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Asunto:NoticiasdelCeHu 857/04 - América Latina, una región desigual ( Ber nardo Kliksberg )
Fecha:Miercoles, 2 de Junio, 2004  08:42:34 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 857/04

 
América latina, una región desigual

Bernardo Kliksberg


 

WASHINGTON

¿Qué consecuencias tiene para los latinoamericanos vivir en la región del planeta con más desigualdades? Varios estudios recientes de gran envergadura llaman la atención al respecto.

Un informe del Banco Mundial señala: "América latina sufre de una enorme desigualdad (...) un fenómeno invasor que caracteriza cada aspecto de la vida de sus pueblos, como el acceso a la educación, a la salud y a los servicios públicos; el acceso a la tierra y a otros activos; las posibilidades de financiamiento de los mercados de crédito y la entrada en el mercado de trabajo formal, y la participación e influencia en política".

El 10% más rico de la región tiene el 48% del ingreso; el 10% más pobre, el 1,6%. Peor incluso que en Africa, mucho más pobre, donde las cifras son 42,1 y 2,1 por ciento, respectivamente.

En Brasil, la brecha entre el ingreso de los más ricos y el de los más pobres es de 54 veces; en Colombia, de 57,8; en Guatemala, de 63. En cambio en Italia, la diferencia de ingreso entre el 10% más rico de sus habitantes y el 10% más pobre es de 14,4 y en los EE.UU., de 16,3.

Según los detallados estudios del Banco Interamericano de Desarrollo, el 10% más rico de la región tiene doce años de escolaridad; el 30% más pobre, sólo cinco. En el 20% más rico, de cada mil niños, 40 mueren antes de cumplir cinco años; en el 20% más pobre, más del doble: cerca de cien.

En la década del 90, la Argentina ingresó abruptamente en el grupo de los países con mayores desigualdades, pertenecientes al continente más desequilibrado en lo que concierne a la distribución de la riqueza. La distancia entre el 10% más rico y el 10% más pobre, que era de 18 veces en 1993, pasó a 24 veces en 1998 y a 26 en 2000. Buena parte de la clase media se derrumbó. Se estima que 7 millones de personas de ese estrato social -el de mayor pujanza y relevancia- se convirtieron, en ese periodo, en "nuevos pobres". En 2001, el 20% más rico tenía 13,4 años de escolaridad; el 10% más pobre, sólo 7,3. En los estratos altos, ocho de cada diez personas están conectadas a Internet; en los menos pudientes, sólo una de cada diez.

Hoy se sabe científicamente que las amplias desigualdades dañan severamente el progreso económico y la gobernabilidad. Los países más avanzados tienen tasas de equidad mucho mejores que los promedios mundiales. Así, en Noruega, líder mundial en desarrollo humano, en los últimos tres años el 10% más rico de la población tiene sólo 1,5 veces más de lo que tiene el 50% más pobre. Finlandia, líder mundial en competitividad y tecnología según el Foro de Davos, tiene una de las mejores distribuciones del ingreso. Lo mismo sucede con los otros países nórdicos, como Suecia, Dinamarca e Islandia, y con Canadá.

Las polarizaciones tienen todo tipo de efectos económicos negativos: reducen los mercados internos, impiden en consecuencia que las empresas puedan producir en escala, afectan la productividad y limitan la formación de ahorro nacional. América latina es mencionada con frecuencia como ejemplo típico de las agudas disfuncionalidades de las iniquidades pronunciadas, y a ellas se atribuye un papel clave en sus bajas tasas de crecimiento.

Por otra parte, la desigualdad aparece como causa fundamental de los altos niveles de pobreza que presenta la región, tan dispar con sus potencialidades. Chris Patten, comisario de la Unión Europea, resalta: "Si el ingreso en América latina se encontrara distribuido de la misma manera que en Asia del Este, la pobreza en la región sería apenas un quinto de lo que es hoy". Y agrega: "Esto resulta importante no sólo desde el punto de vista humanitario, sino también desde una perspectiva práctica, políticamente interesada. Si se redujera la pobreza a la mitad se duplicaría el tamaño del mercado".

Un agudo trabajo de investigación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Comisión Económica Para América Latina (Cepal) y el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA) de Brasil termina de confirmar que, sin encarar las desigualdades, será muy difícil reducir la pobreza. Demuestra en términos económicos que si no disminuye la desigualdad, con las tasas de crecimiento del 90 Brasil tardaría cuarenta y ocho años en bajar la pobreza sólo dos puntos y México, cuarenta y cuatro años en reducirla sólo 3,2 puntos. En cambio, muestra que "disminuyendo levemente la desigualdad se pueden obtener resultados muy positivos en cuanto a reducción de la pobreza".

Una reciente investigación de Harvard (conducida por Sanjeev Khagram) arroja otro dato sorprendente. Tras analizar cien países, los investigadores hallaron una altísima correlación entre desigualdad y corrupción, un hecho que indica que en las sociedades muy polarizadas los incentivos y las oportunidades para la corrupción en los estratos de mayor peso son más fuertes.

En estos casos, la mayoría de la población no tiene posibilidades de acceso a la información, el control y la incidencia política, y el sistema judicial tiende a ser débil. De esta forma, se crean condiciones favorables a la impunidad.

A su vez, la corrupción incrementa con fuerza la desigualdad, creándose así un círculo perverso. El estudio mencionado da importantes pistas para entender la corrupción latinoamericana y la que se dio en la Argentina, y también para buscar soluciones. Como dicen los investigadores, demuestra que, después de todo, "la corrupción no es un destino".

Los latinoamericanos son conscientes de las desigualdades en la región y las sufren profundamente. La encuesta Latinbarómetro verificó que la abrumadora mayoría -el 89%- considera "injusta o muy injusta" tal iniquidad.

El sugerente y profundo estudio del PNUD sobre la democracia en América latina recién presentado hace notar al respecto que, en los seis países de la región que han tenido serias crisis institucionales en los últimos cinco años, la protesta tuvo como eje el reclamo por más igualdad e inclusión. En cambio, Costa Rica y Uruguay, los países con menor desigualdad de la región, tienen los mayores porcentajes de apoyo a la democracia.

La desigualdad no es un castigo de la naturaleza. Es una construcción humana. La experiencia de regiones como los países nórdicos o el sudeste asiático -con grandes logros en este campo por diversos caminos- indica que se requieren políticas públicas activas, bien administradas y transparentes, que abran oportunidades productivas para todos y garanticen a cada ciudadano los derechos de nutrición, salud y educación que hacen a un sistema democrático, y que es imprescindible una movilización de las energías de la sociedad civil a través de fuerzas como el voluntariado, la responsabilidad social empresarial y la participación ciudadana.

La idea de construir sociedades equitativas no es nueva, viene del texto bíblico que enfatiza permanentemente la igualdad de todos los seres humanos -que proviene de su dignidad como tales- y su pleno derecho a desarrollar su potencial. Como en el caso de otras situaciones de ética fundamental, los estragos causados por las amplias desigualdades en la región muestran los duros costos humanos que surgen de vulnerarla. Es hora de encarar colectivamente esta cuestión crucial.


El autor dirige la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo (BID-Noruega). Su último libro es Más ética, más desarrollo (Editorial Temas).


Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, 27 de mayo de 2004.