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Asunto:NoticiasdelCeHu 1960/04 - La crisis de la globalización (James K. Galb raith)
Fecha:Viernes, 17 de Diciembre, 2004  02:11:42 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 1960/04

Cuando se deshacen las ilusiones


La crisis de la globalización
El experimento neoliberal es un fracaso

James K. Galbraith


El éxito de la doctrina del libre mercado está plagado de desafortunadas excepciones. Al menos, eso dicen quienes están comprometidos con aquélla. El hecho constatable, argumenta categórico James K. Galbraith, es que la gente necesita comer todos los días: las políticas que garantizan eso y lo hacen con dietas, condiciones de vivienda y de salud cada vez mejores, son buenas. Las políticas que fomentan la inestabilidad directa o indirectamente, que les impiden a los pobres comer en aras de la eficiencia o incluso en nombre de la libertad, esas no son buenas.
En este ensayo, Galbraith hace una distinción entre las políticas que satisfacen esos criterios y las que no lo hacen. Ahí, dice, hay más excepciones que ejemplos.

La doctrina conocida como el Consenso de Washington fue el credo de los apóstoles de la globalización. Fue una expresión de la creencia de que los mercados son eficientes; de que los Estados no son necesarios; de que los pobres y los ricos no tienen intereses conflictivos; de que las cosas salen bien cuando nadie se entromete en ellas. Afirmaba que la privatización, la desregulación y los mercados de capital abiertos fomentan el desarrollo económico, que los gobiernos no deberían hacer gran cosa además de equilibrar sus presupuestos y luchar contra la inflación. Actualmente, esta creencia ha demostrado ser totalmente infundada.

La verdad es que la gente necesita comer todos los días. Las políticas que garantizan eso y lo hacen con dietas, condiciones de vivienda y de salud que mejoran cada vez más, son buenas. Las políticas que fomentan la inestabilidad de manera directa o indirecta, que les impiden a los pobres comer en aras de la eficiencia o del liberalismo o incluso en nombre de la libertad, no son buenas. Y es posible hacer una distinción entre las políticas que satisfacen estos criterios y las que no lo hacen.

La presión por la competencia, la desregulación, la privatización y los mercados de capital abiertos ha socavado las perspectivas económicas de muchos millones de personas, de las personas más pobres del mundo. Por lo tanto, no se trata de una cruzada meramente ingenua y mal encaminada. En la medida en que dicha cruzada afecta la provisión estable del pan de todos los días, resulta peligrosa para la seguridad y la estabilidad del mundo, incluyéndonos a nosotros mismos. En estos momentos, el peligro más grande existe en Rusia, un catastrófico ejemplo del fracaso de la doctrina del libre mercado. Sin embargo, también han surgido situaciones de grave peligro en Asia y América Latina y éstas no van a desaparecer pronto. En suma, existe una crisis del Consenso de Washington.

Esta crisis es visible para todo el mundo, pero no todo el mundo está dispuesto a reconocerla. En efecto, dado que las malas políticas provocaron el fracaso de las mismas, aquellos que están comprometidos con ellas desarrollaron un mecanismo de defensa. Consideraron cada caso inoportuno como una desafortunada excepción. México fue una excepción: hubo una revuelta en Chiapas, un asesinato en Tijuana. Luego Corea, Tailandia, Indonesia se convirtieron en excepciones: se descubrió la corrupción, un capitalismo de amiguismos a una escala inimaginablemente masiva, pero después de que la crisis estalló. Y luego apareció la excepción de Rusia. Se nos dice que en este país la criminalidad dostoievskiana brotó del cadáver del comunismo soviético y fue más fuerte que las eficiencias y los incentivos de los mercados libres.

No obstante, cuando las excepciones superan los ejemplos, debe haber un problema con las reglas. ¿En dónde están las historias que reflejan el éxito de la liberalización, de la privatización, de la desregulación, del dinero sólido y de los presupuestos equilibrados? ¿En dónde están los mercados emergentes que han surgido, los países en desarrollo que se han desarrollado, las economías de transición que realmente han finalizado una transición exitosa y feliz? Miren más de cerca. Observen con atención. No existen.

