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Asunto:NoticiasdelCeHu 1137/03 - ALCA Y DEUDA: LAS DOS CARAS DE UNA DOMINACIÓN
Fecha:Lunes, 3 de Noviembre, 2003  22:32:22 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 1137/03
 

ALCA Y DEUDA: LAS DOS CARAS DE UNA DOMINACIÓN

                                                                                                          Claudio Katz[1]

El gobierno de Bush ha establecido dos prioridades económicas para América Latina: avanzar con el ALCA y reforzar el cobro de la deuda externa. Ambos objetivos se encuentran íntimamente entrelazados y constituyen aspectos complementarios de la dominación imperialista. La sujeción comercial acentúa las ataduras financieras de la región y las transferencias de divisas hacia el Norte facilitan la sumisión del comercio exterior latinoamericano a las necesidades estadounidenses.

El control norteamericano de su “patio trasero” se ha tornado más necesario a partir del atolladero que enfrentan sus tropas en Irak. Esta pesadilla se asemeja cada vez más a Vietnam a medida que aumenta la resistencia popular en todo el mundo árabe. Ante la perspectiva de un largo y costoso conflicto, Estados Unidos intenta asegurar su manejo de los recursos estratégicos de Latinoamérica. El ALCA y la deuda son los instrumentos de esta dominación.          

LAS URGENCIAS DEL ALCA.

Existen tres razones que explican la ansiedad norteamericana por avanzar en la suscripción de tratados de libre comercio que permitan el incremento de las exportaciones. La administración republicana soporta un desbordante déficit comercial, que a diferencia del período Clinton se amplia en un contexto de bajo crecimiento, ascendente desempleo y elevado descontrol de las cuentas públicas. Ese desequilibrio comercial no es novedoso pero su impacto puede ser traumático, si desalienta la afluencia internacional de capitales a la economía norteamericana en un momento de estancamiento de la inversión. El ALCA apunta a favorecer las ventas externas a través de políticas que mantengan la cotización del dólar en un nivel compatible con el ingreso de esos capitales foráneos.

En segundo lugar, este convenio reforzaría la desregulación de los movimientos internacionales de capital que necesitan los bancos norteamericanos para lucrar en el exterior con operaciones financieras de alta rentabilidad. Cómo las tasas estadounideneses están bajando para inducir la reactivación económica local, los financistas colocan nuevamente capitales en Latinoamérica. Pero ahora exigen mayores reaseguros jurídicos para sus inversiones.

En tercer lugar, Estados Unidos ya no compite con dispersos rivales del viejo continente, sino con un bloque de la Unión Europea que disputa la hegemonía comercial y monetaria de la primer potencia. La suscripción del ALCA apunta a garantizar que América Latina permanecerá en el área del dólar durante un periodo de previsibles choques entre los dos grandes concurrentes del mercado mundial. Europa tiende puentes hacia los dominios norteamericanos de Latinoamérica, ofreciendo tratados regionales de libre comercio (con el Mercosur) o bilaterales con ciertos países (por ejemplo, Brasil).

Los propósitos imperialistas de Europa no difieren del expansionismo norteamericano. La expectativa de un trato más benigno por parte de los capitalistas del viejo continente es un mito que perdura entre muchos progresistas. Pero basta observar el resultado de la “reconquista española” del nuevo continente -que durante 1995-2000 sirvió de canal para múltiples inversiones europeas- para desmentir esa creencia. El grueso de esos fondos fue destinado a financiar privatizaciones de servicios públicos que descapitalizaron a la región y redujeron su autonomía económica. La prioridad de la Unión Europea -en plena expansión hacia el Este- es solventar el ingreso de nuevos miembros a la Comunidad y por eso buscan absorber recursos de los restantes países periféricos de mundo[2].

Pero Estados Unidos también tiene necesidad de fondos e intenta cerrarle el paso a sus rivales europeos impulsando el ALCA. Pero esta asociación no se reduce a la firma de un convenio comercial. El ALCA constituye al mismo tiempo un instrumento de presión para suscribir tratados por otras dos vías: la OMC y los convenios bilaterales.

