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Asunto:NoticiasdelCeHu 216/04 - CULTIVOS TRANSGÉNICOS: ¿ALTRUISMO O NEGOCIO?
Fecha:Viernes, 20 de Febrero, 2004  12:39:29 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Hojas

NCeHu 216/04
 

CULTIVOS TRANSGÉNICOS: ¿ALTRUISMO O NEGOCIO?

 

            Parece ser que del asunto de las "vacas locas" no hemos aprendido nada. Ahora le toca el turno a los cultivos transgénicos, es decir, aquéllos cuyas características genéticas son modificadas con el fin de que su comportamiento, funciones o rasgos se adapten a unas condiciones deseables que no poseen las especies naturales. De nuevo cabe preguntarse que es lo que de verdad hay detrás de la lucha que se ha desatado entre defensores y detractores de este tipo de cultivos. Respuesta: lo de siempre, pues cuando en cualquier conflicto están implicadas las empresas multinacionales es saludable dudar por principio de que sus acciones tengan como objetivo el bien común. Aquí subyace una vez más un simple, pero sustancial, interés económico que se enmascara de diferentes formas o mediante aquella cantinela de que una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en una verdad indiscutible. Cuando la ocultación resulta imposible, cuántas veces no habremos escuchado que una situación o fenómeno capaz de enriquecer a unos pocos y perjudicar a la mayoría constituye un mal necesario o el menos malo de los posibles o un precio que se debe pagar para conseguir el desarrollo de todos.

            Ofende la sensibilidad más pétrea oir a los representantes de las empresas biotecnológicas cuando afirman sin rubor que las especies transgénicas pueden acabar con el hambre en el mundo. Incluso habrá ciudadanos de buena fe que ante semejante argumento neomalthusiano consideren la posible bondad de esta iniciativa o rectifiquen una postura inicial contraria. Otros representantes de estas empresas, más pragmáticos ellos, afirman que para el año 2005 se estima que el sector biotecnológico podrá dar empleo a tres millones de personas en Europa. ¡Ya estamos con la inagotable mina argumental del empleo!; excusa bastante efectiva de modo tradicional en unos países azotados por el paro y la precariedad laboral. Uno no sabe si reir o llorar. Lógicamente, las razones de las firmas implicadas no son altruistas, ni mucho menos, sino económicas, políticas y estratégicas. Además, el camino para acabar con el hambre en el mundo es recto y diáfano, sin circunloquios demagógicos.

            El sector privado biotecnológico de Estados Unidos invirtió más de 1,3 billones de pesetas durante el año 1998, aunque los experimentos se están realizando desde hace varias décadas. La ofensiva actual indica que ya ha llegado el momento de rentabilizar a lo grande sus enormes inversiones. Cuando los beneficios están en juego, ¿qué importan la salud humana, la integridad del medio o la hipoteca que contraigan los países dependientes?. Para comprender esta falta de escrúpulos basta con leer la traducción al español de la prestigiosa revista The Ecologist (vol.28, nº5, sept.-oct.1998), dedicada en exclusiva a mostrar cómo las gasta la empresa estadounidense Monsanto, líder mundial en la ingenieria genética y abanderada de esta causa, cuando sus ventas están en peligro. Monsanto, que vendió por valor de un billón de pesetas en 1998, ha creado cultivos transgénicos que pueden soportar la aplicación masiva de los pesticidas y herbicidas más poderosos. Si tenemos en cuenta que esta firma transnacional también produce y comercializa el famoso herbicida Round-Up Ready se puede ver todo algo más claro, ya que una polinización cruzada entre una plantación transgénica y otra natural obligaría al resto de agricultores a tratar cada vez más sus propios cultivos con productos fitosanitarios.

            Lo peor de este asunto es que Estados Unidos, vocero de Monsanto y otras empresas similares (Novartis, AgrEvo, Dekalb, Zeneca, Pioneer-DuPont, Florigene, Rhône-Poulenc, Seita), y el Grupo de Miami (Argentina, Australia, Canadá, Chile y Uruguay), vocero de Estados Unidos, se niegan a incluir etiquetas identificativas en los productos transgénicos que pugnan por entrar en Europa al amparo de la libertad comercial auspiciada por varios acuerdos internacionales. Fueron precisamente los principales exportadores de estos productos, apoyados por Estados Unidos y el Grupo de Miami, los que hicieron fracasar la reciente Cumbre de Cartagena de Indias (Colombia), donde se pretendía, con el consenso de otros 132 países (UE inclusive), regular el tráfico internacional de alimentos transgénicos. Los países que se opusieron al acuerdo, acusando a los demás de proteccionistas, son los que más han desarrollado la ingeniería genética, hasta el punto de acaparar más del 94% del mercado.

