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Asunto:NoticiasdelCeHu 1293/04 - "Es impensable dejar de pagar la deuda externa" ( Entrevista a Antonio Delfim Netto )
Fecha:Miercoles, 18 de Agosto, 2004  12:12:37 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...............ar>

NCeHu 1293/04

 A.Delfim Netto, un 'materialista' de mercado
 
''En la teoría liberal no hay montañas, no hay ríos, no hay agujeros negros'' 


Delfim Netto: "Es imposible dejar de pagar la deuda externa"

Definiciones del economista brasileño

SAN PABLO.– "En 1982, en plena crisis económica en la Unión Soviética, Mikhail Gorbachov fue a Inglaterra para pedir crédito. Fue recibido con una de esas comidas amigables, con brandy, cigarros cubanos, todo en un ambiente sumamente cordial. Después del postre, Gorbachov explicó que necesitaba un crédito. Entonces, el presidente del Banco de Inglaterra abrió un cajón, sacó un mazo enorme de papeles y dijo: «Primero, señor Gorbachov, vamos a discutir esto». «¿Qué es eso?», preguntó Gorbachov. «Estos son los pagarés que su zar dejó impagos en 1917»."

El profesor, economista y diputado Antonio Delfim Netto termina su anécdota con una carcajada. La historia le vino a la cabeza cuando este cronista le preguntó sobre las posibilidades que la Argentina tiene de no sufrir costos por su default en el mercado financiero internacional.

A los 76 años, Delfim Netto sabe tanto de moratorias –condujo la brasileña de 1982– como de crecimiento: fue ministro de Hacienda entre fines de los años 60 y mediados de los 70, cuando Brasil era una aplanadora que crecía al nueve por ciento anual. La época del "milagro brasileño". Con 43 años en la vida pública, Delfim Netto sigue siendo toda una referencia. Identificado con la derecha, es fuente de consulta frecuente para el equipo económico de Luiz Inacio Lula da Silva. Irónicamente, su visión desarrollista lo deja en algunos asuntos a la izquierda del mercado financiero y del propio gobierno de Lula, al que apoya con entusiasmo.

Es diputado por el Partido Progresista desde 1986. Viene siendo reelegido consecutivamente y es considerado uno de los diez legisladores más influyentes. Creador de juegos de palabras ingeniosos que después se vuelven lugares comunes, fue él quien inventó aquello de que Brasil bien podría llamarse Inghana: "Cobra impuestos como en Inglaterra y devuelve a cambio servicios como los de Ghana". Hoy, sin embargo, se lo encuentra optimista con las perspectivas brasileñas.

Enérgico e irónico, recibió a LA NACION en su oficina del coqueto barrio paulista de Pacaembú, desde donde dice a los negociadores argentinos de la deuda: "Al baile del mercado financiero internacional no se entra en calzoncillos".

-¿Qué Brasil era mejor? ¿Aquel Brasil cerrado de los años 70, pero con crecimiento arrollador y pleno empleo, o éste, globalizado y abierto, pero con crecimiento mediocre y desempleo?

-En los años 70 no éramos tan cerrados como se dice. Aquella furia de sustituir todas las importaciones por producción brasileña terminó en 1964. Comenzamos a abrir el mercado en 1967. Hicimos, inclusive, una reforma arancelaria, con la reducción de las tasas de importación. Es verdad que en aquella época tuvimos grandes cifras de exportaciones, pero también de importaciones.

-Pero sin duda que no era una apertura comercial como la iniciada por Fernando Collor de Mello, en Brasil, o por Carlos Menem, en la Argentina.

-No, pero eso fue un delirio. Esa etapa fue un asunto ideológico, un acto de locura mucho más grave de lo que parece. Porque se bajaron los aranceles para la entrada de productos importados y, al mismo tiempo, se congeló el cambio, lo que, económicamente, es un acto suicida. Además, como había exceso de capitales disponibles en el mundo y había disposición para prestar, los gobiernos se volvían irresponsables. Los gobiernos no se endeudan cuando no hay nadie que les preste dinero. La tragedia es que el día en que un país no tenga cómo pagar, Wall Street va a querer un pedazo de su carne.

-¿Qué tipo de economista es usted?

-Yo soy un economista recibido en la Edad Media. No puedo decir otra cosa de alguien que se recibió hace 50 años, en la Universidad de San Pablo. Para nosotros, en aquella época, la única preocupación era crecer. En los años 80, los "colonizadores" fueron descartando eso de los libros. Sólo hace poco, libros editados en Inglaterra, por ejemplo, volvieron a hablar de crecimiento. El crecimiento es lo más importante de la teoría económica. Décadas atrás, los economistas eran lubrificantes para el crecimiento; hoy son arena. Yo me divierto cuando veo que dicen que el Banco Mundial descubrió que las instituciones son importantes para el crecimiento. ¡Pero si crecíamos más cuando teníamos instituciones más frágiles! Después, "descubren" que la propiedad privada es fundamental para el crecimiento; claro que es importante, pero ¿cómo es que China se desarrolló sin propiedad privada? Estas cosas esconden un único hecho: crecer es un estado de espíritu. Sólo se crece cuando aparece un liderazgo adecuado que crea un ambiente que enciende el espíritu animal del empresario.

