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Asunto:NoticiasdelCeHu 1326/04 - Ernesto Laclau y la realidad política argenti na
Fecha:Lunes, 23 de Agosto, 2004  21:31:48 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...............ar>


NCeHu 1326/04
 
 
 Ernesto Laclau

"Si los piqueteros no evolucionan, van a desaparecer pronto"

La visión de Ernesto Laclau, un filósofo de la política radicado en Gran Bretaña


Desde hace aproximadamente dos décadas, Ernesto Laclau, filósofo de la política, doctorado en Oxford, actualmente profesor de la Universidad de Essex, vuelve cada año a la Argentina para pasar uno o dos meses en el país donde nació en 1935. Aquí tuvo sus primeros contactos con el pensamiento de izquierda, principal objeto de su trabajo como ensayista e investigador, gracias a la lectura de Althusser y de Gramsci y a su propia militancia política.

"Primero estuve en el socialismo de vanguardia. Eso no me dio ningún aporte teórico –dice Laclau–, pero después estuve en el socialismo de la izquierda nacional, donde estaba Jorge Abelardo Ramos, y eso fue muy importante para mi formación."

Hijo del abogado Ernesto Laclau, que de 1964 a 1966 fue embajador de la Argentina en Dinamarca, el filósofo reconoce en su trayectoria la marca de la herencia familiar. "Vengo de una familia yrigoyenista –cuenta–. Mi padre era radical y tuvo que exiliarse durante la dictadura de Uriburu. Todo eso influyó en mi formación intelectual, porque se puede decir que el sentido de lo nacional y popular lo incorporé en mi casa. Después desarrollé mis ideas en formas que fueron muy distintas de las que mi padre hubiera aceptado, pero siempre mantuve con él relaciones cordiales. Era un hombre muy inteligente."

Hacia fines de los años 60, Laclau se instaló en Inglaterra. "En 1966, después de graduarme, obtuve mi primer puesto de profesor en la Universidad de Tucumán, con tal suerte que a los seis meses vino el golpe de Onganía y, como tanta otra gente en ese momento, perdí mi puesto. Entonces vine a Buenos Aires, a trabajar en el Instituto Di Tella, en un proyecto de investigación cuyo asesor era el historiador inglés Eric Hobsbawm. El me preguntó si yo quería que me consiguiera una beca para hacer mi doctorado en Oxford. Como en ese momento no había en la Argentina perspectivas de ningún tipo para mí, le dije que sí. Fui a Oxford; pasé tres años allí. Luego conseguí un cargo en la Universidad de Essex. Estuve por volver a la Argentina en 1973, pero como acababa de conseguir ese puesto decidí postergar el viaje un año y medio. Después ya era imposible volver al país. Cuando terminó la dictadura, yo ya había hecho toda mi carrera en Inglaterra. Entonces empecé a venir a la Argentina como lo hago ahora, uno o dos meses por año".

Autor de "Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo", "Emancipación y diferencia" y "Contingencia, hegemonía, universalidad" (con Judith Butler y Slavoj Zizek), entre otros ensayos, Laclau estuvo recientemente en Buenos Aires para presentar la segunda edición en español de "Hegemonía y estrategia socialista", escrito con Chantal Mouffe. En diálogo con LA NACION, el filósofo analizó la situación actual de la Argentina, se mostró optimista respecto del desempeño del gobierno nacional, señaló la necesidad de profundizar la democracia y manifestó su preocupación por que la protesta social que encabezan los movimientos piqueteros pueda encontrar, finalmente, un cauce institucional.

-Hace dos años, dijo que veía el país al borde de la disolución y que temía que hubiera una reimposición autoritaria del orden. ¿Cómo ve la situación ahora?

-Tengo una impresión positiva. Creo que el país se está recuperando rápidamente de esa crisis y que hay más esperanzas que en aquel momento en el que, por un lado, estaban en conflicto las instituciones y, por otro, no se sabía hacia dónde se desarrollaba ese conflicto. El lema era: "Que se vayan todos", y "que se vayan todos" quiere decir que se quede uno, uno que no es elegido por nadie.

-¿Por qué en nombre de la democracia se lanza una consigna autoritaria como "que se vayan todos"?

-Creo que el autoritarismo puede emerger de dos vertientes: de que las instituciones no tengan capacidad para dar respuesta a las demandas sociales y de que las demandas sociales se planteen de tal modo que no encuentren formas de vehiculización institucional. Me parece que en la Argentina, a partir de las protestas de 2001, hubo una expansión horizontal enorme y, por otro lado, una dificultad muy grande para integrar verticalmente esa expansión horizontal creciente.

-¿En el plano horizontal usted ubica al pueblo y en el vertical al Estado?