            También cabe cuestionarse a este respecto si a las autoridades europeas les preocupa más las posibles repercusiones negativas sobre las personas y el medio o el desenlace económico de este nuevo episodio de las batallas comerciales entre ricos que han sustituido al combate ideológico tras la guerra fría.

            Es cierto que el ser humano ha domesticado, seleccionado y cruzado las plantas y animales desde el Neolítico para adaptarlos a su hábitat, gustos y necesidades. Sin embargo, ante el inusitado desarrollo de la manipulación genética aparecen peligros incalculables para las personas y para el medio natural que pueden ser irreversibles. Es pertinente recordar la estrecha relación que se detectó en la primavera de 1996 entre el llamado mal de las "vacas locas" y la degenerativa enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. Por lo tanto, mientras no se demuestre fehacientemente la inocuidad de estos productos, lo normal sería proceder con cautela y no permitir su libre circulación.

            Asimismo, conviene no olvidar las razones político-estratégicas que nutren este debate, puesto que el futuro alimentario de la Humanidad está en juego. En 1998, la investigación genética desarrolló con eficacia la técnica denominada Terminator, cuya patente se concedió al Departamento de Agricultura de Estados Unidos y a la empresa Delta & Pine Land, adquirida poco después por Monsanto. Esta técnica consiste en introducir un gen asesino que impide el desarrollo del grano cosechado, es decir, la planta crece y la cosecha es normal, pero el producto resulta estéril. Esto significa que los agricultores no pueden reutilizar las semillas en la siguiente siembra y deben, por lo tanto, adquirirlas en la empresa suministradora. Negocio redondo. Antes, Monsanto prohibía a sus clientes guardar las semillas de un año para otro; ahora, con la nueva técnica hasta puede ahorrarse el coste que representan los detectives y chivatos contratados para vigilar las plantaciones y graneros de los agricultores transgénicos. Su punto de vista es "lógico": no puede haber ganancias si los campesinos reutilizan las semillas. Para ellos, la naturaleza y una práctica de miles de años se oponen al "derecho natural" del beneficio, como señalan J.P Berlan y R.C. Lewontin en el artículo titulado "La amenaza del complejo genético-industrial" (Le Monde Diplomatique, diciembre 1998, pp. 26-27).

            Para concluir, imaginemos por un momento las repercusiones que dicha estrategia puede tener en los países en vías de desarrollo. La tiranía del mercado y la inclusión de sus agriculturas en el comercio agroalimentario mundial ya supuso la expansión del monocultivo y la pérdida irreparable de gran parte de su patrimonio vegetal y diversidad biológica. Si los cultivos transgénicos se extendieran por todo el mundo (para las empresas multinacionales, mercados), no sería exagerado deducir que el futuro de la alimentación básica de miles de millones de personas estaría concentrada en unas pocas manos, coincidentes con las empresas biogenéticas más poderosas, que precisamente radican en los países más ricos del planeta. Y eso sin contar la progresiva destrucción de la biodiversidad, el deterioro del medio y el fin de toda posibilidad para lograr un desarrollo agrícola sustentable.

            La agrogenética acentúa estos problemas y agrava la clásica dependencia de los países más pobres. De forma tradicional, los campesinos africanos, asiáticos y latinoamericanos, utilizando una sabiduría secular, cultivaban especies diferentes de un cultivo aunque varias de ellas tuvieran escasos rendimientos. De esta manera siempre aseguraban alguna cosecha ante cualquier plaga, enfermedad o catástrofe. Además, supieron cultivar miles de variedades de una misma especie, cuando en la actualidad sólo se dedican a unas pocas, que son las de mayores rendimientos o las que demanda el mercado. La pérdida de recursos fitogenéticos es, por lo tanto, inmensa, pues no sólo desaparecen posibilidades alimentarias, sino también medicinales, culturales y ecológicas.

            La proliferación de semillas estériles, no reutilizables, y la eventualidad de cualquier revés natural, económico, bélico o político llevaría a un trágico dilema: el hambre, que se supone que es lo que estas empresas biogenéticas quieren erradicar, o el desembolso de enormes sumas para comprar dichas semillas a las corporaciones transnacionales. Es decir, la eterna historia: supeditación del sur al norte. Hasta para comer.

 

 

    José Antonio Segrelles Serrano

    Departamento de Geografía Humana

    Universidad de Alicante