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Asunto:NoticiasdelCeHu 924/03 - Cuando el Estado desaparece
Fecha:Viernes, 4 de Julio, 2003  23:47:51 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 924/03
 
Cuando el Estado desaparece
 
El colapso del suministro eléctrico en Norteamérica y de las redes asistenciales por el calor en Europa
muestra, también, los efectos de idolatrar al mercado.


Oscar Raúl Cardoso.
De la Redaccion de Clarín.

 



Después de que se agitara brevemente, una vez más, el inevitable fantasma del terrorismo, la posibilidad es que sólo la vetustez de la red energética nacional de Estados Unidos pueda ofrecer una explicación aceptable para el masivo corte del suministro eléctrico que el jueves afectó —y aun afecta— a la costa este de ese país y de Canadá.

Aunque la respuesta cierta al porqué del fenómeno supondrá superar una montaña de complejidades técnicas, la presunción más aceptada a estas horas es que aquella red de generación y distribución de energía acaba de enviar un inequívoco alerta sobre sus capacidades.

Bill Richardson —ex secretario de Energía durante la década pasada y hoy gobernador de Nuevo México— puso la cuestión en blanco sobre negro: "Somos una superpotencia con una red propia del Tercer Mundo".

Y, lo que es más significativo aún, agregó: "No hemos impuesto estándares estrictos de confiabilidad" a las empresas del rubro. Es interesante notar aquí que el jueves pasado, en su primer comentario tras el masivo apagón, el presidente George W. Bush habló de la necesidad de una "modernización" de esa red.

Richardson sabe de lo que habla. Aunque la gran respuesta pueda estar faltando por algún tiempo más, algunos datos son ya seguros: sólo en territorio estadounidense 21 plantas de generación eléctrica —nueve de ellas nucleares— se sumaron al colapso que dejó a millones sin luz.

En esa red, el 85% de la creación de energía y su transporte hasta el consumo final está en manos de operadores privados; en los hechos el Estado sólo puede responder a la emergencia cuando la tarea no se cumple.

Hace muy poco tiempo el Congreso norteamericano rechazó un proyecto de inversión en la red energética; algunos de sus miembros, porque creyeron que el dinero público no debía financiar la ganancia del sector privado; otros, porque quisieron evitarle a la industria la contribución a ese proyecto y quizá los controles que su realización supondría.

Pero, como recordó el antiguo funcionario de Bill Clinton, el Estado podría estar en condiciones de imponer a la industria las reglas de juego que, al menos, disminuyan (evitar por completo es imposible, se sabe) la posibilidad de ocurrencias que pueden derivar, como la de esta semana, en catástrofes.



¿Quién responde a la emergencia?

Si no lo fue esta vez en Estados Unidos es precisamente porque el gobierno y la población han aprendido lecciones importantes después del 11 de setiembre de 2001 —los atentados en Nueva York y Washington— que han hecho de los sistemas de emergencia y del comportamiento del público, cuando suceden las catástrofes, maquinarias aceitadas de proveer seguridad.

Hasta aquí el apagón en América del Norte abre interrogantes sobre una industria, lo que es revelador de un estado de cosas en el mundo, según se verá.

Otro dato igualmente relevante de esta semana es la epidemia de calor —así la calificó el ministro de Salud francés, Jean-Franois Mattei— que ha ocasionado miles de muertes en Europa.

En ningún lugar como en Francia, sin embargo; donde los muertos ocasionados, de modo directo o indirecto, por las altas temperaturas alcanzan ya los 3.000. En esto hay que rescatar como ejes el casi colapso hospitalario y de la industria mortuoria francesa y, sobre todo, lo que aparece como una áspera indiferencia del aparato estatal.

El presidente Jacques Chirac parece haber podido eludir el calor que azota, entre otros lugares, a París aunque no el espectáculo —quizá tampoco alguna de las incómodas consecuencias— del apagón ya que pasa sus vacaciones del verano boreal en Canadá; descanso que se resistió tozudamente a interrumpir a pesar de que la emergencia francesa es de proporciones.

