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Asunto:NoticiasdelCeHu 287/02 - Entrevista a Norman Birnbaum
Fecha:Domingo, 9 de Junio, 2002  21:35:55 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Mabel

NCeHu 287/02
 
 

ENTREVISTA    NORMAN BIRNBAUM - CATEDRÁTICO EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD DE GEORGETOWN

'Hay que idear modelos económicos que desafíen a los neoliberales'

JOSÉ MARÍA RIDAO



'El éxito de Le Pen en las presidenciales francesas fue acogido con cierta alegría en algunos sectores de EE UU, sobre todo porque humillaba a Francia'

'En la clase dirigente europea, nadie hace hoy profesión de antiamericanismo; una parte de la clase dirigente de EE UU se declara abiertamente antieuropea'

'Zapatero habla de un Estado 'ni obeso ni anoréxico', pero el PSOE no ha desarrollado todavía una política económica distinta de la del PP'

'Está en juego, debido a la competencia global, ese modelo de bienestar social que pretende redistribuir los beneficios sociales a partir de los impuestos'

'El control político de la economía es el único medio para impedir que el capital colonice la totalidad de la cultura y de la existencia'

Rápido en las respuestas, trasluciendo convicción en cada una de sus palabras, la conversación de Norman Birnbaum destaca sobre todo por la extraordinaria libertad con la que se expresa. Como otros destacados intelectuales de la corriente crítica y radical norteamericana, no sólo sus razonamientos, sino también los términos con los que los expresa, acaban poniendo en evidencia, por contraste, la autocensura, la envarada contención, desde la que parece hablar la socialdemocracia a este lado del Atlántico.

Pregunta. En Europa se ha recibido con sorpresa, por no decir con indignación, la idea lanzada desde algunos medios norteamericanos de que las críticas europeas a la política de Ariel Sharon hacia los palestinos obedecen a un persistente reflejo antisemita.

Respuesta. Gran parte de los mensajes procedentes de Estados Unidos tiene un objetivo preciso: presionar a Europa para que adopte sus posiciones en el conflicto. Y hay muchos apologistas en la prensa dispuestos a profundizar en esta línea.

P. ¿Es sólo la prensa la que alimenta esta posición o participan también los medios oficiales?

R. El Gobierno de Bush no la ve con desagrado, debido a las presiones del lobby proisraelí. Conviene no olvidar una cosa. En la clase dirigente europea, nadie hace hoy profesión de antiamericanismo. Por el contrario, una parte de la clase dirigente norteamericana se declara abiertamente antieuropea. A su juicio, los europeos son perezosos que viven a costa del Estado de bienestar, son parásitos en términos de defensa. Y, por descontado, tienen un trasfondo nacionalista y antisemita. Permítame decirle que harían bien ignorando estas críticas.

P. Y sin embargo, constituyen la prueba de que, al igual que en el pasado, se prefiere enjuiciar los estereotipos antes que los hechos.

R. Aplicada a Israel, ¿qué sentido tiene la categoría tradicional de antisemitismo? Los israelíes no son una minoría perseguida y confinada en un gueto. Son, por el contrario, ciudadanos de un Estado con armamento nuclear, forman parte de un país con altos niveles de bienestar y uno de los más poderosos ejércitos del mundo. Entre los norteamericanos que conocen Europa, nadie piensa que aquí se esté viviendo una nueva ola de antisemitismo. Subsisten, sin duda, ciertos reflejos entre la población cristiana, pero no veo cómo podría ser de otra manera después de 2.000 años de historia. Ha habido, además, ataques contra sinagogas, pero se explican como una extensión en suelo europeo del conflicto que libran musulmanes y judíos en Oriente Próximo. Existe, por último, una derecha rancia que hace gala de antisemitismo. Pero incluso esta derecha admira al Ejército israelí, porque combate a los árabes. En cualquier caso, no es un fenómeno exclusivo de los europeos. También en Estados Unidos hay gente que odia a los intelectuales judíos, pero admira a los generales israelíes.

P. A juzgar por esta paradoja, da la impresión de que se estuvieran invirtiendo las simpatías y antipatías tradicionales; la ultraderecha emergente en Europa, que se muestra benevolente con el pasado nazi y fascista, se caracteriza, sin embargo, por un sentimiento de odio contra los musulmanes y no tanto contra los judíos.

