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Asunto:NoticiasdelCeHu 825/04 - El Frente Amplio se apresta a gobernar. Un debate desde la otra orilla ( Uruguay )
Fecha:Viernes, 28 de Mayo, 2004  03:04:09 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 825/04
 
 
 
un debate desde la otra orilla
                            El Frente Amplio se apresta a gobernar
 

Uruguay
 
Querida Gente:
Perdonen por la invasión familiar, pero me parece interesante ir pasando lo que podría ser lo que se viene en Uruguay, ante tanta expectativa con el Frente Amplio y su casi segura victoria. Ante los intentos de reprogramar el capitalismo (pero ahora 'bueno' ya que el capitalismo no es, parece escencialmente ni bueno ni malo, con la fórmula que inmortalizó el ex guerrilero tupamaro -actual senador del MLN-MMP, Pepe Mujica, de luchar por un 'capitalismo como la gente', frase digna de una Carrió un poquín más campechana) me parece que es bueno tener en cuenta qué se promete, para luego ver si debemos quejarnos o no y por qué. Les envío una opinión de mi hermano sobre la opinión de un alto militante del MLN, gente que ya ha resignado la bandera de los DDHH, la del aborto (Eleuterio Fernández Huidobro, senador por el MLN-MPP votó en contra del aborto), y ahora ya no queda casi nada. Dicen que "lo único que no puede resignarse es la victoria". O sea: como Menem.
Gonzalo Moyano


Compañeros:
 
En Brecha 14-05-04 en la columna "Debate Abierto" se publica una nota de Eduardo Bonomi (diputado nacional por el MPP, Frente Amplio, dirigente del MLN-Tupamaros, ex-guerrillero de esa organización y ex-preso político durante la dictadura militar) titulada "Liberación nacional, socialismo y poscapitalismo". Dado que la misma representa un punto de vista que ha cobrado bríos entre nuestra militancia de izquierda y que, a mi entender, muestra el gran retroceso ideológico y -hasta diría- psicológico de nuestra izquierda (me refiero a la psicología de masas, la composición mental, el ánimo y disposición subjetiva ante a realidad), es que he decidido contestarla públicamente. He enviado este texto al semanario Brecha, no tengo respuesta aún sobre su publicación. Pero quiero hacerla circular en forma independiente, a través de las distintas páginas de libre acceso de que hoy se dispone, y agradezco a todos los que quieran publicarla en cualquier lugar, o simplemente reenviarla a otros. Agradezco más aún a aquellos que quieran polemizar conmigo sobre estos temas, y tomaré en cuenta debida y prolijamente todas las respuestas y observaciones que me quieran enviar.
A continuación de mi nota incluyo el texto de Bonomi, por si Uds. no lo conocen. A su vez, como el amigo Bonomi parece invocar la opinión de Marx sobre los campesinos franceses manifestada en el "18 Brumario", me he tomado la libertar de incluir un extenso fragmento de dicha obra de Marx, por si algunos lectores quieren hacerse su propia idea sobre lo que realmente dijo Marx en esa oportunidad.
Muchas gracias, y disculpen el plomo.
 
Fernando Moyano
Centro Carlos Marx
 
 

Una nueva fase del socialismo
A  propósito de "Liberación nacional, socialismo y poscapitalismo", de Eduardo Bonomi
 
"Las menciones que hizo Mujica sobre un capitalismo como la gente... " han provocado una serie de reacciones entre los militantes de la izquierda. Eduardo Bonomi sale a hacer las aclaraciones del caso en Brecha, Liberación nacional, socialismo y poscapitalismo, 14-05-04, y comienza por citar como testigo de la defensa a José Díaz: "El Pepe Mujica no ha dejado de ser socialista desde el punto de vista de sus ideales...". (Subrayado por nosotros).
 
En cuanto a las preocupaciones de Bonomi, que no se le responda desde las "lógicas electorales" o a la disparada y sin la debida "profundización de los conceptos teóricos", trataremos. Me parece que más bien está hablando de su propio problema.
 
Ciertamente, el empeño del MPP de ganar electorado por la derecha lo ha llevado a exagerar la nota. De ahí las expresiones mencionadas sobre rescatar el lado "bueno" del capitalismo, la leyenda dorada de un modo de producción progresivo que da trabajo a los pobres y desarrollo económico a los países, de capitalistas emprendedores que buscan aportar a la sociedad, militares nacionalistas que nos defenderán del imperialismo, políticos reaccionarios de toda la vida que ahora comprenden su error. Pero la tradición ideológica de nuestros militantes de izquierda se muestra desconcertada ante el viraje. Si tan buena es la derecha ¿para qué se necesita una izquierda? Si tan bueno es el capitalismo ¿para qué el socialismo? Si leemos a Bonomi con cuidado veremos que el socialismo es un ideal que debemos conservar inmaculado en el cajón, pero arriba de la mesa hoy tenemos otras cosas por imperio de las "condiciones nacionales e internacionales". Bonimi reclama que no le respondamos desde el deber ser del socialismo sino desde esta realidad.
 
Pisando con mucha seguridad, comienza con una osada afirmación: "La discusión sobre el socialismo en un país subdesarrollado, como el Uruguay, se saldó en la década del 60". Veamos que tanto y tan bien. Y este es el saldo, según sus cuentas: "La construcción del socialismo requiere no sólo del alto desarrollo de fuerzas productivas a escala mundial, sino también de un alto nivel de desarrollo cultural y económico en cada país... el socialismo como forma de producción superior al capitalismo sólo puede ser alcanzado cuando se dispone de fuerzas productivas por lo menos igualmente desarrolladas que las del capitalismo en su fase más avanzada".
 
