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Asunto:NoticiasdelCeHu 1233/04 - La gran ilusión o el cine como una metáfora
Fecha:Lunes, 9 de Agosto, 2004  16:49:06 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...............ar>

NCeHu 1233/04
 De una periferia próspera a una periferia rezagada
El cine como una expresión mercantil
 
 

Cine argentino, en un tiempo de conquistas y desafíos
La gran ilusión

 Manuel Antín

Protestar, al decir de Emile Cioran, es la mejor demostración de que todavía no se ha atravesado el infierno. Hay una línea imaginaria, por otra parte, en la cual la protesta deja de ser un recurso para convertirse en un artificio. Y más todavía en un país donde pedir justicia suele parecerse a tramitar una excepción. Permítaseme, por ello, que no utilice el privilegio de este espacio para la queja, sino para la complacencia, el entusiasmo y, sobre todo, para la ilusión y la esperanza. Claro que voy a hablar de cine, un arte del que no por nada se dice que ha revolucionado el siglo XX y que llega a nuestros días siempre joven y en evolución permanente. Es reflexión, documento, ilustración y entretenimiento; todo a la vez.

La Argentina nunca ha estado ausente de este concierto de imágenes que es el cine. En cambio, ha estado ausente, y lo está todavía, en otros aspectos. En algunos, está presente, pero para mal. Su cine tiene casi la misma edad del séptimo arte. La primera película nacional, La bandera argentina, de Eugenio Py, data de 1897, sólo un año después de que el cine nació, en París, presentado por los hermanos Lumière. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente y la fertilización constante que esas aguas han determinado dio siempre frutos óptimos. ¿De cuántas otras cosas podemos vanagloriarnos con tanto orgullo los argentinos, con tanto fundamento, con tanto énfasis? Seamos francos: de muy pocas. Entre esas pocas está el cine. Aun en las eras oscuras de nuestra historia, el cine argentino permaneció de pie, con la mirada puesta en el país, incluso, a veces, desde la marginalidad o el destierro. ¿Qué más podríamos agregar en su homenaje?

Intentemos juntos una visión panorámica. Evoquemos primero aquel cine industrial, dueño de todos los mercados latinoamericanos durante largo tiempo, hasta el día en que, por irreflexión y por políticas erróneas, esos mercados se perdieron. Aquel predominio duró hasta fines de los años 50. Irrumpió entonces la generación del 60, que, a mi modo de ver, modificó para bien la mirada, la estética y el contenido intelectual del cine argentino. Lo aproximó a la literatura y a la reflexión y por primera vez los jóvenes de entonces, los "jóvenes viejos" de hoy, se hicieron dueños de la situación. Dueños a su manera, con timidez, sin gestos altisonantes ni ínfulas de superioridad. Con naturalidad, seguros de sí mismos y del lugar que ocupaban. Tal vez sus predecesores no tuvieron con ellos una relación extremadamente comprensiva. Suele suceder. No ahora, por cierto. Eran "los chicos de la cámara", según el decir peyorativo de algunos de sus mayores. La crítica internacional y el transcurso del tiempo los ubicó en su sitio.

Llegaron después épocas más difíciles, épocas muy oscuras, y el cine argentino tuvo que esconderse en la clandestinidad o refugiarse lejos del país. Desde donde fuera, nuestros cineastas continuaron con su tarea con responsabilidad y sin pausas: siempre el cine de pie y con el país en primer plano. Hasta que volvió la democracia y la historia de los años inmediatamente anteriores se reflejó en el espejo del cine como pocas veces había ocurrido con tanta nitidez. Gracias a las películas de ese tiempo comprendimos muchas cosas. Para muchos, ellas fueron como una terapia y, para otros, la comprobación visible de cuanto había ocurrido en la oscuridad.

