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Asunto:NoticiasdelCeHu 867/04 - Clase media ¡qué tragedia!
Fecha:Jueves, 3 de Junio, 2004  12:33:21 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 867/04
 
 

Clase media ¡qué tragedia!

Argentina como espejo para América Latina

 

 

                                                                       Alfredo César Dachary 

 

              Pese a que el invierno ya hace sentir su fuerza de lluvia, viento y frío en la ciudad de Buenos Aires, la vida sigue igual, aunque no todos con la misma rutina, ya que hay quienes lo enfrentan marchando, haciendo piquetes, interrumpiendo el tráfico, haciendo un caos de la ciudad, pero sin llegar, en la mayoría de los casos, a hechos violentos.

Estos árbitros del caos urbano son los piqueteros, nombre que deriva de los piquetes de huelga, pero que esta vez funcionan al revés. No hacen huelga frente al trabajo sino que hacen manifestación frente a las oficinas del Estado para buscar trabajo, o en muchos casos, la ayuda oficial para a sobrevivir en la pobreza a través  del plan Trabajar, Jefes de hogar y otros nombres que representan unos cien dólares de ayuda media mensual por familia.

Por ello es que viendo este espectáculo, una combinación de movilización organizada con identidad propia, el bombo tradicional de las barras de fútbol, un ritmo que tiene mucho del carnaval y hoy icono de las marchas y demás formas de expresión, todo ello  entre termos que sirven un mate caliente, custodios de la marcha que se ubican a los costados, con sus palos y otros elementos defensivos, uno se pregunta ¿qué pasa aquí?

Pero no cuesta mucho encontrar una respuesta a esa pregunta porque los porteños siempre tienen una interpretación a todo, como expresión de una ciudad capital donde abundan los filósofos formados entre la calle y los periódicos o en la actualidad entre la televisión y la radio, aunque controlados por los psicólogos, la otra cara del fenómeno.

Todo análisis es bastante radical, ya que muchos inmediatamente descalifican a los piqueteros como vagos, profesionales de la mendicidad y otras virtudes, mientras una  minoría, que día a día se reduce, los ubica como los frutos de la gran desocupación y sus costos, la pobreza.

Que hay una gran cosecha, que el país ha tenido un crecimiento del Producto Interno Bruto muy alto, que se ha duplicado el número de turistas, que la gente está recuperando la esperanza y otras cosas más, que son ciertas, forman parte del lenguaje diario de todos los ciudadanos que por diversos motivos y desde distintas ópticas opinan sobre la realidad argentina.

Hay una recuperación económica que se palpa en la calle, un comercio que está tomando dinamismo, visitantes que llegan a hacer las compras baratas y muchas cosas más, pero al final, la pregunta obligada es ¿qué ha pasado con ese medio país que entró en la pobreza, ese 40 al 50% de pobres que quizás no estén representados plenamente por los piqueteros?

Quizás el ejemplo más simple pero más realista es un accidente, en un minuto se pierde o la vida o la vista; o la capacidad de caminar o una extremidad, la recuperación puede ser de muchos años cuando se puede lograr.

Argentina tuvo un choque tremendo a fines del 2000, un choque agravado porque conducía una ambulancia con un enfermo grave, que venía de casi dos décadas de accidentes, y el choque final se complicó por el estado del paciente.

  Por eso hoy hay grandes avances más no milagros; una vez más se habla de los indicadores macroeconómicos, de un dólar que no llega a los tres pesos y que estuvo muy por debajo en los meses pasados, aunque existían al comienzo de la tragedia especulaciones y predicciones que lo llevaban a casi cinco pesos.

La Argentina de hoy no puede ser la misma de hace tres décadas, ni parecida a la de hace seis décadas, y hacia atrás la imagen es cada vez más diferente.

En cerca de sesenta años se construyó una sociedad que vivió un cuento de hadas que terminó en una novela de terror; el comienzo y fin lo hicieron posible un mismo partido; el comienzo del sueño de grandeza lo inició un gobierno que parecía de derecha pero realizó cosas opuestas. El cierre del ciclo lo logró un gobierno que parecía de izquierda y fue la encarnación del neoliberalismo en la fase más aguda.

El cuento de hadas lo inició Perón, industrializando y organizando un Estado responsable de la salud, la educación, del bienestar social en general, incluido el sistema vacacional; y la destrucción del mismo país la concluyó un gobernante, Menen, que logró terminar con éxito el ciclo de aniquilamiento de la sociedad argentina equitativa que iniciaron los militares en los 60´s a los 80´s.

El eje de esa sociedad relativamente equilibrada y con posibilidades de crecer era la famosa clase media, una clase que no se había logrado desarrollar plenamente en la mayoría de los países de  América Latina y que, sin embargo, era el eje del éxito de los países desarrollados de esa época a la actualidad.

Para responder en parte a este interrogante nos guiamos por un análisis excelente de esta clase intermedia, fundamental en la búsqueda de una sociedad más justa que nos lo ofrece un extraordinario libro, dedicado al caso argentino que lleva por titulo “La clase media seducida y abandonada”, obra realizada por el sociólogo Alberto Minujín y el periodista Eduardo Anguita.

