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Asunto:NoticiasdelCeHu 1982/04 - Entrevista a Gerardo Della Paolera (patricio Arana)
Fecha:Domingo, 19 de Diciembre, 2004  20:56:34 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 1982/04


Argentina

Gerardo Della Paolera

"Era absolutamente innecesario devaluar"

El economista analiza la actualidad

PARIS.– Hace dos años que Gerardo della Paolera dirige la Universidad Americana de París. A los 45 años, instalado en la capital francesa, es otro argentino que eligió vivir en el exterior.

Como tantos compatriotas que están lejos, Gerardo della Paolera afirma que cada mañana se pregunta cuándo llegará la hora del regreso. Al pensar en su país sueña con una clase dirigente que sea consciente de que, para competir, la Argentina necesita contar con lo mejor de su capital humano.

En este sentido, Della Paolera espera un cambio, que no se produjo cuando estaba en Buenos Aires como rector de la Universidad Torcuato Di Tella. “La renovación del sistema político y la reforma del Estado nunca llegaron a concretarse”, afirma, a pocos días de una visita de fin de año a la Argentina.

Después de opinar que la devaluación de 2002 fue “absolutamente innecesaria”, sostiene: “Nuestro problema sigue siendo político. No logramos entrar en un mundo capitalista progresista. Raúl Alfonsín y Carlos Menem lo intentaron en su momento, pero ellos fueron fagocitados por la lógica interna de sus propios partidos. El período abierto en 1999 fue una oportunidad interesante, pero no se supo manejar”. Della Paolera lamenta que la Argentina esté dirigida por un "partido hegemónico", como denomina al peronismo. También lamenta que los dirigentes no den el ejemplo al resto de la población y cree que la calidad de la universidad de un país basta para definir a su clase dirigente, científica y empresarial.

Toda la producción académica de este economista egresado de la Universidad Católica Argentina, que también se formó en Chicago, es sobre su "querido país". Tanto "Tensando el ancla", su último libro, en el que analiza la historia económica de la Argentina, hasta los artículos publicados en revistas especializadas. Las conferencias y seminarios en los que participa tienen a la Argentina como un caso de estudio. En 2005, organizará en París, a través de la Universidad Americana, el décimo encuentro anual de la Asociación de Economía de América Latina y el Caribe, por primera vez fuera del continente americano.

Della Paolera vivió la última gran crisis argentina desde Francia, pero no por ello se siente ajeno a lo sucedido. A casi tres años de aquel colapso, opina que se empiezan a ver los "costos dramáticos" de la década del 90, en la que la Argentina "intentó un cambio de sistema económico, fiscal y monetario".

"A pesar de que este cambio se manifestó de manera extraordinaria en materia de crecimiento e inversiones a principios de los años 90, no se lo pudo consolidar políticamente. Fue un intento infructuoso de cambiar la tendencia negativa del país, que había empezado después de la Segunda Guerra Mundial y que se mantuvo en el tiempo, con alguna excepción, durante la década del 60", analiza.

-¿Qué impidió o, más bien, qué frenó aquel cambio que se había iniciado?

-Dos cosas condenaron la posibilidad de éxito del capitalismo progresista en la década del 90. El primero fue el Pacto de Olivos, un verdadero problema, porque por su causa se le hizo muy difícil a la Argentina, como república federal, rearmar el cuadro de sus provincias. Cuando la Argentina renunció al impuesto inflacionario y estableció la ley de convertibilidad produjo una revolución, pero no tanto por reconocer, de facto, que no había moneda, sino porque eso implicaba que los dirigentes políticos reconocían que el segundo pilar del programa era rearmar el pacto fiscal. Con la ley de convertibilidad, con el correr del tiempo, se haría evidente que había provincias viables y otras inviables. El Pacto de Olivos congeló, de alguna manera, esta situación. La otra razón es que la Argentina inició un proceso de cambio durante la primera etapa de Domingo Cavallo, pero ese proceso resultó incompleto. Se dio un paso al establecer la convertibilidad en búsqueda de la estabilidad monetaria, con el objetivo de no mancillar el poder adquisitivo de los salarios, pero no se avanzó en las reformas estructurales.

