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Asunto:NoticiasdelCeHu 1836/04 - HUMBOLDT EN NUEVA ESPAÑA
Fecha:Jueves, 18 de Noviembre, 2004  00:55:01 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...............ar>

NCeHu 1836/04
 

HUMBOLDT EN NUEVA ESPAÑA

 

J. Omar Moncada Maya

Instituto de Geografía, UNAM

 

Introducción

El 23 de marzo de 1803, procedente de Guayaquil, llegó al Puerto de Acapulco la fragata Atlante (Orué, según otros autores). En ella arribaban el barón prusiano Alejandro de Humboldt y el médico-naturalista francés Aimé Bonpland, tras recorrer gran parte de los territorios de la Capitanía General de Venezuela, la Isla de Cuba, el Virreinato de Nueva Granada, la Audiencia de Quito y el Virreinato del Perú. Humboldt y Bonpland habían iniciado su viaje en La Coruña, en 1799, y traían consigo un importante equipo científico que les había permitido desarrollar observaciones en las diversas disciplinas que les interesaban, que iban desde la astronomía, la meteorología y la oceanografía, a la botánica, la zoología y la mineralogía.

Durante los tres años que duró su viaje por Suramérica, Humboldt había logrado importantes contribuciones para un mayor y mejor conocimiento de la geografía del nuevo continente. Difícil resultaría intentar mencionar todos sus aportes; sin embargo, no podemos dejar de mencionar la corriente oceanográfica del Pacífico que lleva su nombre; los ascensos a los volcanes andinos; el recorrido por el río Magdalena; las correcciones al mapa del curso del río Amazonas, del francés La Condamine, etc. Todo ello, sin contar las numerosas especies, vegetales y animales y minerales, muchas de ellas nuevas, que colectó.

La continuación del viaje hacia la Nueva España, le permitió realizar nuevas observaciones oceanográficas de la temperatura del mar y de las corrientes marinas, así como observaciones astronómicas tendientes a mejorar la cartografía de las costas americanas, lo que permitió situar correctamente numerosos lugares, entre ellos el puerto de Acapulco.

En varios momentos se ha cuestionado la vocación americanista de Humboldt, dado que su interés por viajar al nuevo mundo radicó en la posibilidad de encontrarse con la expedición francesa que circunvalaría el globo, comandada por Bougainville-Baudin, pero estoy convencido que no hay duda de que esa vocación la obtiene en los pocos meses que pasa en España, donde recibirá el apoyo inmediato del Ministro Mariano Luis de Urquijo, quien le otorgará un pasaporte que le permitirá viajar sin mayor impedimento por el nuevo continente. Pero, además, la extraordinaria acogida que le dieron los círculos científicos madrileños le marcó un definitivo interés americanista. Conoció a Antonio José Cavanilles, futuro director del Real Jardín Botánico; también en Madrid encontró a Christian Herrgen, profesor del Real Estudio de Mineralogía, condiscípulo suyo en Freiberg, y quien le informó sobre la existencia del Real Seminario de Minería en la capital de la Nueva España, donde se encontraban Fausto de Elhuyar y Andrés Manuel del Río, con quienes igualmente había coincidido en la famosa escuela de minas. Pero quizás quien más influyo en Humboldt fuera el historiador Juan Bautista Muñoz, quien se hallaba preparando su Historia de América, y que puso a disposición de Humboldt su biblioteca. Asimismo sabemos que visitó el Depósito Hidrográfico, la mapoteca más importante de España, donde sin duda consultó la cartografía de la expedición de Malaspina, o la de los hermanos Heuland por Río de la Plata, Chile y Perú. Todo este bagaje llevaban nuestros viajeros cuando se dirigieron hacia La Coruña, con la firme idea de su viaje a América, con una escala en las Islas Canarias.

