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Asunto:NoticiasdelCeHu 804/05 - HISTORIA DEL CEHU: SETIEMBRE DEL '99
Fecha:Miercoles, 15 de Junio, 2005  23:37:50 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 804/05
 
 
HISTORIA DEL CEHU
SETIEMBRE DEL '99
 
 

 

 

Como al principio

 

 

En la década pasada dos elementos o temas se fueron constituyendo en promontorios nítidamente divisables,entrelazados en grado tal que se transformaron en un binomio casi indivisible, virtualmente inextricable. Así, Estado y deuda externa se convirtieron en una presencia excluyente de la discusión y en objeto inmediato de la acción política.

Podríamos decir que la presente década -remitiéndonos a esto que acabamos de describir como configuración esencial del decenio anterior-, se atuvo al intento de desentrañar aquella madeja problemática que, cual nudo gordiano, representaba la totalidad concreta de los obstáculos a salvar para alcanzar el ansiado crecimiento económico, situación ésta recordada como un fenómeno de otros tiempos, hecho que patentizaba dramáticamente la flagrante falta de correspondencia entre los anhelos y la realización materiales para el angustiado y tenso tejido social local.

 

 

Eramos tan felices

 

La Argentina, que supo conocer su hora de gloria cuando se conformó como un apéndice -en uno de los pliegues- del mercado mundial, allá en las postrimerías del siglo diecinueve, gozó de una larga estabilidad política, primero mediante la hegemonía indisputada conservadora, y luego a través del tímido reformismo radical. Uno y otro han quedado para la posteridad como períodos "ejemplares" o "modelos" de liberalismo, esto es, de relativa ausencia de la injerencia del Estado en la vida económica.

Pero a partir de los años treinta, Argentina tuvo que capear la modificación de las condiciones imperantes en la economía internacional, recurriendo al archiconocido expediente de una buena dosis de abierto intervencionismo estatal, alentando de diferentes formas la recreación del consumo doméstico, haciendo del mercado interno la rueda de auxilio (o hasta el pivote), de las nuevas fórmulas de crecimiento.

Es así que se conoció por estos pagos la industrialización, proceso orientado casi excluyentemente a abastecer las necesidades de consumo de los centros urbanos del país. Estos crecían mientras comenzaban a prevalecer los movimientos migratorios internos que convergían sobre las principales ciudades del país, y sobre todo confluyendo sobre la principal de ellas, Buenos Aires, dando lugar a la expansión suburbana.

El peronismo y el desarrollismo representaron, en en ese momento, dos variantes sucesivas de aproximación a los intentos por proyectar el desenvolvimiento industrial de la Argentina. El primero, preñado de un contexto local e internacional sobresaltado y, por lo tanto, fuertemente impregnado de manifestaciones sociales y políticas. El segundo, preferente y crecientemente tecnocrático, enfrentando a una situación internacional diferente, implicó un retoque 'ad hoc' del primero, con una mayor dosis de "economía" y un disminuido protagonismo del componente político.

 

 

Ajuste y más ajuste

 

Luego,la llamada bisagra del mundo de posguerra -en clave económica, claro-, la conocida crisis de la década del setenta, reconocida universalmente por el epifenómeno de la crisis del petróleo, irrumpió con fuerza en todos los resquicios del mapa mundial e impactó también decisivamente -como es lógico-, en el andar de la vida económica, social y política del país.

La presencia, sin ambages, por entonces, de la dictadura militar, permitió ver entonces como una excepcionalidad más a las políticas de ajuste, encaminadas a erosionar el sustento de la industrialización difundida, el mercado interno. En aquel tiempo, el discurso oficial atribuía machaconamente al Estado sobreexpandido buena parte de los problemas que aquejaban al país, mientras en la acción emprendida desde el mismo Estado los epígonos criollos del liberalismo contribuían al espectacular salto de su endeudamiento..

