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Asunto:NoticiasdelCeHu 980/05 - Un sainete cada vez más lejano (Alicia Dujovn e Ortiz)
Fecha:Martes, 26 de Julio, 2005  21:00:07 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 980/05

Geografía de la integración: la sectorización
 

Un sainete cada vez más lejano

Alicia Dujovne Ortiz


Para tratar de definir el origen social de Camilla, la actual esposa del príncipe Carlos de Inglaterra, la prensa francesa publicó en su momento la siguiente anécdota: una estrellita del cine y la televisión británicos, anglosajona por sus cuatro costados, se atrevió a comprarse una casa en la zona rural de donde proviene Camilla, habitada exclusivamente por una rancia nobleza provinciana. En medio de una comida a la que, con todo, había sido invitada, alguien le preguntó si era paquistaní. "No, por supuesto que no", se asombró la estrellita. "Es que, para nosotros -aclaró el otro-, el que no desciende de varias generaciones de propietarios del lugar es como si fuera paquistaní."

La historia viene dolorosamente a cuento para ilustrar el ingenuo o fingido asombro de los ingleses al enterarse de que los autores de los atentados suicidas de Londres eran "paquistaníes de adentro, con nacionalidad y costumbres británicas", paquistaníes de entrecasa, que -colmo de la adaptación al medio- jugaban al cricket. Como si ejercitarse en ese juego sagrado tuviera la propiedad de blanquear al jugador paquistaní, quitando de su tez ese tono verdoso oscuro que tanto destaca el brillo de ojos y dientes, y de su corazón, todo resentimiento ante la humillación sufrida en forma cotidiana.

La realidad, por desgracia, es otra. Ni el hijo o nieto de inmigrantes árabes o africanos en Francia, ni el hijo o nieto de inmigrantes turcos en Alemania, ni este descendiente de paquistaníes que ha aprendido a desempeñarse con destreza en una prolija cancha de cricket son verdaderamente de entrecasa. Aunque les llegaran a sobrar las generaciones exigidas por los aristócratas de cierta campiña inglesa, ninguno de ellos está en vías de conseguirlo. Para ser inglés, francés o alemán, lo que conviene por encima de todo es contar con la cara, el color y el apellido que corresponden.

Este criterio resulta válido para cualquier clase social de cualquier país europeo: un obrero francés o un empleado de banco italiano o polaco no pensarán, en el fondo, de otra manera. Cada vez se lo admite con mayor claridad: incluso en países como Francia, que ha trabajado intensa y honestamente para lograr la fusión de las distintas colectividades, la célebre "integración" ha fracasado. La pluralidad que salta a la vista en Londres o en París esconde un repliegue comunitario que a su vez oculta más de una herida.

No conozco Inglaterra, o la conozco mal. Sin embargo, me ha bastado mi experiencia francesa para transponer realidades. Al leer que los terroristas suicidas provenían de Leeds, una enorme ciudad a tres horas de Londres, poblada por una mayoría musulmana, traduje "Leeds" por los menos extendidos aunque igualmente musulmanes suburbios parisienses de Noisy le Sec o de Pantin, vale decir, por "gueto".

Pantin no está a tres horas de París, sino justo al lado, en esa famosa zona tan cantada por los cantantes de rap cuando aúllan sus comprensibles imprecaciones contra una sociedad que los excluye. El año pasado mi hija vivió allí con mis nietas, porque era más barato y porque - comenzaba a rumorearse- ese barrio, todavía con casitas de dos pisos, iría a convertirse en un lugar de moda para artistas branchés (de onda). Bastaron unos meses para comprender que el proceso tardaría bastante más de lo previsto. Al menos por el momento, Pantin sigue siendo un barrio donde sólo viven inmigrantes. No todos árabes o negros: también la mafia rusa lo ha elegido para asentar sus reales. Pero durante un año escolar, en el colegio de la esquina, mi nieta menor, rubia para colmo de males, tuvo el dudoso honor de ser la única representante de la raza blanca. Si sus compañeros la perdonaron fue porque tenía apellido español: era una blanca de otra clase, no una blanca francesa. En ese colegio, blancos franceses no había ni uno solo.