Sin pretender entrar en detalles del viaje por América del Sur, que merece sin duda varias conferencias, es necesario señalar que el 16 de julio de 1799, desembarcan en Cumaná, Capitanía General de Venezuela; ahí permanecen hasta el 24 de noviembre de 1801, “sufriendo” su primer temblor de tierra. Dedicaron la mayor parte de este tiempo a viajar por el Orinoco y el río Negro. Posteriormente viajan a Cuba por cuatro meses, todavía con la intención de encontrarse con Baudin. Al no lograrlo reanudan su viaje por América del Sur, dirigiéndose en marzo de 1801 a Cartagena de Indias. Ahí conocen a José Ignacio del Pombo, y en Santa Fe de Bogotá al célebre José Celestino Mutis y a los más importantes científicos del virreinato. En diciembre marchan a Quito, donde se encuentran con el geógrafo Francisco José de Caldas; ascienden a los volcanes Pichincha, Cotopaxi, Antisano y Chimborazo, para viajar a Perú en junio, y en diciembre se embarcan a Guayaquil, y un mes después parten a la Nueva España.

A lo largo de estos meses, Humboldt ha realizado numerosas observaciones astronómicas, barométricas, termométricas, topográficas. Ha recogidos muestras de numerosas especies vegetales, animales y minerales[1], recopilado información escrita y cartográfica, y ha escrito sus diarios. Todo ello le servirá, al paso de los años, para escribir su obra americana. De hecho, el análisis de los resultados del viaje americano le ocupó hasta 1855.

Y también vale la pena reiterar el hecho de que al financiar Humboldt totalmente sus viajes y la edición de su obra, le permitió elegir sus propias rutas y sustraerse a la influencia de factores externos a su trabajo. Se ha señalado que la Serie Americana de Humboldt es la publicación más costosa y voluminosa que cualquier científico haya autofinanciado. Su edición devoró lo que quedó de su fortuna tras el viaje. Sus 34 volúmenes contienen más de 1400 grabados, muchos de ellos en colores, 1240 ilustraciones de plantas y un buen número de mamíferos, aves, peces e insectos. A ello hay que agregar los numerosos mapas y perfiles, las ilustraciones de paisajes y obras de arte de interés histórico.

 

Humboldt en México

El 23 de febrero de 1803 arriban los viajeros al puerto de Acapulco. Más tardaría en desembarcar nuestro destacado personaje que en iniciar sus observaciones astronómicas con el fin de corregir la posición del puerto de Acapulco, pues en las cartas utilizadas en el trayecto seguido desde Guayaquil se encontraba mal localizado. De igual manera, en el difícil recorrido desde el puerto de Acapulco a la ciudad de México, iniciado el 27 de marzo, no descanso en la laboriosa realización de nuevas observaciones astronómicas, del sol y la luna, con la intención de corregir, sobre todo, las longitudes en estos territorios. De la misma manera, amplió sus observaciones a las geológicas y determinó altitudes mediante mediciones barométricas que a la larga le permitirían levantar los perfiles del camino de Acapulco a México y su continuación de México a Veracruz.

Sin duda que las autoridades novohispanas sabían de la próxima llegada del barón prusiano a la ciudad de México, quizás a través de sus compañeros de estudios en Freiberg, el profesor del Seminario de Minería Don Andrés Manuel del Río y el director del mismo, Don Fausto de Elhuyar. El caso es que a su arribo a la capital del reino, el virrey José de Iturrigaray lo recibió y le abrió las puertas de oficinas y archivos, cerradas no sólo a otros extranjeros sino aun a los científicos novohispanos y peninsulares, y le facilitó un pasaporte que le permitió viajar por el reino sin ningún inconveniente.

He tenido siempre en alta estima las labores de aquellos hombre dignos de mi particular reconocimiento y homenaje, cuando, como Su Excelencia, se han dedicado a las importantes investigaciones de las ciencias naturales y van dedicados sus estudios al bien de la humanidad y otros fines recomendables. En este sentido, pues, contesto a su Excelencia la nota, el oficio que me envió desde Acapulco con fecha 23 de marzo, complaciéndome en prestar a usted todo aquel apoyo que pueda serle útil y acompañarle con mis órdenes por las provincias de mi dependencia. Envío a usted, por consiguiente, los pasaportes y demás documentos que me ha solicitado…

No debe haber sorpresa en que la Corona haya permitido viajar a Humboldt tan libremente. Debemos recordar que Prusia no era en modo alguna enemiga de España. Existían estrechos vínculos académicos, particularmente en la minería, pues ya hemos hecho referencia a españoles que estudiaron en Freiberg, y a alemanes que se hallaban trabajando no sólo en la metrópoli, sino también en las posesiones americanas, como sucedía en Colombia y Perú. Dada la riqueza de sus reales de minas, Nueva España no podían ser la excepción. Humboldt se vincula con un grupo de científicos y técnicos alemanes entre los que se encontraban Luis Lindner, y Salvador Sein, también profesores en el Colegio Metálico. También se encontraban en el país, trabajando en diferentes reales de minas: Federico Sonneschmidt, autor de un Tratado de amalgamación, Franz Fischer, Friedrich Mothes, y ocho capataces de minas. Con todos ellos integró una animada tertulia alemana.