            LA INSTANCIA MULTILATERAL.

A través de la Organización Mundial de Comercio (OMC) las grandes potencias ejercen un evidente dominio sobre la periferia. Todas las decisiones que se adoptan en ese ámbito afectan a los países subdesarrollados. Se reducen aranceles en los sectores que benefician las capitalistas del centro y se mantienen las barreras en los rubros que afectan a las grandes corporaciones.

Esta asimetría se verificó desde 1947 hasta los años 90 en los sucesivos convenios que desregularon el comercio de productos industriales. En este terreno la superioridad competitiva de las economías avanzadas sobre las retrasadas ha sido evidente. Pero en la última década las negociaciones han girado en torno a otros dos sectores de interés prioritario para los capitalistas del Primer Mundo: los servicios y la propiedad intelectual.

En estos dos segmentos las grandes compañías obtendrían beneficios adicionales si se reglamentaran nuevas privatizaciones y derechos de participación extranjera en las compras estatales de Latinoamérica. Otra exigencia de las compañías es el cobro de mayores sumas en concepto de patentes, especialmente en el terreno de los bienes informáticos. En el caso de los productos medicinales esta misma demanda tiene una connotación dramática, porque el encarecimiento de los remedios directamente empujaría a la morgue a millones de pobres de la región.

La euforia librecambista de los principales gobiernos occidentales se diluye abruptamente cuándo se discute la desregulación de los sectores más protegidos de las economías desarrolladas. Aquí el punto más crítico es la cuestión agrícola, porque en el Primer Mundo rige desde hace décadas un sistema de subsidios destinados a sostener los precios y contrarrestar la superproducción estructural. La Unión Europea acaba de extender la vigencia de este sistema (PAC) hasta el año 2013 y Estados Unidos ratificó subvenciones (“farm bill”) que en la última década se han multiplicaron por seis. Las “ventajas del librecomercio” y de la “ausencia de discriminaciones” se discuten, por lo tanto, en una atmósfera de hipocresía descarada. Estados Unidos y Europa alegan que no pueden negociar el tema agrícola con América Latina sin arribar previamente a un acuerdo entre ellos. Incluso rige una denominada “cláusula de paz” que impide llevar a los tribunales comerciales internacionales las controversias de este sector. Como resultado de este irresoluble entredicho en la mesa de negociación solo figuran los temas que plantean las grandes potencias.

Pero como esta agenda inevitablemente empantana las tratativas en la OMC, Estados Unidos se ha lanzado a lograr por el camino bilateral lo que no puede imponer a través de la negociación colectiva.

EL CAMINO BILATERAL.

 Al suscribir tratados particulares con distintos países periféricos, Estados Unidos busca romper la “impasse” en que se encuentra la desregulación general e intenta también diluir cualquier posibilidad de resistencia común por parte de la periferia. Por este camino pretende, además, preservar las barreras proteccionistas en algunos sectores industriales con desventajas competitivas (por ejemplo, el acero) e introducir nuevos mecanismos para enmascarar aranceles adicionales (como la inminente ley contra el bioterrorismo).

El gobierno de Bush ha impulsado intensamente los tratados bilaterales. Ya suscribió 170 convenios de distinto tipo en un radio que prácticamente cubre a todo el planeta. Selecciona a ciertos socios privilegiados en cada región (Singapur, Israel, Jordania, Australia) como pilares de sus propios intereses en cada continente.

En América Latina el convenio más reciente se firmó al cabo de una larga negociación secreta con Chile e incluye aspectos de liberalización financiera que desbordan ampliamente el marco comercial. Aún hoy se desconocen distintos aspectos de la letra chica de este acuerdo, pero la gigantesca disparidad del PBI entre ambas naciones (134 veces de diferencia) ilustra acabadamente qué tipo de competencia ofrece esta asociación. Ningún sector industrial trasandino se encuentra en condiciones de soportar una avalancha exportadora norteamericana, pero los grupos agromineros locales que impulsaron el convenio porque han construido nichos de colocación de sus productos en el mercado estadounidense. A las compañías fruteras, pesqueras, madereras les interesa mejorar su propia rentabilidad a costa del resto del país y no tienen en cuenta el creciente agobio impositivo y la quiebra de pequeñas y medias empresas que supone el acuerdo. En perspectiva, el convenio podría también conducir a la creciente privatización foránea del cobre[3].