Lo de Chirac no fue un gesto aislado; los diarios de varios países europeos están llenos estos días con anécdotas acerca de consultas periodísticas por la crisis hechas a ministros y otros funcionarios en sus vacaciones, que si eran respondidas traducían solo sorpresa, desconcierto o desinterés.

Esa callosidad de los hombres del aparato público es un signo de los tiempos presentes y puede encontrarse hoy casi en cualquier lugar del planeta.

Hace muy pocos días, en estas mismas páginas, el político mexicano Cuauhtémoc Cárdenas refirió cómo el actual presidente de su país, Vicente Fox, se empeña en responder con un "¿Por qué a mí?" cuando algún sector de la sociedad que gobierna le reprocha una o más ineficacias.

Quizá el caso de Fox, por su origen empresario —rigió antes los destinos en México de la productora de gaseosas más importante del planeta—- sea emblemático.

Quizá haya sido más fácil para él en los años del sector privado, teniendo que responder a accionistas siempre menos y más limitados en su interés —los de los costos que deben reducirse y los de las ganancias que deben aumentarse, siempre y sin pausa— que hacerse responsable de la cosa pública de un bienestar y de una seguridad que deben, necesariamente, englobar al mayor número posible de vidas, sino a todos.



Equilibrios rotos

En alguna medida este estado de cosas —de fenómenos aparentemente diferentes, distantes entre sí y no relacionados— sea la clase de resultado que hoy tenemos que soportar como castigo inevitable por haberlo deseado.

En el último cuarto de siglo —por definir un período arbitrario— hemos asistido a un proceso, deliberado e incentivado, de demonización del Estado, presentado como una entidad que amenaza siempre las libertades —individuales y colectivas— y que, en el mejor de los casos, es la encarnación de la mezquindad que con su codicia y voluntad de derroche impide el éxito de la iniciativa particular.

Es verdad que esta visión del Estado no es nueva. En los dos siglos pasados fue para Carlos Marx el "parásito" que atoraba cada "poro" de la sociedad; para Wilhelm Nietzche —que tenía un gusto particular por la prosa extrema— fue "el más gélido de todos los monstruos fríos".

Pero en ningún momento como en los pasadas dos décadas fue la idea del Estado tan brutalmente castigada: hubo quienes pronosticaron su muerte; hubo quienes exhortaron a extirparlo del proceso económico y hubo quienes instaron a aliviarlo hasta de las cargas más elementales —salud, educación, seguridad— en aras del imperio de aquella todopoderosa mano invisible que imaginó Adam Smith.

El problema es que, desde la izquierda y la derecha, por igual nadie ha sido capaz de imaginar otra entidad que resuma el interés colectivo de las sociedades, que tenga suficiente potestad para armonizar los desequilibrios y para estar allí en nombre de la gente, cuando es la necesidad de la gente —sin promesa de rédito— la que demanda.

En las democracias todos seguimos siendo, por ahora y por el futuro previsible, el Estado; solo que más débil frente a los intereses de los sectores más fuertes. En estos años el Estado se debilitó y desertó del proceso social; en el subdesarrollo de la desprotección social que conocemos en esta latitud, pero también en el descontrol del mundo desarrollado donde las empresas privadas no invierten lo que deberían ni son vigiladas como deberían serlo y los sistemas públicos de salud colapsan frente a la indiferencia de quienes deben asegurar su eficiencia.

Este ha sido el resultado de digerir, sin beneficio de discernimiento, los presuntos inevitables del discurso globalizador, un discurso que se presentó, se presenta, a sí mismo con sobretonos de verdad revelada y, por lo tanto, inapelable. En la soledad de las crisis, cuando éstas se materializan, esas verdades parecen mucho más débiles, sin embargo.

Fuente: Diario Clarín del 16 de agosto de 2003. Buenos Aires - ARGENTINA