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Asunto:NoticiasdelCeHu 1679/04 - Retos para un nuevo conocimiento en América La tina (Julio César Valdez)
Fecha:Martes, 19 de Octubre, 2004  02:42:31 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...............ar>

NCeHu 1679/04
 

 
Los movimientos sociales
Retos para un nuevo conocimiento en América Latina

Julio César Valdez
 
Los movimientos sociales intentan reapropiarse de las calles y los sitios públicos, así como consolidar acciones y modos de organización imbricados en sus esquemas socioculturales. Vivencian luchas reinvicativas, con un sentido emancipatorio que apuntala el futuro. Se trata de iniciativas surgidas “desde abajo”, en camino de la construcción de redes sociales activas.
 

Desde estas líneas, intentaremos provocar una reflexión sobre la generación del conocimiento desde América Latina. Iniciaremos dando trazos de una visión general del conocimiento, preferiblemente científico, en occidente. Luego, hablaremos de algunas propuestas de conocimiento surgidas en Latinoamérica durante pasadas décadas. Finalmente, esbozaremos algunas características del conocimiento actual, surgido desde los movimientos sociales, y sus retos ante las perspectivas de futuro. Por el tema planteado, esta reflexión será necesariamente parcial e incompleta, pero puede fortalecerse con otros aportes y propuestas.

EL CONOCIMIENTO EN OCCIDENTE Durante la Ilustración, en pleno desarrollo de la Modernidad, surge un nuevo tipo de consciencia en el occidente. La sociedad se mueve en una progresión histórica, por lo que cada época cuenta con sus propias posibilidades y limitaciones. De aquí la necesidad de reflexionar sobre las prácticas sociales, con miras a la posibilidad de reforma. La Modernidad, con sus prototipos racionales (“Sujeto”, “Progreso”, “Cambio social”) se configura como una nueva regulación del espacio público; el Estado logra la secularización de la vida institucional; la ciudadanía adquiere rango jurídico-institucional. Se ha consolidado la Nación-estado, la organización más eficaz de la modernidad, engendrando a su vez todo un conjunto de organizaciones de masas: escuela, ejército, fábrica, etc. El crecimiento del poder europeo prestó el apoyo material para que la nueva visión del mundo proporcionara, además de seguridad, la emancipación del dogma de la tradición. En ese horizonte, surge el llamado paradigma científico newtoniano- cartesiano, con expresas intenciones hegemónicas. Constituía la nueva base de la legitimidad del sistema social y del consenso interindividual. Pese a su aparente neutralidad, la ciencia adquirió impulso con la ética puritana, fundada en el utilitarismo, que la representaba como el instrumento principal de Dios. Al pretender el control, dominio y explotación de la naturaleza, se apoyaba en la tradición galileana; la ciencia era concebida como explicación causal, es decir, el estudio de acontecimientos que suceden según leyes determinables, predecibles, por lo que era necesario eliminar todo supuesto subjetivo. Ello desembocó en el intento de implantación de un monismo metodológico que propugnara universalmente el modelo o canon de las ciencias exactas, con el apoyo de la física, la matemática y la lógica. Es lo que Ferrarotti ha llamado “el mito de la exactitud cuantificada”. La ciencia, manifestación primaria de la racionalidad occidental, parece haberse convertido en una maquinaria técnicamente perfecta y humanamente carente de sentido. Sólo controla la exactitud interna de sus propias operaciones; ha pasado a ser un fin en sí misma. Es evidente la contradicción entre la necesidad de saber de la ciencia y la necesidad de sentido de las personas en su vida cotidiana. Aunque no puede afirmarse que surge del poder, estrictamente hablando, sin duda tiene que ver con él; el nazismo es la manifestación más perversa de esta afirmación. La racionalidad instrumental, apoyada en la ciencia, está en la base de todas las relaciones de dominación. De aquí que la supuesta neutralidad política del científico, su ostentosa indiferencia moral, ha llegado a tener un precio muy alto.

Por otra parte, ya desde los inicios del siglo XX, la ciencia misma ha entrado en crisis. La realidad, antes tangible, medible, se ha vuelto fantasmagórica con la irrupción del mundo de la energía, de la incertidumbre, de la probabilidad matemática. Esta realidad jamás es “dada” a nuestros sentidos, como lo querían los positivistas. Así, la naturaleza ha perdido la virginidad, la pureza, en el sentido de que depende de la teoría (construcción conceptual humana) para ser revelada. La observación, según el propio Einstein, implica aproximar la teoría (sistema explicativo provisional) a un campo limitado de eventos, que han de alterarse al momento mismo de ser observados. El conocer no conduce a la formulación de leyes absolutas, sino tan sólo a una probable, relativa, certeza. Esa aproximada certeza no puede ser expresada unívocamente a través del lenguaje, sino que se construye en una de las infinitas combinaciones posibles.