Pero Chile ya es una economía abierta al exterior, su comercio es complementario del norteamericano y detenta una estructura industrial muy limitada. Por eso el tratado no tendrá un impacto comparable al que producirá en economías periféricas de mayor tamaño. El precedente de los ocurrido en México al cabo de una década de vigencia del NAFTA es muy ilustrativo de este efecto.

Desde la suscripción de ese tratado el promedio de crecimiento industrial de México ha sido bajísimo, en un marco de vertiginosa desnacionalización de las cadenas comerciales y los bancos (90% en manos extranjeras) y retroceso espectacular de la participación de componentes nacionales en los productos fabricados en las maquiladoras (del  91% en 1983 al 37% en 1996). El impacto de esta reorganización se verifica en las 28.000 pequeñas empresas que han quebrado, la creciente desigualdad regional (las inversiones se concentran en el norte en desmedro del sur) y la crisis agraria provocada por la importación masiva de alimentos estadounidenses.

Pero el NAFTA ha precipitado también una explosión de emigración, ya que solo uno de cada tres mexicanos tiene un trabajo formal. Frente a este aluvión de pobreza Estados Unidos cierra la frontera, ratificado que la libertad de circulación de las mercancías y los capitales no se extiende a los individuos. Este es el doble patrón que regula los procesos de integración bajo el capitalismo.

            MÚLTIPLES  VIAS PARA UNA MISMA META.

El ALCA es un proyecto complementario de las negociaciones multilaterales y bilaterales. Por eso la firma del acuerdo antes del año 2005 es tan solo un aspecto del avance de la dominación comercial norteamericano. Quiénes se anticipan a caracterizar que estas tratativas “se encuentran estancadas” no observan las múltiples vías que tiene ese proceso.

A Estados Unidos no le preocupa la formalidad de un tratado que cubra desde Alaska hasta Tierra del Fuego, sino el logro de objetivos precisos, que en lo inmediato están centrados en la liberalización de los servicios y las garantías a los inversores[4]. Por eso adapta cada negociación a sus conveniencias. Suscribe convenios directos (Chile, Guatemala, Costa Rica) y tienta con la misma zanahoria a otras naciones (Uruguay, Perú, Colombia) para aislar a su principal adversario comercial (Brasil), debilitar a un serio concurrente agrícola (Argentina) y socavar a un régimen político crucificado (Venezuela). Si no logra someter a todos, probablemente ensayará la fractura geográfico-comercial entre un grupo más asociado del Pacífico (México, Chile, Centroamérica, Perú, Colombia) y otro sector del Atlántico (Brasil, Argentina, Venezuela) más sometido al desgaste de negociaciones siempre inconclusas.

Estos mecanismos de presión se pusieron de relieve luego de la última reunión de Cancún. Allí surgió un grupo de 22 naciones periféricas (lideradas por Brasil, India y Malasia) que se resistieron a discutir la agenda fijada por Estados Unidos y Europa. El intento posterior de conformar un alineamiento comercial autónomo de América Latina fracasó porque Estados Unidos forzó la deserción de varios participantes.

América Latina enfrenta la perspectiva de un serio deterioro de los términos de intercambio. Pero la intención imperialista apunta también al control directo del petróleo de México, Venezuela y Ecuador, los bosques de la Amazonia y las reservas de agua de la Triple Frontera. El imperialismo avanza por distintos caminos hacia esos objetivos.

                        DOMINACIÓN FINANCIERA.

Todos los proyectos de reforzamiento de la supremacía comercial norteamericana se sostienen en la creciente sumisión financiera de Latinoamérica. El ALCA se asienta en el cobro de la deuda externa, porque el cumplimiento de convenios de apertura y desregulación exige la supervisión directa del FMI de la política económica en la región.

