoria fácil. Prometimos a Turquía, Jordania y a Arabia Saudita que no permitiríamos la desintegración de Irak. ¿Podremos mantener esa promesa? Sí, si enviamos un procónsul y por lo menos 200 mil soldados que aseguren la ocupación del territorio iraquí por mucho tiempo (como sucedió con Japón después de 1945). Sin embargo, nadie se plantea esa posibilidad, que en caso de concretarse tendría consecuencias internas muy negativas para la administración estadounidense. El día después de la invasión a Irak se plantearía un escenario similar al que se dio en Bosnia a principios de los noventa: el país sería presa de enfrentamientos étnicos internos y externos. En cuanto a Irán, sacaría provecho de un Irak destruido y vería con buenos ojos la desintegración de su vecino. Los llamados estados árabes moderados proclaman a voz en cuello que una invasión estadounidense a Irak les causará a ellos mismos heridas mortales, imposibilitando, prácticamente de manera definitiva, cualquier acuerdo de paz entre Israel y Palestina. Esto parece tan obvio que uno se pregunta cómo la administración Bush puede tener dudas al respecto. Los halcones de ambas partes, tanto israelíes como palestinos, se fortalecerían infinitamente, y estarían menos dispuestos que nunca a considerar cualquier posibilidad de negociación.

 

El camino de la derrota

Veamos a continuación el resultado más probable de la invasión: una guerra larga y sangrienta. Irak puede perfectamente ser "bombardeado hasta volverlo a la edad de piedra", como los halcones suelen soñar. Pero antes que ese desenlace se produzca, echará mano a todas las armas letales de que disponga. Estas pueden ser menos numerosas y poderosas de lo que la propaganda estadounidense afirma, pero basta con unas pocas para provocar inmensas pérdidas de vidas humanas en la región (y por supuesto, en primer lugar, en Israel). Los costos económicos de la guerra, así como el impacto en el suministro mundial de petróleo, debilitarían enormemente la posición relativa de Estados Unidos en la economía mundial, como sucedió tras la guerra de Vietnam. Y si Washington asume el peso moral de nuevos bombardeos nucleares, que se sumarían a los de Hiroshima y Nagasaki, puede tomar 50 años calmar a la opinión mundial. El tercer resultado posible -la derrota- es tan imponente que nadie puede imaginarse cómo podrían tomarlo las futuras generaciones. Probablemente echen mano a algún chivo expiatorio en la administración estadounidense, al que acusarán de no haber previsto esa posibilidad. Los psiquiatras llaman a esto "negación".

¿Puede Osama bin Laden pedir más?

Traducción: Lucía Secco


Fuente: La Jornada (Fecha publicación:09/09/2002)