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Asunto:NoticiasdelCeHu 360/04 - "Hay que pasar el invierno"
Fecha:Sabado, 20 de Marzo, 2004  15:53:28 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 360/04
 

Argentina
 
Hay que prepararse para el invierno, dice Roberto Cortés Conde

El historiador de la economía y su visión


"No se defiende a la Argentina a los gritos o con falsos nacionalismos. La Nación se defiende trabajando todos los días y llegando a acuerdos razonables", sostiene Roberto Cortés Conde al referirse al particular estilo de negociación que ha adoptado el gobierno de Néstor Kirchner ante los acreedores privados.

Pese a haberse recibido de abogado y sociólogo, Cortés Conde se consagró a la historia económica y hoy, a los 72 años, es miembro de las academias nacionales de la Historia y de Ciencias Económicas, además de ser profesor emérito en la Universidad de San Andrés. Fue profesor visitante en las universidades de Harvard, Chicago, Wisconsin, Texas y Yale. Difícilmente haya en el país otro historiador de la economía de mayor prestigio que Cortés Conde.

En la entrevista opinó que la propuesta de quita de deuda formulada por la Argentina "no es razonable" y, al recordar una célebre frase del ingeniero Alvaro Alsogaray, le recomendó a Kirchner que se prepare para el momento en que llegue el invierno. "No hay que entusiasmarse con estos períodos económicos alegres", añadió.

-¿Qué reflexión le merecen las nerviosas gestiones entre el gobierno argentino y el FMI?

-Lo más importante es que se negocie y que no se rompa la relación. Las negociaciones no tienen que hacerse a través de los medios de difusión masiva, sino en ámbitos muchos más recatados.

-¿A qué atribuye que un país que a principios de siglo estaba entre los diez más ricos del mundo haya llegado a ser uno de los más endeudados?

-Desde mediados del siglo XX, la Argentina produjo cambios muy importantes, que suponían la industrialización del país. Esto significó protección a la industria y créditos subsidiados. Pero implicó un problema central: ¿con qué recursos se financiaba? En el mundo, esto a veces se puede hacer por medio de reformas tributarias, que ponen mayores imposiciones, no al consumo, sino a los sectores más ricos. Pero en la Argentina las reformas tributarias no tuvieron éxito y el financiamiento vino, fundamentalmente, del Banco Central.

-¿Por qué las reformas tributarias no han tenido éxito en la Argentina?

-Porque las reformas tributarias requieren consenso político. Nadie puede establecer un impuesto que no es votado por el Parlamento. Pero ese acuerdo no se dio en la Argentina, desde 1930. Entonces, el gran canal de financiamiento pasó a ser el Banco Central y la consecuencia fue una alta inflación o creación de dinero. Cuando la inflación es muy elevada, prácticamente no se recaudan impuestos, porque la gente deja de usar el dinero y la economía se desmonetiza. Ahí se buscó otro medio de financiamiento, que fue el mercado de capitales; así se dio lugar al endeudamiento. Las deudas, en épocas de inflación, se licuan. Pero para que los capitalistas presten, hay que indexar o tomar prestado en moneda extranjera. Esto hace que la deuda no se pueda licuar y así se fueron acumulando intereses sobre intereses.

-Por eso algunos pensaron que la devaluación era la solución...

-Durante años, las devaluaciones resolvieron esto, pero cuando las devaluaciones ya no sirven, porque las obligaciones no están en nuestra propia moneda, entramos en el default. En el fondo, lo que estamos discutiendo es quién tiene que perder: ¿los acreedores, los empleados públicos, los beneficiarios de programas sociales, los políticos, que necesitan mayores presupuestos? Con la devaluación, perdieron unos y ganaron otros; con el default, pierden los acreedores, que en algunos casos son externos, pero en otros son locales. Durante la primera época de Perón se tomaron los fondos de las cajas de jubilaciones para financiar al Gobierno. En ese momento, nadie se dio cuenta. Los trabajadores de entonces no sabían que iban a estar condenados cuando se jubilaran. La gente que hoy tiene ahorros en las AFJP también va a sufrir esto. El problema económico es un problema político y consiste en cómo llegaremos a determinados acuerdos.

-¿Una pugna distributiva?

-En la sociedad argentina hubo una sorda guerra de agotamiento, en la cual los distintos sectores de intereses pugnaron por una parte de la torta. La inflación permitió ocultar pérdidas; las devaluaciones, también. La última devaluación generó una descomunal transferencia de ingresos y no ayudó a los más pobres: hoy hay más pobres que antes.

-¿Qué viabilidad le ve a la negociación de la deuda pública con los acreedores privados?

-En una negociación entre acreedores y deudores, lo importante es que estos últimos convenzan a los acreedores de que tienen que asociarse con ellos. Si el deudor no puede vivir, el acreedor no podrá cobrar. Pero el acreedor debe convencerse de que el deudor, además de cumplir, no se va a gastar todo en otra cosa. Una buena negociación es aquélla en la cual las dos partes ganan. Si el acreedor piensa que el deudor tiene excedentes y que los va a dilapidar, el acreedor no va a acordar.