Por eso carece de sentido discutir el ALCA sin hablar de la deuda. Son dos procesos dependientes uno del otro. Cada pago de intereses potencia la pérdida de soberanía de países que son forzados a suscribir tratados comerciales desfavorables y este resultado a su vez desemboca en mayores concesiones financieras. Semejante círculo vicioso no puede cortarse sin rechazar la dominación imperialista en los dos campos.

El desangre financiero que actualmente provoca el pago de la deuda asfixia la economía regional, y que genera fuertes transferencias de recursos y sucesivos programas de ajuste recesivos. Estas políticas restrictivas han causado un nuevo período de estancamiento productivo, luego del ciclo de moderada reactivación (1990-95) que siguió a la “década pérdida” del 80. El PBI per capita sólo aumentó 0,4% en 2001, cayó 0,6% en 2002 y está previsto un irrisorio incremento de 1,5% en 2003, que situará a este indicador un 2% por debajo del nivel alcanzado en 1997. El año pasado algunos países padecieron situaciones de inédita depresión (como el derrumbe del 11% del PBI en Argentina), en un cuadro de retracción general de la inversión extranjera (de 67.000 millones de dólares en promedio durante el período 1997-2001 a 39.000 millones en el 2002). Incluso la atracción capitalista de las maquiladoras mexicanas o centroamericanas tiende a decrecer frente a la rivalidad del Sudeste Asiático, en la salvaje competencia internacional por abaratar el costo de la mano de obra.

El estancamiento productivo de Latinoamérica explica porqué el déficit comercial de comienzo de los 90 –resultante del impulso de importaciones que generó la reactivación- se ha transformado en la actualidad en un acentuado superávit.

El desangre que provoca el pago de la deuda se verifica también en la expansión de la miseria. El desempleo alcanzó un escandaloso pico durante el año pasado y el número total de pobres saltó de 203 a 214 millones de personas entre 1997 y 2001. En Argentina, Venezuela o Colombia predomina la media regional de empobrecidos (50-55%) y en Honduras, Paraguay, Ecuador o Bolivia el mismo drama afecta al 60 u 80 % de la población. Reiteradamente se afirma que América Latina es la región con mayores niveles de desigualdad de todo el planeta (el 10% de los habitantes acapara el 48% de la renta), pero pocos describen como el pago de la deuda recrea esta polarización. Los ajustes del FMI son tan sofocantes, que incluso recuperando las tasas de crecimiento de principios de los 90, recién en el año 2015 el porcentaje de pobreza volvería a situarse en los niveles de la década pasada.

La hemorragia de la deuda desemboca, además, en la periódica cesación de pagos de los países más afectados y por eso el año pasado, el temor a un contagio regional del default argentino creó un clima de catástrofe financiera. Especialmente la posibilidad de una caída de Brasil precipitó la fuga de capitales y potenció los desajustes cambiarios y monetarios en toda la región. Perú, Paraguay y Uruguay estuvieron varias veces al borde del default y este peligro incluso se extiende a economías que hoy parecen alejadas de la cesación de pagos. Por ejemplo, en México el porcentaje de la deuda en comparación al PBI es actualmente semejante al que predominó durante el período que precedió a la gran crisis de los 80[5].

En la medida que el default argentino no contagió dramáticamente al resto de Latinoamérica, un clima de cierto desahogo ha renacido bajo el impacto de una renovada afluencia de capitales de corto plazo hacia la región. Pero este tipo de respiros son pan para hoy y hambre para mañana, porque repiten el patrón de ciclos regionales de endeudamiento latinoamericano atado a las fluctuaciones de la liquidez de las economías desarrolladas. En las etapas de ingreso de estos capitales se suelen difundir teorías sobre el resurgimiento latinoamericano, que se disuelven con la misma velocidad con que reaparece la crisis. En lugar de reiterar esas fantasías conviene reconocer hasta que punto el pago de la deuda obstruye estructuralmente el progreso de Latinoamérica.

            LAS CONSECUENCIAS PARA LA ARGENTINA.