 

La vuelta a la democracia -acomienzos de los ochenta-, permitió comprobar que aquello que se creía transitorio no lo era tanto, y que paulatinamente las políticas de ajuste de innombrables se convirtieron en necesarias terapias supuestamente redentoras del calvario nacional.

Las postrimerías de los ochenta fueron,entonces, una divisoria definitiva cuando el justicialismo asumió, en toda la línea, a cara descubierta, el perfil del partido del ajuste, "renunciando" (para los nostálgicos) a los viejos preceptos de mediados de siglo.

El Estado sobreexpandido volvía a ser elegido como el centro de los problemas nacionales; el gasto público desbocado era un producto de la hipertrofia empresarial estatal. En tanto, la deuda, monumental, era el lógico correlato de la inexistente financiación genuina de aquél; mientras la inflación, a estas alturas sideral, era la consecuencia de las dificultades de esto último.

Estado, deuda e inflación, pues, constituían la trilogía enhebradora de los males locales.

 

 

Su Majestad: El Ajuste

 

El renovado turno justicialista, verá, así, la confirmación de la conocida pócima, ahora llevada a los extremos hasta allí nunca experimentados ni alcanzados: la "cirugía sin anestesia" en aras de las "reformas estructurales". En suma, la reducción efectiva del Estado empresarial, el auge de las privatizaciones y la búsqueda empecinada de la ansiada disciplina fiscal.

La monocorde lógica causal esgrimida indicaba que el Estado a través de su desborde era la causa motora de la decadencia nacional, su desbastamiento, por lo tanto, la condición unilateralmente necesaria para su definitivo encarrilamiento.

Empero, los años noventa, con su vuelta al crecimiento, nos han mostrado también que algunos de los problemas permanecen inalterados, o en algunos casos hasta aumentados.

Mientras las empresas del Estado han virtualmente desaparecido, la expansión del gasto público ha superado con creces las tasas de incremento de la economía, mostrando crudamnente su bajísima eficiencia-que alcanza ribetes grotescos-, cosa que no debiera extrañar demasiado cuando se está hablando de la obra de nuestros "contadores creativos".

Mientras, la deuda -cuyo volumen algunos ilusos pensaron en reducir mediante la enajenación de los activos estastales-, se ha multiplicado en una forma "milagrosa", dejando entrever que aquello de la disciplina fiscal, declamado hasta el hartazgo, era tan sólo otro 'bla-bla' de los inefables creativos, y que a estas alturas de consecuencia del déficit fiscal se ha transformado, indudablemente, en su fogonero.

 

 

Los unos, los otros...¿ y nosotros?

 

Los finales de los noventa nos enfrentan, así, a una situación curiosa. Los "entendidos" y "creativos", luego de su enjundiosa labor -merecedora de mejores resultados-, llaman por enésima vez a una cruzada para reducir el gasto público, atribuyéndolo en gran medida a la incontinencia consumista de los asalariados.

Pero,por otro lado, ya suenan los clarines de los "comprendidos" por el incendio (algunas cámaras empresariales, por ejemplo), que comienzan a clamar por la intervención del Estado para salvaguardar "sus" legítimos intereses (los unos), y a dudar de la sustentabilidad de la continuidad del sacrificio en pos de pagar los intereses a los banqueros (los otros).

Además, a todo esto se suma que tenemos una administración agotada, que apunta a ser algo más que un simple dato de coyuntura, apareciendo como un fuerte indicio de fin de época.

Aun así, y cuando Estado y deuda reingresan a escena entrelazados, como el redivivo nudo gordiano de hace una década, algunos desprevenidos parecen creer que estamos como al principio.

 

 

Prof. Omar Horacio Gejo

Centro de Estudios Alexander von Humboldt
 
 
Publicado en el Semanario Marplatense "Noticias y Protagonistas" el domingo 12 de setiembre de 1999.

 Lic. Ana María Liberali

Presidente del Centro Humboldt