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Asunto:NoticiasdelCeHu 1959/04 - "La unión sudamericana es sólo una quime ra" (Entrevista a Rosario Green)
Fecha:Viernes, 17 de Diciembre, 2004  02:06:58 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

NCeHu 1959/04


Argentina

Rosario Green

 "La unión sudamericana es sólo una quimera"

La visión de la embajadora de México


Poco antes de comenzar dos años sabáticos en la St. Edward’s University, de Austin, Texas, la embajadora de México en la Argentina, Rosario Green, no ha ocultado su malestar por la cumbre presidencial realizada en Ayacucho, donde nació la Comunidad Sudamericana de Naciones.

No ha ocultado su malestar, en especial, con sus pares de la región: “Les dije que estaba muy irritada porque ese tipo de encuentros, excluyentes y fragmentarios, balcaniza la unidad que buscamos los latinoamericanos”, afirmó.

Como única dama en ese ámbito, Green ha logrado ganarse “el respeto y la caballerosidad” de los otros embajadores, pero ello no impidió que, frente a la exclusión de la cumbre de “México, América Central y el Caribe de habla hispana” haya expresado su disgusto, tanto por la idea de Brasil de erigirse en líder de América del Sur como por el impacto que podría tener el acuerdo alcanzado. A sus ojos, es “una idea, una quimera, un sueño”.

Green lleva casi cuatro años en la Argentina, después de haber sido la última secretaria de Relaciones Exteriores del último gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) tras 71 años en el poder, y de haber sido la última embajadora de su país en la República Democrática de Alemania (RDA) antes de la caída del Muro de Berlín.

“Mis amigos dicen que me especializo en países en crisis y que la próxima vez que me manden a otro les avise con tiempo”, bromeó en el salón de la residencia, con las cajas casi listas para la mudanza. Es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de México y tiene maestrías en Economía de El Colegio de México y de la Universidad de Columbia, Nueva York. Ha escrito una decena de libros y más de cien artículos sobre México y América latina. Fue senadora por el PRI después de haber sido subsecretaria general de las Naciones Unidas, entre 1994 y 1997. Y fue una de las pioneras en la región en el estudio de un tema ahora vital: la deuda externa.

"Les comentaba a los embajadores que, releyendo a Bolívar, desde su carta de La Habana hasta su convocatoria al Congreso de Panamá, da la impresión de que él pensaba en una patria grande que no excluía ni aun a los Estados Unidos, cuyo sur era prácticamente mexicano -señaló Green-. Les decía yo que la idea de fragmentar América latina con un mero argumento geográfico era muy precaria. ¿Qué estamos haciendo?"

-¿Tenemos una identidad común los latinoamericanos?

-No la tenemos. Ni siquiera se ha logrado resolver la identidad "mercosureña": todavía hoy los arquitectos del Mercosur no saben hacia dónde debería inclinarse. ¿Será efectivamente un mercado y, por lo tanto, tendrá que pasar por la unión aduanera y establecer un arancel externo común? ¿O tendrá que contentarse con ser una zona de libre comercio? Ni siquiera el Mercosur tiene una identidad clara, más allá del deseo de hacer de la geografía una ventaja, como hicimos nosotros con los Estados Unidos y Canadá. Políticamente, la Comunidad Sudamericana está compuesta por fracciones. Tiene una irresuelta disputa, y muy antigua por cierto, entre Chile y Bolivia por la salida al mar; una herida muy fresca, siempre a punto de volverse a abrir, entre Perú y Ecuador. Aun cuando Su Santidad resolvió el problema entre Chile y la Argentina, cuando uno va a la Patagonia, ¡cuidado!, porque las relaciones entre particulares de un lado y del otro no son siempre gentiles y amables. Hay un poco de resentimiento. Entre Colombia y Venezuela, la fragilidad es bárbara.

-¿Qué es, en definitiva, la Comunidad Sudamericana?

-Es una idea, una quimera, un sueño. Hay que plantear un camino. Tiene que ser una posibilidad no sólo sudamericana, sino latinoamericana. No veo por qué sacar a Mesoamérica. No entiendo por qué América Central, México y el Caribe de habla hispana tienen que estar afuera.

-En 2000, cuando el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso organizó la Cumbre Sudamericana, le propuso al presidente Fox el eje Puebla-Panamá.