Nos produce cierto fastidio volver sobre estas viejas cuestiones "saldadas", pero reconocemos fácilmente la teoría de Bonomi: es la clásica concepción menchevique y kauskiana. La Revolución de Octubre fue un error, porque Rusia no tenía un capitalismo suficientemente desarrollado, había que haber apoyado una fase previa de capitalismo productivo y con justicia social que crease las condiciones, un capitalismo como la gente. Lo mismo puede decirse de todos los subsiguientes procesos revolucionarios en el Tercer Mundo. También acota Bonomi que él no es original al "preguntarse [como muchos otros] si se podía seguir llamando socialistas a las sociedades poscapitalistas". No se trata entonces de que la Revolución Rusa fuese "traicionada", o "desfigurada", o "truncada", simplemente es la lógica consecuencia de meterse (como todos los otros revoluionarios socialistas del Tercer Mundo) en camisas de once varas, querer construir el socialismo cuando "no hay condiciones". Y no son sólo Bonomi y Ramón Díaz quienes han llegado a esta conclusión y piensan así con pleno derecho, porque después de todo están señalando algo que efectivamente pasó.
 
Pero dejemos a los lejanos mencheviques que nunca terminan de irse por el resumidero de la Historia. ¿Qué ha pasado con Cuba, un pequeñismo "país subdesarrollado y dependiente como Uruguay"?  Evidentemente, ninguna condición, y menos a fines de los 50, para construir una sociedad socialista, y los jóvenes revolucionarios cubanos no se proponían hacerlo; tenían en sus cabezas una confusa idea que tal vez pudiese parecerse a un "capitalismo como la gente". Pero la realidad se les impuso, no había otro camino para sacar a Cuba del atraso y la dependencia que tratar de construir el socialismo, y enseguida. No se podía esperar a que hubiese "condiciones", las condiciones las debía crear la propia revolución socialista. Los "burgueses como la gente" cubanos fueron desde el primer momento claramente contrarrevolucionarios, no formaron ninguna "gran alianza de clase", la revolución se hizo contra ellos. Y hoy las condiciones internacionales son todavía peores. Los cubanos deberían dejar el ideal socialista para después, porque el socialismo "requiere de condiciones nacionales e internacionales que lo permitan". Y no nos hagamos los locos tampoco aquí en el paisito o los yanquis nos meterían un bloqueo, recordemos que "son muy pocos los que ahora creen que sea posible construir el socialismo en un solo país subdesarrollado, dependiente y enormemente atrasado". Pero la respuesta al imperialismo no es, para Bonomi, el internacionalismo socialista revolucionario, sino el nacionalismo pro-capitalista pragmático. 
 
Pero dejemos también a Cuba (y a Nicaragua, donde los revolucionarios intentaron "darle su espacio" a la burguesía, que se ocupase solamente de "producir", y así les fue) porque en última instancia se trata de rupturas revolucionarias violentas, y ya sabemos que Bonomi y Mujica son ex-guerrilleros que hoy han renunciado al camino de la lucha armada y aceptan limitarse a lo que sea posible dentro de los marcos institucionales del Estado burgués. Veamos entonces los casos de intentos de transición pacífica al socialismo. El más significativo, la experiencia más enriquecedora  desde el "punto de partida" de un país capitalista subdesarrollado y dependiente es, sin duda,el Chile de Allende. Y era esa la inspiración del Frente Amplio fundacional que "conjuntó corrientes político ideológicas diferentes en el Uruguay... [y] no tenía una definición socialista". ¿Qué hicieron allí los burgueses como la gente? Apoyaron el golpe de Estado y la dictadura de Pinochet. Ciertamente, hay una lectura de este proceso que saca la conclusión por la derecha: el error de Allende fue no hacer las necesarias concesiones a la burguesía. Y lo qué esta reclamaba, y a lo que Allende se negó, era el "golpe blanco", la represión abierta contra el poder popular de los cinturones industriales y las fábricas autogestionadas por los trabajadores. Esa lectura por la derecha es el planteo de la Democracia Cristiana (en Chile y en Uruguay, la de Chile habiendo sido socia del golpe) y en base a ella y su estrategia de conciliación de clases se redefinió recientemente el programa del Frente Amplio "tercerizando" su reelaboración a manos de un demócrata cristiano. Debemos ser muy ignorantes, pero no concemos ningún caso en la Historia de una transición al socialismo de la mano de los burgueses como la gente.
 
Pero vayamos de una vez al meollo del problema, porque el artículo de Bonomi tiene sin duda la enorme virtud de plantear las cosas con claridad meridiana. La contradicción principal, nos dice
"... no se resuelve en la construcción inmediata del socialismo. No se resolvía en el 60, cuando el Uruguay tenía un desarrollo económico y productivo mucho mayor que el actual. Y mucho menos se puede resolver ahora... [en que hay una] subutilización de los recursos productivos". Y enumera a continuación los elementos: "...la tierra: son cada vez menos las hectáreas utilizadas...
la fuerza de trabajo: ese cada vez mayor el desempleo y el subempleo... el capital: es muy poca la inversión productiva...", para terminar con la constatación de que "aumentan día a día las máquinas paradas y las fábricas cerradas" (Subrayado por nosotros).
 
Digamos en primer lugar que tenemos aquí plasmada la esencia del planteo: una revolución socialista podrá hacerse en todo caso contra un capitalismo fuerte y saludable, con pleno empleo y fábricas florecientes, a nadie se le puede ocurrir hacerla contra un capitalismo en crisis, en ruinas, con una producción colapsada, en ese caso la tarea de los socialistas debera ser ayudar al capitalismo a recuperarse. "No sólo la izquierda, sino hasta el Banco Mundial sostiene que el aumento de las riquezas y la mejor distribución van juntos". Bonomi y el Banco Mundial van juntos: Primero hay que hacer crecer la torta, después se puede pensar en repartirla.
 