Una de las consecuencias perversas del intento de integración en Francia es, precisamente, la sectorización, que obliga a inscribir a los chicos en la escuela más próxima al domicilio. Prohibido vivir en un barrio de inmigrantes y mandar a los hijos a una escuela de un barrio "bien", donde se encontrará un buen nivel y se estará a salvo de la violencia y la inseguridad. Resultado de esta iniciativa, en principio bienintencionada: la "guetización" avanza a pasos agigantados. Muchas familias francesas eligen dejar a los inmigrantes en lo que se considera su propio terreno e irse a vivir a departamentos más pequeños, pero bien situados, con tal de disponer de un colegio donde sus niños no se arriesguen a codearse con compañeritos de pelo negro que hablen y escriban en mal francés. A menos que no los manden a colegios privados que escapan a la sectorización, una tendencia que, al ir en aumento, echa por tierra el sueño de la escolaridad republicana.

Entre los compañeros de mi nieta había algunos chicos y, sobre todo, chicas que todavía soñaban con la integración. Una que quería ser abogada, otra que ponía todas sus esperanzas en un diploma de maquilladora. Algunas usaban velo porque sus familias así se lo exigían, antes de la poco afortunada interdicción, por parte del gobierno francés, de exhibir "signos religiosos ostensibles" en las escuelas. Pero se trataba de un pañuelito cualquiera, sin pretensiones de santidad, al que ellas le atribuían el mérito de proteger el cabello.

Sin embargo, a los 14 o 15 años, la mayoría de esos chicos, desencantados de todo -tanto de la tradición familiar como de la sociedad francesa-, ya habían adoptado el disfraz de pibe suburbano, rebelde, malo y amante del rap: gorra con visera puesta al revés, campera y remera varios talles más grandes que el lógico y necesario, un enorme pantalón rígido y caído y unas zapatillas con luz en la suela. Todo flamante y de marca, como si carecer de identidad los llevara a buscarla en otros "signos ostensibles", los del consumo, adoptados con un fervor no menos religioso.

Cuando estos chicos van de visita a la aldea senegalesa, argelina o marroquí de sus familias de origen, los primos que han quedado en el país natal los llaman los chez moi -"en mi país"-, para burlarse de su pretensión de ser de alguna parte, ese modo obsesivo con que en París repiten chez moi refiriéndose a la aldea y, en la aldea, refiriéndose a París.

Quizá por eso, cuando mi nieta les anunció que se mudaba de barrio lo sintieron como una traición. Era una opción de la que ellos carecían. "Claro -mascullaron- vos sos una bourg (burguesa) de París." Aclaremos que la verdadera París está a tres estaciones de subterráneo de Pantin. La barrera entre el gueto y la ciudad burguesa no es geográfica; sin embargo, los descendientes de inmigrantes árabes o negros que consideran esa ciudad un objetivo inalcanzable saben muy bien que la frontera existe. Mi nieta se volvía a su chez moi, la ciudad de los blancos, donde ellos tenían escasas posibilidades de vivir en términos de igualdad, por más versiones francesas del cricket que intentaran jugar.

Entonces, en ese caldo de cultivo de Leeds o de Pantin, puede acontecer que se aparezcan algunos barbudos notablemente más ceñudos que los viejos imanes de la mezquita del barrio. Barbudos que aportan respuestas rotundas, tajantes y libres de toda ambigüedad.

Lo que dicen esos barbudos tiene un efecto milagroso: lo clarifica todo, elimina de un plumazo la duda entre un chez moi y el otro, y, lo que es más importante, cura las ofensas. Los barbudos no se limitan a ofrecer identidad al que ya no la tiene, sino que lo convencen de que la suya, además de ser suya, es superior. Algo similar a lo que sucedió en los Estados Unidos de los años 60 con el Black Power, aunque en una escala bastante más inquietante.

La transformación del pibe con los pantalones caídos en fundamentalista de pacotilla se produce a una velocidad pasmosa. De la noche a la mañana, el rapero cambia de disfraz. Ahora se deja crecer la barba, si no la tiene, se pone un gorrito cuadrado y una túnica de algodón rayado que deja aparecer los tobillos. Aparentemente, el Profeta no quería que el hombre escondiera la parte comprendida entre la pantorrilla y el pie. Por su parte, las chicas, que antes de la transformación solían usar unos jeans de un talle varias veces más chico que el lógico y necesario, se cubren con unos velos fluidos, muy sentadores, colocados en forma estratégica y terminados en punta por adelante y por atrás para alargar la silueta.