En esa época aprendimos a ser admirados desde el extranjero y en eso estamos todavía. Los jóvenes cineastas de hoy dan plena fe del interés con que se los recibe y se los aplaude en todas partes. Son, acaso, una mezcla inteligente y apasionada de todo lo sucedido en los últimos cincuenta años de nuestro cine y, en consecuencia, de nuestro país. Por eso también llevan sobre ellos, y lo transmiten en sus películas, un matiz de desesperanza que no esconde la realidad opaca que vivimos en muchos aspectos, pero tampoco pierden la ilusión de emerger pronto y para siempre de esta penumbra mediocre y agobiante que nos envuelve a todos, tan difícil de explicar como de entender.

Nuestro cine da siempre sobrados motivos para la ilusión. Desde 1957 (y aun antes, pero con algunas salvedades que, para no convertir en inútilmente polémico este texto es preferible omitir) se mantiene firme el fomento estatal al cine. Una visión lúcida y excepcional, que lo dotó de recursos propios que no afectan en absoluto a ningún otro sector de nuestra frágil economía, creó por decreto de aquel año el Instituto de Cine, que todavía reexiste (si se me permite la licencia ortográfica y gramatical, de humor bien intencionado). Es un caso extraño y providencial de subsistencia. Funcionó siempre, con sus altos y sus bajos, en las mejores y en las peores épocas. El Instituto tuvo la herencia feliz (aunque espontánea) de experiencias extranjeras igualmente lúcidas y provechosas; como ejemplo, las de países como Estados Unidos, Francia, España y unos pocos más que siempre se preocuparon por su cine.

Los argentinos solemos mirarnos en otros espejos con más frecuencia que en los propios, aunque a veces no les hacemos caso a las imágenes que esos espejos nos devuelven. En nuestro sector, sí, felizmente.

La Argentina y el cine argentino deben aprovechar sin titubeos los nuevos ámbitos de respeto y de consideración que, una vez más, han abierto sus jóvenes cineastas en el campo internacional. Leíamos hace algún tiempo en Le Monde una opinión rotunda y significativa que convalida la adhesión y los esfuerzos que se hagan para proteger al cine argentino, a quienes lo hacen y a quienes lo fomentan.

Refiriéndose a la Argentina, en un párrafo de la nota periodística mencionada se lee: "Es un país en el cual la vitalidad cinematográfica es inversamente proporcional a la salud económica". Reconocimientos espontáneos, neutrales y desinteresados como éste hacen más que valederos los esfuerzos que realicemos, cada uno de nosotros, cada uno en su propio ámbito, para obtener los mejores resultados en bien de nuestro país, puesto que de eso se trata, inequívocamente. Por los caminos de la cultura y la belleza, que son, junto con la ética -nunca estará de más reiterarlo-, los valores más significativos de la condición humana.

Nuestra degradación y nuestra decadencia se interrumpirán, así, definitivamente. Es imprescindible mantener enhiestas la fe y esta gran ilusión que nos ha traído hasta aquí. No nos resignemos a ser un país de sobrevivientes y honremos con seriedad y convicción la lúcida, providencial y ejemplar afirmación de José Ingenieros: "La riqueza sin cultura no es gloria, sino nuestra vergüenza. La futura grandeza de la patria será moral e intelectual o no será nada".

El autor es director cinematográfico y rector de la Universidad del Cine.


 

Víctimas de la ley del más fuerte

Juan José Campanella y Juan Vera

La película Luna de Avellaneda desnudó el mecanismo perverso en el que estaban inmersos productores, distribuidores y exhibidores: aun con mayor demanda de espectadores, la película veía amenazada su continuidad en la exhibición. De no haber mediado el peso de la opinión pública y la naturaleza vergonzosa del caso, ya hubiera caído de la mayoría de los cines, con lo cual su expectativa de recuperación económica habría sufrido un mortal recorte. No hubiera sido la primera víctima de la ley del más fuerte. El abrazo partido, La niña santa, Roma, Los guantes mágicos y otras sufrieron un destino así y vieron recortada su potencialidad comercial. Y no porque el cine argentino no convoque a la gente.

La reglamentación de cuota de pantalla con la media de continuidad, impulsada por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y acordada con todos los representantes de la industria, intenta poner freno a las crecientes distorsiones del consumo cinematográfico en la Argentina.