En segundo lugar, nos preguntamos: ¿Por qué está subutilizada la capacidad productiva de la sociedad, por qué hay desempleo y fábricas cerradas, por qué no hay inversión productiva del capital? ¿Cuál es el orígen de esta situación? Hasta ahora, los socialistas marxistas siempre contestaban: porque el capitalismo ha agotado su ciclo histórico, porque la acumulación del capital sólo puede producirse sobre la miseria creciente del pueblo, porque la burguesía es una clase de parásitos, porque el capitalismo en estos países dependientes solamente puede ser un apéndice del imperialismo, porque es un obstáculo para el desarrollo y la producción. Y precisamente por eso, al menos en nuestra vieja tradición cultural de izquierda, había que derribar al capitalismo, hacer una revolución socialista, esa sería la única esperanza para los trabajadores y el pueblo. Pero ahora parece que no podemos hacer una revolución socialista precisamente porque ¡el sistema capitalista está arruinando a la sociedad!
 
En tercer lugar se demuestra muy facilmente pese a Bonomi, que el capitalismo del Uruguay de hoy tiene un desarrollo mayor que el de los 60, mucho mayor en tanto modo de producción de capital y de extracción de plusvalor, mucho mayor en cuanto a modo intensivo de explotación del trabajo. De eso se trata precisamente. Que el capitalismo extrae hoy una cuota mucho mayor de plusvalor bajo la forma de servicio de la deuda externa, y no requiere para ello de una mayor inversión productiva, de una mayor reproducción ampliada, y regresa en parte a las formas de reproducción simple. Este capitalismo regresivo es hoy el capitalismo realmente existente, por más que se sueñe con otro.
 
Por último, los versos reaccionarios sobre las bondades del capitalismo para hacer avanzar a los países de la periferia, van a contrapelo de la realidad, los diga Bonomi o Ramón Díaz.
 
Pongamos por caso el ejemplo de la Revolución China. Fue con los mismos esquemas de "la ortodoxia soviética" que Bonomi repite puntualmente al tiempo que pretende tener un planteo superior, que se negaba la posibilidad de una revolución socialista en China en 1927, y se abogaba en cambio por una amplia "alianza de clases" como la que nos propone Bonomi. Esa revolución ocurrió en 1940. ¿Qué hubo entre tanto que la hiciese posible? ¿Una etapa de desarrollo capitalista que permitiese recuperar la producción, crear las condiciones? Todo lo contrario, un enorme retroceso económico y social, una dictadura fascista y una invasión extranjera devastadora, la traición de los burgueses como la gente. Los Bonomi chinos de entonces dirían "no se podía en el 27, cuando China tenía un desarrollo económico y productivo mucho mayor que el actual, y mucho menos se puede ahora". Y sin embargo, esa revolución socialista, semisocialista pseudosocialista presocialista o como se la llame, ocurrió. Y China tuvo durante décadas el desarrollo económico sostenido más alto del mundo. Pero no fue una excepción, la regla general ha sido que las experiencias "poscapitalistas" del Tercer Mundo, muchas de ellas aberrantes en muchos sentidos, produjesen pese a todo un desarrollo económico más acelerado que cualquier "capitalismo como la gente" en estos países, cuya regla general ha sido y sigue siendo precisamente la contraria: el desarrollo del subdesarrollo. El llamado "socialismo real" tuvo muchas cosas repudiables, pero si algo demostró con hechos incuestionables es que puede ofrecer a las sociedades "atrasadas" un camino de desarrollo y progreso mucho más real que el capitalismo. Y la restauración del capitalismo, hecha bajo expectativas pro-capitalistas, retrotrajo a estos países al subdesarrollo tercermundista.
 
Y bueno, cualquiera sabe también que Uruguay no es el ríncón más "atrasado" del Tercer Mundo, por el contrario, es uno los países perifericos más modernos, urbanizados y cultos, con mejores condiciones para el desarrollo de una verdadera sociedad socialista, sin aquellas repudiables aberraciones. Precisamente la "subutilización de los recursos productivos" que señala Bonomi quiere decir que esos recursos existen en un grado excepcionalmente benéfico, y lo que impide su utilización es el capitalismo. Y obviamente, la condición cero para el pequeño Uruguay es y siempre fue inscribir este proyecto socialista en el marco del internacionalismo proletario, y no del nacionalismo burgués, que es su antítesis.
 
No podemos dejar de hablar del argumento central de Bonomi, la necesidad de una alianza policlasista. Siempre es indignante la burda tergiversación que muchas veces se hace del pensamiento de Marx, pero esta utilización de su observación sobre una "revolución popular en el continente" refiriéndose a los países de Europa continental con un grado de desarrollo capitalista menor que Inglaterra (que ni siquiera es del "18 Brumario" sino de una carta muy posterior en que amplía lo alli dicho, y es Lenin quien al comentarla le agrega "la masa del pueblo, la inmensa mayoría de éste... [que] engloba tanto al proletariado como a los campesinos") es el colmo de la falsedad. ¿De qué habla el "18 Brumario", el más brillante texto de análisis histórico que se haya escrito? De un golpe de estado reaccionario, explorando las causas sociales últimas que lo provocan. Y demuestra paso a paso la vacuidad completa en este proceso de todas las pretendidas oposiciones, alianzas, coaliciones, etc. de burgueses como la gente, pequeñoburgueses, y sus representantes políticos, que formaban esos "enormes contingentes" con los que los socialdemócratas de entonces querían, como Bonomi, "constituir las mayorías necesarias". Cualquiera que haya leído realmente el "18 Brumario" no puede menos que tomar nota de esto, porque es el énfasis principal de Marx. Cuando dice por ejemplo que los campesinos franceses eran "una inmensa bolsa de papas", está señalando la incapacidad estructural de esa clase social en la Francia de su tiempo de poder articular un proyecto alternativo, siendo por ende manipulada por la reacción. Es absurdo tratar de convencernos de que Marx aconsejaba a los obreros que se pusiesen a la cola del equivalente francés de la Federación Rural. Lo que hacía era precisamente alertar sobre el peligro de dejarse engañar por todo ese vacuo palabrerio "progresista" de los desconformes de último minuto. Precisamente, el análisis de las razones últimas de esas inevitables inconsecuencias, es la gran contribución que nos deja el "18 Brumario".
 