R. El éxito de Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas fue acogido con cierta alegría en algunos sectores de Estados Unidos. Sobre todo porque humillaba a Francia, porque -pensaban- esto enseñaría a los franceses a no darnos lecciones. De todas formas, esa inversión de las simpatías y antipatías no es completa. Los líderes de la comunidad judía en Francia no han apoyado a Le Pen. Han existido, quizá, casos aislados, personas de clase media baja, simpatizantes de Betah, el grupo de apoyo al Likud. Como la comunidad judía americana, la europea también está dividida. Muchos intelectuales y políticos judíos franceses han exigido en público un comportamiento diferente a Israel.

P. No sé si ha advertido que, pese a ser considerados ambos pueblos semitas por los teóricos del siglo XIX, el término antisemitismo se aplica sólo a los ataques contra los judíos. Cuando se trata de ataque contra musulmanes, se habla de racismo, aunque la creencia en el islam nada tenga que ver con la raza.

R. Durante 2.000 años, los judíos han vivido integrados en la civilización cristiana y europea con momentos de mayor y menor dificultad, y algunas veces con profundo dramatismo. Por su parte, los musulmanes gobernaron en España hasta 1492 y estuvieron a las puertas de Viena. La historia es, pues, muy diferente. Unos eran vistos como una nación sin tierra, con sus propias leyes en el interior de un Estado ya constituido. Los otros, por el contrario, representaban la frontera de Europa, un peligro militar, un riesgo geopolítico. La noción de antisemitismo fue desarrollada en el siglo XIX con el exclusivo propósito de separar a los judíos del resto de los europeos a partir de la cultura y de la herencia biológica, en aplicación de las teorías racistas. En ese momento no se pensaba en los musulmanes, que estaban fuera de Europa. En Estados Unidos, por su parte, los pocos ciudadanos árabes que había eran mayoritariamente cristianos. Inmigrantes procedentes de Líbano, mitad palestinos. Por tanto, creo que el diferente uso que hoy se hace de términos como antisemitismo y racismo encuentra su explicación en la historia, no en su función ideológica actual. Dicho esto, creo también que la reacción frente a los inmigrantes árabes no cristianos tiene indudables rasgos en común con el antisemitismo tradicional.

P. Decía usted que una parte de la clase dirigente norteamericana ve a los europeos como perezosos que viven a costa del Estado de bienestar. Entiendo que este juicio obedece más al deseo de criticar un modelo económico que al simple hecho de menospreciar a los europeos.

R. Estados Unidos tiene también un Estado de bienestar; un Estado de bienestar desarrollado a lo largo del siglo XX por los grandes presidentes reformistas: Theodore Roosevelt, Wilson, Franklin Roosevelt, Truman y Johnson. En primer lugar, disponemos de un sistema universal de pensiones, que incluye la de incapacidad, esto es, un salario de por vida para las personas que no están en condiciones de desarrollar ningún trabajo. En segundo lugar, existen dos sistemas para la atención sanitaria. Todo ciudadano por encima de los 75 años tiene derecho a ella a través de la Seguridad Social. Es un sistema insuficiente que padece una falta crónica de recursos, pero es universal. Y lo mismo se puede decir de la atención sanitaria para los ciudadanos empobrecidos. El problema se presenta, lógicamente, para la gente que se encuentra entre ambas categorías, que no está jubilada y que trabaja. Por último, el Estado lleva a cabo un considerable esfuerzo en educación.

P. A ello habría que unir la labor social de los sindicatos.

R. Sí, de hecho gestionan un semi-Estado de bienestar. El origen hay que buscarlo a final de los años cuarenta, cuando se establecieron contratos sindicales para suplir las deficiencias públicas en materia de sanidad o desempleo. En cualquier caso, todos estos componentes, todos estos sistemas de protección, públicos y sindicales, permiten afirmar que la idea de que en Estados Unidos rige el capitalismo puro y duro mientras que en Europa se ha impuesto el Estado de bienestar resulta demasiado simple.

P. ¿Y esa clase dirigente a la que antes se refería pone también en tela de juicio el Estado de bienestar norteamericano?

R. En Estados Unidos, lo mismo que en Europa, gran parte de quienes critican las garantías de empleo provistas por el Estado de bienestar son profesores con puestos asegurados de por vida o economistas a los que se recompensa por defender los argumentos del capital. El razonamiento económico es, en realidad, ideológico y político, no científico.