Aun así, se alzaron voces críticas. Algunas hicieron hincapié en las importantes inversiones efectuadas por las multisalas. Esta reglamentación atentaría contra su recuperación. ¿Qué decir, entonces de la inversión y del riesgo de los productores argentinos?

Luna de Avellaneda costó tanto como un complejo de diez salas. Se hizo con inversión genuina, de la cual el 50 por ciento provino del exterior y no se llevó un centavo del país. Fue una fuente de trabajo para más de 3000 argentinos. Y debe recuperar esa inversión básicamente en nuestro país, en un tiempo muy breve, por lo que cada espectador y cada día cuentan. Lo mismo ocurre con todas las demás películas argentinas.

Si a eso le añadimos que el exhibidor se queda con entre el 50 y el 60 por ciento del valor de cada entrada, se comprenderá la necesidad de regular el mercado con medidas que protejan a la industria.

La función y la razón de ser del Incaa es fomentar y proteger al cine argentino. Es importante recordarlo, ya que la reglamentación tuvo objeciones de quienes alegaron que conspira contra la exhibición de cualquier tipo de producción que no sea la hollywoodense.

Los siguientes datos permiten una mirada más objetiva sobre cómo viene funcionando el mercado: en 2003, cinco distribuidoras americanas (las llamadas majors) concentraron el 75% de las copias que se exhibieron, ocuparon el 85% del tiempo en pantallas y obtuvieron alrededor del 80% de la recaudación. Resta sólo una pequeña parte para el cine argentino, español, francés, inglés o indio.

En 2003, el cine argentino ocupó un diez por ciento del mercado. Este año, debido a la costumbre de bajar películas exitosas para hacer lugar a las cada vez más numerosas copias del "cine tanque", ese porcentaje se redujo a menos del siete por ciento. Magra cifra para un país que tiene una tradición cinematográfica de cien años.

La cantidad de estrenos bajó de 267, en 2000, a 216, en 2003. Esta tendencia se magnificó en el primer semestre de 2004, con lo que queda invalidado el argumento de que con la nueva medida se reducirá la variedad de la oferta. En desmedro de la variedad se aumentó drásticamente la cantidad de copias por complejo de los "tanques" norteamericanos. El problema para el cine extranjero independiente no es el cine argentino, por lo que reclamarle a éste que le haga lugar desde su pobre porción de mercado suena a abusiva ironía.

Dudamos de que los distribuidores y periodistas especializados iraníes o rumanos pidan políticas de Estado en defensa del cine argentino. Seguramente tienen los mismos problemas que los productores argentinos con su propio cine y harán bien en defenderlo.

En lo que va del año, mucha gente fue al cine a ver La niña santa, Roma, El abrazo partido, Luna de Avellaneda. Mucha otra gente no tuvo la posibilidad de verlas, ya que fueron cercenadas sus posibilidades para ceder su lugar a la cuarta copia de un "tanque" o a una película menor, pero protegida por una distribuidora poderosa. Nunca a una europea.

Desde la más estricta y rígida lógica comercial, surge como obvio que era imperioso poner un freno a una situación que estaba fuera de control.

Tenemos un cine que conmueve a su público natural, el argentino, y que asombra al público extranjero. Un cine que gana premios internacionales y que gana públicos (palabra mucho más profunda que "mercados").

Un cine que es una de las pocas buenas noticias que nuestro país le ofreció al mundo en los últimos años.

Un cine que es manifestación de una actividad cultural que, a pesar de los vaivenes de la economía, sigue siendo observada con asombro por el mundo. Luchamos por un cine argentino vigoroso, de pleno y franco contacto con su público, un cine plural, con variedad temática y estética. Tenemos una larga tradición de la que enorgullecernos: Lucas Demare, Manuel Romero, Hugo del Carril, Luis Amadori, Mario Soffici, Leopoldo Torres Ríos, Lautaro Murúa, Leopoldo Torre Nilsson, Leonardo Favio, Daniel Tinayre, José Martínez Suárez, Luis Puenzo, Sergio Renán, Adolfo Aristarain, María Luisa Bemberg y muchos más. Defendemos ese espacio que ellos fueron creando desde hace cien años. Hacemos cine sobre nosotros, protagonizado por nosotros. Nos satisface muchísimo más la risa o la emoción de uno de los nuestros que la de un extranjero.