Bonomi nos propone el camino contrario. En vez de atraer a los sectores vacilantes e intermedios golpeados por el capitalismo a nuestro propio proyecto anticapitalista, nos dice que debemos renunciar a nuestra condición de anticapitalistas y dejar que sean los recién llegados los que nos marquen la cancha y pongan sus reglas y su programa, que no es otro que pretender que los trabajadores recuperen la rentabilidad capitalista para provecho de ellos. En el "18 Brumario", en uno de los ejemplos más profundos de un análisis sociológico innovador del significado de las corrientes políticas, explica Marx que aunque los socialdemócratas (que así se llamaban entonces y así los llama Marx) no "sean todos tenderos o gente que se entusiasmen con ellos... lo que les hace representantes de la pequeño buguesía es que no ven más allá... de donde van los pequeños burgueses en sistema de vida" (subrayado por nosotros), porque tienen en política la misma estrechez de miras y objetivos y el mismo oportunismo que los que tienen "las mezquinas transacciones" de estos sectores sociales (esos "campesinos, pequeños y medianos propietarios y comerciantes" de Bonomi), su misma falta de destino que los lleva a no buscar otra cosa que la asistencia y el socorro interminable del Estado para compensar su irremediable debilidad cada vez mayor dentro del capitalismo. Sin duda, las alianzas son bienvenidas. Pero aquí estamos ante otra cosa: bajo la forma del esfuerzo en pos de un mitológico "capitalismo como la gente" se nos propone el abandono de nuestro propio programa alternativo en beneficio ya ni siquiera de los pequeños sino de los grandes burgueses que han saqueado y continúan saqueando nuestro país.
 
Uruguay no es un país pobre, es un país rico empobrecido por este capitalismo retrógrado y miserable. No necesitamos ningún tipo de capitalismo, necesitamos sacarnos de encima el capitalismo.   
 
Más allá de todas las consideraciones teóricas o históricas del caso, quisiéramos hacer a Bonomi, Mujica, José Díaz, o a cualquier lector que quiera contestarnos, una simple pregunta. ¿Qué quiere decir ser socialista? ¿Para qué ser socialista?
 
Si rascamos bajo la piel de cualquier hombre de pueblo sinceramente batllista de nuestro Uruguay, descubriremos un corazoncito al fin de cuentas "socialista", que cree que algún día el progreso humano evolutivo logrará un mundo con igualdad y justicia para todos, que espera pacientemente que las "condiciones nacionales e internacionales permitan priorizar las necesidades de los más sumergidos: los que no tienen trabajo o tienen un salario absolutamente insuficiente para vivir". Pero más allá de esa loable esperanza futura ¿tiene el socialismo respuestas para los problemas actuales y presentes de nuestro pueblo? ¿O tiene que pedírselas prestadas al capitalismo? Y en ese caso, repetimos, ¿qué quiere decir ser socialista?
 
Los cubanos acuñaron una palabra: "sociolismo". Se refiere a la corrupción de los funcionarios del gobierno socialista cubano y a la práctica de actuar como "socios" en la defensa de sus privilegios, una práctica siempre acompañada de palabrerío socialista. Vale la pena que recordemos esta palabra, hoy que esperamos el próximo gobierno frenteamplista.
 
Y hoy vemos en la escena política un curioso tipo de socialistas. Nos hablan de las grandes bondades del capitalismo y su potencialidad como palanca del desarrollo económico. Nos explican que habrá que recomponer la ganancia de las empresas capitalistas para poder luego "repartir sostenidamente mejor". Y los trabajadores deberán esperar, porque "si la sociedad [capitalista] en conjunto, no funciona se vienen abajo las posibilidades de realizar las reivindicaciones y los compromisos de gobierno establecidos. Si las empresas [capitalistas] productivas, rurales o urbanas, no funcionan y se caen abajo no se puede sostener el trabajo nacional; si se cae la producción también se viene abajo la posibilidad de una mejor distribución: se cae el salario y la posibilidad de generarlo". En definitiva, estamos presos del capitalismo. Lo mismo que estos socialistas, nos lo han venido explicando Batlle, Sanguinetti, Bensión, Achugarry, Alfie, Lacalle, Stirling, Larrañaga...
 
Pero siempre hay algo nuevo bajo el sol: eso se llamará "fase de liberación nacional".
 