En cierta forma podemos decir que fue en Nueva España donde Humboldt transformó su forma de viajar. Como lo señala Frank Holl, mientras en América del Sur sus recorridos eran fundamentalmente lineales, en el virreinato toma a su capital como el centro de operaciones de las varias expediciones que emprendió. La estancia de Humboldt en el virreinato se extendió del 23 de febrero de 1803 al 7 de marzo de 1804. En el curso de esos casi trece meses, Humboldt desarrolló una incansable labor, recorriendo una buena parte del centro del país, pues al ya mencionado recorrido de Acapulco a México, con una escala en Taxco para visitar las explotaciones mineras de plata que ahí se realizaban, se deben añadir las excursiones que realiza a los montes cercanos a la ciudad capital, como son los cerros del Tepeyac, de Chapultepec y del Peñón de los Baños, en los que determinó sus alturas, al igual que lo hizo para la Serranía del Ajusco desde el pueblo de San Agustín de las Cuevas (hoy Tlalpan).

La ciudad de México le mereció grandes elogios. Con una población cercana a los 140,000 habitantes, la calificó como una de las ciudades más bellas del mundo:

México debe contarse sin duda alguna entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios. A excepción de Petersburgo, Berlín, Filadelfia y algunos barrios de Westminster, apenas existe alguna ciudad apenas existe alguna ciudad de aquella extensión que pueda compararse con la capital de Nueva España, por el nivel uniforme del suelo que ocupa, por la regularidad y anchura de las calles, o por lo grandioso de las plazas públicas. La arquitectura en general es de un estilo bastante puro; y hay también edificios de bellísimo orden... Ciertamente no puede darse espectáculo más rico y variado que el que presenta el valle, cuando en una hermosa mañana de verano, estando el cielo claro y con aquel azul turquí propio del aire seco y enrarecido de las altas montañas, se asoma uno por cualquiera de las torres de la catedral de México, o por lo alto de la colina de Chapultepec...[2]

Posteriormente realizaría viajes a las explotaciones mineras de Pachuca y Real del Monte, donde aprovecha para visitar las riquísima hacienda de San Miguel Regla; en Guanajuato visitará las minas de La Valenciana y Rayas, y la mina de mercurio de Nuestra Señora de los Dolores. De Guanajuato se traslada a Valladolid, hoy Morelia, y a Pátzcuaro, de donde viajó para ascender al volcán el Jorullo. En el curso de este viaje pasó por Querétaro, donde reconoció, indignado, las deplorables condiciones en que desarrollaban su actividad los trabajadores textiles. Lo insalubre de los “obradores” y el mal trato que se daba hacían parecer la los trabajadores esclavos y a los talleres prisiones.

A su regreso a México pasaría por Toluca, en donde asciende a su Nevado, determinando igualmente su altitud sobre el nivel del mar y donde visitaría el raro ejemplar del “árbol de la manita”, el macpalxochiquáhuitl, al que Bonpland clasificó como Cheirostemon platanoides.

En la ciudad de México, Humboldt establecerá, como lo hizo en todas las ciudades importantes por donde viajó, relaciones con el mundo científico. Visita el Real Seminario de Minería, el Real Jardín Botánico, la Real Academia de las Nobles Artes de San Fernando, la Universidad, etc., y establece relaciones amistosas con los científicos más notables.

Finalmente, el 20 de enero de 1804 emprendieron los viajeros el camino a Veracruz; en su recorrido al puerto toma la altura de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, por métodos trigonométricos, asciende al Cofre de Perote y, como siempre, continúan realizando observaciones astronómicas y barométricas de los principales lugares del trayecto. Finalmente, el 7 de marzo de 1804 se embarcan en la fragata “La O”, hacia Cuba y, posteriormente, a los Estados Unidos.