-Sí. Las elecciones presidenciales de 2003 tuvieron lugar en el nivel más tradicional del sistema político, sin que se expresara todo ese otro nivel de demandas sociales. Creo que el gobierno del presidente Néstor Kirchner está tratando de establecer una conexión entre los dos niveles que mencionamos. Las dificultades vienen tanto de una ideología de los aparatos del Estado que quieren, simplemente, reprimir, como del hecho de que algunos sectores de la protesta social tienen una radicalización tal que impide la absorción política de sus demandas. La posibilidad de una Argentina democrática depende de que esos dos niveles se conjuguen.

-¿Ese problema revela la existencia de una crisis del sistema representativo?

-La representación siempre es un proceso que se mueve en dos sentidos: del representado al representante y del representante al representado. Cuando hay una protesta amorfa, la función del representante es tanto más central. El problema de la representación en una democracia es cómo moverse al mismo tiempo en esos dos sentidos.

-No parece ser esa la preocupación de los líderes políticos argentinos...

-Por supuesto que hay formas pervertidas de la representación, formas de absorción clientelística de las demandas sociales que ignoran totalmente la potencialidad de esos reclamos. Pero esas no son las únicas formas de representación posibles.

-¿Se puede tensar una confrontación como la que plantea el movimiento piquetero sin que se quiebren los mecanismos institucionales de representación?

-Ese es el gran tema. En ciertos casos, las demandas sociales son tan vastas que si el aparato del Estado no es lo suficientemente dúctil como para absorberlas por medio de los canales existentes se puede producir un quiebre. Pero los movimientos de protesta social pueden ayudar a una mayor democratización de la sociedad.

-¿Cómo?

-Simplemente, presentando al sistema demandas que el sistema pueda absorber, lo que lo haría más amplio. En cambio, si estas demandas son planteadas de manera excesivamente confrontativa pueden llevar a un endurecimiento de las instituciones. Creo que la política de Kirchner tiende a la alternativa democrática, a una ampliación del sistema que evite la represión y que, a través de esta absorción creciente de demanda, permita la flexibilización de las instituciones, porque si sólo se aplica mecánicamente la represión vamos a llegar a una sociedad en la cual, por un lado, habrá una acumulación de demandas insatisfechas y, por el otro, un régimen institucional cada vez menos representativo de la sociedad. Y ésa es la mejor receta para el autoritarismo. Pero si la protesta social se generaliza más allá de lo que las instituciones pueden absorber, podemos llegar a una situación como la que se dio en la Argentina en 1974 y 1975, cuando la tensión entre ambos actores no pudo ser resuelta, y el resultado fue la tragedia que todos conocemos.

-¿Qué papel juega la represión en la defensa de la democracia?

-Es claro que tiene que haber límites. Recuerdo que en Inglaterra, a finales de los años 80, algunos islamistas radicales decían que, por respeto a la diversidad cultural, reivindicaban el derecho de asesinar al escritor Salman Rushdie, condenado a muerte por el ayatollah Khomeini. Evidentemente, ninguna sociedad puede tolerarlo todo.

-El sindicalismo argentino ha ido perdiendo protagonismo hasta verse prácticamente desplazado por los movimientos piqueteros. Ahora parece dispuesto a recuperar el centro de la escena. ¿Usted cree que eso es posible, o hay etapas a las que no se puede volver?

-No hay instituciones que tengan un papel prefijado. Supongamos que en una determinada zona existe violencia racial y que la única institución capaz de luchar contra ella son los sindicatos. La función normal de los sindicatos no es luchar contra la violencia racial, pero por ser la única institución organizada en esa zona que puede luchar contra el racismo, asumen esa función. La gente comienza a acostumbrarse a que la lucha antirracista tiene que ver con los sindicatos. Usted me dice: el piqueterismo ha reemplazado en la Argentina muchas formas de protesta social que anteriormente estaban ligadas a los sindicatos. Bueno, pero eso probablemente tenga que ver con la forma en que el sindicalismo fue entendido durante un cierto período histórico. Por otra parte, hay que ver si el piqueterismo puede constituirse en un sistema institucional alternativo. Eso sería legítimo: no hay razón por la cual los sindicatos tengan que ser los únicos protagonistas de la canalización de la protesta social. Pero si el piqueterismo es simplemente una forma de protesta que se mantiene desestructurada, no podrá perdurar.

-¿Aunque perduren las condiciones que le dieron origen?

-Sí. El problema básico es el de la marginalidad social. Siempre ha habido en la sociedad la idea de una jerarquía: estaban los campesinos, los nobles, los burgueses. Y, del otro lado, estaban aquellos que no se podían incorporar al cuadro, los pobres. Pero como hasta comienzos del siglo XIX éstos no eran tantos, ese sector excedente se trataba con medidas ad hoc, como las leyes de pobres que había en Europa. Con la llegada del industrialismo esa masa de los no clasificables empieza a crecer, pero entonces (y ése, quizás, ha sido el golpe maestro del marxismo) se dice que esos pobres son parte del proceso productivo, porque constituyen una clase obrera. Así, por medio de los sindicatos y los partidos políticos obreros, ese sector que parecía excedente se vuelve reabsorbible y funcional al sistema. Pero ¿qué ocurre cuando hay un exceso de marginales que no es funcional al sistema porque deja de ser absorbible? Se plantea el problema de integrar a esos sectores.

