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Asunto:NoticiasdelCeHu 230/20 - VIAJANDO: De London a Brugge en ómnibus
Fecha:Jueves, 3 de Septiembre, 2020  08:07:34 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 230/20

 

De London a Brugge en ómnibus

 

El 15 de enero por la mañana pedimos un taxi para que nos transportara desde el hotel Boka en Earl’s Court hasta la terminal de ómnibus de Eurolines. Y, como era de esperar, nos pasó a buscar uno de esos fantásticos coches londinenses de color negro, que semejaban limusinas por la capacidad interior, donde, además de ser tres pasajeros, pudimos llevar con nosotros todo el equipaje.

 

Ludmila dentro de un taxi londinense

 

 

Ludmila con todo el equipaje dentro del taxi

 

 

En algo más de una hora y cuarenta llegamos a Dover, desde donde ingresaríamos al Eurotúnel o túnel del canal de la Mancha, tal como lo habíamos hecho en el viaje de ida tres días atrás.

Y, desde allí, volvimos a tener la experiencia de que el ómnibus subiera a una especie de tren-transbordador, que era el que efectivamente haría el cruce en algo más de media hora. Sin embargo, había largos tiempos de espera entre el ascenso y descenso de los vehículos, incluyendo micros, combis, camiones y autos, cuya fila de espera era interminable.

 

Llegando a Dover

 

 

Dirigiéndonos a la zona del túnel del canal de la Mancha

 

 

Llegando al área de ingreso al tren transbordador

 

 

A punto de ingresar al transbordador

 

 

Ingresando al transbordador

 

 

Ya estacionados dentro del transbordador

 

 

Si bien antes de entrar en el túnel se veían parte de las instalaciones que permitían la seguridad de su funcionamiento, al estar dentro de él, todo era oscuro, similar a lo que podría verse desde un tren subterráneo urbano. Sin embargo, tal como en el cruce anterior, Martín permaneció pegado a la ventanilla, disfrutando el trayecto a más no poder.

 

Vista previa a ingresar en el túnel

 

 

Martín asomado a la ventanilla del transbordador durante todo el trayecto

 

 

Al llegar a Calais, en la costa francesa, visualizamos los molinos de producción de energía eólica, y comenzó el lento descenso de los vehículos.

 

Molinos de energía eólica en Calais

 

 

Descenso de los vehículos del transbordador

 

 

A pesar de circular por una autopista, a poco de andar se largó una fuerte tormenta que obligó al conductor a andar a paso de hombre en muchos tramos, lo que generó un importante retraso en el horario estipulado.

 

Intensa lluvia en la costa francesa

 

 

Hubo momentos en que la visibilidad era casi nula, y eso hizo que pasáramos a territorio belga sin percibirlo, sumado a que nadie nos había controlado. Es decir, que confirmamos el cambio de país cuando vimos un cartel que indicaba que estábamos llegando a Veurne, una localidad que se encontraba a diez kilómetros de la frontera.

 

Cruzamos la frontera franco-belga sin ningún control

 

 

El cartel indicaba que estábamos llegando a Veurne

 

 

Quedaban aún cerca de cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino, pero, además del mal tiempo, el ómnibus hizo muchas paradas donde se fueron bajando otros pasajeros. Y debido a la elevada latitud, estábamos por encima de los 50°N, y en pleno invierno, a eso de las cinco de la tarde se hizo de noche.

El problema fue que al llegar a Brugge, nosotros pensamos que íbamos a acceder a alguna terminal, o bien, al menos, a un lugar reparado, sin embargo, el chofer estacionó en un lugar descampado, cerca de la estación de trenes, y en medio de la lluvia, nos invitó a que nos bajáramos y a que en forma inmediata retiráramos nuestro equipaje porque debía continuar a Brussel, y estaba muy atrasado.

El hotel ‘t Putje, que teníamos reservado, no estaba demasiado lejos, pero lo suficiente como para sufrir una terrible mojadura. Por suerte, apareció un taxi, y nos llevó hasta la puerta del establecimiento.

Y allí recibimos una grata sorpresa. A pesar del bajo precio que había pagado, además de haber un hermoso lobby y diversas salas de estar, nos dieron una enorme habitación en un altillo, con dos de sus camas separadas de una tercera por un tabique, y un baño con doble lavabo, bañera y ducha. Las ventanas, que se encontraban en el tejado, nos permitían observar los alrededores en panorámica y descubrir que nos encontrábamos justo enfrente de la Concertgebouw (Sala de Conciertos).

Los conserjes nos indicaron que si pretendíamos cenar lo hiciéramos cuanto antes, porque ya eran como las siete de la tarde, el restorán del hotel no funcionaba de noche, y los otros lugares cerrarían entre las ocho y las nueve.

Por suerte, había parado de llover, pero hacía mucho frío, y no había nadie en las calles. Y tras buscar un lugar pudimos tener una abundante cena en el sector exterior cubierto de un resto-bar, que ya a esa hora, en su interior, se había convertido en un lugar de tragos. Era un sitio bastante caro por su nivel, pero lo único que permanecía abierto en la calle ‘t Sand.

Al regresar al hotel, Ludmila me mostró unas marcas en los vidrios de las ventanas que, según ella, eran las huellas de un oso o de otro animal similar. Sin darle importancia, enseguida lo descarté. Pero, al rato, mientras yo estaba distraída mirando por la ventana, ella se acercó y me abrazó por la espalda, a lo que, sobresaltándome, pegué un grito. Y eso generó una serie de bromas sobre el supuesto oso, que nos divirtieron mucho en los días venideros.

 

 

Ana María Liberali