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Asunto:NoticiasdelCeHu 1338/05 - HISTORIA DEL CEHU: OCTUBRE 03
Fecha:Miercoles, 12 de Octubre, 2005  14:22:00 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 1338/05
 
 
HISTORIA DEL CEHU
OCTUBRE 03
QUINTO ENCUENTRO INTERNACIONAL HUMBOLDT

    “La Cuestión Nacional”

 

Neuquén - Argentina

 

6 al 10 de octubre de 2003 

 

 

Ejes Temáticos

 

Estado, Nación y Regiones

 

Planificación Regional

 

Economías Regionales y Turismo

 

Medio Ambiente y Población

 

Geografía y Educación

 

 

El Quinto Encuentro Internacional Humboldt contó con el auspicio de las siguientes instituciones:

 

. Unión Geográfica de América Latina

. Universidad Nacional del Comahue

. Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue

. Facultad de Turismo de la Universidad Nacional del Comahue

 

 

Ha sido declarado

 

DE INTERÉS EDUCATIVO

Por la Secretaría de Educación de la Provincia de Río Negro

Por la Secretaría de Educación de la Provincia del Chubut


 

 

 

Coordinador General

Lic. Gerardo Mario de Jong

 

 

Comité Organizador del Centro Humboldt

Prof. Marcelo F. Veneziano

Dra. Marisol Gejo

Prof. Haydée Aravena

Prof. Beatriz Posada

Prof. Beatriz Giazzon

 

 

Comité de Apoyo de la Universidad Nacional del Comahue

Lic. Alicia Laurin
Lic. Graciela Vives
Lic. Julio Anguita
Prof. Marcos Mare

 

Colaboradores:

Mabel Ciminari
Celia Torrens
Elsie Jurio
Olga Capua
Oscar Peña
Ana Goicoechea

Miriam Ambrosio

 

 

Coordinadora Estudiantil

Srta. Nancy Sarabia

 

 

 

 

 

Comité Académico

Lic. Ana María Liberali

Prof. Omar Horacio Gejo

Lic. Humberto N. M. Voltolini

Prof. Dr. Wilfried Endlicher

Dra. Elena M. Chiozza

 


 

GEOGRAFIA Y CUESTION NACIONAL

 

Por Omar Horacio Gejo

Centro Humboldt

 

           Con la reunión neuquina de octubre se estará cerrando una etapa en la elaboración y en la evolución de los análisis por parte del Centro Humboldt. Como Quinto Encuentro, este llamado, "La cuestión nacional", ha sido precedido por cuatro citas - Buenos Aires (1999), Mar del Plata (2000), Salta (2001) e Iguazú (2002)- que han tratado de desenvolver una propuesta conceptual que ha definido, y aun determina, a nuestra actividad intelectual. Si bien ya ha habido ocasiones donde el sentido de la propuesta se ha elucidado, hoy, al término de una etapa, conviene y corresponde explicitarla con ciertos detalles, llevando a cabo un repaso si no meticuloso al menos abarcativo de esas tareas.

 

                                    La Geografía Económica y el caso argentino

El Centro Humboldt (CEHU) nace oficialmente a mediados del año 1995. En este año encontramos su fundación, pero a ella se llega tras una actividad previa de casi una década en la que un pequeño núcleo de geógrafos, en la universidad argentina (Universidad de Buenos Aires), compromete esfuerzos por comprender el devenir de nuestro país. Argentina es un país muy particular, atípico podría decirse. Integrante de la llamada "Periferia", o de lo que se conoció durante cierto tiempo como "Tercer Mundo", supo tener, y aun posee, algunas características no coincidentes con la normalidad de los países rezagados o no desarrollados. Este "misterio", el pasado de grandeza, también se extiende a su constatable declinación, que ha alcanzado ribetes nítidos en las últimas tres décadas, las que plantean la irrefrenable marcha hacia aquella eludida normalidad tercermundista y que en términos geográficos se describe como la creciente latinoamericanización del país, es decir, la pérdida de su rareza excepcional. A una cátedra de Geografía Económica bien le correspondía la responsabilidad de intentar explicar este fenómeno y, ante todo, hacerlo enfrentando a las deformadas e interesadas versiones que sobre ello promueven de continuo los guardianes del orden establecido. Llevarlo a cabo implicaba, pues, un desafío doble: conceptual y político a la vez.

 

  - Una primera aproximación: recurriendo a la historia (1988-1990)

A fines de los años ochenta, en el contexto de la declinación del alfonsinismo, que se asomaba aceleradamente a su traumático final, dimos a conocer "Introducción al análisis de la evolución de la economía argentina" [1]. Con este trabajo se pretendió generar un primer atisbo de cuadro de situación de Argentina que partía, como era lógico, de una lectura histórica de nuestro país. Era un producto genuino del momento que se vivía y, fundamentalmente, de la puja ideológico-política imperante.

 Por aquellos años comenzaban a imponerse con fuerza las visiones "liberales", o "neoconservadoras". Estas, que vencerían a poco de andar, representaban la versión local de ese paradigma mundial conocido como "pensamiento único", "neoliberalismo" o, más restrictivamente, "Consenso de Washington", y eran absolutamente dominantes en el ámbito de una facultad como la de Ciencias Económicas en la que desarrollábamos nuestra actividad.  Concretamente, esta interpretación hacía de la Argentina un caso peculiar de desorden económico del que sólo se podría emerger a través de un shock profundo de mercado, de una inyección de capitalismo puro, pues la economía nacional había extraviado su áureo rumbo a partir de los años cuarenta cuando una presencia asfixiante del Estado sometió al por entonces ejemplar capitalismo local.. La Argentina, con un Estado omnipresente y casi sin mercado le había dado la espalda al mercado mundial, repetían hasta el hartazgo los divulgadores liberales.