El sociólogo Minujín tiene una serie de trabajos sobre el tema que le anteceden, como el libro que escribió junto con Gabriel Kessler “La nueva pobreza en la Argentina”  donde plantea el concepto de los “nuevos pobres”.

Anguita, un periodista que trabaja a profundidad, es conocido por un estudio que viene a dar respuesta a lo que ocurrió en los 60´s y 70´s en Argentina, principalmente con los grupos guerrilleros. El libro “La Voluntad” que realizó junto a Martín Caparros da interesantes aspectos de la generación joven de la época y los retos y utopías que intentó vivir.

El análisis profundo, las historias de vida y la estadística contrastante como dato sólido, nos la presentan estos autores para poder dar una dimensión de la sociedad que fue construida a partir de la década del cuarenta.

Así comenzamos con un dato hoy inexistente, y es que hasta mediados de los 70´s la pobreza estaba por debajo del 8%, una cifra impensable en un continente dominado por los pobres. En ese tiempo, los pobres argentinos no llegaban a cien mil familias.

Hoy están en pobreza en la Argentina cerca de 16.000,000 de personas, más del 40%, un record que se llegó con un trabajo sistemático de dos décadas y no se podrá revertir en menos de un tiempo similar.

Y esto se agrava al ver como se distribuye el PIB en estos dos períodos. En los 70´s, el 25% más pobre de la población se llevaba el 7% del PIB y hoy sólo recibe el 2% del PIB actual; más pobres menos ingresos.

Por oposición, en el otro extremo de la pirámide, el 25% con mayores ingresos en los 70´s se distribuía el 40% del PIB y hoy ese mismo sector se distribuye el 60% del PIB.

 Quizás una de los grandes aciertos de este texto, que encontramos entre los cafés y los libros de la calle Corrientes, sea la explicación histórica de esta tragedia, que también se puede o se ha repetido en otros países, como hoy es el caso de Uruguay, entre otros.

La segunda dictadura de la segunda parte del siglo XX se inició a mediados de los 70´s y terminó una década después, la segunda década infame del país, dejando un saldo con impactos similares en términos generacionales y culturales al que dejó el Franquismo.

Allí comenzó el ocaso de esa clase media construida a partir del trabajo estable, el ahorro, en otras palabras, la visión criolla de lo que se denominó en su época “el modo de vida americano”, la construcción de la clase media de Estados Unidos, luego de la gran depresión y una guerra mundial que les sirvió como un gran negocio, del cual emergieron como la primera potencia mundial.

En los 80´s la tragedia continuó, incluido el período de transición, que terminó en forma rápida con un Presidente entregando el poder de forma abrupta, para luego iniciar el camino del fin, la utopía neoliberal que logró sintetizar la crisis en una sola con los resultados hoy presentes.

La clase media quedó reducida a una expresión menor, pero ha resistido y sus integrantes, que aún se mantienen en ese segmento, tienen presencia en la vida nacional, así como los que perdieron o bajaron de nivel se mantienen activos en búsqueda de recuperar el paraíso perdido.

El costo ha sido muy grande y va más allá de la degradación económica; la crisis social afecta al actor principal, al hombre como unidad y se expresa de manera directa en él. La crisis de salud asociada a la carencia de servicios es otra de las páginas oscuras de esta tragedia.

Pero no se limita a ello, está la crisis profunda, la de la salud mental, la depresión y los trastornos de personalidad a partir de las descompensaciones relacionadas con la crisis social.

La salud, la educación y el bienestar social son las bases reales en las cuales se asienta el contrato social moderno, ya que no es el consumo de espejitos ni la frivolidad de las mega alianzas los que construyen un país, cuando falta este soporte de presencia y responsabilidad del Estado, para brindarle al ciudadano no sólo una posibilidad de crecer sino de defender su salud física y mental, que es el precio que no se considera en las ecuaciones económicas.

Pero la clase media también ha aportado en este proceso una cuota de responsabilidad, ya que primero fue testigo y cómplice indirecto del mayor genocidio moderno de América Latina y luego cayó en la trampa del consumo, y como en todo el subcontinente, se pensó que un dólar fuerte era un país fuerte, la ignorancia originada en la lectura superficial e ideológica que trae aparejado el capítulo final de esta tragedia.

Lo que ocurrido a la clase media argentina se dio en menor medida en otros países; los errores del 94 en México, la crisis de Uruguay, Venezuela y otros más, y se presentan como un escollo a salvar en la vieja Europa que ha comenzado desmantelar el estado del bienestar, el sistema que le dio la mayor estabilidad de su larga historia.

La sociedad post moderna llamada por unos “sociedad líquida” se nos sigue saliendo de las manos, se transforma y recompone muy rápidamente, pero al final no se logra consolidar. ¿Será la clase media una aspiración de muchos grupos sociales en los países emergentes y sumergidos? ¿Es una realidad que no se podrá repetir? ¿Es hoy una nueva utopía o una página de la historia que debemos guardar?

 

alfredo@pv.udg.mx