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Asunto:NoticiasdelCeHu 215/04 - HACIA UN CAMPO SIN CAMPESINOS
Fecha:Viernes, 20 de Febrero, 2004  12:37:14 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 215/04
 

HACIA UN CAMPO SIN CAMPESINOS

 

            Es cierto que desde hace algún tiempo el mundo rural ya no es el mundo de la agricultura, pues a estos espacios se les han asignado nuevas funciones que provocan el aumento de su complejidad económica, social y cultural. Esto ha dado lugar a la difusión, desde las más diversas instancias, de una serie de conceptos (turismo rural, turismo cultural, ecoturismo, agroturismo, crecimiento sostenible, economía sustentable, espacios de ocio, desarrollo local endógeno, desarrollo rural integral, recursos ambientales, gestión ambiental) que se repiten con insistencia y, por qué no, con escaso sentido crítico, incluso por parte de diversos colectivos de científicos sociales.

            Sin embargo, se nos olvida con demasiada frecuencia que el agricultor es un profesional de la agricultura y que como tal merece una remuneración adecuada. Lo que nunca podrá ser es un hostelero, un artesano de cerámica típica, un guía ambiental o un empresario que proporciona paseos a caballo. Si no se quiere desvirtuar de manera absoluta el medio rural, y camino de eso vamos, es preciso que para que estos lugares tengan una vida socio-económica activa y dinámica su base productiva se asiente sobre lo que ofrecen de modo más natural: el aprovechamiento agrícola, ganadero y forestal. Para ello es imprescindible que existan unos precios más justos para sus producciones y que se fomente el cooperativismo, estrategias bastante olvidadas en los estudios rurales porque la moda científica camina por otros derroteros más acordes con lo que a los centros de decisión les interesa difundir.

            En definitiva, se sigue el sendero marcado por Bruselas, ya que su conciencia ecológica y ruralista hubiera tardado en despertarse de no ser por la generación crónica de excedentes, los fabulosos gastos del FEOGA-Garantía y las presiones internacionales en favor de la mundialización de la economía y la total liberalización comercial. Es decir, la Unión Europea ha hecho de la necesidad virtud mediante el fomento de las prácticas agropecuarias extensivas, la reforestación, la revalorización de los espacios naturales, el apoyo a las zonas desfavorecidas y de montaña, las jubiliaciones anticipadas en el sector agrario, las ayudas para el abandono de la actividad agraria, etc.

            Todo esto está muy bien, perfecto, nadie puede negarse a medidas tan ecológicas, sensatas y sustentables, pero si se lee con detenimiento la reciente Agenda 2000 y se sigue la evolución de los acontecimientos, aparecen cuestiones que en España deberían preocupar algo más, pues este documento económico-financiero no contempla medidas para lograr una mayor racionalidad de las explotaciones agropecuarias, sigue sin apostar por una mejora estructural ni por una política fiscal para movilizar la tierra, olvida incentivar la transformación de productos alimentarios e incluso potenciar la comercialización de los mismos. No obstante, concede con generosidad recursos presupuestarios y un papel importante a los instrumentos agroambientales con el fin de fomentar el desarrollo sostenible de las zonas rurales y responder así a la creciente demanda (tal vez dirigida) de servicios ambientales y turísticos por parte de la sociedad.

            De este modo se consolida la conversión del campo en un simple bien de consumo (que ante todo debe proporcionar beneficios) desde su tradicional papel productor, aunque lo peor del caso quizás sea el peligro y la dependencia que supone que el turismo se convierta en un monocultivo en nuestro país, como así parece esconderse tras unas políticas europeas oficiales que aparentan ser armónicas, cohesivas y equilibradas. Después del desmantelamiento del tejido industrial español y los crecientes problemas del sector agropecuario, todo parece indicar que los centros de poder han asignado a España un papel terciario dentro de la división regional del trabajo, donde se fomentan las áreas rurales pero dejando de lado las actividades agrarias. Son notables los recursos que durante los últimos años se han destinado a consolidar el turismo rural mediante inversiones, ayudas y subvenciones selectivas que se centran en las infraestructuras hoteleras y viarias, equipos e instalaciones deportivas, mejora ambiental, reforestación o recuperación y conservación arquitectónico-artística, es decir, todo aquello que transforma un antiguo espacio productivo en un lugar desnaturalizado para el ocio y recreo de los europeos más prósperos.

 

 

    José Antonio Segrelles Serrano

    Departamento de Geografía Humana

    Universidad de Alicante