-¿Se refiere a Lula?

-Lula es un líder carismático. Sí, él le está devolviendo una cierta confianza al pueblo. ¿Quién es la oposición? La oposición son los que estuvieron en el poder en los últimos 15 años y no tuvieron éxito. Ahora le dicen a Lula: "Vos estás copiando nuestra política". ¡Sí, pero ahora está funcionando! ¿Cuál es mi obligación? Decirle a la oposición: ustedes no sabían hacerlo. Otra parte de la oposición está en el propio Partido de los Trabajadores, que es muy curioso. Un tercio del partido rechaza su actual programa político. Lula abandonó el viejo programa del PT. Pero hay un tercio del PT que continúa creyendo en una sociedad sin clases, sin propiedad privada. Es un tipo de romanticismo, de utopía, que tiene un problema serio: rechaza la aritmética. No cree que dos más dos tiene que dar cuatro. Ellos creen que con un poco de aritmética de clase, dos más dos da 6.

-¿Qué ocurre con el desempleo y sus consecuencias sociales desastrosas, tanto en Brasil como en la Argentina?

-Las empresas más productivas son las que ahorran o reducen mano de obra. Cuando un sector económico está creciendo y conquistando competitividad, al mismo tiempo está generando desocupación. Eso va dejando una enorme masa de desempleados. Para que el sistema funcione sería necesario que un país creciera siete por ciento al año. Para los economistas actuales, el hombre es un tornillo. No les importa si para obtener una productividad determinada desemplean al sujeto.

-Pero, ¿ésa no es la teoría liberal, la idea de que el crecimiento, libre y sano, va a terminar absorbiendo a todos?

-Sí, pero en la teoría liberal no hay montañas, no hay ríos, no hay agujeros negros. Si el mundo fuera limpio como esta mesa, el liberalismo funcionaría perfectamente. Esa teoría pone el pleno empleo como axioma, pero después se olvida. "Como ya tengo el pleno empleo, no necesito pensar más en él..." Se niega a mirar la realidad. Cuando usted dice que quiere hacer una política industrial, ellos dicen que no se puede, como si fuera una ley divina, porque eso sería subsidiar a la industria.

-¿Se refiere a que debe adoptarse el keynesianismo para contrarrestar los males del liberalismo puro?

-¡Pobre Keynes! Keynes fue víctima de la avivada del presidente Richard Nixon, y de Arthur Burns (presidente del banco central norteamericano, la FED, de 1970 a 1978). Ellos decían que Keynes fomentaba la inflación. Ellos no entendían que existe un mundo real y que el coordinador de esos factores es el espíritu animal del empresario. En Brasil, la ventaja es que el empresario es extremadamente ágil. Pero es una lástima que las mejores inteligencias estén perdidas en el mercado financiero, porque es más lucrativo. Cuando la industria vuelva a tener su papel, esas inteligencias comenzarán a ganarse la vida honestamente [se ríe], usando su inteligencia en la organización productiva.

-¿Y cómo ve el proceso de salida de la crisis en la Argentina y la renegociación de la deuda?

-Se están defendiendo de la mejor manera posible, claro. Pero, honestamente, es imposible imaginar que yo puedo decir "no pago" sin que pase nada. Yo conduje la moratoria de 1982. En aquella época, los bancos tenían cierto recelo de hacerte quebrar, porque era el capital de ellos el que estaba en juego. Hoy no es a los bancos, es a la viejita de Ohio que compró bonos argentinos a la que Kirchner no le quiere pagar. De cualquier forma, creo que está negociando de la forma que puede. El PBI del país había caído el veinte por ciento y ya recuperó un dieciséis. Pero dentro de poco va a necesitar crédito. Por eso siempre bromeo diciendo que al baile del mercado financiero internacional no se entra en calzoncillos. Se entra de black tie [ropa de etiqueta], bien arreglado, fingiendo que uno es un caballero...

-¿No cree posible un acuerdo en los términos propuestos por la Argentina?

-Imaginemos que el mercado acepta: se termina el mercado. ¿Quién es el idiota que va a pagar sus deudas después de eso?

-El acreedor no perdona...