Como Argentina es el principal deudor en default del mundo ocupa un lugar clave en la renegociación de la deuda y en las tratativas del ALCA. Cada decisión financiera del país impacta inmediatamente sobre toda la zona y por eso la reciente suscripción del acuerdo con el FMI resulta tan negativa, tanto por la aceptación del criterio del superávit fiscal, como por la decisión de negociar en los marcos establecidos por el Fondo. Qué una nación devastada por la pobreza y el desempleo acepte generar un ahorro fiscal del 3% de su PBI para pagar a los acreedores constituye un nefasto precedente para todas naciones que sufren el desangre de la deuda.

En lugar de recurrir al déficit presupuestario -que tradicionalmente se aplica para reactivar las economías golpeadas por la depresión- se convalidó una política de ajuste permanente. El objetivo de esta decisión ha sido asegurar pago privilegiados a los organismos multilaterales, es decir a los principales responsables de la crisis. Pero, además, se contrajo este compromiso a cambio de nada. Las erogaciones no tendrán contrapartida, porque la Argentina no recibirá un solo dólar de dinero fresco. En las condiciones de aislamiento financiero internacional que padece el país no tenía ninguna necesidad de suscribir un acuerdo, que en cambio si necesitaba el FMI. Esa institución afrontaba la perspectiva de fuertes pérdidas patrimoniales y de un eventual auxilio por parte del Tesoro estadounidense. Al suscribir un acuerdo tan desfavorable la Argentina ha quedado más expuesta a las presiones comerciales norteamericanas.

Luego de entrevistarse con Bush, el presidente Kirchner reafirmó la negociación del ALCA en el marco propiciado por Estados Unidos. El ex funcionario menemista que comanda estas tratativas (M.Redrado) ha propuesto discutir el convenio avalando los subsidios norteamericanos al agro, si Estados Unidos compensa esta concesión con reducciones arancelarias hacia algunas exportaciones argentinas (limones, miel, acero). Hasta el momento la contraoferta norteamericana solo incluye esta disminución en productos marginales (artesanías). Pero lo más importante es que la Argentina acepta negociar lo que le interesa a Estados Unidos y también transferir a la OMC los temas que los norteamericanos no quieren abordar. Estas negociaciones pueden ser muy nocivas para la Argentina por cuatro razones.

En primer lugar, con el mantenimiento de los subsidios agrícolas en Estados Unidos se convalida un criterio de enorme desigualdad en las relaciones comerciales entre dos países competidores, que ofrecen las mismas exportaciones a los mismos mercados. Al acordar un sistema de total libertad competitiva avalando el explicito subsidio que realiza su concurrente, la Argentina acepta jugar en el equipo de los perdedores. El efecto final de esta desregulación puede ser dramático, porque al cabo de un nefasto proceso de reprimarización el país se han vuelto más dependiente de su exportación de alimentos.

En segundo término, el impacto sobre la industria de cualquier negociación de libre comercio sería demoledor, ya que supondría el reinicio de un ciclo de apertura y consiguiente destrucción del tejido productivo. La experiencia de la convertibilidad no deja ningún margen de duda sobre los resultados de las rebajas aduaneras en un país periférico.

En tercer lugar, como el país ya remató sus principales empresas públicas, la exigencia norteamericana de liberalizar los servicios no apunta tanto a las privatizaciones, Quizás el ALCA beneficiaría a las empresas estadounidenses interesadas en desplazar a sus competidores europeos en el manejo de algún sector. Pero lo que es evidente es la intención que tienen las corporaciones norteamericanas de ampliar su participación en los negocios de obra pública y en las actividades sanitarias y educativas que aún gestiona directamente el estado. También aquí se juega el problema de la propiedad intelectual y es muy significativo que el gobierno de Kirchner impulse la aprobación legislativa del régimen propiciado por los laboratorios extranjeros.

Finalmente, el ALCA (o un convenio equivalente) reforzaría la transferencia de soberanía a los tribunales internacionales para dirimir litigios comerciales. Como el país acumula una agobiante carga de demandas financieras por el default de la deuda, una secuencia adicional de juicios y embargos afianzaría la degradación del país a una situación neocolonial.     