En cada una de las supuestas excepciones -Rusia, Corea, México y Brasil- se han liberalizado, privatizado y desregulado los programas de desarrollo dirigidos por el Estado. Entonces, las entradas de capital provocan la sobrevaloración de la moneda, haciendo que las importaciones sean baratas pero que las exportaciones no sean competitivas. Cuando las primeras promesas de "transformación" resultaron ser poco realistas se agrió el ánimo de los inversionistas. Se inició una huida hacia la calidad, que suele ocurrir después de que se hacen los movimientos para elevar las tasas de interés en los países de "calidad" -sobre todo en Estados Unidos en 1994 y a principios de 1997-. Un movimiento muy pequeño en las tasas de interés de Estados Unidos, el cual tuvo lugar en marzo de 1997, precipitó las salidas de capital en Asia que provocaron la crisis en Tailandia.

El caso de Rusia es especialmente triste y dramático. En 1917, la revolución bolchevique le prometió al pueblo ruso, harto de la guerra, liberarlo de la opresión. Les tomó 17 años olvidar la lección esencial de esa experiencia: no existen las transiciones fáciles, repentinas, milagrosas. En 1992, los defensores de la terapia de choque siguieron la senda bolchevique, contra el sentido común de gran parte del orden político ruso, empleando medios bolcheviques. Este fue el verdadero significado del asalto militar al Parlamento ruso que Boris Yeltsin llevó a cabo en 1993, un acto de violencia que nosotros en Occidente toleramos, para vergüenza nuestra, en nombre de la "reforma económica".

En Rusia, la privatización y la desregulación no crearon mercados eficientes y competitivos sino grandes y perniciosos monopolistas privados, los oligarcas y los mafiosos, quienes controlan los emporios industriales rivales y los medios de comunicación. Y estos emporios patrocinaron sus propios bancos, que no lo eran en absoluto, sino más bien simples fondos de especulación, que no cumplían ninguna de las funciones esenciales de las bancas comerciales. Mientras tanto, el Estado siguió una política rígida de limitar el gasto, de modo que no se pagaron ni siquiera los salarios y las deudas de pensiones debidamente contraídas -¡es como si el gobierno de Estados Unidos se negara a pagar los cheques de Seguridad Social debido a un déficit presupuestario!-. El sector privado se quedó literalmente sin dinero. El sistema de pagos dejó de funcionar; se volvió imposible recaudar impuestos pues no había nada que gravar. El Estado se financió a sí mismo a través de un esquema piramidal de deudas a corto plazo, conocido como el mercado GKO, el cual se derrumbó como deben hacerlo las pirámides el día 17 de agosto de 1998. Este fue el fin del radicalismo del libre mercado en Rusia. Sin embargo, el Consenso de Washington insiste en que Rusia debe "mantener su curso" en la "reforma económica".

Durante la década de los 90, en toda Asia el crecimiento industrial estable dio cabida a bulliciosas expansiones basadas principalmente en la especulación de los bienes raíces y en el desarrollo de oficinas comerciales. Se erigieron muchas torres de oficinas en Bangkok, Yakarta, Hong Kong y Kuala Lumpur, más de las que razonablemente podían usarse. Una vez terminadas, estas torres no desaparecen; se quedan vacías pero siguen estando disponibles y, así, continúan siendo una droga para el mercado, inhibiendo las nuevas construcciones. La recuperación del estallido de semejantes burbujas es un proceso lento. Esto tardó cinco años o más en el estado de Texas, a mediados de los 80.

En cuanto a Brasil se dijo que, durante la caída de 1998, el Fondo Monetario Internacional (FMI) restablecería la confianza y mantendría el real brasileño a flote. El problema en este caso no se origina en Brasil y no puede resolverse con ninguna acción que lleven a cabo los brasileños por sí solos. Más bien, el problema reside en los mercados internacionales de capital. Los inversionistas que se sienten expuestos en Asia y han sufrido pérdidas en Rusia, deben disminuir sus préstamos a los otros grandes prestatarios, sin importar cuáles sean las condiciones en las cuales encuentren esos países. Este imperativo es el problema actual de Brasil.

¿Existen alternativas? Sí. La sombría historia que acabo de esbozar no es uniforme. Durante los últimos 50 años, los exitosos y prolongados periodos de fuerte desarrollo global han ocurrido en países con gobiernos fuertes, estructuras económicas mixtas y mercados de capital poco desarrollados. Este fue el caso de Europa y Japón después de la Segunda Guerra Mundial, de Corea y Taiwan en la década de los 80 y los 90, de China después de 1979. Estos casos, y no los ejemplos liberales del libre mercado (como Argentina después de 1975 o México después de 1986 o Filipinas o Bolivia) son las historias que reflejan el éxito del desarrollo económico global en nuestra era.