-Sin embargo, por esos días la Argentina se abrió al mundo?

-Pero esa manera de abrirse, sin realizar las reformas internas indispensables, la presentaban como una nación que salía a correr una carrera de cien metros cargando con una mochila de arena.

-¿Nada cambió después del Pacto de Olivos y de la reelección de Menem?

-La segunda presidencia de Menem fue infértil, desde el punto de vista de los cambios estructurales, porque se estableció la lógica del partido gobernante y mayoritartio argentino, hoy, prácticamente, el partido único: el peronismo. La vocación del poder hegemónico se hizo presente. Menem, en vez de proseguir con sus reformas iniciales, las frenó, con el objetivo de lograr su reelección. Por supuesto que llevar a buen término las reformas hubiera sido políticamente costoso, pero un estadista tiene que tratar de hacer las cosas de manera sincrónica.

-¿Cómo vio el gobierno de Fernando de la Rúa y Carlos Alvarez?

-Vi la administración de De la Rúa, con su coalición inicial de centroizquierda, como una gran oportunidad para el país, como un recambio político. Tal vez fui ingenuo. Por entonces anhelaba que la sociedad argentina y el establishment pudieran soportar esa coalición, que finalmente resultó conservadora, para que se consolidaran las instituciones monetarias, financieras y fiscales del país. No había duda de que entonces existía un equilibrio político muy delicado. Por un lado, el gobierno central estaba en manos del radicalismo y del Frepaso y, por el otro, los lores provinciales dirigían el resto de la República Argentina. Se veía venir la tormenta. Una vez que la Argentina no pudo acceder más al mercado internacional de capitales para suavizar el problema fiscal y el desastre que tenían las provincias, era evidente que la clase política se volcaría sobre los recursos de la población. Es lo que hicieron, a fin de cuentas, los dirigentes políticos del peronismo que sucedieron a la Alianza: decidieron confiscar las reservas internacionales y parte de los ahorros. Los depósitos terminaron depreciados, mancillaron la jubilación de gran parte de la población, licuaron de manera violenta los salarios, al devaluar la moneda, y, además, decidieron no hacer frente a las obligaciones con los tenedores de bonos, que no son sólo extranjeros?

-De esas medidas pasaron ya casi tres años?

-En enero de 2002, uno de los caudillos del partido único, Eduardo Duhalde, accedió al poder. A casi tres años de esa fecha, cuando se devaluó la moneda y se licuaron los salarios, de un saque se pasó de tener un veinte por ciento de la población por debajo del límite de pobreza a un 52 por ciento. Es obvio que hoy, tres años más tarde, es muy difícil esperar un cambio.

-¿A pesar de tener hoy una situación favorable en el comercio internacional?

-Hubo un cambio en el escenario internacional, que produce un efecto sobre los ingresos del país y un "efecto suerte" para este momento de la Argentina y que se traduce en el tremendo aumento de los intercambios comerciales. La concentración de la atención de los Estados Unidos y de Europa en los problemas de Medio Oriente hace que el hecho de que la Argentina haya declarado el default más grande de toda la historia no sea un tema central para el concierto de naciones.

-¿Cree que hay cierto oportunismo de la clase dirigente?

-Los lores políticos se han movido con gran facilidad. Manejar autárquicamente el país no les resulta tan difícil por ese giro de la atención internacional de la que hablaba. Esto facilita la tarea de disolución de alternativas políticas en la Argentina y también facilita la consolidación de un partido hegemónico que, por lo demás, arrastra problemas internos. Pero han aumentado las exportaciones. El Gobierno establece retenciones e impuestos que en ocasiones alcanzan al treinta por ciento de lo que ingresa y, al mismo tiempo, no está pagando la deuda. El Gobierno tiene, de esta manera, la capacidad de financiar sus medidas populistas. Es un potencial interesante: veremos qué pasa con las próximas elecciones a diputados?