La razón científica se ha venido fraccionado, alejando la posibilidad de construir sentidos en la vida de los seres humanos. Según Morin, se ha hecho insuficiente para dar pruebas en un sistema de pensamiento. Sin embargo, es necesario considerar que este empobrecimiento de la razón científica formal no acaba con toda la racionalidad posible. Una cosa es la crisis de un paradigma específico y otro la crisis de la racionalidad en general. La vía posible es tal vez lo que alguien ha llamado el pluralismo cognitivo.

Por otra parte, la ciencia social ha venido mutando, cobrando para sí nuevas características. En ella coexiste una pluralidad de enfoques comprensivos, de campos de conocimiento, creados por las comunidades científicas particulares, en su práctica cotidiana. Ello con el objeto de realizar estudios de complejas realidades sociales, histórica y culturalmente situadas. Lo anterior implica diferentes modos y grados de validación y verificación del conocimiento, en los cuales tienen un papel preponderante la subjetividad y los significados. Finalmente, el proceso de conocimiento, como tal, no se limita a generar saber, sino también a orientar la acción.

ENFOQUES TEORICOS ALTERNOS DESDE AMERICA LATINA Desde los años 60, diferentes autores latinoamericanos comenzaron a generar y difundir un conocimiento teórico alterno. Orlando Fals Borda, desde los 60, representa un movimiento de generación de conocimiento sistemático, ligado al compromiso de emprender acciones para la transformación social. Para ello, esgrime la ya célebre investigación acción participativa. Pretendía que fuese el pueblo mismo el creador del conocimiento, desde sus propias referencias contextuales, y desde la acción misma de transformación de la realidad. Establecía la posibilidad de un desarrollo en espiral del conocimiento, que integraba el llamado conocimiento popular (empírico, práctico, inmediato) y el conocimiento científico (sistemático, replicable, mediato). Ello permitiría tanto el avance del conocimiento científico, como el aprendizaje sistemático en la acción y la organización comunitaria. Estos planteamientos alcanzaron una resonancia universal desde el punto de vista académico, pero no llegó a ser apropiado enteramente por las fuerzas de vanguardia.

Durante los 80 y 90, proliferaron diversos enfoques que intentaban replantearse tanto la visión de la realidad como los modos de aproximarse a ella y modificarla. Hubo construcciones teóricas (no desligadas de la praxis), desde enfoques socioculturales, económicos, religiosos y educacionales. La Teología de la Liberación (recordemos a Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, entre otros), también supone al pueblo como un autor de conocimientos, y un actor de la liberación personal y social. El conocimiento se genera en el proceso que busca la emancipación de las llamadas estructuras de pecado: condiciones de dominación existentes en la sociedad, y sustentadas por los dueños de los medios de producción y por las cabezas de instituciones militares, educativas, sociales y culturales. El ser humano concreto, específico, en su proceso de creación de sí mismo como sujeto abierto al futuro, a la trascendencia (Dios), a sus semejantes, genera sus propios esquemas y formas de aproximación a la realidad social, a la par que genera nuevas organizaciones para el soportes de la dignidad, la solidaridad, la fe activa y comprometida. Este pensamiento creció y se fortaleció en las organizaciones de base de la iglesia católica, y sufrió la persecución severa por parte de las altas autoridades eclesiásticas, principalmente del Vaticano.

La teoría de la dependencia (Enzo Faletto, Fernando Cardoso, entre otros), de mayor complejidad teórica, brinda esquemas para comprender mejor las sociedades del llamado tercer mundo, y su relación con las metrópolis (sociedades avanzadas, con mayor capital y superioridad militar y tecnológica). Nuestras sociedades latinoamericanas, por ejemplo, pueden mirarse como sociedades periféricas, cuyo comportamiento gira en torno a las demandas y requerimientos de las metrópolis. Es necesario, entonces, romper estos mecanismos de dependencia, conquistar cada vez nuevos espacios de autonomía, asumir la soberanía y la sustentabilidad. Esta teoría resultaba compleja para algunos, y si bien fue prolija en la generación de tesis y documentos, en cierto momento cesó su continuidad y su vigencia.

