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Asunto:NoticiasdelCeHu 567/02 - La Argentina, ¿espejo del mundo?
Fecha:Miercoles, 25 de Septiembre, 2002  15:08:37 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

La Argentina, ¿espejo del mundo?

 

Por Carlos Abalo

 
"¿ES exagerado temer que muchas de nuestras economías empiecen a sufrir una versión del mal que aqueja a la Argentina?", se preguntaba hace veintidós años Paul Anthony Samuelson en el Sexto Congreso Mundial de Economistas celebrado en México. El autor de Fundamentos del Análisis Económico proyectaba su preocupación a las siguientes décadas desde aquel presente de "estanflación" mundial (estancamiento con inflación).
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Lo extraño es que luego de dos decenios subsistan razonamientos que confinan las crisis de cada país al espacio nacional, más aún cuando en los mercados emergentes las turbulencias han continuado a partir del efecto tequila, o por lo menos desde 1997. Quienes en la Argentina creían que los problemas del tequila eran sólo fiscales y financieros sostenían que el país era imbatible por la convertibilidad, sin advertir que no hay paridad fija que aguante los cambios en la productividad comparada. Más recientemente, también se demostraría que una devaluación necesaria se puede volver revulsiva con flotación, si no hay crédito y la producción no gana en productividad, diversificación y valor agregado.
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La convertibilidad tuvo éxito mientras el agro pampeano acrecentaba la productividad media nacional, pero sin reconversión industrial ni mayor integración interna la Argentina no podía seguir alimentando con deuda la paridad fija. Menos aún en una crisis mundial de saturación de la acumulación, anunciadora de un acrecentamiento diferencial del riesgo entre los países industrializados y los que no lo son. A principios de la década del 90, la revolución tecnológica, que subordinó las manufacturas a la electrónica, la información y las comunicaciones ofreció a los países en desarrollo la oportunidad de reinsertarse en la economía mundial, aprovechando el excedente de capitales y su colocación en los nuevos países industriales.
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Si se examina a la Argentina con esta óptica se verá que la desindustrialización relativa acrecentó su fragilidad en comparación con México y el sudeste asiático, pese a la convertibilidad y al celo fiscal y a raíz de la debilidad de su clase empresarial industrial, que no es más que un grupo de presión. Hoy, las propuestas sobre dolarización y ancla monetaria responden a la necesidad de sustituir lo insustituible: una economía diversificada.
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Deuda y crisis
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Sin modernización productiva, valor agregado creciente e integración social no hay argucia monetaria que valga, porque un mercado atractivo, una mano de obra capacitada, acumulación interna y capitales propios aplicados a la producción no se consiguen sólo con presupuestos equilibrados ni adoptando una moneda ajena a la evolución real de la productividad local, aunque tenga aceptación pública.
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Los países emergentes fueron los primeros en sufrir la crisis financiera porque la integración mundial se profundizó a la par que la jerarquización. A la Argentina le fue peor que a la mayoría de los emergentes porque cuando el capital extranjero es mucho más relevante que los capitales locales la especialización nacional suele arraigar en productos de bajo valor agregado, los ingresos financieros de corto plazo son más significativos que la inversión productiva y el riesgo es más alto.
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Cada una de las crisis de los mercados emergentes en los años noventa tuvo su propio curso, pero el eje fue siempre la deuda externa. Las inversiones extranjeras directas y financieras forman parte del flujo de capitales mundiales: buscan oportunidades más rentables fuera de los mercados tradicionales. Si en el centro del sistema hay una sobreinversión, sobrevaloración y sobrendeudamiento corregidos mediante un derrumbe bursátil, la crisis de la deuda es parte de la misma. La crisis argentina, adjudicada a la idiosincrasia local, es también mundial, y los fraudes y corruptelas que la acompañan no son su causa sino su consecuencia, y tampoco constituyen una particularidad vernácula.
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La crisis existe porque las ganancias no estuvieron a tono con las expectativas (el mercado se equivocó al asignar los recursos, contra lo que sostienen la doctrina convencional y los gurúes).
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Depreciación de activos