Es verdad que el cine argentino tiene éxito en Europa. Y es verdad que allá el precio de la entrada es mucho más alto. Pero el valor de la entrada es muy superior acá. Y no queremos perdernos ninguna.

Los autores son, respectivamente, director y productor ejecutivo de la película Luna de Avellaneda.


Apoyo para lo diferente

 Lucrecia Martel

Si nos olvidamos, por un momento, de que el cine es, sobre todo, una visión del mundo, veremos que, como en cualquier industria, sobreviven los productos de empresas con gran concentración de capital, que disponen de enormes sumas de dinero, que son dueñas de los sistemas de distribución y exhibición -como es el caso de las multisalas, que surgieron en los años 90- y que tienen amplio acceso a la promoción televisiva.

Esto es para los que cuando se habla de cuota de pantalla o de subsidios para el cine nacional salen en defensa de la vulnerada libertad de mercado. ¿Quién, con dos dedos de frente, cree que hay libertad de mercado cuando la disponibilidad de capital es tan restringida? ¿Todavía hay alguien que cree que los servicios privatizados son ahora mejores y más baratos? ¿O que vendimos nuestro petróleo porque éramos ineficientes? ¿Hay alguien que crea, verdaderamente, que una medida de protección a la industria argentina es un agravio a la libertad de mercado? Este país fue zona liberada durante una década. El resultado son 21 millones de pobres.

El cine argentino está protegido por subsidios y ahora lo estará por la cuota de pantalla, que tendremos que ir mejorando.

No es ajeno a la aparición de cientos de técnicos, directores, productores, actores y películas argentinas el hecho distintivo de que en nuestro país haya un Instituto de Cine y una ley del cine. Hay voluntad del Estado de apoyar esta industria. El cine no es solamente el resultado del esfuerzo individual por expresarse.

En cualquier encuentro internacional de cine se subraya, no sin asombro, que la industria argentina está muy activa en un país en el que muchas industrias peligran. No está activa solamente por las dos o tres películas argentinas que, afortunadamente, este año superaron, o poco les falta para hacerlo, el millón de espectadores, sino también porque hay otras veinte que esperan su salida y otras tantas en producción.

En el cine se reproduce un fenómeno que muy bien conocemos en el país: la continua amenaza contra las pequeñas y medianas empresas, así como contra el trabajo artesanal.

Creo que los años 90 han sido un gran espectáculo que mostró cómo un Estado deja de planificar el desarrollo del país y es arrasado por los que detentan el poder económico. ¿Cuál es el beneficio para un país con pequeñas y medianas empresas? Entre otras cosas, que es ése el sector que más reinvierte, que menos evasión impositiva registra y que, proporcionalmente, más tributa, el que está más próximo a los conflictos de la sociedad, el que se asienta regionalmente, el que más necesita la educación terciaria y universitaria para su desarrollo y, por eso mismo, el que más interés tiene en la educación pública.

El cine argentino que compite ahora internacionalmente es fruto de pequeñas y medianas empresas argentinas, formadas, la mayoría de ellas, por hijos, nietos, sobrinos, hijos de amigos, de muchos de los que van a leer esta nota. Todavía no es un cine exclusivamente en manos de dos o tres empresas vinculadas con grandes poderes financieros o con empresas multimedia. Por eso mismo es diverso en sus opiniones sobre el mundo y en sus planteos estéticos, aunque todavía le falta incorporar más sectores sociales que puedan expresarse. En esa diversidad no siempre es posible que surjan películas masivas. No es el objetivo hacer un cine excluyente: es propio de lo diverso su distinto alcance.

El Estado ha desplegado, con la cuota de pantalla, un terreno para que se desarrolle el cine argentino. Esperemos que no se transforme en un barrio cerrado.

Lucrecia Martel es la directora de las películas "La ciénaga" y "La niña santa".


Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 6 de agosto de 2004.