Liberación nacional, socialismo y poscapitalismo

Por Eduardo Bonomi

"El Pepe Mujica no ha dejado de ser socialista desde el punto de vista de sus ideales, ni los compañeros que han hablado en nombre del Partido Socialista han abandonado la concepción del frente policlasista, expresión de distintos sectores sociales junto con la clase trabajadora. En realidad, hay una gran confluencia ideológica dentro del FA, que se define por el socialismo. Naturalmente, no son todos; el FA no tiene un programa socialista y tampoco capitalista. El Frente conjuntó corrientes político ideológicas diferentes en el Uruguay, y su gran virtud fue unirlas a través de una lucha social que precedió la unidad política y de un programa común, nacional, popular, de carácter democrático y avanzado." José Díaz, citado por Mario H Peralta, en "Noticia: la izquierda discute su identidad", en BRECHA del 16-I-04.

Es difícil hablar de ciertos temas cuando se mencionan en medio de un discurso electoral, sin los tiempos necesarios para profundizar los conceptos. En ese caso se corre el riesgo de que haya respuestas no desde las lógicas electorales, sino desde la teoría o de la filosofía, pero sin que se profundice lo suficiente, como ha ocurrido con las menciones que hizo Mujica sobre un capitalismo como la gente...

Inmediatamente se respondió en nombre del socialismo o de lo que deberían ser las sociedades poscapitalistas. Sin embargo, la superficialidad de los conceptos manejados no ayuda a la discusión, ni los tiempos que corren facilitan la profundización de los conceptos teóricos.

Ante la enormidad de la tarea que la historia le ha puesto por delante a nuestra izquierda, se están haciendo grandes esfuerzos por cambiar la correlación de fuerzas existente en el país, para llegar al gobierno y emprender el proceso de cambios que permitan superar veinte años de gobiernos neoliberales que nos han sumergido en la ruina actual. La priorización de la producción, el trabajo nacional, el ingreso de las familias uruguayas, la refundación del entramado social y de las tradiciones de solidaridad y cooperación que ha construido el pueblo oriental a lo largo de su historia, necesitan de la incorporación de enormes contingentes que no vienen desde la izquierda, pero que son imprescindibles para construir las mayorías necesarias para gobernar.

En ese marco se produce la discusión sobre el socialismo o las sociedades poscapitalistas.

CAPITALISMO O SOCIALISMO.

La discusión sobre el socialismo en un país subdesarrollado y dependiente, como Uruguay, se saldó en la década del 60. La contradicción principal, aquella que si no se resuelve impide el desarrollo económico, social, político y cultural, era, y sigue siendo, la que opone los pueblos en lucha a la oligarquía, el imperio a la nación soberana: la vida o la muerte de los pueblos. Y significa la defensa de la existencia misma del planeta contra la agresión permanente de los depredadores...

La contradicción entre la oligarquía y el pueblo, entre imperio y nación soberana, no se resuelve en la construcción inmediata del socialismo. No se resolvía en el 60, cuando Uruguay tenía un desarrollo económico y productivo mucho mayor que el actual. Y mucho menos se puede resolver ahora, cuando Uruguay ha caído tan bajo en el plano económico, productivo y laboral, cuando es demasiado importante la subutilización de los recursos productivos. Está subutilizada la tierra, en términos absolutos y relativos: son cada vez menos las hectáreas utilizadas y, entre éstas, son cada vez más las asignadas a actividades ineficientes. Está subutilizada la fuerza de trabajo: es cada vez mayor el desempleo y el subempleo, y entre los trabajadores en actividad son cada vez más los que desarrollan tareas improductivas. Y está subutilizado el capital: es muy poca la inversión productiva, y aumentan día a día las máquinas paradas y las fábricas cerradas.

La ortodoxia soviética se vino abajo hace más de una docena de años, y son muy pocos los que ahora creen que sea posible construir el socialismo en un solo país subdesarrollado, dependiente y enormemente atrasado.

La ortodoxia se vino abajo no por la fuerza de los argumentos de la oposición de izquierda, sino por la fuerza avasalladora de la realidad.

Toma cada vez más fuerza el concepto según el cual la construcción del socialismo requiere no sólo del alto desarrollo de fuerzas productivas a escala mundial, sino también de un alto nivel de desarrollo cultural y económico en cada país que se pretende transformar. El punto de partida es muy importante: el socialismo como forma de producción superior al capitalismo sólo puede ser alcanzado cuando se dispone de fuerzas productivas por lo menos igualmente desarrolladas que las del capitalismo en su fase más avanzada.

El desarrollo de estos conceptos llevó, en más de una ocasión, a preguntarse si se podía seguir llamando socialistas a las sociedades poscapitalistas, e incluso a ahondar en el concepto "poscapitalismo": ¿cuándo una sociedad deja de ser capitalista?

Por eso parece poco serio oponer a la expresión "un capitalismo como la gente" la inminencia del socialismo.

Tampoco parece muy serio hablar de socialismo para referirse a una mejor distribución del ingreso en la estructura capitalista, solventada por una política impositiva diferente. El socialismo implica, realmente, una nueva forma de distribución, pero apoyada, sostenida y fundamentada en la transformación de las relaciones de producción y cambio. La nueva distribución empieza con una nueva forma de organizar la producción, en nuevas relaciones de producción: ellas serán la razón permanente de una nueva forma de distribución.

EL PUNTO DE PARTIDA.

La teoría es un instrumento para analizar la realidad. No es una prótesis que se inserta, sin crítica, en cualquier realidad o en cualquier sociedad.

El manifiesto comunista fue escrito a partir del análisis del capitalismo en la fase más desarrollada de su época. Y, por lo tanto, llevó el análisis al máximo grado de abstracción.

