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Asunto:NoticiasdelCeHu 782/05 - El Diario La Nación y la situación boliviana a través de un editorial y de la palabra de un 'reputado intelectual'
Fecha:Domingo, 12 de Junio, 2005  23:50:26 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 782/05


Editorial del Diario La Nación, de Argentina (10/6)

Los ilusos trasnochados "


La encrucijada de Bolivia

La radicalización de los reclamos políticos y sociales en Bolivia, impulsados por dirigentes irresponsables que están empujando al pueblo a la trampa mortal de una guerra civil, como el líder cocalero Evo Morales o el jefe indigenista Felipe Quispe, ha creado en los trasnochados la ilusión de estar en los albores de una revolución.

La única revolución posible es la construcción pacífica de un país viable, para lo cual los actores políticos deben dejar de lado las apetencias personales, los países de la región colaborar desinteresadamente y los organismos multilaterales prestar todo tipo de asistencia.

El agravamiento de la crisis política y social ha colocado a nuestro vecino país en una situación desesperante, al borde de la disolución y una guerra civil, que sólo podrá evitar si adopta el camino del diálogo pacífico, del respeto por las instituciones y el Estado de Derecho. Un gesto de generosidad de su clase dirigente, en particular la política, contribuiría a evitar una catástrofe, cuyo resultado no sería otro que la profundización de la pobreza en una de las naciones más castigadas de América latina.

La acertada decisión de los presidentes de la Argentina, Néstor Kirchner, y de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, de responder de inmediato -junto con las Naciones Unidas- al pedido de socorro que les hizo el presidente renunciante Carlos Mesa, podría ayudar a los bolivianos a encontrar una solución en medio de la incertidumbre y la convulsión en las que se encuentra el país.

Sin embargo, es necesario insistir en que más allá de la ayuda que reciban desde el exterior, la resolución de la gravísima crisis institucional que vive el país andino está en las propias manos del pueblo boliviano.

El presidente Mesa renunció el lunes último, acosado por intensas protestas sociales que han paralizado al país en las últimas cinco semanas, que comenzaron con el reclamo de la nacionalización de los hidrocarburos y se multiplicaron con exigencias de autonomía, asamblea constituyente y convocatoria a elecciones anticipadas.

Campesinos, indígenas, mineros, estudiantes y la central sindical exigen la estatización de los hidrocarburos y del gas natural, la expropiación de los campos petroleros explotados por compañías multinacionales y el cierre del Congreso. En tanto, las provincias ricas del Norte, del Nordeste y del Sur, en el límite con la Argentina, reclaman la autonomía política y económica del poder central con el respaldo de sectores empresariales, en un movimiento que agita el fantasma de la desintegración territorial.

Mesa, que en marzo último fue ratificado por el Congreso luego de haber presentado su dimisión en medio de protestas sociales, fracasó en su intento de encarrilar el país luego de la crisis que en 2003 provocó la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en medio de un baño de sangre en las calles de La Paz.

La convulsión en las ciudades bolivianas es la expresión más cruda de cuestiones históricas irresueltas, como el reclamo de los derechos de los indígenas. Pero también es la exteriorización de la división que existe en el país entre quienes pretenden avanzar hacia la transformación económica con herramientas que lo inserten en el mundo, y quienes, con banderas populistas y seudorrevolucionarias, proponen medidas extremas que impiden a la nación dejar atrás el estancamiento.

El estado de agitación permanente que pretenden los dirigentes extremistas alienta el surgimiento de la violencia, de la cual los bolivianos tienen muy tristes experiencias.

Una explosión violenta acompañada por el quiebre institucional tendría gravísimas consecuencias para el país, y se convertiría en un foco de inestabilidad para la región. La cancillería argentina debería tener un papel más activo en la búsqueda de una solución, algo que tendría que convertirse una de sus prioridades no sólo por las consecuencias económicas, sino también por el impacto demográfico que provocaría en nuestro país.

La búsqueda del diálogo, la defensa de las instituciones y el respeto por el Estado de Derecho y por la duración de los mandatos constitucionales es el camino que debería recorrer nuestro hermano país de Bolivia en la crítica hora que vive. La Argentina tiene la obligación de tenderle una mano.



Opinión en La Nación (11/6)

La regresividad de la lucha de los explotados '
 

La trampa del indigenismo

 Marcos Aguinis

SANTIAGO

Acaban de inaugurar la nueva autopista del aeropuerto a la ciudad y atravieso como una flecha los espectaculares ocho kilómetros que corren por debajo del río Mapocho. Es un túnel que serpentea por todo el centro, descongestiona el tránsito y revela que Chile -gracias al sólido Estado de Derecho que garantizan sus sucesivos gobiernos- estimula inversiones multimillonarias que aceleran el crecimiento del país con botas de siete leguas.