Enfrentando a esta realidad es que se produjo entonces nuestra lectura de la evolución nacional, que tenía por ejes estructurantes aquellos puntos elegidos ex profeso para confrontar con el saber convencional, es decir, con la ideología dominante.

El primero de ellos era instalar decididamente la evolución argentina en un cuadro mundial. En éste se inscribía; era éste el que la determinaba. Dividimos así la historia económica nacional en tres grandes etapas: la Colonial; la Agroexportadora y la correspondiente al medio siglo de Industrialización, a partir de la crisis del treinta. Finalmente, esta última etapa mudaba severamente a mediados de la década del setenta. El trasfondo de todos los cambios lo constituían imposiciones fácticas exógenas: comenzando por la conquista, y siguiendo con las revoluciones industriales, la puja interimperialista de comienzos del siglo veinte y, por último, finalizando en el complejo cuadro de agotamiento del período de recuperación de la posguerra. Eran éstos los jalones que promovían decisivamente el sentido de los ajustes de las situaciones locales. Así, por ejemplo, el cambio de eje de nuestra economía de la minería a la explotación pecuaria extensiva, que había arrastrado el centro de gravedad hacia el Litoral, era consecuencia de la decisiva configuración de una economía mercantil atlántica de sello británico, sustentada en la aparición de las primeras manifestaciones industriales. Luego, la consolidación del país a partir de la segunda mitad del siglo veinte se correspondió con la segunda revolución industrial y la instauración de un primer cuadro económico-productivo internacional ampliado y la consecuente aparición de una periferia exportadora, dinámica. Ya en el siglo pasado, la primera guerra mundial, la crisis del treinta y la segunda guerra mundial fueron las tres décadas que transformaron definitivamente el sistema mundial y con ello el país alcanzó los límites del modelo primario exportador, viéndose obligado al giro industrializador alrededor de su mercado interno. Por último, los cambios acaecidos desde fines de los años sesenta -la estanflación, la crisis del petróleo, la revolución científico-técnica, la inconvertibilidad del dólar- decretaron el fin de la aventura industrial nacional.

La descripción era sencilla, sin dudas hasta sobresimplificada. Pero no dejaba resquicio para controversias banales: la Argentina era un hecho nacional de significado mundial.

Un segundo aspecto clave era la comprensión de la industrialización, porque mientras para los liberales ella constituía un desperdicio, una construcción artificialmente enfrentada con las sabias señales emitidas por el mercado, para los desarrollistas significaba la piedra angular para modificar nuestra integración al mercado internacional y, por ende, para alcanzar el desarrollo [2]. Frente a estos horizontes de ruptura nosotros preferimos detenernos a observar aquí las continuidades. En primer lugar, la industrialización, que si bien recibe con la crisis de los años treinta un notorio impulso, es, por lógica, anterior a esa década, es preexistente a aquellos hechos.  Fue el desarrollo avanzado de la economía agroexportadora el que generó directa e indirectamente las condiciones para el surgimiento y posterior crecimiento de las actividades industriales. En segundo lugar, los años veinte ya fueron un momento muy activo de la llegada de inversiones industriales norteamericanas al mercado argentino. El considerado perverso proteccionismo, que prohijó a un empresariado nacional prebendario y no competitivo, no contempla, entonces, la comprobada y comprobable presencia de inversión extranjera directa que, por un lado, desmiente la teoría del aislamiento y, por el otro, desenmascara la falacia del endilgado origen genético de la corrupción [3]. Por último, el devenir industrial, con su tránsito de la modalidad extensiva a la intensiva y, por tanto, con el encadenamiento del funcionamiento del parque industrial instalado al flujo de importaciones, puso en jaque hace bastante tiempo la hipótesis de la independencia económica sustentada por el despliegue profuso de esta actividad productiva.

Pero este aspecto, el de la no sustentabilidad de la industria va más allá del análisis del ciclo, del flujo, ya que nos remite en lo concreto a la visualización misma de cómo se definió su curso en los años setenta. De allí que el tercer elemento esencial rescatado en aquel análisis fuera el que se cuestionó severamente a partir del giro desindustrializante de mediados de los setenta: el mercado interno. Sin él no hay industria y es precisamente lo que se redefinió cuant.i y cualitativamente en forma regresiva, tendencialmente, desde junio de 1975[4]

El capitalismo argentino desde los años treinta estuvo marcado por su gran dependencia del mercado interno y del Estado, dos cosas que estuvieron decisivamente unidas. Ninguno de los grupos capitalistas nativos  (Techint, Macri, Pérez Companc, Fortabat, Roggio, etc.)podría escapar al hecho de que han aprovechado intensiva y abusivamente de la conjunción de estos dos factores .

 

  - Un Contexto Internacional: haciendo geografía (1990-1995)

Tras la crisis de 1989 se puso en marcha el proceso de "reformas estructurales" definido conceptualmente como el Consenso de Washington (1990) . A la administración Menem le correspondió tutelarla políticamente. Definitivamente enderezada por el plan de Convertibilidad (marzo de 1991), esta experiencia signó durante una década el curso de los acontecimientos argentinos.  Con ella primó la vulgar idea de la integración automática al mercado mundial valiéndose de la primitiva y tradicional catequesis tecnocrática, que abunda en especies como privatizaciones, liberalizaciones comercial y financiera, austeridad fiscal, independencia del banco central, etc. Una de las ideas centrales de esta "estrategia" era la de identificar al mercado mundial  como la máquina por excelencia del crecimiento económico.

Con el objetivo de derruirla se trabajó, especialmente, durante los primeros años de la última década del siglo pasado. Así surgió en primera instancia "Asignación de recursos y proceso geoeconómico".[5] Con este título se evidenciaba la intención de cerrarle el paso a la abstracción mercantilista, tanto en su acepción conceptual (el mercado como un asignador eficiente de recursos) como en la geográfica (un asignador mundial).