P. ¿En qué medida esas críticas centran el debate político en Estados Unidos?

R. De hecho, la defensa y la extensión del Estado de bienestar ha sido y es uno de los ejes mayores de la política norteamericana. Después de las últimas elecciones presidenciales, los republicanos querían reducirlo, poner un límite a su expansión. Pero los planes de privatización de la Seguridad Social se han visto entorpecidos por el escándalo de Enron y por la caída de las bolsas. Los norteamericanos han perdido mucho dinero en la Bolsa, en particular los pequeños ahorradores. Por otra parte, se sabe que el nivel de vida medio de los europeos no es peor que el de los norteamericanos, pese a tener una Seguridad Social con mayor cobertura, un mejor seguro de desempleo y, en definitiva, un Estado de bienestar más universal e inclusivo.

P. Entonces, y frente a lo que parece desprenderse del triunfo de los conservadores en la mayor parte de los países desarrollados, el futuro del Estado de bienestar no está aún decidido.

R. El Estado de bienestar no es solamente una creación de la izquierda. Como se sabe, la democracia cristiana tuvo también una participación muy activa. La idea de que nadie debe vivir por debajo de un mínimo no es ni siquiera patrimonio de los partidos democráticos, e inspiró lo mismo a la izquierda comunista que a los nacionalsocialistas, a los fascistas de Mussolini y, hasta cierto punto, a la Falange en España, por corrupta e ineficaz que fuese su gestión. En cualquier caso, lo que hoy está en juego, debido a la competencia global, es ese modelo de Estado de bienestar que pretende redistribuir los beneficios sociales a partir de los impuestos. Se puede cerrar una fábrica en Barcelona y abrirla en México o Brasil. O mejor en Corea o en China, donde un Estado autoritario se encarga de que los sindicatos no creen problemas. Desde el momento en que no existe ningún mecanismo internacional que asegure el establecimiento de prestaciones sociales, las empresas buscarán los países con un coste laboral más bajo, y esto supone una desventaja para los que mantienen un coste más elevado. Incluido Estados Unidos. No tiene más que ir a San Diego o a El Paso y cruzar la frontera. En estas circunstancias, cabe hacerse una pregunta: ¿ante quién son responsables los Gobiernos? ¿Ante las empresas globales que quieren producir más barato o ante los ciudadanos cuyas condiciones de vida se verán afectadas como consecuencia de las relaciones económicas con el resto del mundo?

P. Hablaba antes de la confluencia de la democracia cristiana con la socialdemocracia para construir ese Estado de bienestar que redistribuye a partir de los impuestos. ¿Piensa que la tercera vía, y en general la nueva socialdemocracia, podría estar haciendo el camino de regreso, esto es, confluyendo con los conservadores para desmantelarlo?

R. Uno de los más cercanos asesores de Blair y antiguo ministro, Mandelson, declaró que la tercera vía es sobre todo una cuestión de retórica y dijo que el nuevo laborismo adolece de falta de sustancia. El último presupuesto británico e, incluso, el segundo programa electoral del laborismo prometían más y mejores servicios públicos, en abierta contradicción con la tercera vía, a la que Blair no se ha vuelto a referir. El uso de la idea de 'nuevo centro' por parte de Schröder carece de contenido, ha desmovilizado a su electorado y acaba de ser abandonada en favor de los proyectos socialdemócratas clásicos por temor a una derrota electoral. Jospin definió su programa como no socialista y sus votantes le abandonaron. Clinton aceptó la tercera vía para justificar el abandono de las posiciones de los demócratas a favor de la redistribución, y Gore perdió. La socialdemocracia y el reformismo social norteamericano se han comprometido con el capital, y lo único que están demostrando así es su falta de convicción, su incapacidad intelectual para controlar la nueva situación global si no es en los términos establecidos por los conservadores.

P. ¿Y los socialistas españoles?

R. La situación durante los primeros Gobiernos de Felipe González era distinta. González se dio cuenta de que tenía enfrente dos desafíos. Primero, la modernización de la sociedad española, que salía de una dictadura como la de Franco. Segundo, la extensión de la justicia social a través de la construcción del Estado de bienestar en España. En 1993, los socialistas españoles habían perdido el impulso. Almunia puso en marcha un interesante proceso de reflexión que buscaba una nueva síntesis, pero no tuvo tiempo. En cualquier caso, el Partido Popular no ganó sobre la base de discutir el modelo de capitalismo, sino sobre otros aspectos de la vida política en España. Por último, Zapatero habla de un Estado 'ni obeso ni anoréxico', pero el PSOE no ha desarrollado todavía una política económica distinta de la del PP, que lo que ofrece es una gestión tecnocrática y un alineamiento con el capital. El PP se está distanciando, de hecho, de sus orígenes, vinculados a la doctrina social católica. Resultaría lamentable que el PSOE se sumase a él en la promoción de una idea de sociedad cada vez más atomizada.

