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Asunto:NoticiasdelCeHu 194/02 - EL FMI DESANGRA A LA ARGENTINA
Fecha:Viernes, 26 de Abril, 2002  23:02:02 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 194/02
 
El FMI desangra a la Argentina

Por Jeffrey D. Sachs
Para LA NACION


CAMBRIDGE, Massachusetts. - Cuando estalló la crisis financiera argentina,
atribuí la responsabilidad principal a la Argentina misma más que a
instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional. Ahora,
medio año después, hay que rever la balanza de responsabilidades. Aun
cuando, en última instancia, la Argentina es la principal responsable de su
destino, el FMI no la ayuda. Su demora en suministrarle dinero no es el
único problema, ni siquiera el mayor. El gran problema es la escasez de
ideas correctas por parte del FMI.

El FMI no sabe con certeza qué debe hacer en la Argentina. Sigue machacando
con un solo tema: la crisis económica argentina es el resultado del
despilfarro fiscal, de un gobierno que gasta más de lo que tiene. Por eso
subraya la necesidad de que reduzca sus gastos presupuestarios. A medida
que se agrava la crisis, con una desocupación altísima y la posibilidad de
que este año la producción caiga entre un 10 y un 15 por ciento, el FMI
insiste en pedir recortes más profundos. Esto recuerda la medicina del
siglo XVIII, cuando se "trataba" a los pacientes calenturientos con
sangrías que los debilitaban aún más y a menudo aceleraban su fin.

En los países ricos, este esquema fue abandonado hace unos setenta años,
durante la Gran Depresión. Cuando la producción se vino abajo, a raíz de la
profunda crisis bancaria y financiera (vinculada al colapso del patrón
oro), los ingresos fiscales en Estados Unidos y Europa cayeron a plomo y
los gobiernos conservadores intentaron reducir los gastos presupuestarios
para limitar los déficit. Esos recortes acentuaron la caída de la
producción y agravaron la miseria económica. En 1936, John Maynard Keynes
demostró que era inútil tratar de equilibrar el presupuesto en medio de una
depresión económica.

El FMI desoye trágicamente esta lógica en el caso argentino. El creciente
déficit presupuestario de la Argentina no es la causa del colapso económico
que el país viene sufriendo desde 1999, sino, por sobre todo, su resultado.
El déficit fue relativamente suave hasta 1999, cuando la economía entró en
recesión. Sí, hay un derroche presupuestario, pero no es la causa de una
crisis macroeconómica extrema. La causa mayor de la recesión no fue el
gasto presupuestario, sino más bien la fuerte devaluación de la moneda
brasileña en febrero de 1999, que quitó competitividad al peso argentino y
creó entre los inversores la expectativa (a la larga, acertada) de una
devaluación similar en la Argentina.

Mientras los inversores huían del país por temor a una devaluación,
subieron las tasas de interés y cayeron los depósitos bancarios
(entretanto, el gobierno argentino prometía no devaluar jamás el peso,
fijado en una paridad de uno por uno con el dólar). Esto profundizó la
recesión en 2000 y 2001; los declinantes ingresos fiscales llevaron a un
déficit presupuestario cada vez mayor. El presidente Fernando de la Rúa y
el FMI ensayaron la "cura" falsa de los recortes presupuestarios, aplicada
en tiempos de la Depresión, pero era absolutamente imposible mantener la
austeridad con las rentas fiscales cayendo. El déficit presupuestario
siguió ampliándose, al ir colapsando la economía.

El método correcto para resolver los problemas de la Argentina en 2001, y
ahora, habría sido poner fin a las especulaciones en torno a la
devaluación. Yo fui partidario de la "dolarización", es decir, el reemplazo
del peso por el dólar; eso acabaría con el miedo a futuras fluctuaciones de
la tasa cambiaria. En vez de eso, ¡el gobierno argentino cerró el sistema
bancario para que los depositantes no pudieran seguir convirtiendo sus
pesos en dólares!

Pérdida de confianza

El cierre del sistema bancario llevó a una pérdida total de confianza en el
país. Ahora, los argentinos emigran a Europa y Estados Unidos, en gran
número, e intentan convertir sus pesos en dólares en cuanta ocasión se les
presenta. El peso vale cada vez menos y el sistema bancario sigue
congelado. La economía es un cadáver flotando a la deriva.

Ahora, lo correcto sería restaurar la confianza en el sistema bancario y la
moneda. El mejor modo de lograrlo es dolarizando la economía, como se
debería haber hecho seis meses atrás. Además, la comunidad internacional
debería ofrecer fondos de emergencia para ayudar a asegurar los depósitos
bancarios, con lo que restablecería una módica confianza en las
instituciones financieras.

Los bancos internacionales que operan en la Argentina deben colaborar con
el gobierno para que la banca vuelva a funcionar en cuestión de días, y no
de meses. Deberían otorgar a la Argentina la suspensión total de los pagos
de su deuda externa por un año, seguida de una reducción profunda de su
endeudamiento general. Con los bancos reabiertos, una moneda que funcionase
y el servicio de la deuda suspendido, algunos préstamos a corto plazo del
FMI podrían tonificar la confianza y ayudar al país a superar su crisis.
Sólo entonces el gobierno debería comprometerse a adoptar una política
responsable de gastos presupuestarios, pero sin recortes drásticos.

En vez de esto, el FMI recomienda soluciones anticuadas y falsas. Al
centrar su atención en el déficit presupuestario, persigue los síntomas y
no las causas. Formula recomendaciones económica y políticamente imposibles
de aplicar. Le dice a la Argentina que reduzca drásticamente los servicios
públicos, cuando las escuelas y los hospitales ya están al borde del
colapso.

Durante siglos, hasta que la medicina se convirtió en una ciencia, los
médicos debilitaron o mataron a innumerables pacientes con sus sangrías. Ya
es hora de que el FMI encare su misión en forma científica y reconozca que,
en la Argentina, va por mal camino. Como resultado de esto, el FMI debe
compartir cada vez más la responsabilidad y la culpa por los estragos que
padece la Argentina.

© Project Syndicate

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
Jeffrey D. Sachs es profesor titular de la cátedra Galen L. Stone de
economía y director del Center for International Development, en la
Universidad de Harvard.
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