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Asunto:NoticiasdelCeHu 179/04 - La familia importa
Fecha:Jueves, 12 de Febrero, 2004  12:58:55 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 179/04
 
 
 
 Nota relacionada: 178/04
 

                                                 La familia importa

                                                                                                                                                Bernardo Kliksberg 
                                                                                                                                            


        

WASHINGTON
Se las llama "remesas migratorias". Son los envíos que efectúan a sus países de origen los inmigrantes de América latina que llegaron en los últimos años a Estados Unidos y a Europa. En 2003, esos envíos sumaron 40.000 millones de dólares y se transformaron en la principal corriente de capitales hacia la región. Superaron en un cincuenta por ciento las inversiones extranjeras y duplicaron la ayuda externa, incluyendo las donaciones y los préstamos de organismos internacionales. Significan más del dos por ciento del producto bruto de la región. Son un gran aporte a la economía hecho por modestísimos trabajadores, que se desempeñan en tareas que nadie quiere realizar en los países a los que emigraron, entre ellas la limpieza, la construcción, la cocina y la agricultura.

Según un informe del Diálogo Interamericano, las remesas representaron, en 2002, el 30% del producto bruto en Nicaragua, el 25% en Haití, el 15% en El Salvador, el 12% en Honduras, el 17% en Guyana y el 12% en Jamaica. Su monto crece continuamente. Entre 1996 y 2003 se cuadruplicó.

Tales giros cambian la situación de las economías, al proveerlas de divisas fundamentales. Significan más de la tercera parte de las exportaciones de países como República Dominicana, El Salvador y Nicaragua. Son la segunda fuente de divisas de México. Asimismo, tienen un impacto multiplicador de grandes proporciones en la economía, porque se transforman en consumo. Amplían el mercado interno y cumplen un papel fuertemente reactivador.

El Fondo Multilateral de Inversiones del BID estima que en 2002 ese impacto fue de cien mil millones de dólares. Como señala Donald Terry, su gerente, "las cifras son asombrosas bajo cualquier perspectiva". Por otra parte, constituyen, de hecho, una gigantesca red de protección social.

Las remesas van a sectores muy pobres de la población y elevan sustancialmente sus ingresos, salvándolos de la pobreza extrema. El Diálogo Interamericano indica que doblan los ingresos del 20% más pobre de la población en Honduras, Nicaragua y El Salvador. En México, el 40% de las remesas va a municipios muy pobres, de menos de 30.000 habitantes, que sin ellas no podrían sobrevivir.

Tienen una característica especial, muy preciada para una América latina que se ha visto afectada por la volatilidad de los flujos de capital, guiados con frecuencia por cálculos especulativos: son estables. A pesar de que la tasa de desempleo entre los latinos en Estados Unidos en los dos últimos años creció un dos por ciento, las remesas no dejan de ir en aumento.

Este fenómeno, con efectos económicos y sociales virtuosos de todo orden, no tiene explicación alguna en los textos de economía convencionales. Según el razonamiento que impregna a estos textos, los actores de la economía actúan, básicamente, como homus economicus . Procuran maximizar sus ganancias y no cabe esperar sorpresas al respecto. Sugieren incentivar por todas las vías esta motivación de lucro para empujar la economía. Esta visión reduccionista del comportamiento humano -que ha demostrado tener riesgos considerables en América latina, aun en la Argentina, y que excluye el peso de los valores éticos en la economía- es terminantemente refutada, una vez más, por el caso de las remesas migratorias. Sin un acuerdo previo, actuando en forma individual, la gran mayoría de los modestos inmigrantes latinoamericanos ha adoptado una conducta que contradice la idea del homus economicus . En los más variados contextos, envían una parte de sus reducidas remuneraciones a los familiares que dejaron detrás.

Por ejemplo, en España, principal destino migratorio después de Estados Unidos, envía remesas el 97,1% de los ecuatorianos, el 90,8% de los colombianos y el 98,4% de los dominicanos. Los giros suponen un sacrificio muy importante para los inmigrantes latinoamericanos. Sus ingresos son bien limitados. En 2000, el 40% de los latinoamericanos ganaba en Estados Unidos menos de 20.000 dólares anuales, y el 70%, menos de 35.000 dólares anuales. Debían afrontar con ello subsistencia, vivienda, educación, salud y gastos adicionales. Un 35% de los latinoamericanos carece de seguro de salud y sólo cuatro de cada diez tienen una cuenta bancaria. Por otra parte, las empresas de transferencias les cobran altísimas comisiones y con frecuencia pierden también en el tipo de cambio. Sin embargo, nada de ello los detuvo. Cerca de ocho veces al año envían sus remesas. En casos como el de los dos millones de salvadoreños residentes en Estados Unidos, ellas representan más del 10% de sus ingresos. A los envíos en efectivo se suman los artefactos domésticos y presentes de todo orden para el hogar, que llevan para Navidad. Para financiar todo ello deben reducir los gastos, ya muy acotados, de su propio grupo familiar y, en muchísimos casos, tomar varios trabajos en jornadas que superan a menudo las doce horas diarias.

¿Qué los impulsa a hacerlo? Los valores éticos y, entre ellos, uno decisivo: el sentido de la familia. La migración significa un desgarramiento profundo. Estos inmigrantes lo sufren, pero mantienen con toda perseverancia los valores familiares básicos. Los lazos familiares son la explicación última de este comportamiento solidario, silencioso, sencillo y de gran efectividad, que se ha convertido en la principal y más segura fuente de ingresos de muchos países de la región. La lealtad a sus padres, hermanos, hijos, abuelos, el deseo de asistirlos actúa como una motivación que los lleva a estos esfuerzos y conductas que no figuran en los textos. La familia aparece allí en la forma en que el papa Juan Pablo II la ha descripto recientemente: con "su estupenda misión para dar a la humanidad un futuro rico de esperanza".

Se impone apoyar este esfuerzo de tanto merito, e impacto, facilitando las remesas, y bajando sus elevados costos y comisiones. El Fondo Multilateral de Inversiones del BID realiza una campaña con muchas instituciones para lograr ese objetivo, ampliando y abaratando los canales de envío. Al mismo tiempo, urge en países como la Argentina, donde ha tenido tanto peso un economicismo estrecho, recoger la lección de ética aplicada que surge de estos humildes latinoamericanos y volver a rescatar la visión de que la asunción de las responsabilidades éticas por parte de gobiernos, empresas y sociedad civil puede ser una fuerza decisiva para la configuración de una economía pujante y humanizada.

El autor dirige la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo (BID-Noruega).


Fuente: diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina; 12 de febrero de 2004.