Por aquellos tiempos la experiencia japonesa ocupaba una posición de privilegio, habiendo ese país alcanzado el cenit de su envidiable metamorfosis de posguerra, deslumbraba. La organización japonesa era considerada un verdadero mecanismo de relojería de precisión, el "toyotismo" había desbancado al "fordismo" y el siglo veintiuno pasaba a interpretarse en clave nipona. Se hablaba, cándidamente, sin ambages, de "milagro": un país sin recursos, humillado políticamente, alcanzaba los límites del desarrollo. Por contraste emergía la antítesis argentina, que acababa de sufrir el reciente fracaso de la década perdida, una sinrazón: un país abarrotado de recursos que, sin embargo, daba muestra de un extenuante y desconcertante empecinamiento por padecer recurrentes desastres, por ejemplo, las crisis de 1982 y 1989.

Es por eso que en esa ocasión se eligió confrontar las experiencias económicas históricas de Japón y Brasil, en el que este último país ocuparía el denostado sitial que le correspondía a la Argentina. Brasil también era un país ubérrimo, con una dotación de recursos incluso superior a la de Argentina, seguramente. Comparado con Japón su performance distaba bastante de la ideal, pero para el "progresismo" [6]y el desarrollismo argentinos la experiencia industrial desde los años sesenta lo había ubicado como el modelo regional inalcanzable para la defraudante realidad argentina. La burguesía brasileña, para estas personas, tenía proyecto y era capaz, pues, de acaudillar a la Nación; era, en resumen, una verdadera burguesía [7].

En ese trabajo el hilo conductor desafiaba la tradicional línea argumental prevaleciente. Para nuestra óptica, en tanto Japón adoptó una tardía integración al mercado mundial, el Brasil edificó su historia completamento subordinado a él. Mientras el Imperio del sol naciente consolidó su mercado interior al calor de una industrialización tardía pero desarrollada, luego de asumir la tarea política de la integración política del país, Brasil, por contraste, vivió prisionero de los ritmos del mercado internacional y sólo tras la crisis del treinta inició un giro hacia la industrialización en derredor de un mercado interno esmirriado y desarticulado. La acelerada industrialización japonesa lo involucró decisivamente al país en una expansión militarista, vital para la construcción del capitalismo nipón, un capitalismo central, profundo, imperialista. Brasil, en cambio, es un caso más de un capitalismo primario exportador, periférico, dependiente. Tras la derrota del cuarenta y cinco, el Japón se reconstruyó en base al pasado y a un contexto de posguerra favorable, como lo fue el de la convulsionada Asia, ligada a la Guerra Fría como su caliente frente oriental. La región, soporte de su expansión imperialista primitiva también debe forma parte del acervo de su "resurrección", que, en este sentido, poco tiene de milagrosa. El Brasil pos treinta, luego de la relativamente exitosa etapa exportadora primaria, intentó desarrollar su experiencia industrial sin esos pergaminos de la historia nipona que lo llevaron a un traumático derrotero de modernización inconclusa, acompañado de las siempre presentes descripciones y alusiones a una exasperante dualidad económica y social.

En resumen, Japón, un país central, posee un poderoso mercado interior, desarrollado al que adosa una proyección comercial autónoma, independiente. Brasil, un país periférico, por el contrario, luce un mercado interno débil, subdesarrollado, junto con una proyección externa dependiente.

 

Un segundo momento lo constituyó el haber generado una interpretación amplia de la evolución de los conjuntos regionales del sistema mundial. Porque era imprescindible obtener un marco de comprensión regional para entender la evolución decadente de las economías nacionales latinoamericanas, en particular de la Argentina. Para ello, partiendo de una lectura de sesgo productivista, en "Sistema y Economía Mundiales"[8] se pretendió dar una respuesta a este requerimiento. 

En ese trabajo, en su primera parte, se realizó una periodización de la economía mundial que abarca desde mediados del siglo diecinueve hasta nuestros días. Allí, la evolución latinoamericana está sujeta al recorrido de las regiones centrales, y ante todo al devenir que va del eurocentrismo decimonónico al hegemonismo norteamericano de gran parte del siglo veinte. Es decir, la región, como periferia, inscribe su recorrido en el cuadro de posibilidades que le abren los centros históricos. Así, tras el clásico período de ascenso primario exportador y luego de la primera guerra mundial, el mutado cuadro internacional, ahora bajo la égida estadounidense, particularmente preeminente en Latinoamérica, hizo que ésta asistiera a una temprana industrialización dentro de una modalidad periférica conocida con el apelativo de mercado-internista, caracterización que la define y delimita cabalmente, sobre todo en cuanto al techo evidente de su hipotética proyección externa.  Por otra parte, al darle la denominación genérica de transnacionalización a la evolución de casi todo el siglo veinte, el relato le da una continuidad al proceso de internacionalización que no le dejará resquicio a la pretendida discontinuidad revolucionaria de la globalización, ya que ésta queda reducida, entonces, a un complejo proceso que denota en el último tercio del siglo la agudizada competencia entre las regiones históricas centrales (imperialismos), por una parte, y el surgimiento de una periferia industrial exportadora, aquella ubicada en el este de Asia, asociada a la influencia estadounidense de posguerra y al reposicionamiento internacional del Japón.  Este nuevo conjunto de factores, al que hay que agregar el ostensible retraimiento de las materias primas en el intercambio internacional - correlato del incremento del comercio intraindustrial- gesta las bases para el debilitamiento estructural de Latinoamérica; en su doble condición: como productora primaria para la exportación y como sustentadora de un proceso industrial excesivamente apegado a mercados internos que profundizan su desarticulación congénita [9].

Tras el análisis precedente, y sólo luego de él, se llevó a cabo una aproximación al cuadro de situación del comercio mundial, colocando al fenómeno de la circulación, por ende, supeditado a la perspectiva estructural.

