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Asunto:NoticiasdelCeHu 217/20 - VIAJANDO: Navegando por el mar Egeo
Fecha:Miercoles, 26 de Agosto, 2020  22:15:16 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 217/20

 

Navegando por el mar Egeo

 

Eran cerca de las cuatro la tarde cuando zarpamos desde el puerto de Athinios, en la isla Santorini a bordo del transbordador “Delos” de la empresa Blue Star.

Habíamos permanecido allí poco más de veinticuatro horas, pero la experiencia había sido increíble. Por eso, el viaje de regreso nos daba la posibilidad de recordar y comentar permanentemente todo lo vivido. Estábamos navegando sobre el cráter hundido de un volcán en actividad, y sólo eso era algo que nos erizaba la piel.

 

Navegando por el cráter hundido de un volcán en actividad

 

 

La primera parada, a una hora de navegación, fue la isla de Íos, nombre que nos había llamado la atención. Y como el tiempo disponible y la tranquilidad de la navegación lo permitían, me puse a leer diferentes folletos que nos habían entregado. Y allí decía que no se conocía con exactitud el origen de su denominación. Que según Plutarco, se pensaba que derivaba de una palabra griega referida a las violetas “Ia”, ya que esas flores abundaban en la isla. Sin embargo, otros afirmaban que en la antigüedad, los fenicios la habían llamado “Phiniki”. Y que, en el siglo III, cuando la isla fue unida a la Liga de los Isleños, probablemente fuera nombrada Arsíone en honor a la esposa de Ptolomeo II. En el período otomano, la isla se llamaba Anza o Aina, y su nombre actual se había establecido oficialmente en el siglo XIX. Sin embargo, popularmente, los habitantes de las Cícladas la llamaban “Nio”, un vocablo que provenía de la era bizantina. El nombre Pequeña Malta, encontrado en los textos de los viajeros durante la dominación otomana, estaba relacionado con la presencia permanente de piratas.

 

Próximos a la isla de Íos

 

 

Esta vez, nuevamente en el salón de la clase económica, nos habíamos ubicado en la proa. La embarcación era la más grande de la flota de Blue Star. Tenía capacidad para dos mil cuatrocientos pasajeros y cuatrocientos treinta vehículos, pero en este viaje estaba ocupada en su tercera parte.

 

Nilda observando el mar desde la proa

 

 

Salón de la clase económica

 

 

En una hora más estuvimos en la isla de Naxos.

En lo profundo de las brumas del tiempo, el comienzo de la historia de Naxos se entrelazaba con seres míticos, leyendas y héroes que luego se sucedieron por distintas épocas: micénica, romana, bizantina y las de ocupaciones venecianas y otomanas.

Según la mitología griega, Naxos había sido la isla nupcial de Dionisio, el Dios del Vino.

 

La isla de Naxos

 

 

El trayecto entre los puertos de Naxos y de Paros, se hacía en, aproximadamente, cuarenta y cinco minutos, y mientras estábamos cruzando el estrecho que separaba ambas islas, comenzamos a disfrutar de un hermoso atardecer.

Enseguida recordé la frase de Joan Manuel Serrat “A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino…”, porque el Egeo era parte del Mediterráneo, y en este ocaso, la frase se cumplía perfectamente.

Pero, de pronto, cuando ya eran casi las siete de la tarde, un marinero vino a cerrar las cortinas, tapándonos totalmente la visión del exterior. Yo protesté, porque nuestra ubicación había tenido que ver con la posibilidad de tener una visión amplia del paisaje; pero él me indicó, con justa razón, que al capitán le molestaban las luces del interior de la nave, porque dificultaban su visibilidad. Entonces, nos movimos en busca de una nueva ventana a babor, pero ya se había hecho totalmente de noche.

 

A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos…

 

 

Después del atraque en Paros, pasaron cuatro horas hasta llegar a nuestro destino, con el mar totalmente a oscuras y sin ninguna otra escala. Y fue un buen momento para reflexionar sobre diferentes cuestiones y tener una larga charla con Nilda, sin interrupciones, sin siquiera las de los celulares, ya que durante un largo tiempo carecimos de conexión alguna.

Y en ese momento recordé una frase de autor anónimo que decía “Si piensas que conoces a una persona, haz un viaje con ella”. Yo siempre había tenido afinidad con mi prima, pero compartiendo día y noche, sin despegarme de ella ni un minuto, ante situaciones tan especiales, y tan lejos de nuestros hogares, estaba descubriendo que nuestra relación era mucho más cercana que la sanguínea, que teníamos una gran empatía, y que me encontraba ante un ser excepcional, una maravillosa persona, que, con sus casi ochenta y cinco años, tenía espíritu juvenil, y tanta curiosidad por conocer nuevos lugares. Y estas islas, habían sido su gran sueño. Así que su compañía estaba siendo la razón más importante por la cual este viaje fuera tan trascendente para mí.

Arribamos a Pireás siendo casi las doce de la noche. El puerto era un verdadero caos, y la lucha por conseguir un taxi libre se convirtió en un problema. Yo no tenía buenas referencias de los taxistas en Grecia, y temía que, si teníamos que hacer un largo trayecto, pudiéramos pasar un mal momento. Por eso, previendo que el horario estipulado de llegada pudiera ser complicado, habíamos reservado una habitación en un hotel relativamente cercano, el Pireos Dream.

Y allí pasamos la noche preparándonos, para al día siguiente, continuar con nuestro periplo.

 

 

Ana María Liberali