El encuentro internacional al que concurro ha sido organizado por la Fundación Libertad y Desarrollo en celebración de sus fecundos quince años de existencia. Me habían encomendado disecar un tema perturbador de nuestro continente: el indigenismo. Concurrían expertos de Canadá, España, Estados Unidos, China, Perú, Venezuela y Bolivia para tratar ése y otros ígneos asuntos de nuestro tiempo.

Sin más rodeos, paso a sintetizar lo que allí expuse. Mis primeras palabras consistieron en recordar que los indígenas son considerados, con justicia, los primeros dueños de esta tierra, cuyas culturas y protagonismo fueron reprimidos sin misericordia. Con diferencias de un país a otro, en muchos aún forman comunidades importantes y en otras han alcanzado un mestizaje intenso. El problema actual consiste en ayudarlos a encontrar un camino de verdadera reparación y ascenso, o permitir que se los desvíe hacia la trampa de zanjones regresivos y totalitarios, como sucede ahora en Bolivia. Es muy fácil confundir. Y en ese punto centré mi advertencia.

En efecto, su reivindicación ya es importante. No sólo hay una revisión de la historia, sino proyectos que incluyen utopía y epopeya. Los indígenas han pasado a convertirse en las grandes víctimas del continente, lo cual no es ajeno a la verdad. Pero el énfasis distorsiona, simplifica e idealiza su pasado. Más grave aún: pretende convertir el pasado en modelo. Eso no está bien, porque es reaccionario y letal. Como ejemplo, bastaría reflexionar sobre la exigencia de Sendero Luminoso a los campesinos peruanos con el fin de "liberarse" de la opresión europea: cultivar sólo productos anteriores a la Conquista, tales como papa, quinoa y maíz. En cambio, descartar las venenosas importaciones llamadas trigo, cebada, centeno, avena, arroz, caña de azúcar y vid; no criar animales malditos, como la vaca, la oveja, el cerdo, la cabra, el conejo y las aves de corral. Para no dejar de ser coherente -agrego yo- habría que abandonar la rueda, el caballo, el buey, el hierro, el vidrio y el arado. Buen futuro, ¿no?

El líder indigenista Felipe Quispe ha dicho que si una parte de la sociedad usa ojotas y otra zapatos, que todos usen ojotas. Es decir, igualar para abajo, porque confunde justicia con miseria.

En la mitificación de numerosos historiadores se han llegado a considerar los levantamientos indígenas de la Colonia como antecedentes de la gesta emancipadora. Pero lo que deseaban no era la independencia ni asemejarse a las repúblicas modernas, sino retornar al tiempo incaico o incluso preincaico, que no fue un paraíso, sino un eterno campo de batalla con masacres, guerras de dominio e incontables sacrificios humanos. La rebelión aymara de Túpac Katarí, en 1782, por ejemplo, no sólo agredió a los criollos, sino a los mestizos y a los quechuas.

Esos levantamientos, aunque heroicos, no significaron un proyecto superador, sino regresivo. Y tuvo el final de todos los movimientos regresivos, como los esclavos en la Antigüedad o los campesinos en la Edad Media. Podemos conmovernos con su heroísmo, pero no considerarlos un paradigma. Los indígenas estaban aterrorizados ante el nuevo orden, que, entre otras cosas, tendía a dejar atrás la etapa primitiva del colectivismo.

Los actuales "bolivarianos" deberían recordar que Simón Bolívar firmó, con su puño y letra, en el año 1824, un decreto que establecía la propiedad privada de la tierra. Acertó en considerar la propiedad comunal un resto arcaico, un modo de producción infecundo. Esto fue trágicamente comprobado por la dictadura izquierdista del general Velazco Alvarado, quien intentó resucitarlas en la década de los años 70: produjo hambre y empobrecimiento acelerado. Ahora se intenta probarlo otra vez.

La idealización contaminó incluso a marxistas como Carlos Astrada, quien no tuvo náuseas en utilizar conceptos acientíficos nazis sobre el vínculo de los pueblos con la tierra y la sangre. En esa línea, posteriores movimientos populistas y tercermundistas usaron a los indios para construir sus artificiales teorías sobre una identidad nacional opuesta al centralismo europeo y a Occidente (este último, odiado por los reaccionarios con patente de progresistas que se fastidian ante las aperturas de la modernidad, la democracia genuina, los derechos individuales y otras abyecciones).