Una coquetería que los barbudos ceñudos parecen haber notado: en un locutorio de Pantin, atendido por unos muchachos simpatiquísimos de túnica cortona, se distribuía hasta hace unos días un folleto intitulado "A mi hermana musulmana", decorado con rosas y una conchilla que contenía una perla. Esa perla era "la virtud de la mujer". "No te pongas el velo para mostrarte, sino para cubrirte, hermana", advertía el folleto, que terminaba prometiendo a los fieles el oro y el moro y a los infieles -vale decir, a todos los que no tuviéramos la túnica del largo adecuado y el velo bien puesto- nos reservaba lo que sigue (es cita textual): "Sus sepulcros los apretarán cada vez más hasta romperles las costillas".

Los cuatro suicidas de Leeds -como, por otra parte, varios otros originarios de suburbios de ciudades francesas, entre ellos el único acusado vivo por el atentado a las Torres Gemelas- no eran de carnaval. Habían viajado a entrenarse en Paquistán y no cometían la niñería de disfrazarse de candidatos al martirio. Parte del verdadero entrenamiento, cuando las cosas se ponen serias y la decisión de morir de veras ya no deja ninguna duda, consiste en aprender a fundirse en la multitud, en llevar vidas "normales" y hasta en casarse con mujeres que ignoren por completo sus convicciones y sus planes. Sin embargo, el punto de partida es el mismo: una integración que está a leguas de haber sido exitosa, una angustiosa incertidumbre con respecto a sí mismos, de la que hubiera sido inteligente que los demás se dieran por enterados cuando aún era tiempo.

Es por esa demora en advertir la evidencia que el estupor británico frente al estallido literal de estos muchachos nos parece tan absurdo y patético como la supuesta frase de la reina Antonieta cuando los pobres le pidieron pan y ella preguntó sorprendida: "¿Y por qué no comen tortas?" Una incomprensión tan abismal sólo puede conducir al abismo.

La inmigración le ha ofrecido al mundo de hoy una riqueza de la que en raras ocasiones ha sabido gozar. Cuando recorrí por primera vez el barrio de Barbès, en París, me asombré del escasísimo espacio que esa realidad colorida, sabrosa y aromática ocupa en el cine o la literatura franceses. Tampoco parecen abundar las películas inglesas donde la comunidad musulmana de Leeds, sin ir más lejos, aparezca vista desde adentro con una mezcla de respeto, humor y amor. Pese al tan cacareado discurso sobre las bellezas de la diferencia, el musulmán (y, en otro orden de ideas, el judío) sigue sin despertar una auténtica curiosidad, no por lo que intenta ser cuando se empeña en asimilarse, sino por lo que realmente es cuando no intenta nada. Hay actores cómicos surgidos de la inmigración que se muestran capaces de una mirada irónica y desdoblada con respecto a sí mismos y al país donde han nacido, pero no existe un sainete inglés o francés, en el sentido de un teatro donde esa riqueza surja con toda su gama de sabores distintos.

La Argentina supo, en su momento, batir la mayonesa hasta volverla homogénea. No pretendió que el tano o el armenio parecieran gauchos; les tomó el pelo, pero los admitió tal como eran.

Es cierto que el país ya provenía de un mestizaje, al que tampoco los españoles, codiciosos, violadores y no tan fóbicos en sus gustos como los puritanos del Norte, le habían hecho asco. Es cierto también que con el tiempo nuestro paquistaní local pasó a llamarse cabecita negra, bolita o cartonero, como si ningún país pudiera vivir sin poner en algún grupo humano el papel del Otro. En todo caso, Inglaterra, que nunca se mezcló con los indios de América ni con los de la India, ni tampoco, ciertamente, con los paquistaníes, ha vivido tranquila hasta hoy porque sus musulmanes jugaban al cricket, vale decir, porque no parecían musulmanes. Iría siendo hora de que lo meritorio y tranquilizador del extranjero no consistiera, para los naturales del país, en un disfraz más o menos logrado de ellos mismos. Ojalá no sea demasiado tarde, antes de que el sainete, que alguna vez acaso fue posible, se vuelva en todas partes pura tragedia.


Fuente: diario La Nación, de Buenso Aires, Argentina; 26 de julio de 2005.