            EL MERCOSUR EN PROBLEMAS.

Frente al avance de la presión norteamericana para instalar el ALCA, Lula y Kirchner han ratificado la preservación del MERCOSUR, con numerosas declaraciones y gestos destinados a subrayar la continuidad del acuerdo. Pero la crisis de este convenio no se resuelve con reuniones, proclamas y viajes presidenciales. En comparación al proceso de integración europea o a las iniciativas multilaterales y bilaterales que promueve Estados Unidos, el MERCOSUR apenas sobrevive.

Transcurrida más de una década desde su formación, Brasil y Argentina no han logrado avanzar en la conformación de un área monetaria común y tampoco han podido superar sus divergencias arancelarias. Es cierto que el intercambio comercial se ha multiplicado sensiblemente, pero este salto no es sinónimo de integración. La unión aduanera de hecho no funciona, porque el arancel externo común se encuentra perforado por la drástica apertura que implementó Argentina durante la convertibilidad, sin ningún tipo de acompañamiento por parte de Brasil. Por eso persisten las diferencias entre los regímenes arancelarios que rigen en ambos países. Los sistemas de admisión temporaria de Argentina son la antítesis de la protección selectiva que impone Brasil.

Pero también el intercambio corriente se encuentra periódicamente afectado por la vigencia de políticas de subsidios divergentes, que hasta ahora no se han podido armonizar porque tampoco funcionan los sistema de arbitrajes previstos para casos de conflictos comerciales. El correlato político de esta inconsistencia económica es la ausencia de instituciones comunes para toda la zona. Recientemente Lula y Kirchner resolvieron romper esta “impasse” con el proyecto de conformar una Legislatura regional para el año 2008. Pero en la zona no faltan sellos de este tipo. Un Parlamento Latinoamericano existe desde hace mucho tiempo, sin que ningún ciudadano tenga la menor idea de las actividades que realiza. Sin moneda común, ni políticas macroeconómicas conjuntas, el MERCOSUR continuará languideciendo.

Este diagnóstico es compartido por muchos analistas que lamentan la “falta de políticas comunes” o la “ausencia de mecanismos armonizadores”. ¿Pero a qué obedecen estas carencias? La respuesta es muy sencilla: la dependencia unilateral de cada país hacia sus acreedores y el tipo de los convenios que firman con el FMI.

En cada renegociación de la deuda, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay suscriben compromisos de ajuste que impiden cualquier coordinación regional efectiva. En estos acuerdos se definen porcentajes de superávit diferenciados, cronogramas impositivos distintos y políticas de subvención industrial peculiares. Esta ausencia de políticas comunes se agrava en los períodos de crisis bancarias y cambiarias, que estallan en cada país y que los distintos gobiernos intentan superar con desincronizados ajustes recesivos. En estas condiciones la integración se torna ficticia.

Esta erosión de los acuerdos se evidencia en las recurrentes oscilaciones la balanza comercial entre Brasil y Argentina que suceden a las crisis devaluatorios que afectan a cada nación. Al desplomarse la convertibilidad pareció insinuarse un nítido ciclo de superávit argentino, pero como la recesión brasileña coincide con la recuperación económica local ha reaparecido en el país la conocida queja contra la “invasión de las importaciones paulistas”. Además se han reavivado las tensiones en los sectores más conflictivos (calzado, textiles, línea blanca). Estos choques ilustran la fragilidad de la integración comercial en un marco de contextos productivos y macroeconómicos disímiles[6].

A pesar de su dimensión continental, Brasil no puede emular a Estados Unidos como locomotora zona, ni a Alemania en su sostén de una moneda común. Los dos grandes socios de Sudamérica son países sometidos a la dominación imperialista y no se perfilan como un bloque competitivo en el mercado mundial. Por eso el aumento del intercambio comercial entre Argentina y Brasil, no mejoró el perfil de ninguno de los dos países frente a los concurrentes extraregionales.