-¿Cómo evalúa usted la favorable reacción de la opinión pública, en general, ante el estilo impuesto por Kirchner en la negociación?

-Hemos tenido una crisis política de proporciones. Tuvimos la experiencia de una presidencia débil, con De la Rúa, y en la actualidad hay un presidente que ejerce el poder, lo que a la gente le transmite una idea de gobernabilidad, porque el país se sentía en la anarquía. La cuestión es si se tiene un orden consensual o un orden autoritario. En la Argentina, en general, no se ha logrado un orden consensual. Tuvimos presidencias débiles o presidencias demasiado fuertes.

-¿Cómo evalúa lo que por un tiempo se llamó "el estilo K"?

-Hay algo tremendamente peligroso: no entender lo que pasa en el mundo y que se vea todo como una defensa del orgullo nacional. Exponer los valores de la nacionalidad en negociaciones de este tipo ha sido una gran equivocación y ha terminado, históricamente, muy mal para la Argentina. Fue muy malo cuando, en la primera época de Perón, se hizo un acto en la plaza de Retiro para anunciar la compra de los ferrocarriles, que terminó siendo un pésimo negocio, porque se confundió soberanía nacional con intereses concretos. Con el conflicto de las Malvinas, se confundió también un sentimiento nacional con un proyecto que terminó siendo desastroso. Hay que evitar que nos creamos que la Nación se defiende a los gritos o con falsos nacionalismos. LA NACION se defiende trabajando todos los días y llegando a acuerdos razonables.

-¿No negociar lleva necesariamente al aislamiento?

-Yo siento que defiendo más a mi país diciendo que hay que negociar. El aislamiento después de la Segunda Guerra Mundial nos costó muchísimo a los argentinos. No votamos por la ruptura de relaciones con el Eje, en 1941, y tuvimos una posición de neutralidad que fue más favorable al Eje. Brasil, que fue muchísimo más flexible, mandó una división a Italia, con los aliados, y tuvo posibilidades de conseguir bienes de capital y muchas más ventajas de parte de los países aliados.

-Salvando las distancias, así como en la Guerra de las Malvinas se esperaba la ayuda soviética que nunca llegó, hoy se apuesta al apoyo de Brasil en el caso de la deuda. ¿Cree que esa ayuda llegará?

-No, de ninguna manera. Lula hizo algunas llamadas telefónicas a líderes extranjeros. Pero Brasil no va a negociar en conjunto, porque hizo un gran esfuerzo para no caer en el estigma del default y no va a renunciar a todo lo que hizo para adherirse a una negociación común con la Argentina. La situación de Brasil no es comparable con la nuestra. Si alguien hizo un esfuerzo enorme para evitar una quiebra, ¿por qué va a hacer un club con otro deudor que ya está quebrado?

-Según una encuesta de la Fundación Bicentenario, ocho de cada diez argentinos aprueban la propuesta del Gobierno de una quita del 75% de la deuda. Al mismo tiempo, siete de cada diez no aceptarían dicha propuesta si se tratara de una deuda con ellos mismos. ¿Ve una contradicción?

-Ahí tiene la contradicción. En toda esta discusión, en el fondo está la guerra de agotamiento que se vincula con quién paga los platos rotos. ¿Hay que aumentar los impuestos o bajar los gastos? ¿Tenemos que reducir los planes sociales? ¿Hay que pagarles a los acreedores? Y cada uno se pone en la posición que más le conviene.

-Hay quienes dicen que la Argentina no está en el mejor momento para negociar una quita del 75% porque su economía está creciendo a niveles del 8,7% anual.

-Deberían hacerse proyecciones de más largo plazo. Nadie piensa que el 8,7% sea sostenible con el tiempo. Hoy tenemos una situación excepcional, por el aumento de precios de la soja y del petróleo. Una alternativa es hacer un fondo anticíclico, porque es insostenible un crecimiento del 8,7% todos los años. La Argentina debería comprometerse a ir reduciendo su relación deuda/producto, más que a eliminar totalmente su deuda.

-¿Es razonable para los acreedores la propuesta argentina de Dubai?

-Tal como está, parecería que no. Porque no es, simplemente, una quita del 75%. Si se agrega la extensión de plazos, la disminución de intereses y el no pago de intereses atrasados, llega al 92% del valor presente. Hay defaults que son razonables; lo que no es razonable es el repudio y yo creo que la Argentina debe bajar el nivel de confrontación del discurso político. Creo que, por un lado, la posición de dureza de Kirchner ha hecho las cosas un tanto más fáciles, ya que todos están más dispuestos a una mayor quita que antes. Pero si esa dureza se transforma en intransigencia total, ya no sirve. El FMI y el G-7 pueden ayudar a la Argentina. Tenemos que volver a la situación en que el G-7 era nuestro amigo.

-¿Por qué el G-7 pasó de ser nuestro amigo a ser un adversario?

-Porque la retórica del gobierno argentino ha hecho que pensaran lo que leían.

