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Asunto:NoticiasdelCeHu 1251/05 - Argentina - Nadie parece escuchar la voz de los docgela Pradelli)
Fecha:Miercoles, 28 de Septiembre, 2005  21:56:11 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 1251/05

Argentina
Nadie parece escuchar la voz de los docentes
Se opta por no valorar el trabajo de los que realmente se esfuerzan ni estar atentos a sus advertencias sobre el deterioro de la educación.
Angela Pradelli
 Docente y escritora. Premio "Clarín de novela


Un matrimonio llega a la escuela y pide hablar con la profesora de su hijo. Le reclaman por una evaluación que el alumno desaprobó y le exigen a la profesora que cambie la nota inmediatamente.

A pesar de no ser docentes ni tener conocimientos en relación a los contenidos curriculares y a la evaluación, no aceptan las argumentaciones de la profesora al explicarles la fundamentación de su nota. Los padres sólo quieren lo que fueron a buscar: que la profesora modifique la nota y apruebe a su hijo.

Antes de abandonar la escuela, los padres amenazan a la docente diciéndole que conseguirán la aprobación de su hijo como sea y formulan agresiones varias. Evitaremos el detalle de las maniobras que luego se urdieron, cuya sordidez atenta contra un docente digno. Lo cierto es que los padres cumplen con su plan y consiguen la aprobación que buscaban para su hijo.

La escena tuvo lugar en una escuela del Gran Buenos Aires, pero quien esté dispuesto a escuchar las historias que cuentan los docentes podrá recoger de su experiencia muchos relatos que, como éste, dan cuenta de cómo los maestros y profesores hemos visto arrasados nuestro rol y nuestra autoridad profesional y moral.

Unos días atrás leíamos en esta misma columna el anuncio del ministro de Educación, Daniel Filmus, en relación al proyecto de la Ley de Educación Técnica y Formación Profesional que ya cuenta con media sanción de la Cámara de Diputados.

Por otra parte
la Dirección General de Escuela de la provincia de Buenos Aires anuncia la elaboración de un diseño para la implementación de la nueva Educación Secundaria Básica que, según se afirma, llegará antes de fin de año a las escuelas. Con medidas que van desde el aumento de media hora de clase por día hasta la vuelta a las asignaturas en reemplazo de las áreas, así como también un enfoque diferente de las instancias de evaluación, el Gobierno intentará revertir los fracasos en educación.

Y en medio de los anuncios de cambios que procuran dar marcha atrás con la reforma educativa, los docentes nos preguntamos por qué nuestras voces no fueron escuchadas cuando alertaban que el deterioro era tan grande que dejaba a nuestros alumnos sin adquirir, en muchos casos, los conocimientos mínimos.

Desde hace algunos años, muchos docentes venimos señalando los fracasos ahondados por la última reforma que se desarrolló dentro del marco de la nueva Ley Federal de Educación. Pero nadie oyó nuestra voz y los debates de ideas sobre cómo mejorar la educación morían en las salas de profesores.

Será por eso que en estos días sorprende escuchar a las autoridades usando las mismas palabras que los profesores cuando reclamábamos.

Por eso será que hoy causa asombro que hayan hecho suyo el mismo discurso docente que habían rechazado durante años y a través del cual los profesores tantas veces habíamos pedido los cambios que creíamos necesarios. Un discurso que por estas horas parece haberse vuelto muy claro para las autoridades.

Tan claro que tanto el gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, como el director general de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, Mario Oporto, en sus declaraciones a los medios y en los actos de campaña se muestran convencidos y decididos a mejorar lo que rechazaban poco tiempo atrás acerca de nuestros señalamientos sobre el fracaso de la reforma.

La pregunta no es ingenua: ¿cuál es el rol del docente en la sociedad del 2005? ¿Quién valora su saber y su conocimiento, sus muchísimas horas de trabajo, su formación? ¿Por qué el Estado no escucha nuestras voces ni valora nuestras opiniones formadas a partir de la experiencia en las aulas?

Es verdad, la docencia no es un jardín de rosas y con más frecuencia de la que desearíamos encontramos a docentes que no enseñan como deberían, no cumplen con su trabajo ni les interesa capacitarse. Sin embargo, es fácil advertir que nadie tiene puestos sus ojos en ellos, y suelen pasar por su vida profesional sin mayores problemas.

En la práctica nadie —ni la sociedad ni el Estado— pide a un docente que eleve su nivel de exigencia, que evalúe con rigor y muchísimo menos que desapruebe a los alumnos que no saben. Y, por el contrario,
los docentes que se entregan a su tarea, que enseñan para que sus alumnos aprendan y evalúan para que superen sus conocimientos tendrán sobre ellos el peso de las miradas reprobatorias.

En el mes de julio se conoció el resultado de una encuesta que afirmaba que casi el 50 por ciento de los docentes quiere dejar de enseñar. Y si bien es cierto que es un dato muy preocupante, no es novedoso para los que trabajamos en las escuelas y convivimos con el desgaste y la falta de estímulos.

Celebramos que el Ministerio de Educación revalorice la escuela técnica y que la Dirección General de Escuelas de cada provincia se aboque a rediseñar los contenidos y las formas de evaluación. Pero, más allá de planes de estudio y estructuras que organicen la escolaridad, ningún cambio en educación resultará beneficioso y eficaz hasta que la sociedad no respete a los maestros que se esfuerzan cada día en las aulas educando una generación tras otra. Para mejorar la escuela habrá que empezar tal vez por reconocer la importancia que tiene en una sociedad democrática el trabajo de un maestro en la vida y en la formación de cada mujer y cada hombre.

La voz de los maestros parece haberse debilitado en medio de una sordera que los ningunea en una sociedad que no valora su trabajo. No hay ningún organismo que recoja nuestras experiencias, que escuche nuestros relatos, que atienda las urgencias y los maltratos de los que a veces somos víctimas. Hoy, los docentes estamos expuestos a la violencia de quien quiera esgrimirla para atacarnos.

Fuente: diario Clarín, de Buenos Aires, Argentina; 28 de septiembre de 2005.
Gentileza de Ezequiel Beer ( Argentina).