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Asunto:NoticiasdelCeHu 74/04 - Simplemente, Hernando de Soto
Fecha:Miercoles, 21 de Enero, 2004  11:51:27 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Fiesta

NCeHu 74/04
 
"Es malo que continúe fracasando en América latina el capitalismo"

Hernando de Soto analiza la política

 

NUEVA YORK.- Pocas personas pueden decir que sus ideas hayan sido públicamente alabadas tanto por George Bush y Bill Clinton como por Vladimir Putin, o que hayan aclamado sus libros desde el conservador The Wall Street Journal, de esta ciudad, hasta el parisino Le Monde, de conocida posición de centroizquierda. El economista peruano Hernando de Soto puede.

Como presidente del Instituto para la Libertad y la Democracia (ILD) en Lima, trabaja con jefes de Estado (en este momento, veinticinco, de Afganistán, Egipto, Rusia y Tailandia a México, El Salvador, Honduras y Filipinas, entre otros) para incrementar las reformas institucionales fundamentales que permitan a los más pobres acceso a la propiedad y a la empresa moderna.

Su efecto ya es considerado revolucionario. La revista británica The Economist dijo que el ILD es uno de los dos think-tanks más importantes del mundo; y la revista americana Time lo consideró uno de los cinco innovadores más importantes del siglo XX en América latina.

Sobre sus libros "El otro sendero. La respuesta económica al terrorismo" y "Los misterios del capital. Por qué el capitalismo triunfa en Occidente y fracasa en el resto del mundo" se ha dicho que son "una solución realista a la brecha entre las elites y las masas" (The New York Times) y "una nueva luz en el Tercer Mundo" (Le Monde).

Pero nada de esto se le sube a De Soto a la cabeza. Extremadamente afable, a este peruano barbudo nacido en Arequipa en 1941, pero que vivió su infancia en Europa y estudió en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra, le gusta explicar cada punto en el lenguaje lo más llano posible y transmite una enorme franqueza. Por ejemplo, consultado sobre por qué mantiene la sede central de su ONG en Lima (si bien tiene una sucursal en EE.UU.), tan lejos de gran parte de los países que asesora, no va con vueltas.

"La distancia y la falta de vuelos directos hacia muchos de nuestros mercados se compensan -dice- más que ampliamente por el hecho de vivir con el Tercer Mundo bajo la piel. Hace tiempo me convencieron y me mudé a Londres. Mi oficina miraba el Támesis y abría el diario a la mañana y leía sobre tal o cual lord que se había descubierto homosexual o el dolor de piernas de la reina. Pero me di cuenta de que mi trabajo tenía que ser de inmersión total en una realidad radicalmente distinta."

Además, asegura que mientras entre la gente más sofisticada hay cierta uniformidad internacional, "el proletariado europeo es de gente mucho más desagradable, los latinoamericanos son mucho más imaginativos y chistosos; simplemente, quiero vivir entre gente simpática", confiesa.

Su gran preocupación es que entre esta gente simpática está fracasando el capitalismo, al que considera el único camino que los puede sacar hacia la prosperidad. Claro que se trata de una historia vieja al sur del continente.

"El capitalismo o la economía de mercado moderna como sistema nacional ya ha fracasado por lo menos unas cinco veces en América latina desde la independencia de España -explica De Soto a LA NACION-. Juntito, un intelectual colombiano, calcula que, en promedio, los países latinoamericanos han intentado en cinco oportunidades que sus economías se pareciesen a las de Estados Unidos y Europa sin éxito en un mediano plazo. Ahora estamos viviendo la posibilidad de la sexta rueda de fracasos. Y esta posibilidad se debe a que se olvidó lo fundamental, que es asegurarse de que todo el mundo tuviese igual o casi igual oportunidad dentro del mercado."

-¿Por qué?