El paso de Humboldt por este último país ha dado lugar a una de las grandes polémicas acerca de este viajero en relación a su estancia en el virreinato. Estuvo en Filadelfia y Washington y, como siempre, se entrevistó con algunos de los científicos más destacados, así como con políticos y funcionarios. Ortega señala que al visitar al secretario del Tesoro, Gallatin, Humboldt “lleva sus tesoros documentales, mapas y cartas, y permite que su anfitrión copie y tome nota de lo que quisiese”.[3] Ya en este mismo foro, durante el primer Encuentro, el Dr. Ángel Bassols Batalla señalaba lo injusto de acusar a Humboldt por entregar información al gobierno de Jefferson. Como representante de la Ilustración, Humboldt apoyaba la libre circulación de la información científica. Consideraba a Jefferson, Madison y demás, como sus pares, y por ello no duda en intercambiar datos con ellos. Así, les proporciona copias de las Tablas Geográfico-Políticas, que ya había entregado al virrey Iturrigaray, y a cambio recibe datos estadísticos de la nueva república. Además, se debe considerar que cuando Humboldt llega a los Estados Unidos, este gobierno ya había iniciado la exploración del oeste y noroeste, con la expedición comandada por Meriwether Lewis y William Clark, sin considerar los derechos que la Nueva España reclamaba sobre esos territorios.[4]

Regresando a la Nueva España, Podemos decir que su territorio se convirtió en el terreno ideal de sus investigaciones. Apenas existe alguna línea de investigación que no haya tocado durante su estancia en el país. Esta afirmación la basamos en el hecho de que Humboldt publicó sus trabajos respecto a este país en una etapa relativamente temprana: los primeros frutos los entrego él mismo al virrey Iturrigaray, en un manuscrito, el 3 de enero de 1803. Se trataba de las Tablas geográfico-políticas del reino de la Nueva España…, que fueron publicadas en 1808 en París, junto con el Atlas de la Nueva España y la primera versión, en francés, del Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España. Otro elemento que apoya nuestra afirmación es que en el tomo de Vistas de las Cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de la América, publicado en París en 1810, de los 69 grabados en cobre, 42 ilustraciones están dedicadas a México. Serían varios años después, en 1826, cuando publicó su segunda obra relevante sobre los territorios americanos: el Ensayo político sobre la isla de Cuba.

 

Humboldt y los novohispanos

A lo largo de estos párrafos, se ha hecho constante referencia a las observaciones directas realizadas por los expedicionarios, pero, sin duda, gran parte de los logros obtenidos por estos viajeros fueron fruto de la información proporcionada a ellos por los numerosos sabios y científicos americanos con quienes pudieron no sólo compartir experiencias en viajes o en observaciones conjuntas, sino también por la riqueza del material que les proporcionaron, lo que sin duda les facilitó conocer la naturaleza americana. No debemos olvidar que Humboldt tuvo la oportunidad de conocer en el transcurso de su viaje americano a Dionisio Alcalá Galiano, a Tomás Romay, a José Ignacio del Pombo, a Francisco José de Caldas, a José Celestino Mutis, a Miguel Constanzó, entre muchos otros. Es decir, Humboldt conoció a la Intelligentsia americana y aprendió de ella.

En el Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España, Humboldt citó un buen número de las fuentes que utilizó, aunque cierto es decirlo, en algunos casos llega a omitir al autor, mientras que en otros casos equivoca el título.

Podemos clasificar a los informantes del viajero alemán en:

1) Los académicos, es decir, profesores y alumnos de las diferentes instituciones que visitó, y a las que ya hemos hecho referencia, y de quienes obtuvo información de primera mano, probablemente inédita. Tal es el caso de profesores, alumnos y ex-alumnos del Real Seminario de Minería. Humboldt reconoce la ayuda que le brindaron, particularizando en: Fausto de Elhuyar, que le entregó una “Memoria sobre la minería novohispana”, Juan José Oteyza, quien le facilitó “cálculos septentrionales de longitud” así como varios mapas; o el perfil del camino de México a Guadalajara de Rafael Dávalos; otros le facilitan memorias sobre distintos reales de minas, que deben ser las que los trabajos que los alumnos egresados presentaron para obtener el título de Perito facultativo en minas. Ese debe ser el caso de Casimiro Chovell y su Memoria sobre las minas de Villalpando, sobre las minas de mercurio y sobre la dirección de las montañas en México; la Descripción de Real de Catorce de José Manuel González Cueto, o la Descripción geognóstica sobre el Real de Zacatecas de Vicente Valencia. Fue también ahí, en el Seminario Metálico, donde inició Humboldt la construcción de algunas de sus cartas, con la ayuda de estudiantes, a quienes esta actividad no era en forma alguna desconocida. A cambio de ese apoyo que le brindó el Colegio Metálico, Humboldt participó en los actos públicos que se celebraron entre el 17 y 21 de octubre de 1803, en el examen de la clase de Mineralogía. Asimismo, entregó su Introducción a la Pasigrafía geológica, que Andrés Manuel del Río incluyó en la segunda parte de sus Elementos de Orictognosia, publicada en 1805.