Pero el mismo Marx, cuando puso la lupa sobre otra sociedad menos desarrollada, la Francia de mitad de siglo XIX, llegó a conclusiones complementarias y, sobre el fondo de la contradicción entre la burguesía y el proletariado, descubrió mayores complejidades y contradicciones entre distintos sectores de clase, y estableció que en Francia la revolución debía ser popular. Estableció una diferencia entre la revolución proletaria de El manifiesto comunista y la revolución popular de La lucha de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Estableció que las revoluciones, si son auténticas, son realizadas por la mayoría de la población, y si el proletariado no es mayoría de la población, la revolución tiene que surgir de una gran alianza de clase: los trabajadores, los campesinos, los pequeños y medianos propietarios y comerciantes.

En Uruguay la necesidad de luchar por la liberación nacional y el socialismo se expresa en todos sus términos, y el FA fue producto del desarrollo del trabajo en ese sentido. Pero el FA nunca tuvo un programa socialista, y los que tenemos una definición socialista lo apoyamos o nos integramos a él porque expresa fuertemente la contradicción principal de la época.

Muchas organizaciones políticas, en su momento, no apoyaron al FA: discreparon con él porque no tenía una definición socialista ni expresaba en toda su dimensión la contradicción capital-trabajo. Casi todas esas organizaciones corrigieron su posición y, posteriormente, ingresaron al FA. Éste, sin embargo, sigue sin tener una definición socialista, y no se puede analizarlo y criticarlo como si la tuviera y no fuera consecuente con ella.

POSIBILIDAD Y NECESIDAD.

Se dice que la política es el arte de lo posible. En realidad, la política es el arte de transformar lo necesario en posible.

Sin embargo, hay que establecer qué es lo necesario y quién lo determina. En política, y en una sociedad de clases, cuando se habla de necesidad se tiene que hablar de lo socialmente necesario. No hablamos de lo corporativamente necesario. No hablamos de las necesidades de grupos o sectores aislados: hablamos de las necesidades sociales, hablamos de las necesidades históricas de los trabajadores y de los pueblos.

En los países subdesarrollados y dependientes la realización de esas necesidades pasa por una fase de liberación nacional. Ello significa la necesidad de llevar adelante una amplia alianza de clases.

Estamos hablando de concreciones y no de abstracciones. Y esas concreciones se tienen que producir en el marco de una sociedad que funcione, en el plano interno y en sus relaciones internacionales.

Si la sociedad, en conjunto, no funciona se vienen abajo las posibilidades de realizar las reivindicaciones y los compromisos de gobierno establecidos. Si las empresas productivas, rurales o urbanas, no funcionan y se caen abajo no se puede sostener el trabajo nacional; si se cae la producción también se viene abajo la posibilidad de una mejor distribución: se cae el salario y la posibilidad de generarlo.

No se trata de aumentar la producción para luego repartir mejor: no sólo la izquierda, sino hasta el Banco Mundial sostiene que el aumento de las riquezas y la mejor distribución van juntos. No obstante, sostener la producción de riquezas es la condición necesaria, pero no suficiente, para repartir sostenidamente mejor.

El hecho de que la sociedad funcione también es una necesidad. No se puede hablar de necesidad y posibilidad en abstracto. El arte de transformar lo históricamente necesario en históricamente posible sólo se puede realizar en el marco de un proceso que requiere de condiciones nacionales e internacionales que lo permitan, que permitan priorizar las necesidades de los más sumergidos: los que no tienen trabajo o tienen un salario absolutamente insuficiente para vivir.

Si ese proceso pasa por la responsabilidad del gobierno, éste tiene que asegurar el funcionamiento colectivo de la sociedad.

El gobierno, a su vez, no se puede agotar en sí mismo. Tiene que expresar la lucha por una verdadera refundación nacional, por la reconstrucción del país sobre bases nuevas. Y ello sólo se podrá hacer si somos capaces de convocar a las grandes mayorías nacionales a una lucha por la supervivencia de la producción, el trabajo nacional y el ingreso de las familias uruguayas, por la solidaridad y la justicia social.


Karl MARX - EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

Capítulo VII - Fragmento referido a los campesinos franceses

Y, sin embargo, el poder del Estado no flota en el aire. Bonaparte representa a una clase, que es, además, la clase más numerosa de la sociedad francesa: los campesinos parcelarios.

Así como los Borbones eran la dinastía de los grandes terratenientes y los Orleans la dinastía del dinero, los Bonapartes son la dinastía de los campesinos, es decir, de la masa del pueblo francés. El elegido de los campesinos no es el Bonaparte que se sometía al parlamento burgués, sino el Bonaparte que le dispersó. Durante tres años consiguieron las ciudades falsificar el sentido de la elección del 10 de diciembre y estafar a los campesinos la restauración del imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848 no se consumó hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo, ni aplicación alguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo, ni diversidad e talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus materiales de existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la sociedad. La parcela, el campesino y su familia; y al lado, otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas forman una aldea, y unas cuantas aldeas, un departamento. Así se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas. En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquéllos forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una Convención. No pueden representarse, sino que tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol. por consiguiente, la influencia política de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión en el hecho de que el poder ejecutivo somete bajo su mando a la sociedad.

La tradición histórica hizo nacer en el campesino francés la fe milagrosa de que un hombre llamado Napoleón le devolvería todo el esplendor. Y se encuentra un individuo que se hace pasar por tal hombre, por ostentar el nombre de Napoleón gracias a que el Code Napoléon ordena. «La recherche de la paternité est interdite». Tras 20 años de vagabundaje y una serie de grotescas aventuras, se cumple la leyenda, y este hombre se convierte en emperador de los franceses. La idea fija del sobrino se realizó porque coincidía con la idea fija de la clase más numerosa de los franceses.

Pero, se me objetará: ¿y los levantamientos campesinos de media Francia, las batidas del ejército contra los campesinos, y los encarcelamientos y deportaciones en masa de campesinos?