En ese breve aporte sobre la geografía del comercio internacional a comienzos de los noventa quedan grabados nítidamente sus principales tendencias: una alta concentración geográfica; una regionalización manifiesta; una creciente interdependencia entre las regiones desarrolladas y una inocultable marginalidad de las economías no desarrolladas.  Por la primera tendencia, el comercio internacional se revelaba como un  fenómeno de alcance mucho más restringido que el que le atribuyen sus propaladores. A través de la segunda, se dejaba traslucir una palpable deriva hacia la conformación de bloques, un emergente de los proteccionismos en cierne. La tercera tendencia, finalmente, nos indicaba el sentido de la transnacionalización, que involucra a las principales regiones desarrolladas en una interrelación profunda.

Por último, la cuarta y última tendencia grafica la imposibilidad de realización de las economías no desarrolladas, las que cercenadas las posibilidades efectivas de progresar en el mercado mundial, con su limitado acceso a los mercados centrales y que, al mismo tiempo, no pueden activar las alternativas regionales basadas en sus escuálidos mercados internos [10].   

 

 

                El Centro Humboldt, la globalización y la geografía

A mediados de la década pasada se conformó el Centro Humboldt. Este hecho fue producto, como es lógico, de una compleja trama de circunstancias, entre las que  cabe hacer notar el peso decisivo del vuelco de expectativas generado por el comienzo del fin de la euforia finisecular hasta allí imperante, consistente ésta, básicamente, en la apología del capitalismo globalizado [11].

Precisamente, la organización humboldtiana en la Argentina surge como un intento de confrontar conceptualmente con los supuestos de la presumida nueva etapa, signada, definida, determinada por la globalización[12]. Todos sus primeros pasos se encaminaron a dar la batalla a esta omnipresente interpretación que entendíamos que constituía un embuste y era, además, decididamente, un manifiesto antigeográfico. Así, la revista Meridiano, en su primer número, en agosto de 1995, blandía una esclarecedora respuesta de la conservadora The Economist, que colocaba en su lugar a los afiebrados seguidores del nuevo culto, y que estaba sustentada en una abierta y clara reivindicación de la Geografía [13]. Con este antecedente dimos a conocer el rumbo que elegíamos: defensa a ultranza de la geografía como punto de apoyo para derrotar la vulgaridad reinante, la de los globalizadores, tanto en su versión ortodoxa economicista como en el enfoque heterodoxo sociologizante, a menudo presentado este último como progresista. Para este último, sobre todo, acopiamos algunos materiales, siempre de fuentes inobjetables, es decir reconocidamente sistémicas, que reprodujimos a través también de Meridiano[14]. No hubo tregua pues para unos, pero tampoco tuvieron resuello los otros, los posaban de opositores, los que se presentaban como una falsa alternativa.

En resumen, sería imposible escindir la creación y construcción del Centro Humboldt al margen de aquel contexto, del que éramos plenamente partícipes conscientes.

 

- Enfrentando a la "Globalización"

Una de las primeras tareas que el Cehu llevó a cabo, por lo tanto, fue la de establecer un cuadro de situación que diera cuenta de aquella realidad que enfrentábamos. El análisis de la globalización, por ende, nos distrajo cierto tiempo. Este seudoconcepto, de fulminante desarrollo, lo abarcaba casi todo. Superficialmente implicaba una geografización, pero en lo profundo, en lo esencial consistía en una tajante negación de las bases mismas de la geografía. Y como el manifiesto antigeográfico que era, por lo tanto, no podía ser más que una burda tergiversación conceptual de la realidad, un fallido abordaje de la problemática del presente.

La globalización era presentada como una divisoria de aguas. En términos históricos representaba una nueva época; en términos geográficos implicaba la dramática reducción, cuando no la desaparición, de las distancias. Producto de la revolución científico-tecnológica el pasado era pasado definitivo, intrascendente y la fricción del espacio también estaba llamada al ocaso irreversible. El mundo se transformaba así en un mundo virtual. Pero detrás de estas ensoñaciones se movía el carácter fundamental de esta imposición, la supuesta disolución de los mecanismos históricos de diferenciación material que, aparentemente, habían dejado de actuar milagrosamente por obra y gracia de la fenomenal mutación tecnológica de las últimas décadas.

Por supuesto que un factor aun más gravitante que el salto tecnológico para esta formidable ofensiva ideológica era el derrumbe del orden de posguerra, hecho que trastrocó definitivamente casi medio siglo de un determinado equilibrio que involucraba a naciones, regiones y clases. Este orden, surgido tras la segunda guerra mundial, estuvo signado por las diferenciaciones y desigualdades. En cuanto a la política internacional se conformó en base a un mundo bipolar, bajo la tangible división este-oeste, que se sobrellevó hasta la caída del muro berlinés a fines de los años ochenta. A nivel estatal, este período fue el gestor definitivo de la estatalidad nacional, ya que en su transcurso se triplicaron los estados nacionales existentes, fruto del desenvolvimiento de los procesos de descolonización que involucraron a las ex geografías coloniales de las potencias europeas, por entonces asumiendo su declinación  por el advenimiento de la hegemonía estadounidense. Desde el punto de vista económico, la dicotomía desarrollo-subdesarrollo fue el telón de fondo de esa media centuria, señalando, claramente, las pronunciadas diferencias socioeconómicas entre el capitalismo avanzado y el mundo capitalista rezagado, aquel conformado por las zonas de las ex colonias europeas.

