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Asunto:NoticiasdelCeHu Saqueos y Huracan Wilma
Fecha:Domingo, 6 de Noviembre, 2005  23:32:23 (+0100)
Autor:FRANCESC XAVIER C. PAUNERO AMIGO <xavier.paunero @...es>



De la Dra. Beatriz Castilla, Mérida.

Por Esto! de Yucatán y Q.Roo.


Fecha de publicación: Viernes 4 de noviembre de 2005



E S C R U T I N I O



Una clarinada de alerta



Juan José Morales



Ciertamente, no es normal que de pronto quince o veinte mil personas se
entreguen a
una verdadera orgía de saqueos y pillaje. Sobre todo cuando entre ellas
había amas
de casa que en condiciones normales serían incapaces de hurtar un
caramelo, y hasta
familias completas, inclusive niños, que cargaron con cuanto objeto de
valor les
llamó la atención y pudieron llevarse. Pero eso fue lo que ocurrió en
Cancún cuando
todavía no cesaban los vientos del huracán Wilma. Y, ciertamente también,
es algo
que no puede ni debe minimizarse, trivializarse o verse como un suceso
anecdótico,
casual e intrascendente. Tampoco puede juzgarse un mero asunto de policía
ni mucho
menos servir de pretexto para proponer medidas represivas de corte
fascista, como
las que demandaba algún comentarista de televisión que —con total
irresponsabilidad
y plena ignorancia jurídica— pedía que cuanto antes se estableciera la ley
marcial
en la ciudad.



Hubo, desde luego, quienes por necesidad se apropiaron de agua y comida en
algunos
almacenes. Y hubo también delincuentes habituales que organizada o
desorganizadamente aprovecharon la ocasión para robar juegos de sala,
motocicletas,
refrigeradores, televisores y hasta automóviles. Pero una gran parte del
pillaje no
consistió en alimentos sino en artículos domésticos de mediano valor y no fue
cometido por pandilleros o maleantes sino por gente común y corriente, que
vive
honradamente de su trabajo.



Por eso este insólito episodio de saqueo y rapiña representa un desafío para
sociólogos y sicólogos. Debe ser estudiado y analizado en profundidad,
pues me
parece que revela una falta de espíritu de comunidad, una preocupante
descomposición
social, una trastocación de los valores generalmente aceptados, un
extendido y ciego
rencor entre vastas capas de la población y un profundo resentimiento
social. Y todo
esto constituye una advertencia de que en Cancún existe una situación
potencialmente
explosiva, que puede llevar a hechos más graves todavía.



Aunque resulta muy trillado repetirlo, Cancún es quizá la ciudad de México
donde más
acentuados y brutales son los contrastes entre quienes todo tienen y
quienes casi de
todo carecen. Por un lado, la opulencia, el lujo y el oropel de la zona
hotelera.
Por el otro, la pobreza no muy alejada de la miseria en que viven cientos
de miles
de personas, muchas de las cuales —además, y para agravar las cosas—
transitan cada
día desde sus precarias viviendas sin drenaje y apenas abastecidas de
agua, en
calles polvorientas y pedregosas de las barriadas marginales, hasta sus
centros de
trabajo en los elegantes establecimientos de la zona hotelera, con sus
bien cuidadas
y vigiladas avenidas, donde albercas, jardines y camellones reciben más
agua en un
día que barrios populares enteros en todo un año, y en donde todo se
derrocha, los
huéspedes de los hoteles comen y beben hasta saciarse y la vida parece ser
una
fiesta permanente.



Agréguese a ello el constante bombardeo publicitario de una sociedad de
consumo que
nos repite una y otra vez que quién más tiene más vale y en la cual el
valor de un
ser humano se mide exclusivamente en términos de su capacidad de gasto.
Por ello no
me sorprende que cuando se presentó la oportunidad, miles de personas se
convirtieran súbitamente —sin habérselo propuesto y muchas de ellas sin
reflexionar
siquiera sobre lo que estaban haciendo— en delincuentes y malhechores de
ocasión
para apropiarse de aquellos objetos que según las normas sociales
imperantes dan
satisfacción y prestigio, son indispensables para vivir pero están más
allá de sus
posibilidades económicas. Y no es de extrañar tampoco que mucha gente se
hubiera
entregado en cadenas de tiendas y plazas comerciales a un absurdo frenesí
destructivo, que podría interpretarse como un producto del encono y el
odio social
contra aquellos establecimientos, que con sus luces, sus grandes vitrinas
y su
inalcanzable abunda!
ncia,
 parecen una simbólica bofetada a quienes habitan casuchas de láminas de
cartón, hoy
destechadas por el huracán.



Los saqueos de octubre constituyen una clarinada de alerta que sería mejor
no desoír.




 



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