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Asunto:NoticiasdelCeHu 69704 - La Geopolítica de la InmIgración
Fecha:Martes, 20 de Enero, 2004  20:52:43 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

EEUU

La Geopolítica de la Inmigración

 

traducción: David Lewin.

 Stratfor        

                                                                                                                                                                           15/1/04

Resumen

Los EE.UU. es una nación de inmigrantes. Es el mayor cliché y la absoluta verdad. El debate que está teniendo lugar en el país sobre la inmigración mexicana probablemente refleja el más antiguo debate estadounidense: ¿Son los nuevos inmigrantes una bendición o una catástrofe? Pero la situación en la frontera mexicana es única, y controlar los movimientos de una población indígena en territorio limítrofe cuyas fronteras no tienen coherencia ni en sus realidades sociales o económicas es imposible.

Análisis

Los Estados Unidos llegó a existir a través de los grandes movimientos de poblaciones. Estos movimientos vinieron en olas procedentes de todo el mundo y, dependiendo del momento histórico, sirvieron a diferentes propósitos, pero hubo dos constantes. Primero, cada ola tuvo una indispensable función económica, política, militar o social. Los Estados Unidos –como nación y como régimen- no hubiera evolucionado como lo hizo sin ellos. Segundo, cada ola de inmigrantes fue vista de forma ambigua por aquellos que ya estaban en el país. Dependiendo del tiempo o del lugar, algunos vieron a los nuevos inmigrantes como compañeros indispensables; otros los vieron como una catástrofe. El actual debate que se está dando en los EE.UU. es probablemente el más viejo: ¿son los inmigrantes una bendición o una catástrofe? Demasiado obvio.
Lo que es interesante sobre la discusión de la inmigración es la extensión en la que está dominada por la confusión, particularmente acerca de la naturaleza de los inmigrantes. Cuando se usa el término “inmigrante”, frecuentemente significa dos cosas: a veces significa ciudadano no-norteamericano que ha venido a residir a los EE.UU. legalmente. La alternativa, el término puede significar un grupo social o lingüísticamente diferente que vive en los EE.UU. sin importar el estatus legal. Cuando se juntan en sus varias permutaciones, el discurso sobre la inmigración se vuelve caótico. Es necesario simplificar y clarificar el concepto “inmigrante”.
Inicialmente la inmigración en a los EE.UU. tuvo dos formas básicas. Hubo emigrantes voluntarios, desde los europeos en el siglo XVII hasta los asiáticos de hoy. Hubo emigrantes involuntarios –primordialmente africanos- que fueron forzados a venir al continente contra su voluntad. Ésta es una de las grandes vergüenzas que recorren la historia norteamericana. Un inmigrante que vino de China en 1.995 tiene mucho más en común con los puritanos que arribaron a Nueva Inglaterra hace más de 300 años que lo que puede tener con los africanos. Aquel vino por elección, buscando soluciones a sus problemas personales o políticos. Éste vino por la fuerza, traído aquí para resolver los problemas económicos o políticos de otros. Esta es una cuestión.
La segunda es entre aquellos que vinieron a los EE.UU. y aquellos de los que vino EE.UU. Las tribus nativas, por ejemplo, fueron conquistadas y subyugadas por los inmigrantes que vinieron a los EE.UU. antes y después de su fundación. Debería notarse que este es un proceso que ha tenido lugar varias veces en la historia de la humanidad. De hecho, algunas tribus nativas que ocuparon a los EE.UU. antes de las invasiones extranjeras han suplantado a otras tribus –muchas de las cuales fueron arrasadas en el proceso. De todas formas, en un sentido estrictamente social, las tribus nativas norteamericanas fueron militarmente derrotadas y subyugadas, su estatus legal en los EE.UU. fue a veces ambiguo y su estatus social frecuentemente el de extranjeros. Se convirtieron en inmigrantes porque los ocupantes de los nuevos EE.UU. los removieron de sus lugares.
Había un segundo grupo de gente en esta clase: los mexicanos. Una importante porción de los EE.UU., que corre desde California a Texas, fue territorio conquistado, tomado de México en la primer mitad del S. XIX. México existía en territorio que los españoles le habían arrebatado a los aztecas, quienes desalojaron a habitantes anteriores. Otra vez, esto no debería encuadrarse en términos morales. Debería enmarcarse en términos geopolíticos.
Cuando los EE.UU. conquistaron el sudoeste, la población mexicana que continuó habitando la región no era población inmigrante, sino conquistada. Tal como con los nativos norteamericanos, fue menos un caso de ellos moviéndose hacia los EE.UU. que los EE.UU. moviéndose hacia ellos.
La respuesta de los mexicanos varió, como pasa siempre, y desarrollaron una identidad compleja. Con el tiempo, aceptaron la dominación política de los Estados Unidos y se convirtieron, por varias razones, en ciudadanos estadounidenses. Muchos se asimilaron a la cultura dominante. Otros aceptaron el estatuto legal de ciudadanos norteamericanos mientras mantenían una identidad cultural distinta. Otros aun aceptaron el estatus legal mientras mantuvieron intensas relaciones culturales y económicas a través de la frontera con México. Otros continuaron considerándose primordialmente mexicanos.
La frontera EE.UU.-México es en lo fundamental, arbitraria. La línea de demarcación define las relaciones políticas y militares, pero no define las relaciones económicas o culturales. Los fronterizos –que avanzan cientos de millas dentro de los EE.UU. en algunos puntos- tienen vínculos económicos y culturales extremadamente cercanos con México. Donde hay vínculos económicos, hay movimientos de población. Es inherente.