-¡No! Igual, sé que la Argentina está haciendo todo lo que puede. Yo tengo una gran admiración por el ministro Roberto Lavagna. Creo que algún descuento va a conseguir. Pero la Argentina, simplemente, está pagando el precio de una aventura, aquella idea de que el peso era más fuerte que el dólar. Me acuerdo de haberlo visto a Domingo Cavallo en una conferencia en la que decía: "No queremos una moneda tan volátil como el dólar" [se ríe de nuevo]. El es brillante. Era un actor espectacular.

-Brasil también tiene una deuda pública, interna y externa, considerable: llega al 56% de su PBI.

-Sí, pero Brasil usa la teoría de "patear para adelante". La deuda no se paga, se patea para adelante. A medida que se va creciendo, si uno toma cuidado de no aumentarla, se vuelve perfectamente aceptable. Es el estilo brasileño, nuestro estilo. Nunca dejamos de pagar.

-Usted hace algunas críticas que lo dejan a la izquierda del gobierno de Lula. Da la impresión de que los límites entre izquierda y derecha, en Brasil, se desdibujan.

-Esos límites no existen más. En mis orígenes, cuando entré en la escuela, yo era socialista fabiano. Cuando vi lo que los socialistas hacían con mi dinero me convertí en capitalista inmediatamente. La verdad es que la izquierda no resiste un curso de teoría de precios. Ningún sujeto que pasa un curso decente de teoría de precios continúa en la izquierda. Hoy el progresismo dice: vamos a hacer un socialismo de mercado, lo que no es más que repetir el capitalismo. Para que el socialismo funcione, tendría que ser fabricado otro hombre. Yo no sé si soy keynesiano o poskeynesiano, pero estoy convencido de que hoy el mundo es mucho más keynesiano que liberal al estilo Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Se debe usar el mercado como instrumento de eficacia, pero el mercado es el atropello y es incompatible con la igualdad. Libertad, igualdad y eficacia son tres valores que, de hecho, son incompatibles al mismo tiempo. La única forma de progresar es empujando uno y corrigiendo otro. El máximo es una cuestión de convergencia. El pensamiento único neoliberal es contra eso, contra la posibilidad de ir encontrando una convergencia. El mercado privilegia la libertad, pero desprecia la igualdad.

-Usted comenzó como funcionario del Estado hace 43 años. En todo este tiempo, ¿cómo cree que fue la evolución de la relación Brasil-Argentina?

-¡Ah, mejoró notablemente...! Antes existía una desconfianza que era enseñada hasta en las escuelas de aquí, y creo que también en las de la Argentina. Uno sabía que la mayor parte del ejército estaba en Rio Grande do Sul. Uno preguntaba: ¿por qué en Rio Grande do Sul? "Porque el clima es mejor, porque el Río de la Plata es agradable...", respondían [risas]. Por eso, yo creo que los dos países le deben mucho a Raúl Alfonsín y a José Sarney, que se comportaron como estadistas. Tuvieron coraje de ceder en algunas cosas. Yo me acuerdo de cuando era ministro y estábamos construyendo Itaipú. En la Argentina se inventaban las historias más locas, como que podíamos llegar a abrir las compuertas para inundar Buenos Aires. Si la Argentina compraba un equipo militar, nosotros queríamos comprar diez. El papel de Alfonsín y Sarney va a quedar grabado en la historia de América del Sur, por haber tenido el coraje de desarmar esa historia.

-¿Le sorprendió mucho verse apoyando al gobierno de Lula?

-No. Yo conozco a Lula hace muchos años. Mire, Brasil tiene una suerte loca: Lula era un líder de izquierda que nunca había escuchado hablar de un tal Karl Marx y que nunca había puesto un pie en la escalera del Partido Comunista. Lula es un católico fervoroso; cuando Lula llora, llora de verdad. Yo no tengo duda de que en 1998 él no estaba preparado para vencer. Nosotros le debemos al Fondo Monetario dos cosas, por las cuales tendríamos que hacerle una estatua: en 1998, Fernando Henrique Cardoso hizo que Brasil quebrara y el FMI corrió y consiguió un préstamo de 41.500 millones de dólares. Si no hubiéramos quebrado, Lula ganaba la elección. Lula iba a aplicar aquel programa ingenuo e iluso del PT. En las vísperas de la última elección, Brasil vuelve a estar en crisis, y vuelve el FMI a dar 30.000 millones, que posibilitan una transición tranquila. Sin ese dinero, la transición hubiera sido un caos. En lugar de eso, logramos hacer una transición histórica, de un gobierno del que se pensó que iba a ser socialdemócrata a otro del que se pensó que podía ser socialista. La elección de Lula transformó a Brasil de republiqueta latinoamericana en república latinoamericana democrática y respetable.

Luis Esnal

 Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 18 de agosto de 2004.