-Hay sectores locales que critican la mezquindad del G-7. Alegan que los Estados Unidos pregonan una quita del 90% para la deuda de Irak.

-Son situaciones incomparables. El problema con el actual gobierno republicano es que generó un cambio de paradigma que fue muy perjudicial, especialmente durante el final del ministerio de Cavallo, cuando nos dejaron solos y dijeron "que se joroben los acreedores". No se dieron cuenta de lo difícil que iba a ser. Y fue una gran irresponsabilidad la recomendación de ciertos centros internacionales académicos de devaluar y reprogramar las deudas. ¿Qué pasó con la deuda argentina? Que la devaluación la hizo mucho más cara, porque el Estado cobra sus ingresos en pesos y tiene una deuda en dólares. Parte del costo de la deuda es un tipo de cambio de un peso que está muy subvaluado. Si el peso se valorizara más, el costo del pago de la deuda disminuiría, pero eso afectaría intereses, los mismos que estuvieron detrás de la devaluación. Y los que más han perdido son los asalariados, en especial los del sector informal, que no han tenido ningún aumento. Casi todo el aumento de empleo de los últimos meses se produjo en el sector informal, esto es, en el sector que gana menos. Otro problema real es que la Argentina tiene dos millones de personas en el plan Jefes y Jefas de Hogar; se trata de personas de bajísima productividad, por lo que se está comprando un problema muy grande para el futuro.

-¿Cuál será el futuro de esos dos millones de personas que hoy son auxiliadas por estos subsidios encubiertos?

-Se necesitarían nuevos sectores que demandaran trabajo y, en segundo lugar, dar entrenamiento a la mano de obra, algo en lo que falló el Estado en la década del 90.

-¿Hay un plan económico detrás del gobierno de Kirchner?

-Puede decirse que tiene un plan, si tenemos en cuenta que mantiene un control fiscal y monetario y que no gasta desmesuradamente. Pero, por otro lado, es un gobierno que parece tener menos confianza en el sector privado que en la posibilidad de ver al Estado asistiendo a las empresas privadas en determinadas áreas o haciendo las inversiones por él mismo. Parecería que hay una visión más pesimista sobre una corriente natural de inversiones.

-¿Cómo ve la relación entre el Gobierno y el empresariado?

-Me hace acordar mucho a la primera época de Perón, que al principio era muy resistido por los empresarios importantes y después, no tanto. Hay sectores que se han visto muy beneficiados y que están hoy muy cerca del Gobierno. Pero hay otros sectores que, sufriendo pérdidas porque tenían deudas en moneda extranjera en el exterior, han visto la posibilidad de hacer negocios con el Estado. Creo que el capitalismo no tiene que funcionar asociado al Estado, con ventajas, avales, exenciones, como durante años ha funcionado con la llamada patria contratista. Lo fundamental es que la Argentina tenga un capitalismo competitivo.

-¿Qué le recomendaría a Kirchner?

-Le diría que no se entusiasmara con estos períodos alegres. Porque los ciclos económicos existen y todos los gobiernos han tenido períodos de dificultades. Hay que prepararse para el momento en que venga el invierno, como las hormiguitas.

-¿Cómo ve la posibilidad del ALCA?

-El ALCA le convendría enormemente a la Argentina, como ocurrió con México, que está exportando 125 mil millones de dólares a los Estados Unidos. Pero el problema es cómo terminar con el proteccionismo norteamericano de productos agrícolas. El ALCA puede ser positivo, pero requiere que los Estados Unidos bajen el proteccionismo.

-¿Se atreve a pronosticar cuál puede ser el final de la historia en la negociación de la deuda argentina con los acreedores privados?

-En 1827, la Argentina devaluó, entró en default con la Baring Brothers y no hubo acuerdo hasta 1857; durante treinta años, la Argentina estuvo fuera de los mercados. En 1857, cuando se arregló la situación, debíamos más del doble, por los intereses. En 1890, cuando la deuda era muy grande, para evitar otro default, el comité del Banco de Inglaterra dio un préstamo puente de 25 millones de libras esterlinas, para que la Argentina siguiera cumpliendo. En 1893, nuestro país renunció a utilizar ese préstamo y empezó a pagar directamente. En 1897, la deuda representaba apenas el 64% de nuestro PBI, contra el 84% de 1890. Y en 1905 se hizo una conversión de la deuda. Voluntariamente, se le bajaron las tasas de interés a la Argentina, porque había confianza en el crecimiento del país y en sus medidas de ajuste fiscal. La Argentina nunca entró en default porque había confianza en los mercados de capitales. Acá tenemos dos opciones: la mala, del período de treinta años en los que el país no pagó nada, pero en el que su deuda trepó a más del doble, con los intereses atrasados, o la otra, en la que no hubo interrupción de pagos y tuvimos el período de crecimiento más impactante de nuestra historia. Espero que nuestro gobierno opte por un escenario parecido al segundo. El escenario de "malvinización" de la negociación de la deuda no deja de ser posible, pero sería muy negativo. Creo que los excéntricos no le han hecho nada bien a la Argentina.

Fernando Laborda


Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 20 de marzo de 2004.