-Pero mejor que institucionalizar la desocupación y la marginalidad sería erradicar los factores que las causan.

-Sí, pero eso no va a ocurrir. Después de 1955 se pensaba que, gracias al desarrollo económico que posibilitarían las inversiones extranjeras, todas las demandas sociales serían satisfechas y los símbolos populares del peronismo pasarían a ser una cosa del pasado. Pero durante los años 60 los símbolos del peronismo fueron adquiriendo una centralidad cada vez mayor y se incrementó la desinstitucionalización del país. El problema es que siempre habrá un cierto desnivel entre lo que las instituciones pueden hacer y las demandas sociales que están surgiendo. Creo que la apuesta del gobierno argentino actual es llegar a una nueva institucionalización del sistema político sobre una base expansiva mucho más democrática que la que existía antes. Allí los enemigos fundamentales son las máquinas partidarias, que tratan de limitar las formas de institucionalización de la protesta social. Por un lado, el Gobierno se mueve dentro de un marco creado por máquinas políticas que son muy fuertes y que no tienen particular simpatía por sus proyectos, y, por otro lado, en el marco de una protesta social que, en sus formas más duras, también pone obstáculos. Entre esas dos alternativas, el Presidente a veces nada con la corriente a favor y otras con la corriente en contra. Creo que el sistema político argentino está en la mejor situación que yo he conocido en muchísimos años. Hay un momento de creatividad política muy interesante en la Argentina actual. Hasta donde yo veo y analizo el proceso argentino desde el exterior, creo que este gobierno está tratando de hacer lo mejor posible para crear una sociedad democrática en el país.

-Respecto de la democracia, usted suele afirmar que el populismo como forma, no como contenido, es un elemento inevitable en ella.

-La cuestión del populismo es la siguiente: supongamos que hay un grupo de vecinos que presenta un pedido a la municipalidad para que se cree una línea de ómnibus que los lleve al lugar donde casi todos ellos trabajan. La demanda puede ser aceptada, y en ese caso no hay problema, pero si es rechazada, esa gente empieza a sentirse excluida. Esa serie de demandas insatisfechas se cristaliza alrededor de un símbolo antisistema, de un discurso que trata de dirigirse a estos excluidos por fuera de los canales de institucionalización. Cuando eso ocurre, hay populismo. Ese populismo puede ser de izquierda o de derecha, no tiene un contenido ideológico determinado. El populismo es más bien una forma de la política que un contenido ideológico de la política. Ahora bien: una democracia que no aceptara ninguna forma de populismo tendría que ser una democracia en la cual todas las demandas fueran institucionalizadas de una manera absolutamente perfecta (lo que es un fenómeno impensable). Si no, la democracia tiene que aceptar esta forma de pluralización de demandas y esta distancia institucional entre demandas y canales de acceso. Esta última es la democracia viable, y tiene que ser siempre, en alguna medida, populista.

-En el prólogo a la segunda edición en español de "Hegemonía y estrategia socialista" usted plantea la necesidad de que la izquierda recupere su capacidad de proponer alternativas dentro de los sistemas democráticos. ¿Cree que esa falta de reacción que usted advierte es síntoma de que los socialismos están en vías de extinción o de transformación en algo completamente diferente?

-Lo que yo no creo que pueda desaparecer nunca es el principio de la división social, que siempre va a existir y generar antagonismo. Uno puede plantear eso en términos de la distinción entre derecha e izquierda, pero en el futuro podría llegar a plantearse en términos distintos. Lo que no creo es que estemos avanzando hacia sociedades en las cuales haya un pensamiento único. Hay ciertas teorías, como la de Anthony Giddens, que dicen que estamos moviéndonos fuera de un sistema adversativo de la política, pero yo creo que está completamente equivocado. Una sociedad en la cual no hubiera adversarios funcionaría como una fórmula matemática, pero uno no tiene libertad dentro de una estructura matemática. La libertad supone que haya distintas posibilidades, y esas posibilidades suelen generar antagonismos. Por eso, la democracia requiere la oposición entre adversarios. Esa confrontación tiene que estar sometida a reglas, pero tiene que existir. Es como jugar al ajedrez: hay un sistema de reglas y hay dos adversarios, pero no se puede jugar si hay un solo jugador, o si hay dos, pero uno de ellos patea el tablero.

 Verónica Chiaravalli


Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 21 de agosto de 2004.