Estas debilidades se manifiestan más agudamente cuándo la coyuntura económica es divergente. Por ejemplo, en la actualidad Argentina comienza a emerger de la peor depresión de su historia, mientras que en Brasil no se ha producido un desenlace de los desequilibrios acumulados durante la última década.

            ALIANZAS MUY CAMBIANTES.

Muchos intelectuales progresistas han pasado del rechazo frontal de los proyectos norteamericanos a la aceptación de un “ALCA posible”, “mejorado” o “más equitativo” [7]. Defienden la tesis de “negociar desde el MERCOSUR”, suponiendo que un frente común de esta región frenará la arremetida comercial estadounidense. Como primer paso en esta dirección, Argentina y Brasil han elevado una oferta común de liberalización de ciertos servicios, que no coincide con los sectores reclamados por el gobierno de Bush (bancos, medios de comunicación, actividades medicinales, telecomunicaciones).

Pero el gran interrogante gira en torno a la consistencia de este frente para contener el ALCA. Por un lado, Paraguay y Uruguay ya son tentados por Estados Unidos para encarar tratativas bilaterales y por otra parte, la perdurabilidad de la sociedad argentino-brasileña es dudosa. La apuesta estratégica norteamericana es debilitar a la burguesía brasileña, que mantiene el único sector industrial medianamente autónomo de Sudamérica. Frente a esta ofensiva: ¿Se sostendrá el compromiso argentino con su vecino?

Las clases dominantes de los dos países mantienen puntos de conflicto muy distintos con Estados Unidos y además han desarrollado asociaciones diferentes con sus pares del Norte. Por eso toda la negociación del ALCA se desenvuelve en secreto y con la presencia de los múltiples lobbys empresariales, que buscan sacar partida para sus propios intereses. En el documento preliminar del convenio figuran 9000 corchetes (puntos de conflicto) que se discuten en el típico ambiente tramposo que rodea a cualquier negociación capitalista.

Tanto en Brasil como en Argentina existe una severa tensión entre los grupos exportadores interesados en lograr alguna migaja del mercado norteamericano y los sectores industriales amenazados por la apertura comercial. Por eso los cancilleres de los dos países hacen malabarismos para explicar que tipo de ALCA resultaría aceptable para todos los grupos en discordia.

Como siempre ha ocurrido las clases dominantes buscarán la salida más conveniente para sus bolsillos suscribiendo un ALCA total, parcial, conjunto o separado. Pero en ningún caso colocarán las necesidades populares en la agenda de estas tratativas

ALTERNATIVAS POPULARES.

Quiénes presentan el MERCOSUR como la alternativa al ALCA omiten explicar porqué el período transcurrido desde la formación de esa alianza ha sido tan nefasto para los trabajadores y desocupados de la región. Desde los años 90 el ajuste ha sido brutal en todos los terrenos: recortes salariales, despidos masivos, pauperización. La tragedia social sin precedentes que acompañó la formación del MERCOSUR indica que este acuerdo no representa un remedio para los problemas de la región. Mientras los negocios de varios grupos empresarios prosperaron con subsidios y beneficios arancelarios, la mayoría popular soportó los golpes de la flexibilización laboral y del recorte de los sueldos.

            Frente a este resultado numerosos analistas proponen reformular la alianza creando “Otro MERCOSUR” de tipo “popular” o “social”. Pero al igual que el ALCA el problema no radica en el nombre, sino en el contenido del proyecto. El MERCOSUR continuará sirviendo a los intereses de la minoría capitalista si gira en torno al mejoramiento de la rentabilidad de las corporaciones afincadas en varios países. Seguirá beneficiando a un grupo selecto de corporaciones si se limita a promover “economías de escala” basadas en el “abaratamiento del costo salarial” y continúa perfeccionando la división del trabajo en zonas que aportan materias primas y localidades que industrializan esos recursos.

            La única opción positiva es cambiar las prioridades y colocar la integración al servicio de las aspiraciones populares. Hay que coordinar la solidaridad y no la competitividad, asegurar la estabilidad del empleo y no la libre movilidad de los capitales, eliminar la pobreza y la desnutrición y no las restricciones a los negocios empresarios. Este tipo de integración no desenvolverse en torno al comercio, sino que debe desarrollarse en función de las reivindicaciones sociales. La prioridad es unir a los pueblos y no atarlos a los intereses de cada clase dominante.