-Porque las derechas que estaban en el poder no han sabido democratizar al mercado. Lo que ha ocurrido es que solamente unos pocos tuvieron la oportunidad de beneficiarse con él y los latinoamericanos lo sienten y nadie va a votar por un sistema que sólo privilegia a unos cuantos. Es decir, las políticas de mercado de los últimos 15 años no le han dado a la mayor parte de los latinoamericanos cosas esenciales, como la posibilidad de acumular activos que sean fungibles o que puedan convertirse en liquidez y formar capital y conseguir crédito; la posibilidad de dividir el trabajo racionalmente dentro de empresas muy fáciles de constituir, y la posibilidad de entrar en el mercado nacional o global para lograr economías de escala. La mayor parte de los latinoamericanos sigue trabajando en pequeñas y microempresas que generalmente son informales y que no tienen los instrumentos legales necesarios para dividir el trabajo de manera tal que sea de alta productividad y poder comercializar con facilidad en cualquier parte del globo o, por lo menos, del país.

-¿Pero pueden las izquierdas salvar al mercado?

-Justamente en Estados Unidos con Clinton, o en Inglaterra con Blair, así como en muchos países europeos, han sido en general las izquierdas tradicionales las que han democratizado al mercado, y si eso ocurriese en América latina se evitaría que esta rueda también fuese un fracaso. Se vislumbran posibilidades de que Lula, por ejemplo, sea uno de los izquierdistas que democraticen al mercado para lograr la prosperidad de su pueblo. Su problema básico es que si el mercado no está adecuadamente reglamentado para ser democrático obviamente le va a faltar el electorado para que lo sostenga. Podría pasar que todos los izquierdistas que empiezan a surgir no sean necesariamente como Hugo Chávez o Hugo Morales, sino que pueden aparecer más Lulas y ser exitosos. En todo caso, si queremos ver no sólo el futuro inmediato sino el futuro de largo plazo, a América latina no le va a quedar otra cosa que regresar al mercado, sea una séptima u octava vez, porque sencillamente no existe otro sistema. El mercado es tan superior a los sistemas de economía planificada como un automóvil lo es frente al caballo. Lo que pasa es que por el momento lo que está venciendo no es el argumento de que el mercado fue mal implementado, que debería ser el caso, sino que el mercado no funciona. Pero no hay alternativa, vamos a tener que regresar a él. El tema es de qué manera y cómo queda el país hasta entonces.

-¿Cómo ve lo que está ocurriendo en la Argentina?

-Yo no sigo muy de cerca a la Argentina; no por falta de cariño, sino porque mi organización y yo mismo asesoramos a veinticinco jefes de Estado, ninguno de los cuales es de la Argentina, y el día sólo tiene 24 horas. Pero tengo la impresión de que no les ha faltado sofisticación a las personas que instrumentaron la economía de mercado allí, con Domingo Cavallo al principio. Lo que ha faltado es un sistema político que armonizara con una economía de mercado; la Argentina parece haber sido víctima de la falta de coordinación entre uno y otro. Quizás en un futuro venga alguien a decir que la paridad entre el peso y el dólar no era en sí mala, sino que la principal causa del colapso de la economía financiera fue que el pueblo argentino nunca logró controlar la capacidad de gasto y corrupción de sus autoridades. Que dicho de paso no es sólo un problema argentino sino de todo el Tercer Mundo y de la ex Unión Soviética. Si no está bien controlado el aparato político, y si éste también se somete a la disciplina del mercado, lo cual significa austeridad fiscal, no hay economía de mercado que pueda funcionar. Ahora, nunca he visto yo en la historia del mundo florecer una economía de mercado popular, es decir que dé igualdad de oportunidad a todos y, por lo tanto, sea sustentable a través del tiempo, sin que haya un liderazgo político muy claro. Hacen falta personas capaces de llevar el mensaje de manera que toque a todos los ciudadanos, como en Estados Unidos fue Jefferson, Stein en Alemania, Bastiat y Coquelin en Francia, Eugen y Huber en Suiza. Ese tipo de líder, venga de la izquierda o de la derecha, yo no lo he visto aparecer en la Argentina. La Argentina tiene y ha tenido líderes liberales muy inteligentes y poderosos, probablemente más que en cualquier otro país latinoamericano, pero sin la capacidad de acceder al sector popular. Siempre han sido intelectuales de primera línea, pero que sólo lograron llegar a las elites, y eso no basta. Ese tipo de personajes no sirven, salvo como asesores. Y los verdaderos líderes políticos argentinos que sí aceptaron los ideales liberales no estaban a la altura del mensaje liberal. Porque el mensaje liberal no sólo tiene un componente de orden económico, sino un componente de orden político, que significa racionalizar el sistema y hacerlo lo suficientemente transparente y responsable frente al público como para reducir sustancialmente la corrupción y la falta de control sobre políticos que no saben administrar sus gastos.