La globalización, en este sentido, vino a zanjar este mundo de diferencias, y si no hizo desaparecer las desigualdades por lo menos las desproblematizaba. En primer lugar, la desaparición del bloque del este, comunista, dejó abierto el horizonte a un único sistema, el capitalista, quedando planteado entonces el desafío de la absorción por parte del "mercado" de la inmensa geografía euroasiática del socialismo. En segundo lugar, la consolidación del fenómeno transnacional erosionó los marcos nacionales, relativamente impenetrables en la etapa previa, señalando las cuestiones de la integración productiva, de la reducción efectiva de las soberanías nacionales y de la pérdida de vigencia de los instrumentos clásicos de planificación político-económica. En tercer lugar, finalmente, y no tan sólo por la sumatoria de las dos característica previamente descriptas, la desaparición de las categorizaciones problemáticas, ya que el mercado mundial volvía a ser identificado plenamente como una oportunidad  y no como un obstáculo [15]. Una consecuencia directa de esto fue la irrupción del concepto de mercados emergentes, que reflejaba plenamente la renovada ilusión en el desarrollo espontáneo [16].

La globalización se presentaba, entonces, como una ruptura taxativa respecto del pasado y, además, como un fenómeno inevitable. Estas dos características aunadas la muestran claramente como "ideología", entendiendo por esto un intento de reinterpretar el mundo desde el poder, tendiente a quebrar estratégicamente a la resistencia de los explotados, a incrementar la opresión material baja la daga del terrorismo intelectual [17]. Este escenario reforzaba el instrumentalismo, es decir, el tecnocratismo, y este papel degradante le cupo, en gran medida, a los economistas, portadores de una especie de ciencia suprema. 

 

- La Cuestión Periférica

Desde el Cehu, a partir de este análisis, se decidió un curso de acción concreto, enderezado a reintroducir cordura frente al frenesí globalizador, tan insustancial y deletéreo como rabiosamente lesivo del abecé de la geografía. Había que dotar de materialidad al dominio irrestricto de la abstracción, pues ese era el legado fundamental de la pretenciosa cosmovisión de fin de milenio.

 Así nació "La cuestión periférica o Periferias en cuestión", un programa de actividades decidido con el fin de restablecer la discusión geográfica, articulando al paso los desperdigados esfuerzos de los geógrafos de carne y hueso.

Como primer tarea se produjo una revisión de la globalización. Esta fue redefinida mediante una conceptualización previamente utilizada, la "transnacionalización madura" [18], cuyas implicancias más evidentes eran la aceleración de los cambios , la imposición inevitable de la escala mundial como marco comprensivo de los fenómenos y la necesaria impronta espacial de estas mutaciones. Por último, como corolario de lo antedicho, y directamente concernido por el título del programa de actividades, sostuvimos que estábamos en presencia de una etapa donde las periferias se hallaban sometidas a una presión como, tal vez, jamás antes se había visto. En otras palabras, asistíamos a una profundización de la internacionalización, que reforzaba la unidad de los procesos - claro que no la unificación, fútil idea transmitida por la cantinela globalizante- así como también agudizaba la diferenciación, las desigualdades.

La transnacionalización madura, pues, refrendando el carácter sistémico de los procesos de diferenciación territorial, convalida tanto la categoría periferia como la categoría región, y sobre todo esta última, ya que siendo una especificidad concreta, superior, puede dar cuenta de ciertas connotaciones territoriales (heterogeneidad situacional) que la periferia (heterogeneidad posicional) no alcanza a vislumbrar, a discernir.  

 

 - Los Encuentros

A partir de 1999, el Cehu puso en marcha sus encuentros internacionales anuales. En ellos se tradujo este marco conceptual impugnador de la pretendida realidad. El primer Encuentro Humboldt (EnHu), llevado a cabo en la ciudad de Buenos Aires, tuvo por lema el de "América Latina, 200 años después". Se recuperaba allí el enfoque regional-continental, valiéndonos del bicentenario de la llegada de Alexander von Humboldt a América, y se intentaba reinstalar los estudios de la región como un subconjunto específico del sistema mundial[19].

En la ciudad de Mar del Plata, en el año 2000, se efectuó el segundo EnHu, y que llevó la impronta plena del debate que tratábamos de alentar. Bajo el lema de "Periferias, Regiones y Países", se resumía la esencia de nuestro esfuerzo materializador:  posición, sitio y situación concreta eran reunidos en un mismo escenario, como una verdadera maza para desbaratar los engendros ageográficos en boga. Por otra parte, con la categoría país se recuperaba la dimensión concreta de la historia, la geografía mínima, significativa, que pretendía hurtarse detrás del continuo global-local, los dos extremos discernibles en el apogeo de la nueva realidad. Al devolverle historia a nuestra existencia, mientras tanto, reinsertábamos a la política como un factor primordial para comprender la construcción y transformación del presente. Es decir apuntábamos al corazón mismo del etéreo y dislocador discurso de la globalización.

En el año 2001, en la ciudad de Salta, en el marco del tercer EnHu, denominado "La vuelta de la Región", nos introdujimos en lo que ya pocos se atrevían a negar, el regreso vivaz, lozano del concepto fundamental de la geografía. Es que como consecuencia de la inocultable crisis que se atravesaba, la región reaparecía como una materialización inevitable, el límite en el que fenecían las fantasías globalizantes. El regreso de la región llevaba el registro indeleble del fracaso de las mejores promesas de los noventa. Frente a la unificación del mundo las megarregiones  desmentían la imaginaria vigencia del multilateralismo, y ante los vaticinios de una prosperidad alcanzable en base dejarse llevar por el torrente del mercado mundial se hacían sentir los inocultables dolores de una creciente oleada de crisis nacionales que se expresaban a través de manifiestas tendencias a la desintegración social y territorial.

