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Asunto:NoticiasdelCeHu 444/04 - El debate sobre la exportación de empleos en EE .UU. ( WSJ )
Fecha:Miercoles, 31 de Marzo, 2004  21:28:29 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

 

NCeHu 444/04

 


EEUU

 

Enviar empleos a otros países es una vieja historia


La tecnología, el comercio y la emigración han sacudido a menudo el mercado laboral

 Bob Davis
The Wall Street Journal


¿Qué problema podría ser más contemporáneo? Las conexiones de datos de alta velocidad permiten a las empresas trasladar empleos de países ricos a India, China y otras naciones donde los trabajadores ganan mucho menos.

Sin embargo, perder empleos calificados en favor de la competencia exterrna data de la Revolución Industrial. En la década de 1830, la industria textil británica se volvió tan eficiente que los fabricantes indios de tejido no podían competir. El trabajo fue subcontratado a Inglaterra, con consecuencias desastrosas para los trabajadores indios.

Ahora que los estadounidenses lidian con las secuelas de desplazar cientos de miles de empleos al exterior, la historia está llena de episodios similares… y lecciones. Al crear bienes más baratos, el comercio y la tecnología pueden impulsar los niveles de vida de muchas personas. Pero esas mismas fuerzas pueden destruir empleos calificados que los trabajadores nunca pensaron que estarían amenazados.

La competencia de la fuerza laboral exterior dañó a enormes clases de trabajadores estadounidenses en el siglo XIX, pero más adelante ayudó a reducir las desigualdades de ingreso entre los países. Y durante estos períodos de agitación, la historia demuestra que la política puede detener lo que parece un progreso tecnológico imparable.

Estas son cuatro lecciones de la historia que ayudan a iluminar el debate actual:

Incluso los empleos muy calificados y bien pagados son vulnerables.

A principios de 1800, los tejedores calificados en Gran Bretaña que trabajaban en telares manuales se consideraban una clase protegida. Por un tiempo, el gobierno prohibió la utilización de maquinaria textil que pudiera tejer de forma más eficaz e incluso impidió la emigración de mecánicos como una forma de mantener la tecnología en Gran Bretaña.

Pero más adelante las fábricas doblaron la mano del gobierno. Las tejedoras a vapor eran cinco veces más eficientes que las manejadas a mano.

En 1811 y 1812, bandas de tejedores calificados asaltaron fábricas y destrozaron cientos de tejedoras mecánicas. Se necesitaron 14.000 soldados británicos para aplacar las revueltas, dice Kirkpatrick Sale, historiados del movimiento ludita.

Fueron los primeros de una serie de opositores a la tecnología. Por ejemplo, en los años 60, las protestas de los sindicatos estadounidenses por el reemplazo de operadores de maquinaria a favor de los procesos automatizados se zanjaron de forma pacífica después de que los sindicatos aceptaran la nueva tecnología a cambio de un compromiso de que no habría despidos en las empresas.

Actualmente, la tecnología informática está desplazando al exterior trabajos calificados como diseño de software e ingeniería de sistemas.

La liberalización del comercio suele asociarse con la tecnología para socavar intereses poderosos.

Después de sofocar la rebelión contra las máquinas, los industriales británicos presionaron para eliminar los aranceles a los productos agrícolas, las denominadas Leyes del Maíz, y que el país se abriera al trigo importado (en Gran Bretaña, "maíz" era sinónimo de grano).

Esos aranceles beneficiaron a los granjeros y los ciudadanos con terrenos en Inglaterra, ya que elevó el valor de las propiedades. Pero afectaron a los industriales, que tuvieron que pagar más por la tierra, mientras los trabajadores tuvieron que abonar más por el pan.

En un intento de mostrar un vínculo con los incipientes sindicatos, los industriales bautizaron los aranceles como "el impuesto del pan". Los trabajadores eran desconfiados, especialmente desde que los patrones en los años 30 se habían opuesto a las propuestas de limitar la jornada laboral a 10 horas diarias.

Al final, la aristocracia terrateniente acabó perdiendo. La hambruna de la papa en Irlanda en 1845 convenció a los legisladores de revocar los aranceles agrícolas, permitiendo la importación de grano. Los precios del pan bajaron y la economía británica, especialmente los industriales y financieros, prosperaron en esta época de libre comercio.

Los defensores del obrero acusaron a los propietarios de las fábricas de utilizar los menores precios de importación como justificación para realizar recortes salariales, anunciando décadas de luchas similares. El teórico marxista Friedrich Engels escribió en 1881: "Hay muchos [industriales] ... que ni siquiera intentaron ocultar su opinión de que se quería pan barato simplemente para rebajar los salarios".

Gregory Clark, historiador económico de la Universidad de California en Davis, dijo que los salarios en las fábricas británicas no registraron alzas durante la década siguiente a la revocación de las Leyes del Maíz. Pero afirma que el nivel de vida de los trabajadores mejoró, porque descendieron sus costos de alimentación.