La persistencia de las relaciones a través de la frontera es inevitable en las zonas limítrofes que han sido políticas y militarmente subyugadas, pero en las cuales la mayoría de la población no ha sido aniquilada o desterrada. Donde el grupo del lado de los conquistados es suficientemente grande, auto contenido y conciente, esta situación puede extenderse por generaciones. Una mirada a los Balcanes ofrece un ejemplo extremo. En el caso de los Estados Unidos y su población mexicana, esto también ha continuado existiendo.
Este nunca se ha desarrollado en un movimiento secesionista, por varias razones. Primero, la preponderancia del poder de los EE.UU. comparada con el poder de México que lo vuelve un objetivo sin sentido. Segundo, la fortaleza de la economía norteamericana comparada con la economía mexicana no hacen de México nada atractivo. Finalmente, la cultura en los territorios ocupados evolucionó en los últimos 150 años, produciendo una cultura compleja que fue de la total asimilación a los híbridos complejos y a lo predominantemente mexicano. El secesionismo no ha sido una consideración viable desde el final de la Guerra Civil estadounidense. Ni tampoco se volverá un tema a menos que se de un sensible cambio en la balanza entre EE.UU. y México.
Sería un error, de todos modos, pensar en las migraciones a través de la frontera mexicano-estadounidense de la misma manera en que pensamos acerca de la migración de gente hacia los EE.UU. desde otros lugares como India o China, la cual es un fenómeno enteramente diferente –parte del largo proceso de migraciones hacia los EE.UU. que ha tenido lugar desde antes de su fundación. En estas, los individuos toman la decisión –aun si son parte de un movimiento masivo desde sus países- de ir hacia los EE.UU. y, al hacerlo, adoptar la cultura dominante para facilitar la asimilación. Las migraciones mexicanas son el resultado de los movimientos en un territorio de frontera que ha sido creado a través de las conquistas militares y del proceso político resultante.
La migración desde México es, desde un punto de vista legal, una migración a través de la frontera. En realidad, es simplemente una migración dentro de un territorio cuyos límites fueron superpuestos por la historia. Dicho de otra forma, si los EE.UU. hubieran perdido la guerra con México, estas inmigraciones no se notarían más que las migraciones de masas hacia California desde el resto del país a mediados del S. XX. Pero los EE.UU. no perdieron la guerra –y la migración se da a través de fronteras internacionales.
Debería notarse que esto también distingue los éxodos poblacionales mexicanos de la inmigración de otros países hispanos. Lo más cerca que uno está de un equivalente es Puerto Rico, cuyos habitantes son ciudadanos estadounidenses debido a anteriores conquistas. No tienen los problemas legales de los mexicanos ni tampoco pueden sólo pasarse simplemente a través de la frontera.
El caso mexicano es único en su tipo, y la dificultad de sellar la frontera es indicativa del tema real. Hay quienes piden un cierre de la frontera y, técnicamente, podría hacerse aunque el costo sería formidable. Más importante, volver una frontera político-militar en una efectiva barrera a las migraciones generaría desolación social. Sería una barrera corriendo en medio de una realidad social y económica integrada. Los costos para la región serían enormes, dado que habría que levantar un muro desde el Golfo de México hasta el Pacífico.
Si el objetivo de los EE.UU. es crear un proceso migratorio ordenado desde México, lo que cabe dentro de una política de inmigración más amplia que incluya al resto del mundo, eso es probable que no pueda hacerse. Controlar la inmigración en general es difícil, pero controlar los movimientos de las poblaciones indígenas en un territorio de frontera cuyos lados no logran cohesión social o económica es realmente imposible.
Esto no intenta ser una guía de política social. Nuestra visión general es que las políticas sociales que lidian con temas complejos suelen tener consecuencias inesperadas tan salvajes que son más como jugar a los dados que como elaborar una estrategia. De todos modos entendemos que habrá una política social, un debate caliente de ambos lados que terminará no haciendo lo que todos esperan, sino que concluirá en algo muy diferente.
El punto que queremos dejar en claro es simple. Primero, el tema de los movimientos poblacionales mexicanos tiene que ser tratado en forma totalmente separada de otras inmigraciones, como manzanas y naranjas. Segundo, establecer controles a lo largo de la frontera mexicano-estadounidense es probablemente imposible. A menos que estemos preparados para cerrar herméticamente la frontera, las masas fluirán indefinidamente a través de los límites, llevadas por factores económicos y sociales. México simplemente no termina en la frontera mexicana, y no lo ha hecho desde que Estados Unidos lo derrotó. Ni los EE.UU. ni México pueden hacer nada con respecto a esta situación.
El punto, desde nuestra mirada, cava en el corazón de la geopolítica como teoría. La geopolítica argumenta que la realidad geográfica crea realidades políticas, sociales, económicas y militares. Esto puede delimitarse por políticas y quizá aun controlando hasta determinado nivel, pero las realidades directivas de la geopolítica no pueden nunca ser simplemente obliteradas, excepto por un abrumador esfuerzo y dificultad. Los Estados Unidos no están preparados para hacer ninguna de estas cosas, y además, las cosas que están preparados para hacer están condenadas a la in efectividad.


Fuente: Panorama Internacional; en www.ft.org