El año pasado, el cuarto EnHu se llevó a cabo en la ciudad de Puerto Iguazú y se denominó "Geografía de la integración". Desde mediados de los años ochenta, con el regreso de la democracia, en el cono sur de América se asistió a un proceso de integración formalizado por cuatro países (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay), que recibió el nombre de MERCOSUR (Mercado Común del Sur). Este proyecto se enmarcó en el contexto de las referidas megarregiones, una aparente necesidad de la globalización. Su evolución ha estado marcada por el desarrollo de la crisis internacional y las crisis nacionales de la región. Alrededor de estas regionalizaciones sobrevuelan distintas nociones, enfoques u opiniones, varios de ellos cuestionables desde la experiencia misma. Siendo, en este caso, el nuestro, un proyecto contextualizado en la periferia, es evidente que su posicionamiento excesivamente vulnerable respecto  de la evolución internacional no puede ser soslayado. Por otra parte, la constitución de una unidad supranacional también debe aun demostrarse. El aspecto concreto nos remite a la cuestión del Estado, y con ello a evadirnos de las ilusiones, de las abstracciones. Por ejemplo, ¿podemos, acaso, abrigar expectativas en que nuestras burguesías - periféricas, dependientes, claudicantes- acometan plenamente el desafío de una integración multinacional?. Por lo tanto, Geografía de la integración era devolverle el contexto, la encarnadura, la materialidad íntegra a los procesos de regionalización en general, y a éste en particular.

 

                                     La Argentina como geografía

Finalmente, llegamos a este encuentro en Patagonia. Con él resumimos buena parte de los argumentos desplegados a lo largo de nuestro trayecto conceptual y político y acompañamos la marcha de la historia de nuestro país.

Argentina viene de sufrir una crisis de una hondura inigualada en su historia moderna. El fin de la experiencia de la década pasada se coronó con las rebeliones decembrinas. El país ha ocupado desde entonces el lugar del fracaso internacional, pero también el de un resuelto protagonista de la resistencia antiglobalizadora. Es en este nuevo cuadro de situación que observamos el reposicionamiento de discusiones hasta ayer impensadas. La nación como proyecto, por ejemplo, vuelve a ser tema de debate para los intelectuales[20]. Es por eso que resulta crucial comprender la crisis argentina; porque la mayoría de las interpretaciones, creemos, son aproximaciones parciales, incompletas y porque no tenemos el resto con el que enfrentamos otras crisis.

El escenario de la presente encrucijada argentina es un subproducto del despliegue de la crisis internacional.

La continuidad de los sucesos fallidos acaecidos en la periferia desde el pionero "Tequila", atravesando el este de Asia, recalando en Rusia y Brasil, luego, para desembocar en Turquía y en el Río de la Plata, más tarde, ponen en duda, por cierto, las diferentes explicaciones herméticamente encerradas en cada una de las coordenadas nacionales de los eslabones de la otrora feliz cadena de los emergentes, así como también debieran cuestionarse las objeciones simplemente técnicas, las que pretenden circunscribir  las causas de estos fallidos desenlaces a erradas y aisladas políticas económicas.

En nuestro país, la debacle de la espina dorsal de los noventa, la Convertibilidad, puso en marcha estos pases de factura al interior de las posiciones sistémicas, capitalistas. Tiende a incrementarse la presión de aquellas propuestas que claman por abandonar la ortodoxia (neoliberalismo) y abrazan el cambio de rumbo propugnado por la heterodoxia (neodesarrollismo). Este viraje, este volver a la experiencia keynesiana, implica un mayor apego por la materialidad de los procesos económicos, un alejamiento de la abstracción característica  de la ortodoxia. No es una casualidad, entonces, que con el recatado regreso de las verbalizaciones heterodoxas, la producción, la intervención del Estado y las regiones cobren nuevamente vida, obtengan un lugar, aquél que les negaba el discurso neoliberal.

Tampoco es aleatorio que recomiencen las discusiones sobre la necesidad de cuestionar la estructura económica del país, al parecer disfuncional respecto de su supervivencia - en el largo plazo- como una realidad única, integral. Se desarrolla allí una crítica que va más allá de la década pasada, y empalma esta experiencia con la del período abierto desde mediados de los años setenta, refiríendonos, claro está, al curso impuesto por el "Proceso de Reorganización Nacional" y su política económica, el plan del dos de abril de 1976, el del superministro José Alfredo Martínez de Hoz.

Pero entender a la Argentina como una cuestión geográfica, como una geografía, como un proceso de diferenciación material, nos impone ineludiblemente  dotar al análisis de historicidad, de profundidad histórica. La Argentina, como geografía, es un producto de la temprana configuración del mercado mundial, en la segunda mitad del siglo diecinueve, a la cual se adscribe dentro de una modalidad capitalista periférica. Ahora bien, una modalidad de adscripción exitosa no modifica la centralidad de su carácter periférico. A saber, un desarrollo capitalista tardío; un crecimiento no autónomo, ligado excesivamente al mercado externo, una especialización primaria unilateral y las notorias falencias, por ende, para integrar el mercado interno.

Fue la crisis de los años treinta la que puso al descubierto este cuadro de precariedades, obligando a la burguesía argentina a reformular, parcialmente, la estructura del país. La respuesta inmediata le correspondió a los conservadores, que trataron de preservar los negocios de exportación adosándole una estrategia acotada de diversificación económica, asentada en el mercado interno. Al Peronismo le cupo durante los años cuarenta profundizar el giro mercado-internista, reafirmando la intervención estatal y extendiendo mercado interno, vitales para la expansión de la industrialización. Finalmente, fue el Desarrollismo el último intento burgués de abogar por la diversificación de la estructura del país, asumiendo la "necesidad" de atraer las inversiones de las multinacionales como una vía de asociación con el imperialismo, en un cuadro de situación internacional ya visiblemente modificado respecto del contexto inmediato de posguerra.

Pero desde mediados de los setenta, el proceso registra un vuelco fundamental. Con el tiempo se ha comenzado a identificar a los programas económicos como neoliberales, un certificado de alcance mundial, aunque ya antes de ese reconocimiento la burguesía argentina fue una de las precursoras en iniciar la readaptación a las circunstancias internacionales, de las que no ha regresado, más allá de los vaivenes discursivos.