Por ejemplo, para Corea el gran periodo de desarrollo económico fue, en efecto, una época de capitalismo represivo de compadrazgos. Después de 1975, el gobierno coreano tomó nota del destino de Vietnam del Sur, sacó sus propias conclusiones acerca de cuán profundo era el compromiso estadounidense y se embarcó en un programa de fomento a la industria pesada y química que hizo énfasis en las tecnologías de doble uso; por ejemplo, el primer producto importante de Hyundai Heavy Industries se creó a partir del tanque M-60.

La política coreana de industrialización no fue eficiente en ningún sentido estadístico. Ningún mercado habría elegido esta línea de acción. Los principales actores en la economía coreana (el Estado, los bancos, los conglomerados conocidos como los chaebols) se unieron para perseguir sus fines. Los trabajadores y sus demandas salariales fueron reprimidos. Y la búsqueda inicial de los mercados no fue en absoluto exitosa. No hubo una gran demanda para esos tanques, así que Hyundai decidió tratar de fabricar autos para pasajeros.

No obstante, cuando uno examina el balance general del modelo coreano, ¿puede alguien seriamente argüir que el país sería más rico hoy si no se hubiera hecho nada en 1975? ¿Que tendría una clase media más numerosa o sería más democrático?

Es cierto que Corea experimentó los primeros golpes duros de la crisis financiera asiática pero, ¿por qué? Para 1997, la política industrial ya era cosa del lejano pasado. Los bancos coreanos se habían desregulado en 1992. Lo que hicieron fue diversificarse, apoyando los esquemas de expansión amplia y de diversificación industrial de los chaebol (por ejemplo, la incursión de Samsung en el ramo automovilístico) y haciendo préstamos a países como Indonesia, en donde es evidente que los coreanos compraron documentos que les recomendaron sus contrapartes estadounidenses. El desastre económico de Indonesia se extendió a Corea por medio de estos canales financieros. No fue una crisis provocada por un capitalismo de amiguismos, sino por un sistema bancario de compadrazgos desregulado y globalizado.

Uno puede multiplicar estos casos, pero examinemos uno más, el caso de China. Es un país en donde existe una tradición de 50 años de gobierno unipartidista. De ésos, durante 30 años, fue un estudio de caso en cuanto a regimentación, ideología y fracaso económico. En un momento dado, tuvo lugar una catastrófica hambruna, completamente evitable, en la cual murieron de 20 a 30 millones de personas. Durante los primeros años de la Gran Revolución Cultural Proletaria, las raciones en los pueblos eran de menos de medio kilo de arroz por día.

Sin embargo, a principios de 1979 China se embarcó en reformas que transformaron al país. Estas se iniciaron con la reforma agraria más masiva en toda la historia de la humanidad, reformas que, en espacio de cinco años, terminaron con la pobreza alimentaria en China. Después de eso, las políticas, que acogieron la inversión directa a largo plazo, que fomentaron las empresas en las ciudades y en los pueblos, los negocios conjuntos con participación de riesgos y las empresas privadas, crearon una amplia y continua mejoría en el nivel de vida de las personas. En 20 años, el nivel de vida promedio se cuadriplicó; en efecto, el crecimiento ha sido tan rápido que mucha gente puede percibir la mejoría en su nivel de vida mes con mes.

El caso de China muestra la eficacia potencial de las políticas de desarrollo sostenido, de las políticas que hagan énfasis en la prioridad de la mejoría estable durante largo tiempo. A diferencia de Rusia, China cometió sólo una vez el error del gran salto hacia adelante. Y nunca liberalizó sus mercados de capital ni su cuenta de capital, por temor a que semejantes acciones fueran tan sólo una fatal tentación, desencadenando un ciclo de bonanza y crisis que una nación pobre no puede tolerar por mucho tiempo.

China no es una democracia. No es libre políticamente. Sin embargo, uno también debe reconocer que el gobierno chino ha hecho un buen trabajo en relación con las demandas económicas del pueblo, a saber alimentos y viviendas, y que un régimen alternativo que no hubiera satisfecho estas necesidades tampoco habría podido ofrecer paz interna, democracia ni derechos humanos.