La revolución bolchevique, incapaz de construir un socialismo próspero y democrático, había impuesto concepciones estatistas que permitían el control de las masas y su impúdica manipulación "en nombre" del proletariado. De ahí que sus seguidores y simpatizantes hayan celebrado la civilización incaica como un antecedente del socialismo moderno (¡!). No les importaba la maciza estratificación de clases ni la opresión que padecían los de abajo. Tampoco los derechos humanos, porque para estos fascistas de izquierda, el Estado merece todo y cada hombre no es más que una molécula anónima. Aunque hubo maravillas en las civilizaciones precolombinas, tenían un atraso de cuatro mil años respecto de la Europa del Renacimiento. Esto no justifica, por supuesto, la tábula rasa que se efectuó con sus riquezas y tradiciones. Es otro tema.

Resulta curioso que al indigenismo regresivo lo empezaran a fogonear blancos descendientes de europeos, sin advertir que adoptaban el camino racista que pretendían combatir. En los 70, el boliviano Fausto Reinaga, inspirado en el black power , preconizó la "revolución india" y las luchas entre blancos e indios; la indianidad debía servir para la toma del poder y limpiar el continente de las etnias invasoras (en la Argentina no quedaría casi nadie). El peruano Guillermo Carnero Hoke afirmó que "nuestra razón de ser desde el fondo de los siglos es la razón colectivista". "El pensamiento de nuestros abuelos del Tawantisuyo era justo, moral, científico y cósmico, es decir insuperable" (¡!).

Expresiones como ésas parecían minoritarias. Pero el Primer Congreso de Movimientos Indios celebrado en el Perú, en 1980, proclamó que los indígenas eran la única alternativa redentora, no sólo de ellos mismos, sino de la humanidad. Pasaban a ocupar el trono que el marxismo había atribuido al proletariado, con un condimento horrible: suponer, como los nazis, que las razas puras son mejores.

El problema indígena no es de raza ni de cultura: es social. Los indígenas no tienen que retroceder a un pasado inviable ni limitarse a la economía de subsistencia. Pueden y deben cultivar sus tradiciones, su acervo lingüístico y sus leyendas, por supuesto, pero sin aislarse ni repudiar los beneficios de la modernidad. Si resisten la modernidad se condenan a permanecer como un sector inferior, aislado, débil y carente de real protagonismo. Por el contrario, tienen derecho a dejar de ser las comunidades que dan lástima, resentidas y marginales. Tienen derecho a concurrir a buenas escuelas y universidades, participar en los partidos políticos y asociaciones profesionales. El indio Benito Juárez, que llegó a presidente de México, no se dejó intimidar por quienes lo consideraron un traidor.

Para tomar perspectiva, deberían discutirse las experiencias de la comunidad negra en los Estados Unidos, por ejemplo. Salió de la esclavitud legal, pero continuó sometida a una severa discriminación. Surgieron reacciones como el black power y manifestaciones racistas invertidas, entre las que adquirieron renombre las del primer Malcolm X. A la vez, hubo intentos de vencer los prejuicios mediante el intercambio de estudiantes que provenían de barrios blancos y barrios negros, lo cual no dio frutos. Luego, avanzó la propuesta fraternal de Martin Luther King, que terminó por conquistar a la mayoría de la nación. No alcanzaba, empero, y se sancionó la "discriminación positiva" o affirmative action , mediante la cual se impulsó el ingreso de negros en los centros de estudio y su mejor posicionamiento en el trabajo.

Ahora ya existe una amplia clase media negra con infinidad de profesionales, jueces, diplomáticos, académicos y empresarios. Dos sucesivos secretarios de Estado fueron negros y la actual, además, es una mujer. La affirmative action se ha imitado en muchos países para elevar la cuota de presencia femenina en la política, por ejemplo. Pero considero que este recurso sólo debe utilizarse para cambiar la tendencia, no para durar eternamente. De lo contrario emponzoñaría la igualdad de derechos que debe primar en una verdadera democracia.

En resumen, impulsar el indigenismo hacia el pasado es una trampa que sólo beneficia a demagogos, ignorantes y populistas. Lleva hacia conflictos ingobernables, derramamiento de sangre y un aumento de la pobreza. Habría que reflexionar, en cambio, sobre medidas racionales, como la affirmative action , para que todos los indígenas de América latina, sin perder sus raíces, tengan por fin cómodo acceso al progreso cultural, económico y social.