Desde Luis XIV, Francia no ha asistido a ninguna persecución semejante de campesinos «por manejos demagógicos».

Pero entiéndase bien. La dinastía de Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador; no representa al campesino que pugna por salir de su condición social de vida, la parcela, sino al que, por el contrario, quiere consolidarla; no a la población campesina, que, con su propia energía y unida a las ciudades, quiere derribar el viejo orden, sino a la que, por el contrario, sombríamente retraída en este viejo orden, quiere verse salvada y preferida, en unión de su parcela, pro el espectro del imperio. No representa la ilustración, sino la superstición del campesino, no su juicio; sino su prejuicio, no su porvenir, sino su pasado, no sus Cévennes modernas, sino su moderna Vendée.

Los tres años de dura dominación de la república parlamentaria habían curado a una parte de los campesinos franceses de la ilusión napoleónica y los habían revolucionado, aun cuando sólo fuese superficialmente; pero la burguesía los empujaba violentamente hacia atrás cuantas veces se ponían en movimiento. Bajo la república parlamentaria, la conciencia moderna de los campesinos franceses pugnó con la conciencia tradicional. El proceso se desarrolló bajo la forma de una lucha incesante entre los maestros de escuela y los curas. La burguesía abatió a los maestros. Por vez primera los campesinos hicieron esfuerzos para adoptar una actitud independiente frente a la actividad del Gobierno. Esto se manifestó en el conflicto constante de los alcaldes con los prefectos. La burguesía destituyó a los alcaldes. Finalmente, los campesinos de diversas localidades se levantaron durante el período de la república parlamentaria contra su propio engendro, el ejército. La burguesía los castigó con estados de sitio y ejecuciones. Y esta misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez de las masas, de la vile multitude que la ha traicionado frente a Bonaparte. Fue ella misma la que consolidó con sus violencias las simpatías de la clase campesina por el Imperio, la que ha mantenido celosamente el estado de cosas que forman la cuna de esta religión campesina. Claro está que la burguesía tiene necesariamente que temer la estupidez de las masas, mientras siguen siendo conservadoras, y su conciencia en cuanto se hacen revolucionarias.

En los levantamientos producidos después del golpe de Estado, una parte de los campesinos franceses protestó con las armas en la mano contra su propio voto del 10 de diciembre de 1848. La experiencia adquirida desde 1848 les había abierto los ojos. Pero habían entregado su alma a las fuerzas infernales de la historia, y ésta los cogía por la palabra, y la mayoría estaba aún tan llena de prejuicios, que precisamente en los departamentos más rojos la población campesina votó públicamente por Bonaparte. Según ellos, la Asamblea Nacional le había impedido caminar. Ahora no había hecho más que romper las ligaduras que las ciudades habían puesto a la voluntad del campo. En algunos sitios, abrigaban incluso la idea grotesca de colocar, junto a un Napoleón, una Convención.

Después de la primera revolución había convertido a los campesinos semisiervos en propietarios libres de su tierra. Napoleón consolidó y reglamentó las condiciones bajo las cuales podrían explotar sin que nadie les molestase el suelo de Francia que se les acababa de asignar, satisfaciendo su afán juvenil de propiedad. Pero lo que hoy lleva a la ruina al campesino francés, es su misma parcela, la división del suelo, la forma de propiedad consolidada en Francia por Napoleón. Fueron precisamente las condiciones materiales las que convirtieron al campesino feudal francés en campesino parcelario y a Napoleón en emperador. Han bastado dos generaciones para engendrar este resultado inevitable: el empeoramiento progresivo de la agricultura y endeudamiento progresivo del agricultor. La forma «napoleónica» de propiedad, que a comienzos del siglo XIX era la condición para la liberación y el enriquecimiento de la población campesina francesa, se ha desarrollado en el transcurso de este siglo como la ley de su esclavitud y de su pauperismo. Y es precisamente esta ley la primera de las idees napoléoniennes que viene a afirmar el segundo Bonaparte. Si comparte todavía con los campesinos la ilusión de buscar la causa de su ruina, no en su misma propiedad parcelaria, sino fuera de ella, en la influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos se estrellarán como pompas de jabón contra las relaciones de producción.

El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha invertido de raíz la relación de los campesinos con las demás clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación del suelo en el campo completaba la libre concurrencia y la gran industria incipiente de las ciudades. La clase campesina era la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente, que se acababa de derribar. Las raíces que la propiedad parcelaria echó en el suelo francés quitaron al feudalismo toda sustancia nutritiva. Sus mojones formaban el baluarte natural dela burguesía contra todo golpe de mano de sus antiguos señores. Pero en el transcurso del siglo XIX pasó a ocupar el puesto de los señores feudales el usurero de la ciudad, las cargas feudales del suelo fueron sustituidas por la hipoteca y la aristocrática propiedad territorial fue suplantada por el capital burgués. La parcela del campesino sólo es ya el pretexto que permite al capitalista sacar de la tierra ganancia, intereses y renta, dejando al agricultor que se las arregle para sacar como pueda su salario. Las deudas hipotecarias que pesan sobre el suelo francés imponen a los campesinos de Francia un interés tan grande como los intereses anuales de toda la deuda nacional británica. La propiedad parcelaria, en esta esclavitud bajo el capital a que conduce inevitablemente su desarrollo, ha convertido a l amasa de la nación francesa en trogloditas. Dieciséis millones de campesinos (incluyendo las mujeres y los niños) viven en chozas, una gran parte de las cuales sólo tienen una abertura, otra parte, dos solamente, y las privilegiadas, tres. Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos para la cabeza. El orden burgués, que a comienzos del siglo puso al Estado de centinela de la parcela recién creada y la abonó con laureles, se ha convertido en un vampiro que le chupa la sangre y la médula y la arroja ala caldera de alquimista del capital. El Code Napoléon no es ya más que el código de los embargos, de las subastas y de las adjudicaciones forzosas. A los cuatro millones (incluyendo niños, etc.) de paupers oficiales, vagabundos, delincuentes y prostitutas, que cuenta Francia, hay que añadir cinco millones, cuya existencia flota al borde del abismo y que o bien viven en el mismo campo desertan constantemente, con sus harapos y sus hijos, del campo a las ciudades y de las ciudades al campo. Por tanto, los intereses de los campesinos no se hallan ya, como bajo Napoleón, en consonancia, sin en contraposición con los intereses de la burguesía, con el capital. Por eso los campesinos encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués. Pero el Gobierno fuerte y absoluto -que es la segunda idée napoléoninne que viene a poner en práctica el segundo Napoleón- está llamado a defender por la violencia este orden «material». Y este orden material es también el tópico en todas las proclamas de Bonaparte contra los campesinos rebeldes.