Entonces, ¿qué puede hacer ahora Estados Unidos? Para empezar, podemos reconocer que las finanzas globalizadas convierten a la reserva federal en la banca central de gran parte del mundo en desarrollo. Los recortes en las tasas de interés que se hicieron durante el otoño del año pasado tuvieron un importante efecto estabilizador en los mercados globales. No obstante, este efecto es temporal y los poderes de la reserva federal son limitados. Después de un recorte, eventualmente se necesita hacer otro más; y el recorte de un punto a medio punto porcentual no tiene la fuerza de una reducción de 6 a 4%. Existen muchos aspectos positivos en relación con las tasas de interés más bajas, pero también debemos recordar que el largo plazo llega cuando las políticas de corto plazo, como ésas, pierden fuerza.

Y luego tenemos que tomar en cuenta la política fiscal. Si para Japón es bueno provocar un déficit para combatir la recesión global, ¿por qué es prudente que Estados Unidos tenga un superávit que en gran medida sirve de contrapeso para el déficit de Japón? No lo es. Estados Unidos debería expandir su propia economía usando todas las herramientas disponibles para ese fin.

Luego, debemos considerar la cuestión de lo que le predicamos al mundo y de las políticas que apoyamos. Si es una buena idea que el gobierno de Estados Unidos crezca en línea con nuestra economía, entonces también es una buena idea que los gobiernos de los demás países crezcan conforme lo hacen sus economías. La política del desarrollo global debería apuntar a fortalecer esa capacidad, no a debilitarla.

Toda economía privada funcional tiene y necesita un núcleo de empresas y canales de distribución estatales, regionales y municipales para garantizar las necesidades básicas y de alimentación de las poblaciones de bajos ingresos. Dichos sistemas estabilizan las instituciones comerciales, las cuales funcionan mejor para la gente que cuenta con ingresos más elevados. Ayudan a prevenir la monopolización criminal de las redes críticas de distribución al establecer una alternativa responsable. La ayuda internacional debería tratar de fortalecer estas redes públicas en donde las haya y de crearlas en donde éstas no existan. Los esfuerzos actuales por llevar a cabo esto en Rusia, bajo el gobierno actual, deberían recibir apoyo y no críticas.

Existe un conflicto evidente entre la "confianza de los inversionistas" y las políticas que promueven el crecimiento. A los inversionistas les gusta que se les pague a corto plazo pero, tomando en cuenta este conflicto, es absurdo colocar la confianza de los inversionistas por encima de la búsqueda del desarrollo. Los gobiernos nacionales fuertes tienen el derecho soberano de reglamentar los flujos de capital y los bancos que operan en el país, al igual que cualquier nación tiene el derecho de controlar el flujo de personas que cruzan sus fronteras nacionales y de reglamentar sus actividades en casa. Debería aprobarse un Impuesto Tobin sobre el cambio de las divisas extranjeras, no sólo para reducir la especulación en Estados Unidos, sino también para mostrar nuestra aceptación de este principio en otros países en donde distintos mecanismos de control de capital pueden resultar más adecuados en distintos casos.

Además de esto, se necesita llevar a cabo una importante reconstrucción de las prácticas financieras mundiales, dirigidas a restituir la estabilidad y a fortalecer las facultades de regulación y planeación de los gobiernos nacionales. El FMI necesita un nuevo liderazgo que no dependa de los dogmas recientes. Sin embargo, el FMI también es demasiado pequeño y está muy centralizado como para poder ayudar a los países a diseñar y a poner en práctica esquemas eficaces de desarrollo nacional. También se requieren instituciones financieras, como lo sugirió, en el caso de Asia, Eisuke Sakakibara, viceministro de Finanzas de Japón, y Estados Unidos debería dejar de oponerse a ellas.

Lo más importante de todo es que debemos deshacernos de las ilusiones. El experimento neoliberal es un fracaso. Y no lo es debido a acontecimientos impredecibles sino porque tiene defectos sistemáticos y fundamentales. Necesitamos hacer muchos cambios en esta visión ingenua y predestinada al fracaso de un orden mundial no gobernado. Necesitamos grandes cambios y la necesidad es grande mientras que el tiempo, creo, es corto. Debemos terminar definitivamente con la era de Reagan. Debemos regresar a las políticas de desarrollo para las personas cuyas necesidades son las que más importancia tienen en el esquema general de las cosas, a saber, los millones de personas de los países pobres que trabajan mucho y necesitan comer todos los días.

James K. Galbraith es el autor de Created unequal: The crisis in American pay. Actualmente está escribiendo un nuevo libro sobre la desigualdad global.

Tomado de Dissent, Verano, 1999.
Traducción: Katia Rheault.



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