Por este camino se puede concebir no solo una alianza de los trabajadores, campesinos y desempleados de la región, sino también una coordinación con los oprimidos de los países desarrollados. Un agricultor norteamericano empobrecido por culpa del “agrobussines” tiene más intereses en común con un campesino sudamericano que con las transnacionales que lucran con los sufrimientos de ambos.

Pero primero hay que avanzar hacia una integración de los pueblos latinoamericanos ratificando la prioridad de una batalla conjunta contra la dominación comercial y financiera del imperialismo. Separar la resistencia al ALCA de la lucha por cesar el pago de la deuda externa conduce al fracaso de ambos objetivos. Para que la población se comprometa activamente con la primer reivindicación debe percibir que no es utilizada como prenda de negociación en las disputas entre grupos capitalistas. Cualquier freno del ALCA acompañado del mantenimiento del pago de la deuda implica la continuidad del ajuste. Por eso la acción contra el ALCA debe empalmar con el rechazo de la deuda y la militarización regional. La campaña que se desarrolla actualmente en la Argentina (“Consulta popular de la Autoconvocatoria No al ALCA”) reúne acertadamente estos tres temas en una misma acción.

Este programa e recoge el mensaje de las grandes movilizaciones populares que actualmente se registran en Latinoamérica. Las marchas multitudinarias en Perú, los paros en Uruguay, las huelgas en Chile, las manifestaciones en Venezuela, las ocupaciones de tierra en Brasil, las acciones de trabajadores y piqueteros de Argentina invariablemente apuntan contra el FMI y el ALCA.

Pero la gesta de mayor alcance reciente ha sido protagonizada por la insurrectos de Bolivia. Este levantamiento encarna reivindicaciones históricas de la población (salida al mar, defensa de los cocaleros, tierra y alimentos para los campesinos, dignidad para las culturas locales) y reclamos frontalmente opuestos al pago de la deuda y al ALCA. Las demandas sociales confrontan con el FMI y la exigencia de industrializar el gas en el país desafía al ALCA. Privatizar la extracción de ese recurso y exportarlo en bruto hacia Estados Unidos es justamente la prioridad de un acuerdo de libre comercio con Bolivia. Quiénes han padecido durante centurias el saqueo de la plata, el salitre y el estaño se resisten heroicamente a una nueva depredación.

La batalla contra la deuda y el ALCA resucita la aspiración popular de alcanzar la unidad regional y romper las cadenas de 500 años de opresión. Este anhelo está presente entre los trabajadores, campesinos y desempleados que luchan por cambiar la terrible sucesión de padecimientos que ha signado la historia de América Latina.

                                                           2 de noviembre de 2003.

                                                           claudiok@arnet.com.ar

www.netforsys.com/claudiokatz

 



[1]Economista, Profesor de la UBA, investigador del Conicet, miembro del EDI (Economistas de Izquierda)

[2]Buster Gustavo. “La Unión Europea y América Latina”. Seminario Amerique Latine. Sortir de l´impasse de la dette  et l´ajustement”. Bruselas 23-25 mayo 2003.

 

[3] Azocar Oscar. “Chile: el TLC con Estados Unidos, ganadores y perdedores”. Rebelión, 7-6-03

 

[4] Arceo Enrique. “El ALCA es regulación disfrazada de libertad”. Página 12, 13-10-03.

 

[5]Guillen R. Arturo “México: deuda y desarrollo económico”. Ponenecia al seminario Amerique Latine. Sortir de l´impasse de la dette  et l´ajustement”. Bruselas 23-25 mayo 2003.

 

[6] Nogueira Uziel. “Los ciclos divergentes”. Clarín, 27-7-03

 

[7]Por ejemplo: Amorin Celso. “Comercio y Desarrollo. Que ALCA es posible?. Clarín, 1-8-03