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Asunto:NoticiasdelCeHu 945/03 - PARA DOMAR LA NATURALEZA
Fecha:Lunes, 7 de Julio, 2003  17:58:10 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 945/03
 
 Para domar la naturaleza

Dr. ALFREDO SIRAGUSA

Miembro Honorario del Centro Humboldt

Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires



Hoy en día es un pensamiento generalizado que el ambiente en el que vivimos y desarrollamos actividades conforma un marco estático, por siempre inamovible. Así, cuando se producen cambios bruscos, resulta cómodo decir "se trata de una catástrofe". Nada más equivocado. Relieve, suelos, vida y aguas, cambian, sin prisa y con pausas, pero están siempre en evolución, así como cambian las actividades, los usos dados al espacio a través del tiempo.

El área del río Quinto es una muestra de lo dicho, una de las zonas del país más perturbadas en las últimas décadas, tanto por la instalación de un ciclo hiper húmedo en los años 70 y 80, como por las obras realizadas por el hombre. Históricamente, los cursos hídricos del noroeste pampeano fueron modificados para mitigar las inundaciones aprovechando zonas bajas. La cuenca inferior del río Quinto tenía como nivel de base a los Bañados de La Amarga. Cuando los Bañados fueron colmados, otra vez por medio de canalizaciones se derivaron aguas hacia el noreste de la Provincia de La Pampa y en el noroeste de la de Buenos Aires. Pero pasan los siglos y el problema continúa: entre 1986 y 1988 se produjeron grandes precipitaciones que llegaron a más de 1.700 mm. Frente a esta situación de desastre se aceleró la construcción de desagües y terraplenes defensivos. Se llevaron a cabo obras de canalización, tendiendo a alcanzar al río Salado de Buenos Aires y provocar un escurrimiento hacia la bahía de Samborombón, a través de la laguna de Bragado, hacia las lagunas de Trenque Lauquen.

Las aguas cubrieron varias rutas, aislaron poblaciones e inundaron unas cuatro millones de hectáreas. Los técnicos, expertos y políticos siguieron haciendo terraplenes y canales para derivar aguas y evitar la incomunicación de las poblaciones. Las rutas fueron reconstruidas con terraplenes de más de cinco metros. Se abrieron alcantarillas, se volaron terraplenes ferroviarios, se efectuaron más canales. Los bajos intermédanos se convirtieron en láminas de agua. Canales nuevos, cunetas, caminos vecinales y toda tierra baja almacenaron aguas. Cuando menguó la superficie afectada, quedaron nuevas lagunas, apareciendo una avifauna multiplicada a niveles de saturación. Los reclamos vecinales por la ampliación de los cuerpos lénticos llevaron a que las autoridades encararan nuevas canalizaciones para convertir al Río Quinto (endorreico, con nivel de base en los Bañados de La Amarga), en exorreico, aumentando más de tres veces sus dimensiones históricas en superficie y extensión. De estas obras, algunas se hicieron y otras no. Pero el problema sigue y va a seguir: el área seguirá fluctuando entre períodos de sequía y períodos de humedad, en ambiente de llanura templada. Haciendo canales para aliviar excesos hídricos se baja la freática a niveles que en un nuevo período de sequía no permitirá el desarrollo de las plantas; luego, cuando aumente la cantidad de agua disponible, va a ser difícil que con canales se evite la anegabilidad. Conviene entonces preguntarse: ¿beneficiarán estas obras a los campos de suelos livianos de lo históricamente conocido, zona semiárida arreica? Seguramente no. Conviene recordar las recomendaciones de hace más de un siglo de Florentino Ameghino, que preconizaba almacenar las aguas en exceso en los bajos, para beneficiarse con ellas en las etapas de sequía. Sin duda los conceptos hidráulicos no concuerdan con el cuidado del ambiente. Dentro de poco se sabrá quién tenía la razón.

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