2) Otros informantes fueron los funcionarios de la Corona, debiendo destacar, como ya ha sido señalado, que se le hayan abierto las puertas de la Secretaría del Virreinato. Ahí pudo consultar toda una serie de materiales de carácter reservado, como fueron: El informe de los ingenieros militares Agustín Crame y Miguel del Corral sobre el Istmo de Tehuantepec, incluidos sus mapas, el Estado sobre el Ejército y las Milicias de la Nueva España en 1804, o los mapas de Miguel Constanzó y Diego García Conde sobre un “Levantamiento geográfico para servir a un proyecto militar de la Nueva España”. Entre los autores que consultó, y que eran contemporáneos suyos, aun cuando desconocemos si tuvieron contacto directo con él, se encuentran los casos de los marinos Juan Francisco de la Bodega y Quadra y Juan Pérez, quienes participaron de las expediciones al Pacífico Norte, los ingenieros militares Nicolás Lafora, Juan de Pagazaurtúndua o Miguel del Corral,  los médicos Francisco Javier Balmis y José Luis Montaña. En otros casos, los materiales por él consultados se sabe que le fueron proporcionados por los mismos autores, entre los que menciona al obispo de Michoacán Abad y Queipo, al arquitecto Ignacio Castera, al ingeniero militar Miguel Constanzó, al ya mencionado Fausto de Elhuyar y al botánico Vicente Cervantes.

Algunos otros personajes fallecieron antes de la llegada de Humboldt, pero sus materiales fueron retomados por el científico alemán en sus investigaciones. Tal vez los más importantes sean Joaquín Velázquez de León, con sus trabajos sobre el desagüe del Valle de México; y Antonio de León y Gama, autor de la Descripción Histórica y Cronológica de las dos piedras que con ocasión del empedrado que se está formando en la Plaza principal, se hallaron en ella el año de 1790, así como la Descripción Ortográfica Universal del Eclipse de Sol del día 24 de junio de 1778; de quienes Humboldt se expresa elogiosamente. Con otros personajes, como fue el caso del naturalista José Antonio de Alzate Ramírez, editor de los periódicos científicos: Diario Literario de México, Observaciones sobre la Física, Historia Natural y Artes útiles, Asuntos varios sobre ciencias y artes, y sobre todo, las Gacetas de Literatura, le regatea méritos, al igual que a José Antonio de Villaseñor, autor del Theatro Americano.

 

La Cartografía en la obra novohispana de Humboldt

Resulta muy discutible pretender establecer en que disciplina fue mayor la contribución de Humboldt durante su viaje por América. Sin embargo, no es posible ignorar los grandes aportes de Humboldt a la difusión de la cartografía de los territorios americanos en el continente europeo. Es de destacar el importante papel que representó la publicación, en 1811, del Atlas Géographique et Physique du Royaume de la Nouvelle-Espagne; como el volumen XIX de la Serie Americana, igualmente cierto es que al señalar entre sus fuentes la obra de geógrafos y cartógrafos novohispanos, establece la alta capacidad de éstos y la riqueza de sus materiales para representar el territorio. Si bien el Atlas no fue la única obra cartográfica resultado de su viaje americano, sin duda que fue la más completa y la que ha recibido mayor difusión. Pues hay que recordar que, además del Atlas de la Nueva España, Humboldt publico en 1813 el Atlas pittotesque, más conocido por Vues des Cordillères et monuments des peuples indìgenes de l´Amérique y, posteriormente, entre 1814-34 el Atlas Géographique et phisique des régions équinoxiales du Nouveau Continent...