-Sí; yo era canciller y me peleé muchísimo con mi par Lampreia. Fox aún era presidente electo. Cuando se anunció la Cumbre Sudamericana, varios de mis colegas de América del Sur me advirtieron que no estábamos invitados y que nos iban a excluir. Yo conversé mucho con el presidente Zedillo. Y me dijo: "Ve a ver qué hay, pero no te pelees". Lo que fuera, siempre debía ser resuelto por la vía pacífica. Hablé mucho con Lampreia y me quejé amargamente. Era insólito que México y Brasil siguieran tan separados. Era insólito que nos separaran cuestiones casi protocolares, absurdas.

-No sólo México objeta el liderazgo de Brasil.

-A algunos sudamericanos, y no voy dar nombres, no les gusta la idea. Tienen miedo del predominio brasileño. Brasil tiene razón, ya que comparte la frontera con prácticamente todos los países de América del Sur, en hacer propuestas sobre la interconexión de la zona. Todo eso me parece muy importante, pero no estoy de acuerdo con la escisión y con el argumento que muchas veces hicieron público: ustedes ya escogieron. Como si uno escogiera dónde nace, dónde se da la confluencia de las corrientes que ubican a su país. Los accidentes geográficos deben ser considerados accidentes geográficos y la vecindad debe ser analizada para utilizar las ventajas y minimizar las desventajas. No tienen que ser un credo, una fe, una religión, porque eso convertiría al mundo en un conjunto de fortalezas.

-Es más fácil la voluntad política que el acuerdo económico.

-Me parece que la cumbre sudamericana pasará a ser un lindo gesto político. Como gesto político, vale. Yo creo que hay que hacer un análisis económico de costo-beneficio. ¿Qué requiere la conexión fluvial, terrestre y aérea de los países sudamericanos? Recursos que no tenemos ni estarán disponibles desde el exterior para ser concentrados en eso. Pero aun si los hubiera, ¿los volúmenes de comercio y de personas que movemos entre nosotros son de tal magnitud que justifiquen que esa sea la prioridad en lugar de dar de comer, educar, curar o dar empleo?

-Usted fue testigo de la crisis argentina.

-Fui a la RDA justo cuando se cayó el Muro de Berlín y llegué a la Argentina justo cuando esto estaba por acontecer. Lo que vi fue lo más cercano a lo que puede llegar a pasar en el resto de nuestros países. Vi a un pueblo y a un Estado de espaldas el uno con el otro. Un Estado autista, que no oía, no veía y no decía, y una población resignada al autoabastecimiento, a recurrir al trueque, a agrandar el sector informal, con una serie de manifestaciones callejeras que hicieron lo suyo, que derrocaron a un gobierno, ante el enorme desconcierto de los vecinos y de los no tan vecinos, porque los golpes antes solían ser militares. Para derrocamientos civiles no estábamos preparados. Lo que pasó en Bolivia, lo que pasó aquí... Se vio una especie de resignación de unos y de otros. La resignación de un Estado no participativo, de instituciones que no funcionaban y no querían funcionar. Era la resignación de una sociedad que se las arreglaba como podía.

-La gente pedía que se fueran todos...

-El "que se vayan todos" era el grito que finalmente quería despertar a la gente. Lamentablemente, no llegó a crear nuevos liderazgos. Al final se quedaron todos. Nos volvimos a encontrar con los mismos personajes. No hubo tiempo de crear un liderazgo nuevo. La Argentina está a tiempo de hacerlo.

-¿La crisis argentina de 2001 sirve de advertencia para otros países?

-Está pasando, de hecho. En Bolivia, poco después, sucedió prácticamente lo mismo. La gente gritaba en la calle por lo que se quería hacer con el gas. En la Argentina no hay componente indígena, pero hay un condimento: los cacerolazos y los piqueteros. Y hay un lema impresionante: "Piquete, cacerola, la lucha es una sola". Los cacerolazos eran de la clase media pauperizada: los de Belgrano, los de Palermo. Esos eran los que estaban en la calle. Y los piqueteros eran estos rudos con garrote, tambores y slogans muy agresivos: los desocupados. Esa unidad entre los dos extremos se repite en varios países. En Venezuela hay desde un sector popular hasta el más elitista en contra de Chávez. Bueno: Chávez tiene un gran apoyo popular y de las Fuerzas Armadas. Con un poquito menos de fuerza, se hubiera quedado afuera.

-En el interior de nuestros países el Estado siempre ha sido un gran ausente.

-Aun si lo ve uno desde el punto de vista urbano o desde el punto de vista rural, la gran pregunta es por qué no ha aparecido el Estado. Independientemente de que no haya sabido cumplir con su obligación, los ciudadanos tampoco han sabido cumplir con la suya. Porque el ciudadano se acostumbró a la ausencia del Estado, a sobrevivir por sus propios medios. Se acostumbró a que el Estado sacara, pero no metiera. Le sacaba el impuesto, pero no le construía la escuela.