-¿Y qué hay de los gastos pasados, es decir, la deuda externa?

-La deuda de alguna forma tiene que ser pagada porque es una deuda generada por el país. Si no, ocurre lo mismo que en el vecindario. Si no les paga a su primo y a su vecino, no le vuelven a prestar, entonces uno se sustrae de la economía global. Hay referís internacionales y todo eso, pero es básicamente el mercado el que lo reclama. En otras palabras, detrás de la deuda argentina, como de la peruana, hay una serie de ahorristas pequeños y grandes en varios países desarrollados que han puesto su fe en esas deudas, al margen de si fueron bien estructuradas o solamente convenían a unos pocos; entonces no hay manera de que el mercado perdone eso. El gran problema es poder controlar el momento en el que se comienza a endeudar al país para no excederse. Lo vemos, por ejemplo, ahora en Estados Unidos respecto de la deuda de Irak. Es tema de debate, y sobre la base de esos debates van a caer gobiernos. En nuestros países la deuda externa entra con el aval del Estado sin que se discuta si está bien generarla o no, si la calificación fue bien hecha, si la gente quería endeudarse y ahí surge gran parte de las corruptelas. Yo temo que va a ser muy difícil conseguir a futuro un perdón de la deuda pública, pero por lo menos vamos a tener mucha mejor oportunidad de que se nos mire con alguna piedad o ablandar los términos si se ven las reformas políticas que evitan un nuevo endeudamiento irresponsable. En otras palabras, no hay mucho que nosotros los latinoamericanos podamos hacer frente a acreedores abusivos, pero para todas las deudas siempre hay dos partes. El hecho es que nosotros no habríamos podido entrar en esas deudas de no haber existido ciertos políticos y funcionarios que no respondían verdaderamente frente a la opinión pública y que nos hicieron contratar deudas que no permitieron efectivamente hacer crecer la productividad del país a tal punto que la deuda fuese pagable. Frente a la deuda nosotros somos los primeros responsables y sólo vamos a conseguir mejores condiciones cuando se sepa que ahora sabemos administrar mucho mejor nuestros gastos.

-¿Qué opina de la posición de Joseph Stiglitz al respecto?

-Sé que fue muy crítico de la posición que el Fondo tomó hacia la Argentina. El Fondo acusó recibo de esas críticas y está viendo de qué manera cambia su proceder, sin que ello implique que su principal papel deje de ser el de cobrador. De sus colaboraciones en ese sentido hay muchas muy valiosas. Pero nada debería desviarnos del hecho de que los principales culpables somos nosotros por dejarnos endeudar y no controlar el gasto de nuestros políticos.

-¿Cómo entra a jugar el orden legal -o la falta de éste- en todo esto?

-Si hace una lista con todos los países del mundo y quiere poner un asterisco al lado del que haya crecido sin economía capitalista no lo va a encontrar, no existe. Ahora, el éxito del sistema depende del orden legal que otorgue la posibilidad de controlar a los políticos en sus gastos y es obvio que eso no ha ocurrido al nivel requerido en ningún lugar de América latina, quizá con la excepción de Chile y ciertas partes de México o Brasil. Porque el sistema capitalista no es otra cosa que un andamiaje de leyes, the rule of law. Ese rule of law no está funcionando en la Argentina. Uno de los grandes problemas es que los economistas que conocen las consecuencias de las malas decisiones muchas veces no están muy enterados de cómo se reforma el país legalmente. Y por otro lado los abogados o juristas que sí lo saben no conocen las consecuencias políticas o económicas de sus decisiones. Cuando arrancaron los países de Occidente en su camino a la prosperidad, la economía y el derecho no eran disciplinas separadas. Es decir, cuando entraban los Jefferson, Stein, Bastiat, Coquelin, Eugen y Huber estaban perfectamente conscientes de qué andamiaje legal era aquel que iba a hacer sostenibles sus propuestas de libertad económica. Ese tipo de lucidez no existe en nuestros países; lo que existe es una clase jurídica totalmente separada del conocimiento económico. Una clase jurídica contratada, por supuesto, por varios políticos, que muchas veces no es simpatizante de la economía de mercado y que tiene, pues, una batería de argumentos que los hace impermeables al razonamiento económico. El tema es juntar todas esas disciplinas y divisiones y formar un consenso nacional sobre qué reformas son necesarias, no sólo para hacer justicia laboral sino justicia empresarial y justicia en la oportunidad de crear y recibir riqueza. Eso es algo que no lo tienen en su liderazgo ustedes los argentinos ni nosotros los peruanos, pero esos sujetos ya han comenzado a aparecer en Asia, con el liderazgo, por ejemplo, del Partido Comunista chino, que está tratando de emparejar su justicia social con su crecimiento vertiginoso de entre el 8 y el 10 por ciento; lo que ha logrado Tailandia en el pasado, y lo que está logrando hoy, a través del primer ministro Shinawatra. O lo que hizo la dirigencia política japonesa a partir de 1945, cuando convirtió al Japón, que era un país feudal muchísimo más pobre que la Argentina, en un país muchísimo más rico que ustedes.