-Entonces, además de sentido de la oportunidad, ¿el presidente Néstor Kirchner ha tenido suerte?

-Si el tándem De la Rúa-Alvarez hubiera tenido la mitad de la suerte que tiene la administración actual, con un escenario internacional favorable, la convertibilidad seguiría existiendo en la Argentina y habría un mercado financiero aceitado. Tendríamos una situación más a la chilena, un país más integrado en el mundo, con un capital humano dentro de las fronteras y no esparcido por el exterior. De la Rúa y Alvarez enfrentaron un ciclo económico internacional pésimo para la Argentina. En los años 90 no se llevó a cabo la reforma política, no hubo reforma del Estado y la falta de reforma se puede capear sólo cuando hay un ciclo internacional favorable. Si el ciclo no es favorable y no se puede acceder al mercado de capitales, el Gobierno, para administrar semejante situación, se va a volcar hacia donde estén los recursos. Surge, entonces, el modelo clientelista, con una clase política que intenta sobrevivir y que, por no arreglar la crítica situación de las instituciones, hipoteca a las generaciones futuras.

-¿Cree que la devaluación fue un error?

-Una de las cosas más importantes de la década del 90 fue la ley de convertibilidad, con la que se aplastó la tasa de interés. Esto creó un cambio brusco: pasamos de la economía de especulación, que predominaba en el país, a una economía del trabajo. Cuando se dejó de lado el modelo de especulación, al instaurar la convertibilidad, lo que empezó a importar, con crecimiento e inversiones, fue la fuerza del trabajo y la cultura del trabajo. La devaluación es el impuesto más desgastador para los trabajadores. A mediados de siglo, Juan B. Justo y Alfredo Palacios, ambos socialistas, eran absolutamente conscientes de lo importante que era para el trabajador vivir en un país con moneda fuerte, porque ésta le garantiza el valor del salario. Yo creo que en la crisis, cuando el país estaba con problemas, en vez de destruir las instituciones devaluando la moneda y confiscando depósitos, una solución superior hubiese sido reestructurar la deuda?

-Entonces, ¿la devaluación fue innecesaria?

-Fue absolutamente innecesaria. Fue el artificio encontrado para hacer posible la confiscación de activos de la población y para transferirlos al sector público. La devaluación sirvió para beneficiar a ciertos grupos. Pero con ella la Argentina volvió a un modelo que quizá nunca había abandonado del todo: un modelo corporativista. En él, un partido hegemónico traza algunas alianzas, ya sea con sectores cuasi oligárquicos como con grupos económicos concentrados, y pacta, hacia abajo, con los punteros políticos. La Argentina de hoy se parece al México de los años 30-40, cuando se consolidó el Partido Revolucionario Institucional (PRI), con la diferencia de que una vez que en el PRI el candidato oficial accedía a la presidencia, éste gobernaba con un poder absoluto sobre el partido, porque se creaba un acuerdo de gobernabilidad. Eso todavía no ocurre en el peronismo, que es un partido dramáticamente volátil.

-¿Piensa que el partido peronista es una de las razones de los problemas argentinos?

-En la Argentina hay una parte importante de la población que quiere tener una estrategia de país realmente integrado. Cuando una sociedad tiene problemas fundamentales, necesita una clase dirigente sofisticada, que conozca los problemas y que esté a la altura requerida para encontrar una solución. Cuanto más importantes sean los problemas, mayor es la necesidad de una clase dirigente educada, con las herramientas necesarias para llevar adelante el país. Lamentablemente, parte de la decadencia argentina de las últimas décadas es producto de una tremenda devaluación de la cultura y de la capacidad de los dirigentes. No hay una clase política apropiada para la situación. En la Argentina hay un divorcio importante entre la gente capaz y los que dirigen el país. En otros países, como Brasil, Chile, México y Francia, existe una cierta jerarquía. La gente capaz tiene la responsabilidad social de estar al frente. En este sentido, en nuestro país la democracia representativa no funciona. Hay un fracaso en la instalación de una clase dirigente pública y privada que tenga ciertos ideales cuando habla de la República.