-¿Fue necesario el comandante Marcos para saber qué sucedía en Chiapas?

-No creo que fuera necesario. Había conciencia de que el problema de Chiapas venía de tiempo atrás, porque no había tenido los mejores gobernantes y no se le había canalizado asistencia financiera. Fue un detonador muy importante para que la comunidad internacional levantara la ceja. Para nosotros, Marcos y Chiapas llevaron a que el convenio entre México y la Unión Europea fuera sui generis. Nos exigieron una cláusula democrática y una cláusula de derechos humanos. En ese sentido, pues sí, Marcos, a pesar de que existió más en la fantasía, sirvió para que la mirada internacional se posara en una zona y fuera un poquito más que el folklore.

-Lo mismo ocurre en regiones apartadas de otros países.

-Por eso decía que estamos muy vinculados por el mismo tipo de dificultades, de defectos, y también por el destino común que no queremos: el caos, la desorganización y el apartamiento del Estado y la sociedad. Creo que tenemos que tender puentes. Y a mí me parece que quizá uno de los impactos más importantes de este autismo estatal, por un lado, y de esta indiferencia ciudadana, por el otro, sea la construcción de redes ciudadanas que vayan más allá de la autoayuda y planteen demandas concretas.

-Si crecen las redes ciudadanas decrecen los partidos políticos.

-Ese es el peligro. La sociedad civil debe no solamente construir redes, sino tratar de integrarse en partidos políticos. Sin ellos no hay democracia. Las ONG están más allá de todo escrutinio. Lo único que permite ser escrutado es el partido político para ver quién lo financia, quien lo maneja, quién pretende manipularlo, quiénes son los candidatos, qué tan reales son esos candidatos. Por eso, como ciudadanos debemos tener militancias en partidos políticos, al margen de que pertenezcamos a distintos movimientos o de convertir los movimientos ciudadanos en partidos políticos. A mí no me enoja que la gente marche, pero estoy en contra de la democracia de la calle. La democracia callejera, si no es inmediatamente traducida en acciones parlamentarias, en acciones electorales, acaba siendo tan caótica como puede ser el autoritarismo que encarcela a la gente y la desaparece.

-¿Es un síntoma de la impotencia de los intelectuales que la mayoría se haya opuesto a la reelección de Bush y que, sin embargo, haya sido reelegido?

-En los Estados Unidos ganó el miedo. Cuando uno tiene tanto temor, el lamentable video de este personaje, Osama ben Laden, tres días antes de las elecciones, fue un detonador adicional.

-¿Como los atentados de Atocha?

-Aunque no cobró víctimas de sangre como la gran tragedia de Atocha, de alguna manera le dio un último empujón al presidente Bush. Kerry tampoco era un candidato muy convincente. Era un candidato tieso. Como quiera que sea, el presidente Bush es justamente lo contrario. Es gente más canchera, como dirían ustedes. Es gente que representa más al pueblo. Puede uno estar de acuerdo o en desacuerdo con él, pero tiene un cierto carisma, porque es más populachero.

-Más común y corriente.

-Más común y corriente, en efecto. El senador Kerry, aunque tuviera propuestas interesantes, era muy severo, muy distante de la gente. Su aspecto físico no lo ayuda, amén de que en política exterior no plantearon prácticamente ninguna diferencia. Los latinoamericanos no estamos, no contamos. ¿Para quién contamos? Un buen día contamos para el padre de Bush, que inventó la Iniciativa de las Américas, madre del ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas). De ella no salió nada, por esa famosa Guerra del Golfo. Después, Clinton compró el paquete de Bush padre a pesar de que no era el más pro tratado de libre comercio. Y llegó Bush, el hijo, y dijo que se definía como el presidente que miraba al sur. Pero vino el 11 de septiembre. Salió entonces la política de seguridad de la Casa Blanca. Quedaron al margen de cualquier tipo de apoyo global de Europa y de América latina y hoy tienen que reconstruir lazos. Con lo único que cuenta Bush para reconstruir lazos con América latina es con la estabilización del ALCA.

-¿Necesita Bush esos lazos?

-Le convienen. Ni el imperio puede vivir en total soledad. Es un poder omnímodo y tiene esta soberbia para despreciar el sentir de las Naciones Unidas y de los grandes países europeos, pero al final de cuentas acaba buscando el apoyo, el sostén para algunas de sus políticas. Los imperios en soledad acaban siendo sus propios detractores.

Jorge  Elías


Fuente: Diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 15 de diciembre de 2004.



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