-¿Cómo se logran esos dirigentes?

-El problema de los dirigentes, de los hombres lúcidos y de coraje, es que no se puede prever cuándo van a aparecer. ¿Quién hubiera dicho que iban a surgir en un sistema feudal como Japón en 1945? ¿Quién hubiera dicho que allí, o en Corea o en Taiwán, se iban a aprender las lecciones de un capitalismo que es compatible con el orden social y legal antes que China, donde recién comenzaron a surgir medio siglo después? ¿Por qué llegó a Tailandia un sistema eficiente antes que a la India o Bangladesh, donde hay elites poderosas que lo podían imponer? Es un poquito como preguntarse qué habría pasado si se hubiera quedado Clinton y no hubiera llegado Bush respecto de la guerra de Irak. Desgraciadamente, tanto en las compañías privadas como en los países el aporte de los individuos con liderazgo sigue siendo algo crucial. Lo que importa es disminuir los riesgos de los individuos a través de instituciones que permitan controlarlos y revocarlos en cualquier momento en que se excedan en la dirección del mando. Pero siempre dependemos de los liderazgos. En América latina los tenemos en el orden literario (los Borges, los Octavio Paz), en el arte, en las ciencias, sobre todo ustedes los argentinos, que tienen varios premios Nobel, pero en la política nos hemos quedado en un subdesarrollo verdaderamente espantoso.

-Para muchos en la Argentina la palabra capitalismo quedó teñida de los peores excesos. ¿Cómo se combate?

-Eso pasa en todas partes del mundo. La palabra capitalismo nunca fue una palabra popular. Yo, por lo menos, si no es para el título de un libro nunca la utilizo. Yo no conozco a nadie que se pare en el medio de una plaza y grite "viva el capitalismo". Es como decir "viva la máquina" o "viva la tenaza". Es un instrumento nomás. Pero evidentemente es un instrumento que tiene sus enemigos, así que se ha convertido en mala palabra, y la palabra neoliberalismo, que vaya a saber uno de dónde viene, es otra mala palabra. Lo que hay que hacer es cambiar de palabras. Decir "viva el capitalismo" en América latina es como decir "viva la prostitución". ¿Qué hacen los chinos? Lo llaman "comunismo con dos sistemas económicos". En Tailandia lo llaman "capitalismo popular"; los alemanes lo llaman "economía social de mercado"; los ingleses -aplicando capitalismo a rajatabla- lo llaman la tercera vía. Es cambiar las palabras, pero la fórmula es la misma. Es como si uno le preguntara a una dama si le gustaría hacer al amor. Es mucho más elegante que preguntarle si quiere fornicar, hay más chances de llegar más lejos. (Risas) Los liberales en ese sentido son de una ortodoxia insoportable. En general son tanto o más sofisticados que sus opositores en todo el mundo, pero se dedican a pelear horas y horas por palabras cuando lo esencial es que hay un solo sistema que funciona en el mundo, nadie más conoce otro. Hay que cambiar la palabra, lo cual requiere talento político, pero al mismo tiempo darle sustento y mostrar cómo puede servir a los intereses de la mayoría, cosa que hasta ahora no pasó.

Por Juana Libedinsky


Fuente: Diario La Nación, del 21 de enero de 2004. Buenos Aires, Argentina.