Es en este nuevo cuadro de situación en el que se han agravado notoriamente todas las conocidas limitaciones del "subdesarrollo" del mercado interno, precisamente lo que había imposibilitado históricamente el desenvolvimiento de las regiones. Por todo esto, la cuestión nacional nos obliga a reconocerla como la manifestación objetiva y explosiva de la estructuralidad de la crisis argentina; claro que esta estructuralidad no se reduce a una mera discusión técnica que eluda su sustancial carácter socio- político. Hasta ahora hemos oscilado entre el "orden liberal" y el "desafío del desarrollo [21]. Si otro país es posible, este resultará del replanteo de su integración al mercado mundial precedido por su modificación estructural, radical, revolucionaria; esto es, reorganizándolo sobre nuevas bases económicas, sociales y políticas. Tenemos por delante, por lo tanto, el desafío de desarrollar la crítica de la geografía.




[1] Gejo, Omar  y Liberali, Ana (1990): Introducción al análisis de la evolución de la economía argentina. Buenos Aires, Cuadernos de Geografía Económica. 

[2] "En el análisis del comercio exterior, uno suele encontrar dos posiciones enfrentadas desde la perspectiva burguesa. El enfoque prevaleciente durante los últimos años es el que denomino circulacionista. En él predomina una visión 'ageográfica' , entendiendo por esto la creencia en la vigencia del reino de la circulación absoluta, teniendo al mercado mundial como una redentora e infalible máquina de crecimiento continuo. Los flujos no encuentran obstáculos para su movimiento, el mundo es una superficie lisa, tan así como para hacer desaparecer la fricción y, por ende, la distancia. En esta realidad de la perpetua circulación, ésta garantiza los equilibrios como tendencia. Las llamadas corrientes liberales se ajustan a este ideario. Frente a esta posición se yergue una perspectiva opuesta, siempre, reitero, desde una convalidación sistémica. Esta corriente de opinión la considero estática, 'ahistórica'. Considera al mercado mundial como una referencia inexcusable, aunque oficie de retroalimentador de las diferencias preexistentes entre los diversos sitios. Por lo tanto, esta visión considera la necesidad de un posicionamiento activo frente al mercado mundial. Su falta de profundidad histórica, les permite, empero, imaginar reproducir a 'destiempo' el desarrollo de los procesos en un sitio determinado, rezagado, el suyo, a semejanza de la evolución previa realizada por otros sitios, los adelantados. La visión estática les veda la posibilidad de observar y comprender la evolución de los sitios desde una complejidad sistémica, que reduce los márgenes de autonomía considerablemente. Estos razonamientos se corresponden con las posturas desarrollista. En resumen, las posiciones burguesas oscilan entre la realidad eterna de la circulación (liberalismo), y el intento de construcción estática de un sitio (desarrollismo), negando el interjuego de sitios jerárquicamente relacionados (imperialismo)" (p.42). Gejo, Omar (2003):" Los hechos son tercos". Anuario de la División Geografía 2002-2003. Luján, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Luján. 

[3]"En la práctica, a medida que la economía mundial se fue globalizando de verdad y, sobre todo tras la caída zona soviética, se fue convirtiendo en más puramente capitalista y dominada por el mundo de los negocios, los inversores y los empresarios  descubrieron que gran parte del mundo no tenía ningún interés económico para ellos, a menos, tal vez, que pudiesen sobornar a sus políticos y funcionarios para que malgastaran en armamento o en proyectos de prestigio el dinero que les sacaban a sus desgraciados ciudadanos" (p.364). Hobsbawm, Eric (1998): Historia del siglo XX. Buenos Aires, Crítica..   

[4] Nos referimos al "Rodrigazo", el ajuste decerrajado por el gobierno peronista de "Isabel", la presidente María Estela Martínez, y que se le atribuye a su ministro de economía, Celestino Rodrigo. Este plan económico precipitaría los aconteciminetos, pues sumió al gobierno en un estado de confusión, incapacitado ya de golpear a los trabajadores como lo requería la burguesía. Se iniciaba allí pues la cuenta regresiva para el golpe del 24 de marzo de 1976.

[5] Gejo, Omar (1995): "Asignación de recursos y proceso geoeconómico", en: Benítez et al : Fundamentos de Geografía Económica. Ediciones Pharos, Buenos Aires.

[6] El progresismo puede ser descripto livianamente como un sector de raigambre intelectual que suele ocupar posiciones de izquierda moderada o centroizquierda. 

[7].Esta es la postura habitual en el progresismo. Sin embargo, también podemos hallar reacciones de este tipo en algunos actores liberales. Las siguientes ideas corresponden a Alberto Alvarez Gaiani, representante de la Copal, la cámara empresarial alimenticia argentina, presidente del Unión Industrial Argentina (U.I.A.) desde el mes de abril y han sido vertidas a la revista especializada en economía Fortuna:  "Los números son para los economistas. Yo, simplemente, quiero ver un país en el que vuelva a crecer la industria. Esa industria que quedó muy destrozada en los últimos años, donde hubo sectores que prácticamente han desaparecido, donde hubo pymes que fueron arrasadas y donde me gustaría que existiera una burguesía empresaria nacional argentina como la que se puede ver en Brasil o en Chile y que en la Argentina, lamentablemente, ha quedado muy debilitada" (29/9/03). Alvarez Gaiani ha sido tradicionalmente un liberal; hoy lo podríamos definir mejor como un liberal-desarrollista o desarrollista-liberal.

[8] Gejo, Omar (1995): "Sistema y Economía Mundiales", en : Benítez et al : Estructura Económica y Comercio Mundial. Ediciones Pharos, Buenos Aires.

[9] Como una simple muestra del deterioro relativo de la presencia comercial en el mercado mundial de Latinoamérica y de Africa, hay que tener en cuenta que de una participación conjunta de casi un veinte por ciento en el año 1948 se pasó a menos del ocho por ciento a fines de siglo (1999), según datos oficiales de la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.). Estadísticas Geoeconómicas. Comercio Internacional. Informe 2. Centro Humboldt, Buenos Aires, 2003.