Junto a la hipoteca, que el capital le impone, pesan sobre la parcela los impuestos. Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparado del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas. La propiedad parcelaria se presta por la naturaleza para servir de base a una burocracia omnipotente e innumerable. Crea un nivel igual de relaciones y de personas en toda la faz del país. Ofrece también, por tanto, la posibilidad de influir por igual sobre todos los puntos de esta masa igual desde un centro supremo. Destruye los grados intermedios aristocráticos entre la masa del pueblo y el poder del Estado. Provoca, por tanto, desde todos los lados, la injerencia directa de este poder estatal y la interposición de sus órganos inmediatos. Y, finalmente, crea una superpoblación parada y no encuentra cabida ni en el campo ni en las ciudades y que, por tanto, echa mano de los cargos públicos como de una respetable limosna, provocando la creación de cargos del Estado. Con los nuevos mercados que abrió a punta de bayoneta, con el saqueo del continente, Napoleón devolvió los impuestos forzosos con sus intereses. Estos impuestos eran entonces un acicate para la industria del campesino, mientras que ahora privan a su industria de sus últimos recursos y acaban de exponerle indefenso al pauperismo. Y de todas las idées napoléoniennes, la de una enorme burocracia, bien galoneada y bien cebada, es la que más agrada al segundo Bonaparte. ¿Y cómo no había de agradarle, si se ve obligado a crear, junto a las clases reales de la sociedad una casta artificial, para la que el mantenimiento de su régimen es un problema de cuchillo y tenedor? Por eso, una de sus primeras operaciones financieras consistió en elevar nuevamente los sueldos de los funcionarios a su altura antigua y en crear nuevas sinecuras.

Otra idée napoléonienne es la dominación de los curas como medio de gobierno. Pero si la parcela recién creada, en su armonía con la sociedad, en su dependencia de las fuerzas de la naturaleza y en su sumisión a la autoridad que la protegía desde lo alto era, naturalmente, religiosa, esta parcela, comida de deuda, divorciada de la sociedad y de la autoridad y forzada a salirse de sus propios horizontes, limitados, se hace, naturalmente, irreligiosa. El cielo era una añadidura muy hermosa al pequeño pedazo de tierra acabado de adquirir, tanto más cuanto que de él viene el sol y la lluvia, pero se convierte en un insulto tan pronto como se le quiere imponer a cambio de la parcela. En este caso, el cura ya sólo aparece como el ungido perro rastreador de la policía terrenal: otra idée napoléonienne. La próxima vez, la expedición contra Roma se llevará a cabo en la misma Francia, pero en sentido inverso al del señor Montalembert.

Finalmente, el punto culminante de las idées napoléoniennes es la preponderancia del ejército. El ejército era el point d'honneur de los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo su nueva propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El uniforme era su ropa de gala; la guerra su poesía; la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo la forma ideal del sentido de la propiedad. Pero los enemigos contra quienes ahora tiene que defender su propiedad el campesino francés no son los cosacos, son los alguaciles y los agentes ejecutivos del fisco. La parcela no está ya enclavada en lo que llaman patria, sino en el registro hipotecario. El mismo ejército ya no es la flor de la juventud campesina, sino la flor del pantano del lumpemproletariado campesino. Está formado en su mayoría por remplaçants, por sustitutos, del mismo modo que el segundo Bonaparte no es más que el remplaçant, el sustituto de Napoleón. sus hazañas heroicas consisten ahora en las cacerías y batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y si las contradicciones internas de su sistema lanzan al jefe de la Sociedad del 10 de diciembre del otro lado de la frontera francesa, tras algunas hazañas de bandidaje el ejército no cosechará precisamente laureles, sino palos.

Como vemos, todas las «idées napoléoniennes» son las ideas de la parcela incipiente, juvenil, pero constituyen un contrasentido para la parcela caduca. No son más que las alucinaciones de su agonía, palabras convertidas en frases, espíritus convertidos en fantasmas. Pero la parodia del imperio era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa de peso de la tradición y hacer que se destacase nítidamente la contraposición entre el Estado y la sociedad. Conforme avanza la ruina de la propiedad parcelaria, se derrumba el edificio del Estado construido sobre ella. La centralización del Estado, que la sociedad moderna necesita, sólo se levanta sobre las ruinas de la máquina burocrático-militar de gobierno, forjada por oposición al feudalismo.

Las condiciones de los campesinos franceses nos descubren el misterio de las elecciones generales del 20 y 21 de diciembre, que llevaron al segundo Bonaparte al Sinaí pero no para recibir leyes, sino para darlas.


Fuente: ListaEDI, Argentina.