Hoy presenciamos una colisión similar de fuerzas. Unos aranceles más baratos facilitan que China exporte ropa y productos electrónicos a Estados Unidos, pero, en conjunto, los estadounidenses se benefician porque los artículos importados presionan los precios a la baja.

Los trabajadores son siempre vulnerables a la competencia de extranjeros dispuestos a laborar por menos.

La competencia era similar, aunque más intensa, a fines del siglo XIX. Entre 1870 y 1910, 60 millones de europeos, en su mayoría hombres jóvenes poco calificados, emigraron a EE.UU., Canadá, Australia y Argentina. Esto incrementó la fuerza laboral en EE.UU. en un 24% y en Argentina en un asombroso 86%. También redujo la masa laboral europea, en un 45% en Irlanda y en un 39% en Italia, según el economista de Harvard Jeffrey Williamson y el economista de la Universidad de Essex Timothy Hatton. Este aumento masivo de trabajadores hizo desplomarse los salarios industriales en EE.UU.

En la década de 1890, los sindicatos en ese país se volvieron en contra de la inmigración. En 1897 la Federación Estadounidense del Trabajo apoyaba que se exigiesen requisitos de alfabetización a los inmigrantes. La medida no fue aprobada por el Congreso por sólo dos votos. En la ciudad de Nueva York un Partido del Trabajo independiente reclamaba un impuesto de US$100 por cada recién llegado.

En Europa, como cada vez había menos trabajadores compitiendo por un empleo, los salarios históricamente bajos empezaron a subir. Las enormes diferencias salariales entre Europa y otros países comenzaron a reducirse.

Los salarios en India y China, incluso si suben, están todavía lejos de los niveles estadounidenses. Por ejemplo, Intel Corp., la gigante de los semiconductores de Silicon Valley, estima que los sueldos en India son un tercio de los estadounidenses. Esta ventaja de costos probablemente durará décadas. La historia de la inmigración sugiere que si se expande la subcontratación, los salarios de los trabajadores estadounidenses que compiten con indios y chinos se van a ver perjudicados.

Pero el sueldo de los trabajadores no es la única medida de bienestar económico. Igual que la importación de productos reduce los precios que los estadounidenses pagan por las computadoras y los autos, lo mismo sucederá con la importación de servicios, alegan muchos.

La política puede desacelerar los efectos de transformación de la nueva tecnología.

La revolución del transporte a fines del XIX cambió tanto la vida como la llegada de Internet y las comunicaciones de datos a alta velocidad hoy día. Los ferrocarriles llevaban los productos a través de EE.UU., Canadá y Australia a los puertos, donde se cargaban en rápidos buques a vapor en los que cruzaban el océano.

La tecnología creó nuevos mercados y nuevas industrias. El ritmo de vida se aceleró. Las fuerzas de la tecnología y el comercio parecían imparables. Pero no era así. La política frenó a la tecnología con estrategias que resultan instructivas en la actualidad.

La nueva economía de aquella época destruyó trabajos, industrias e incluso poblaciones enteras. Los mataderos y plantas de procesamiento de carne cerraron, igual que los almacenes de hielo y las pequeñas tiendas. "Algo no calza", se quejaba el director de un periódico agrícola en la década de 1890. "El ferrocarril nunca ha sido tan próspero y, sin embargo, la agricultura languidece".

El comercio abrió nuevos mercados para los granos estadounidenses. Pero asestó un duro golpe a los productores de algodón, que vieron cómo los precios se rebajaban debido a la competencia del algodón egipcio e indio. Las exportaciones de hilo de algodón y telas de Japón arrebataron mercados a los exportadores de EE.UU. En 1901, el Southern Manufacturers Club, en Charlotte, Carolina del Norte, debatió la "Cuestión oriental": importaciones baratas de China y Japón.

Las industrias y trabajadores afectados por las importaciones formaron coaliciones que persuadieron a los políticos a instaurar altos aranceles. En EE.UU. el Partido Republicano se convirtió en el defensor del proteccionismo. En 1892, William McKinley —entonces gobernador de Ohio y luego presidente del país— criticó el libre comercio por destruir "el producto doméstico que representa nuestra mano de obra más calificada y mejor pagada". Estados Unidos se mantuvo así como un país de altos aranceles durante la mayor parte del principio del siglo XX.

La actual reacción política en EE.UU. contra la subcontratación en el exterior está apenas comenzando. Los legisladores estatales de EE.UU. discuten si aquellas empresas que trasladan empleos fuera del país deberían estar vetadas para obtener contratos del gobierno. El Congreso del país está estudiando una ley y una política fiscal que dificulte esta práctica. La historia demuestra que en una batalla entre política y el cambio tecnológico, no siempre es seguro apostar por la tecnología.


Fuente: www.wsj.com/Américas , 30/3/04.