P. ¿Dónde podrá encontrar la socialdemocracia ese perfil que le falta?

R. No olvide que la idea original de la izquierda no era la redistribución, sino la noción de ciudadanía, es decir, un concepto que operaba en el interior de una comunidad nacional. En estos momentos, la socialdemocracia se enfrenta, por el contrario, a una extensión global del capitalismo. Eso significa que donde antes estaba dispuesto a aceptar compromisos locales sobre las prestaciones sociales del trabajo, ahora está más inclinado a invertir fuera, donde los costes del trabajo sean más bajos. La izquierda tendría que tejer alianzas con las fuerzas de los países en desarrollo que defienden la democratización y el alza en las prestaciones sociales del trabajo. Por otra parte, la socialdemocracia debería ejercer un mayor control sobre instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. El Banco Central Europeo es demasiado importante como para dejarlo en manos de banqueros, y la riqueza creada por los ciudadanos europeos, demasiado valiosa para ser privatizada sin tener en cuenta las ventajas y usos del sector público. Es preciso idear modelos económicos que desafíen a los neoliberales, en lugar de limitarse a aceptarlos y a repetir que la regulación es mala y las empresas públicas también.

P. En definitiva, ¿quiere eso decir que la socialdemocracia necesitaría reafirmar su vertiente internacionalista más que su vertiente ciudadana?

R. La noción de ciudadanía, la extensión de los derechos ciudadanos, sigue siendo decisiva. Pero la ciudadanía no puede detenerse en el umbral del lugar de trabajo. El control político de la economía es el único medio para impedir que el capital colonice la totalidad de la cultura y de la existencia. Por otra parte, los partidos socialdemócratas tienen que tomar una posición muy clara en materia de inmigración. En Estados Unidos, uno de los grupos que pagan el precio de la inmigración son los negros, cuyos salarios descienden como consecuencia de que el trabajo de los inmigrantes, sin prestaciones sociales, resulta más barato y no permite, por tanto, una competición en términos de igualdad. En el plano internacional se trataría de crear polos de atracción alternativos. No creo que la seducción de las ciudades europeas o de Nueva York o Los Ángeles pueda desaparecer, pero sí que El Cairo, Casablanca, Río, São Paulo o México puedan ejercer una seducción equivalente.

P. El problema consiste en cómo hacerlo. Por lo general, se ponen muchas esperanzas en la ayuda al desarrollo, y la realidad es que sus resultados nunca han sido esperanzadores. Se trata de un callejón sin salida, y, a mi juicio, resulta extraordinariamente peligroso para nuestras democracias insistir en la necesidad de actuar sobre los inmigrantes, aunque sea al precio de sacrificar garantías básicas de nuestros sistemas políticos, en lugar de actuar sobre las causas de la inmigración, que se encuentran en el modelo económico por el que hemos optado. ¿Por qué se da por descontado que ese modelo no puede modificarse si, como parece, no es que ponga en riesgo nuestro bienestar, sino el fundamento de nuestras libertades?

R. Yo soy nieto de inmigrantes. Mi familia huyó de la Rusia zarista como consecuencia del antisemitismo. Todos los blancos americanos tienen una historia como ésta: somos todos descendientes de inmigrantes. Mire, la historia de Nueva York a lo largo del siglo XX es la historia de vastas oleadas de inmigrantes: italianos, alemanes, judíos; después, negros del sur, y ahora, latinos y otros. La ciudad ha sabido asimilarlos a todos, la ciudad ha sido un verdadero laboratorio para el progreso social. Los dos Roosevelt eran neoyorquinos, y como presidentes no hicieron otra cosa que aplicar a escala nacional lo que habían hecho en la ciudad y el Estado federal. Estados Unidos tiene una historia diferente de la de Europa, pero los europeos a menudo pasan por alto hasta qué punto sus sociedades son también producto de la inmigración y, por tanto, no prestan atención a lo mucho que podrían aprender de la ecuación norteamericana entre ciudadanía e identidad. Necesitamos elaborar nuevas ideas para el siglo XXI. Si en el siglo XX pudimos acabar con el totalitarismo, ¿cómo no vamos a encontrar salida a los nuevos problemas?


Fuente: Diario El País, Madrid, España, del 26 de mayo de 2002.