La educación popular (Julio Barreiro, equipo Dimensión Educativa, entre otros), está dirigida a las mayorías que viven situaciones de opresión por parte de los detentadores de las propiedades empresariales y de las instituciones que soportan tal orden. Esta educación trata de propiciar en estas personas actitudes y formas de ejercicio crítico de los poderes establecidos, a la par de forjar proyectos alternativos en diversos ámbitos (locales, nacionales, regionales). Se trata de ir abriendo nuevos espacios sociales de libertad, participación y gestión para las grandes mayorías, prefigurando rasgos de la sociedad del futuro, tales como la solidaridad, la armonía, la equidad, la justicia. Esta tendencia conserva su vigencia, aún cuando no cuenta con la resonancia pública de entonces.

Estos diversos intentos de generar teorías sobre nuestra realidad, no agotan la totalidad de la creación latinoamericana. Aunque parten de supuestos diferentes, y abordan diferentes ámbitos de la realidad social, guardan notables coincidencias entre sí: 1) el pueblo es sujeto activo, dueño de su propio destino, 2) el pueblo se construye a sí mismo mediante un proceso de liberación de estructuras y formas impuestas a la consciencia por los dominadores, 3) el pueblo se opone a formas de dominación económica, política y psicológica, tanto a dominadores locales como a los grandes imperios, y 4) las vías para lograr esta liberación implica el uso y generación de diversos recursos (ciencia incluida). Puede convenir tener presentes estos elementos, mientras visualizamos los actuales retos del conocimiento en América Latina.

LOS RETOS DEL CONOCIMIENTO La generación del conocimiento desde América Latina es un proceso altamente complejo, dada la diversidad de actores y de escenarios presentes. No obstante, aquí queremos destacar la relevancia de crear ese conocimiento, atendiendo a los protagonistas de procesos sociales si se quiere novedosos, a la par que relevantes. Se trata de los ya famosos movimientos sociales. Y es que en los últimos tiempos, en América latina, han aparecido diversos colectivos de personas, intentando dar respuestas a situaciones que les afectan en lo económico, social y cultural. Ejemplo de tales colectivos, son: los zapatistas en México; los piqueteros y las asambleas argentinas; los sin tierra en Brasil; los indígenas de Bolivia, Ecuador, Perú; los Círculos bolivarianos y las Ubes venezolanas, entre otros.

Estos movimientos intentan reapropiarse de las calles y los sitios públicos, así como consolidar acciones y modos de organización imbricados en sus esquemas socioculturales. Vivencian luchas reinvicativas, con un sentido emancipatorio que apuntala el futuro. Se trata de iniciativas surgidas “desde abajo”, en camino de la construcción de redes sociales activas. Son militantes de la memoria subversiva, reivindicando pautas ancestrales en la búsqueda de nuevos vínculos de solidaridad y fraternidad. Pero no se trata de vivir para el futuro, sino de construir aquí y ahora las formas que se quieren para el mañana.

Desde esta óptica, el reto de la generación del conocimiento desde América latina tendrá que incluir los referidos elementos. El conocimiento latinoamericano debe suponer una apertura constante hacia lo humano concreto, hacia la vida cotidiana, hacia las memorias íntimas de los pueblos, mientras prefigura esquemas sociales de solidaridad, equidad, justicia. Ello implica una problematización creciente en un mundo pluridimensional, multiforme y polisémico.

Desde el punto de vista epistemológico, conviene plantearse la superación de la visión racionalista del conocimiento, para lo cual habrá que incluir en la generación del conocimiento lo irracional y antirracional, el desorden, la paradoja, así como revitalizar lo que hasta ahora se ha considerado rutinario, la llamada superstición. Así, se crea un suelo propicio para el florecimiento de la religiosidad, de lo sagrado, espacio privilegiado para la búsqueda del sentido de la vida desde una óptica que trasciende la inmediatez y lo utilitario.

Atendiendo al sujeto del conocimiento, es probable que la tendencia sea privilegiar más la construcción comunitaria que la individual. El pensar-en-relación implica consolidar identidades, compartir significados, fortalecer la vivencia colectiva y la búsqueda de nuevos espacios de poder. Es bueno aclarar que lo anterior no significa la persecución del pensar individual, o del derecho a disentir; por el contrario, la libertad de creación y de opinión, el debate permanente, favorecerán la construcción colectiva del saber vivo, del hacer compartido, dándole a las opciones personales una dimensión mayor.

Otra vertiente la constituye la exploración en la subjetividad humana. Los sujetos, desde la vida cotidiana, se reapropian de lo social, lo transforman y lo retornan al colectivo. Ello permite el desarrollo permanente de una cultura completa, verdaderamente humanística y científica, donde cada ser humano tenga derecho de construir su vida, con plenitud, ante una diversidad de opciones. Lo vivido, desde esta óptica, ha de ser la categoría fundante de los procesos sociales.


Fuente: www.rebelion.org , 18 de octubre de 2004.