La publicación del Ensayo político sobre Nueva España y del Atlas de la Nueva España, tuvieron una gran influencia en el conocimiento y difusión, particularmente en Europa, de la nueva nación independiente. Para el caso particular de la imagen de México, muchos mapas posteriores a 1811, elaborados en diversos países europeos o en lo Estados Unidos, reproducen los presentados por el sabio alemán, sin darle el crédito correspondiente.

La obra nos permite hacer diversas observaciones acerca del estado de este arte para los primeros años del siglo XIX. Quizás se deba iniciar haciendo referencia que para Humboldt, como para muchos científicos de la época, hay una identificación total entre la geografía y la cartografía, llegando a utilizar los términos de manera indudable. Igualmente, utiliza el calificativo de geógrafo para referirse a algunos de los cartógrafos más importantes de la época, como era, por sólo mencionar un ejemplo, el caso del francés d´Anville.

Finalmente, todas las cartas, como se acostumbraba por los científicos de la época, están basadas en numerosas y detalladas observaciones astronómicas, topográficas, trigonométricas, barométricas. En fin, todas aquellas observaciones que validaran la calidad científica de su trabajo. El original de Atlas consta de un total de 20 láminas, "16 de las cuales fueron dibujadas o corregidas por Humboldt mismo, o bajo sus indicaciones".[5] En contra de lo que pudiera pensarse, el Atlas no se limita a la presentación de mapas. Igualmente tiene representaciones de planos de ciudades, perfiles, hace referencia a la batimetría del puerto de Veracruz, etc.

Sin duda alguna, la "Carta General del Reino de la Nueva España" es la más importante de esta obra. El viajero alemán señala que realizó el bosquejo de la misma mientras se encontraba en el Seminario Metálico, y fue rectificado a su regreso a Europa, de hecho, se podría considerar como el resumen de los avances cartográficos del reino. Si bien es muy superior a cuanto se había realizado hasta ese momento, refleja el conocimiento que los novohispanos tenían de su territorio. El mapa cubre la mayor parte del reino, pues excluye a la península de Yucatán; la parte central del territorio, que fue la zona por donde viajó Humboldt, es sin duda la más exacta en cuanto a su localización. Como señala Orozco y Berra[6], se utilizaron 142 observaciones, de las que 36 corresponden al propio Humboldt. El resto corresponden a diferentes matemáticos, ingenieros, astrónomos o marinos, como fueron Velázquez de León, Mascaró, Pedro Laguna o Malaspina.

El mismo Humboldt señala que para la realización de la carta consulto al menos 30 mapas. Los errores que pueden señalarse a la carta, se deben más a que en cierto modo prefirió representar de manera incierta partes del territorio que adivinar su orografía o su hidrografía. En otros mapas de su Atlas fue más explícito respecto a sus fuentes. Así, en la “Carta del Valle de México”, reconoce a Joaquín Velázquez de León, a Luis Martín y a José María Fagoaga; para la carta del Istmo de Tehuantepec, al que nombra de Huasacualco, utilizó material de Agustín Crame y Miguel del Corral. Para el itinerario de México a Santa Fe, recurrió a los Diarios de Juan José de Oteyza, Pedro de Rivera y Nicolás de Lafora, mientras que para presentar la “Carta de la parte oriental de Nueva España”, utilizó el mapa de Miguel Constanzó y Diego García Conde. Respecto a este último mapa hay que señalar que Humboldt lo considero como la base principal de su lámina IX, y pudo consultarlo pese a que se había realizado apenas cinco años antes, hacia 1797, como resultado de un reconocimiento geográfico con fines estratégicos de las costas de Veracruz, y tenía carácter reservado.

Otra fuente de información cartográfica de gran importancia para Humboldt lo fue la expedición de Alejandro Malaspina, tal como lo ha hecho notar Virginia González Claverán en su excelente libro sobre La Expedición científica de Malaspina en la Nueva España. Humboldt preparó de manera muy completa su viaje, de forma que antes de iniciarlo, ya había visitado el Depósito Hidrográfico de Madrid, que era la primera mapoteca de España, y era el sitio donde se encontraba gran parte de la cartografía levantada por los expedicionarios, además de que tuvo la oportunidad de relacionarse con Felipe Bauzá y con José Espinoza y Tello, integrantes de la expedición y que al paso de los años ocuparon la dirección en dicho depósito.