-¿Le parece que la clase dirigente no da el ejemplo al resto de la sociedad?

-La sociedad argentina es cruel. Las personas humildes trabajan de una manera increíble, pero el problema es que el ejemplo que reciben de arriba es dramático. Tenemos un presidente que deja plantados a sus pares. Tenemos una clase dirigente totalmente desubicada. Lo que hoy se hace no sólo tiene efectos inmediatos sino también ulteriores. Cuando el Presidente lo hace esperar dos horas al rey de España, uno se da cuenta de que hay algo que no funciona. Hay una escala de valores que no funciona. No se hace esperar ni al rey de España ni a la persona con la que uno se compromete para asistir a una reunión. Cuando hay gente que no tiene respeto por nada, que piensa que lo sabe todo, en un país que está en total decadencia, uno está frente a un problema.

-Usted viaja mucho. ¿Qué le dicen sus interlocutores sobre la Argentina y los argentinos?

-Que es un país muy querible, porque somos una sociedad muy simpática y muy poco exigente. Pero que para salir del hueco son necesarios sacrificios y exigencias mayúsculas. El no asumirlas nos transforma en una sociedad menos simpática?

-¿Cómo hacer para que la clase dirigente del mañana sea distinta?

-Es una pregunta que me hago todas las mañanas. Trabajo en París, soy rector de una universidad, pero todas las mañanas me pregunto en qué momento vuelvo a mi país. Yo tuve una fabulosa educación: rendí cuentas por ella al fundar la Universidad Torcuato Di Tella. Todas mis investigaciones están relacionadas con mi querida patria. ¿Cómo hacer para que gente con mi mismo perfil entre en ese ambiente, en el político? No tengo respuesta. Hay intentos de personas, como Elisa Carrió o Ricardo López Murphy, que tratan de hacer pie en ámbitos diferentes de los suyos. Pero la renovación política es muy complicada. Repito: el fracaso de los años 90 también fue un fracaso de las personas formadas, que dieron prioridad a la tecnocracia antes que a la comprensión sensible de la sociedad. Lo que hubo fue una altanería de los tecnócratas. Creo que las nuevas generaciones van a dar un paso adelante. Los jóvenes tienen que colonizar los partidos políticos.

-Desde París, espera usted un cambio que todavía no llega?

-Es verdad, desde aquí no veo ningún cambio. La reforma del Estado y la reforma política están completamente congeladas. Veo al presidente Kirchner actuar de la misma manera que algunas personas a las que criticó. Hay un cambio de la Corte Suprema para que sea una Corte adicta? No, no veo ningún síntoma de cambio.

-¿Qué se necesita para formar una buena clase dirigente? ¿Una escuela de gobierno, como hay en Francia?

-Hacen falta buenas universidades, en general, y escuelas de gobierno y de administración pública importantes. Hay ensayos, sí, pero falta más apoyo. Falta algo mas sistemático. No quiere decir que el ejemplo francés, con la EscueLA NACIONal de Administración, sea una maravilla. Lo más importante para un país es la educación primaria y secundaria. Lo más importante para que se instale una clase dirigente, científica y empresarial es la calidad de la universidad. Todo el mundo tiene derecho a la educación. El problema con la universidad masiva surge cuando ésta se transforma en expendedora de títulos. Cuando se masifica la universidad, si se pierde calidad en los estudios, se pierde calidad en la futura clase dirigente del país.

Patricio Arana

Fuente: Diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 18 de diciembre de 2004.

 


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