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Entonces, la crisis se presenta como una desvalorización de patrimonios para los depositantes argentinos, los inversores y asalariados estadounidenses que compraron acciones y los poseedores de títulos de la deuda. Esos activos también generaron créditos que ahora los bancos no pueden cobrar. A su vez, el corte en las inversiones y en los gastos de los consumidores en casi todo el mundo y el retiro de ahorros del circuito financiero en la Argentina o en Japón retardan la salida de la recesión o, en el caso de Estados Unidos, podrían recrearla.
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La depreciación de activos tiende a expresarse también en la caída del producto bruto. Este fenómeno será menos evidente en los países avanzados con monedas fuertes, porque ellos pueden contener la recesión con la emisión. Los países que no pueden emitir ni generar créditos serán los más castigados, aun con dolarización o banca off shore , prácticamente irrelevantes para el crédito interno.
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Lo que realmente se discute es quién paga la crisis. Obstaculizar el crédito de los otros es contribuir a que el costo lo paguen los demás. Es igual que exigir libre mercado para afuera y mantener y reforzar al mismo tiempo los subsidios propios. La equiparación entre países industrializados y menos desarrollados no llegará jamás si éstos tienen que vivir del dinero prestado, pagando intereses más altos, ofreciendo una rentabilidad elevada, impuestos más bajos y salarios inferiores a la subsistencia para atraer inversiones y tecnología.
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La revolución tecnológica podría achicar la brecha porque abarata el capital productivo (esto elevó la rentabilidad de las corporaciones e incentivó la inversión en los años noventa), pero el costo financiero contrarresta la diferencia.
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De ahí que la crisis mundial no es sólo financiera, sino económica. La sobreinversión, la sobrevaluación y el sobreendeudamiento son propios del auge. Y el exceso de capacidad productiva y de deuda propio de la crisis es más difícil de resolver con el ajuste. A Japón, que tiene el promedio de déficit fiscal sobre el producto más alto de la OCDE y deudas de dudoso cobro por más de un billón de dólares, no se le exige un ajuste porque es el mayor tenedor de bonos estadounidenses en un momento en que merma la entrada de capitales en Estados Unidos.
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Matar al enfermo
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La forma actual de globalización agudiza la crisis económica porque el potencial del mercado mundial se corroe cuando los países menos desarrollados se globalizan sin integrarse hacia adentro (provincias inviables, regiones empobrecidas, marginación creciente) y sin reforzar sus núcleos regionales (el Mercosur, limitado por la crisis mundial). La enfermedad no se cura matando al enfermo.
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Las dificultades de los países emergentes en relación con la deuda externa muestran que la economía global no funciona sin integración interna. Si el sistema financiero internacional no incluye compensaciones, no realza la nueva división del trabajo, ahora obstruida por los subsidios agrícolas, el neoproteccionismo, el comercio administrado y la absorción de los excedentes periféricos a través del pago de la deuda, la crisis se agravará. Los países emergentes deberían abrir sus fronteras en función de sus intereses, como los industrializados, y erigir un sistema monetario capaz de alimentar la acumulación interna.
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La integración mundial es una consecuencia del desarrollo del capitalismo. No se puede volver atrás. Lo que sí se puede hacer, con el ejemplo de los países desarrollados, es combinar la integración económica y social interna con la integración mundial, organizar una estrategia productiva para alcanzarla y articular un sistema monetario y de crédito capaz de ser un instrumento de acumulación interna.
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Ver la crisis como un resultado de la convertibilidad o de la devaluación es tan miope como suponer que el conjunto de notables que no sabría qué hacer frente a la crisis de los mercados (infinitamente más grave que la argentina) pueda formular recomendaciones locales de política monetaria. A medida que se desarrolle la crisis mundial y se multipliquen las dificultades de las corporaciones se podría llegar a rescatar la audaz intuición de Samuelson: la Argentina habría mostrado una versión anticipada del mal que ahora aqueja a los países desarrollados. Sería un capítulo especial de la crisis mundial.
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© LA NACION
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El autor es economista y periodista.

Fuente: Diario La Nación, Buenos Aires, del 24 de setiembre de 2002.