La trascendencia de la obra humboltiana fue notable. Con el paso de los años la cartografía de Humboldt se convirtió en la más autorizada respecto a México. Sin embargo, recordemos que su mapa general posee el gran error de presentar una sola cordillera, continuación de los Andes, que corre de norte a sur por toda la parte central del territorio. Y en su mapa de México y de los países confinantes aparece la península de Yucatán con una cordillera central. Y estos errores se repitieron innumerables ocasiones por todos aquellos que repetían sus mapas. Así, ese mapa de México, tal vez fue el más publicado pese a su error de representación.

Del reconocimiento que se hizo de su cartografía, señalamos lo que escribió Tanner, en su New American Atlas:

El mapa de México, en la parte de que el caballero Humboldt es responsable por sí, solo tiene... un sello de exactitud que no ha sido desmentido después de veinte años que lleva de examen; y será siempre, como lo ha sido desde que se publicó por primera vez, la base de todo mapa nuevo de México, hasta que pueda todo aquel territorio ser sometido a verdaderas operaciones geodésicas.[7] 

Ahora bien, la sola publicación del Atlas de la Nueva España debería servir para reconocer y valorar la grandeza del trabajo desarrollado por Humboldt durante su estancia en el virreinato. Pero el mismo ahora nos parece incompleto sin considerar dos obras que complementan su obra novohispana. Nos referimos a las Tablas Geográfico-Políticas del Reino de la Nueva España (en el año de 1803), que manifiestan su superficie, rentas y fuerza militar, presentadas al señor virrey del mismo reino, en enero de 1804 y, por supuesto, el Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España.

Sin duda alguna, Humboldt fue el gran sistematizador del conocimiento geográfico y estadístico generado en la Nueva España. El Ensayo, como obra científica, es muy superior a todo cuanto se había escrito hasta entonces acerca de estos territorios. Los diversos temas que trata se presentan de una manera amena, pero que en ningún momento carecen del rigor que da el manejo de las fuentes, ya escritas ya estadísticas. Justo es reconocer que si bien al viajero se le abrieron las puertas de archivos y centros, lo cierto es que debió sintetizar mucha de la información a él proporcionada. El tratamiento que da a las ocho partes que componen el Ensayo no es igual, pero ello dependió más de las fuentes.

Se debe reconocer que esta obra dio a conocer a los mexicanos y al mundo, la riqueza que poseía la Nueva España: riqueza en recursos naturales, minería obviamente, que el describe y analiza con gran cuidado y detalle, pero también muestra la riqueza de su gente. Al  tiempo, aunque se cuidó mucho de hacer abiertas críticas, se pueden leer entre líneas severos comentarios sobre las desigualdades que caracterizaban al reino: 

La raza bronceada esta humillada, pero no envilecida en medio de su larga opresión. Los indígenas han padecido una larga esclavitud y sufren con paciencia vejaciones por parte de los blancos.

El color de los indígenas, su ignorancia y más que todo, su miseria los pone a una distancia infinita de los blancos, que son los que ocupan el primer lugar en la población de la Nueva España... De ello resulta un odio reciproco, que nace entre los que poseen todo y los que nada tienen.

Los indios y las castas cultivan la tierra, sirven a la gente acomodada y sólo viven del trabajo de sus brazos.

En América no hay un estado intermedio, se es rico o miserable, noble o infame.

El gobierno [de la Nueva España] desconfía de los criollos y da los empleos importantes exclusivamente a los naturales de la España antigua, de ahí ha resultado un odio perpetuo, el europeo sin educación se cree superior a los blancos nacidos en el nuevo continente.

Pero, difícilmente podía ser más crítico, pues debe recordarse que la obra esta dedicada a “Su Majestad Católica Carlos IV, Rey de España y de las Indias”.

La obra fue reconocida y seguida en muchos sentidos por políticos y científicos, aunque sin duda el hecho de que se haya publicado ya iniciada la guerra de Independencia impidió la continuación de estudios geográficos, cartográficos o geológicos por algunos de los alumnos que colaboraron directamente con él.