[10] Una característica adicional, importante, es la definición de economías de "operatoria comercial de enclave": sin poseer  mercados internos sólidos se adscriben determinantemente a alguna demanda central coincidente con las regiones históricas de asentamiento de los imperialismos de referencia. Los casos latinoamericano y africanos, al respecto, son paradigmáticos.

[11] Por capitalismo globalizado podemos entender, desde una perspectiva geográfica, la conjunción de tres ideas básicas falsas: el fin del ciclo económico con la instalación de un crecimiento continuo (sostenido); la conformación de un ultraimperialismo o un condominio interimperialista mundial; y la factibilidad del desarrollo en la periferia por simple absorción del mercado mundial. Estas tres ideas interrelacionadas constituyeron el meollo de la ideología globalizadora y la descarada confesión de su carácter manifiestamente antigeográfico.  

[12] El año 1993 había finalizado en Argentina con la primera gran convulsión "antimodelo": el 16 de diciembre una pueblada conmueve a Santiago del Estero y señalará la senda de las posteriores rebeliones que culminarán el 19 y 20 de diciembre de 2001.  En tanto que el primero de enero de 1994, en el sur de México, se produjo el levantamiento zapatista, el preludio del agotamiento del 'salinismo' y el punto de partida de los movimientos antiglobalizadores.

[13] "Las personas no son máquinas pensantes (absorben al menos tanta información a través de al vista, el olfato y los sentimientos, como los símbolos abstractos), y el mundo no es inmaterial: la realidad virtual no es tal realidad. El peso sobre la humanidad del tiempo y del espacio, del terruño y de la historia - en suma, de la geografía- es mayor que el que probablemente pueda levantar jamás cualquier tecnología agrícola". "La vigencia de Dos Tiranías", en Meridiano - Revista de Geografía Nro 2, marzo de 1996.

[14] En los números 4 (marzo de 1997),5 (noviembre de 1997) y 6 (octubre de 1998) de Meridiano - Revista de Geografía se aborda un tema decisisvo: la manifiesta intervención del estado en el momento de la 'deserción' (sic) o 'ausencia' (sic) del estado. El 'progresismo' hacía de esta falacia su plataforma de operaciones. Con "Brasil, ¿ayer?; "El 'otro' modelo" y "Deuda, Bancos y Política Económica", quedaban al desnudo las gruesas falencias de esas interpretaciones. 

[15] Las nociones de periferia y dependencia han sido un producto del pensamiento latinoamericano enmarcado en el cuadro de necesidades del desarrollo capitalista atrasado tras la crisis del 30 y, principalmente, luego de la segunda guerra mundial. Argentina primero, Brasil después, fueron las cunas de estas percepciones problemáticas  de la relación entre los países atrasados y el mercado mundial.

[16] Los mercados emergentes significan , por un lado, el creciente excedente de capital dinero en los circuitos centrales, y,  por  el otro, las menguadas posibilidades de hacer  de los mercados periféricos ( en particular de los latinoamercianos) las superficies para reeditar las experiencias desarrollistas. Gejo, Omar (1999): "La década del 90. Apuntes para un cuadro de situación.". En: Boletin del Centro de Estudios Alexander von Humboldt, año 3, N 5, Buenos Aires.

[17] Es conocido el término "pensamiento único" entre nosotros, o "T.I.N.A." ( "No hay alternativa") entre los anglosajones y su claro significado de extorsión intelectual..

[18] Nos referimos al último tercio del siglo veinte, signado por la agudización de la puja interimperialista, la aparición de una periferia exportadora de carácter industrial en el este de Asia y el arrumbamiento comercial de las tradicionales periferias exportadoras primarias (véase en este mismo texto el apartado "Un contexto mundial: haciendo Geografía (1990-1995)".).

[19] Además, un hecho fundamental de estas citas es haber podido instalar una sana rutina de encuentro entre integrantes de varias comunidades nacionales latinoamericanas: este es el caso de chilenos, mejicanos, brasileños, venezolanos, entre otros.

[20] Desde hace algunas semanas el diario La Nación de Buenos Aires, de orientación conservadora, ha abierto un espacio para la expresión de reconocidos intelectuales argentinos. Cada siete días, a través de una entrevista, y bajo la denominación genérica de "Los intelectuales y el nuevo país", se conocen los pareceres de diferentes exponentes de la cultura nacional. Por allí ya pasaron Juan José Sebrelli, Beatriz Sarlo, José Nun, Santiago Kovadloff, Juan José Llach y Abel Posse. Impresiona observar como los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 han impactado en estos intelectuales. Allí se pueden recoger críticas a los enfoques económicos, la revalorización de lo político y la recuperación de la dimensión nacional, como realidad histórica, como geografía, y de la Nación como proyecto. En fin, un conjunto de herejías según los cánones de los años noventa, y ante los cuales muchos de los integrantes de la comunidad intelectual se prosternaron. Por otra parte, resultan también elocuentes las inevitables limitaciones que evidencian a la hora de las propuestas. Pero esto no resulta extraño, son las lógicas limitaciones de la clase a la que representan.

[21] Veamos la siguiente apreciación de Santiago Kovadloff, que nos revela en profundidad la superficialidad de su tardía manifestación ''desarrollista': "La famosa revolución productiva que hace falta en la Argentina, y que está muy lejos de ser la proclamada por Menem, tiene que ver con un cambio de estructura en la concepción del desarrollo. Tenemos que pasar de la explotación de las materias primas a la explotación del conocimiento en el campo de la producción y de la exportación. El desarrollo sólo va a venir de la mano de la ciencia y la tecnología" ( diario La Nación,  Buenos Aires, 6/9/03).

* Trabajo presentado en el I Encuentro Internacional Humboldt. Buenos Aires, noviembre de 1999.

Lic. Ana María Liberali
Presidente del Centro Humboldt