En muchos sentidos la obra ha sido totalmente superada. Como lo señala Ortega, a la luz de la ciencia actual ha envejecido notablemente. Y, sin embargo, para los geógrafos sigue como la primera gran obra de geografía regional moderna, y continua teniendo una enorme trascendencia para el progreso de la ciencia geográfica.

Muchos años después, su autor seguía siendo reconocido por los egresados del Colegio de Minería, baste como ejemplo la creación de la "Sociedad Humboldt", promovida por el destacado ingeniero geógrafo Francisco Díaz Covarrubias.

En 1859, año de su muerte, el presidente de México, Don Benito Juárez le otorgó el título de Benemérito de la patria y mando hacer una estatua en su memoria. En el decreto se exponía:

… Deseando dar un público testimonio de la estimación en que México, como todo el mundo, tiene la memoria del ilustre, sabio y benéfico viajero Alejandro, barón de Humboldt, y la gratitud especial que México le debe por los estudios que en él hizo sobre la naturaleza y productos del suelo, sobre sus elementos económico-políticos y sobre tantas útiles materias que publicadas por su incansable pluma, dieron honor y provecho a la República cuando aún se llamaba Nueva España.

 

Bibliografía complementaria

Beck, Hanno. Alexander von Humboldt. México, Fondo de Cultura Económica, 1971.

Capel, Horacio. Filosofía y ciencia en la geografía contemporánea. Barcelona, Editorial Barcanova, 1981.

González Claverán, Virginia. La expedición científica de Malaspina en Nueva España 1788-1794. México, El Colegio de México, 1988.

Humboldt, Alejandro de. Cartas Americanas. Compilación, notas y cronología por Charles Minguet. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980.

Holl, Frank. “Introducción”, en F. Holl (Ed.) Alejandro de Humboldt en México. México, SHCP/INAH/Instituto Goethe, 1977.

Humboldt, Alejandro de. Ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Estudio preliminar, revisión del texto, cotejos, notas y anexos de Juan A. Ortega y Medina, 5ª. Edición, México, Editorial Porrúa, S.A., 1991.

Humboldt, Alejandro de. Ensayo político sobre la isla de Cuba. Introducción de M.A. Puig-Samper, C. Naranjo Orovio y A. García González, Aranjuez, Ediciones Doce Calles/Junta de castilla y León, 1998.

Humboldt, Alexander von. Atlas géographique et physique du Royaume de la Nouvelle-espagne, denominado también por el autor Atlas de México. Preparado por Hanno Beck y Wilhelm Bonacker. México, Fondo de Cultura Económica, 1971.

Orozco y Berra, Manuel. Materiales para una cartografía mexicana.  México, Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1871.

Orozco y Berra, Manuel. Apuntes para la historia de la geografía en México.  México, Imprenta de Fco. Díaz de León, 1881.

Puig-Samper, Miguel Ángel. “Humboldt, un prusiano en la corte del rey Carlos IV”, Revista de Indias, Vol. LIX, núm. 216, 1999, pp. 329-355.

Stevens Middeton, Raymond L. La obra de Alexander von Humboldt en México. Fundamento de la Geografía Humana. México, SMGE/IPGH, 1956.

Schwarz, Ingo. “Shelter for a Reasonable Freedom” or Cartesian Vortex. Aspects of Alexander von Humboldt’s relation to the United States”, Debate y Perspectiva, Núm. 1, Diciembre, 2000, pp. 169-182.

 


[1] Tal vez valga la pena señalar que de todas estas muestras, Humboldt reúne tres ejemplares, que por distintos medios hace llegar a Europa, para asegurar con ello su recepción.

[2] Humboldt, A. de, Ensayo político..., p. 119.

[3] Ortega 1991, p. CII-CIV

[4] Véase I. Schwarz, 2000.

[5] Beck, H. y W. Bonacker, "Introducción" al Atlas géographique et physique du Royaume de la Nouvelle-Espagne, denominado también por el autor Atlas de México, México, FCE, 1973, p. 9.

[6] Orozco y Berra, M. Apuntes para la historia de la geografía en México. México, Imp. de Francisco Díaz de León, 1881, p. 340

[7] Cit. en Stevens Middleton, 1956, p. 59.


Conferencia dictada durante el Sexto Encuentro Internacional Humboldt. Villa Carlos Paz, Argentina. Setiembre de 2004.

 


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