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Asunto:NoticiasdelCeHu =?UTF-8?B?NjkvMTkgLSBWSUFKQU5ETzogQ2hvZWxlIENob2VsLCBkaWV6IGHDsW9zIGRlc3B1w6lz?= =?UTF-8?B?4oCmIA==?=
Fecha:Sabado, 14 de Septiembre, 2019  23:26:17 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <centrohumboldt1995 @.....com>

NCeHu 69/19


 

Choele Choel, diez años después…

 

En abril de 2016, regresé por un par de días a Choele Choel, esa “ciudad” del Valle Medio del río Negro, que tanta vinculación había tenido con la llamada “Campaña del Desierto”, ya que fuera el asiento de la Tercera División del Ejército Argentino, y a su vez, Comandancia de la Línea del Río Negro y Neuquén.  

A fines de 1875, los habitantes del llamado “desierto”, principalmente de la comunidad mapuche, continuaban con los enfrentamientos en la línea de la frontera sur. Y fue entonces que Adolfo Alsina, quien ocupaba el cargo de Ministro de Guerra y Marina, dirigió la defensa del país, concentrándose en la frontera de la provincia de Buenos Aires, siendo partidario de una política defensiva y no ofensiva, afirmando que emprendería una campaña “contra el desierto y no contra el indio”. Tras su muerte, ocurrida en diciembre de 1877, el presidente Nicolás Avellaneda nombró en su reemplazo al General Julio Argentino Roca, quien había criticado la actitud “de debilidad” de su predecesor. Y en contraste con él, que había intentado incorporar a los indígenas a la civilización occidental, Roca creía que la única solución era su sometimiento definitivo.

Y fue así que plasmó su posición en el discurso que diera ante el Congreso Nacional el 13 de septiembre de 1878, con las siguientes palabras:

“Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra, para oponerlos a dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión ni otras armas que la lanza primitiva”.

A finales de 1878, se puso en marcha la primera ola para dominar la zona comprendida entre la Zanja de Alsina y el río Negro, a través de ataques sistemáticos y continuos a los toldos de los indígenas. El Coronel Nicolás Levalle, y luego el Teniente Coronel Freire, atacaron a las fuerzas encabezadas por Manuel Namuncurá, provocándole más de doscientos muertos.

Pocos meses después, en abril de 1879 comenzó la segunda ola. Con seis mil soldados en cinco divisiones alcanzaron la isla de Choele Choel en dos meses, después de matar a mil trescientos trece indios y capturar a más de quince mil.

Desde otros puntos, las compañías del sur hicieron su camino hacia los ríos Negro y Neuquén, construyendo muchos establecimientos en sus cuencas, así como también en el río Colorado.

Sin embargo, a pesar de haber sido uno de los mayores genocidas de la historia argentina, en la década de los ’90 del siglo XX, durante el gobierno de Carlos Saúl Menem se emitieron billetes de cien pesos, máximo valor en ese entonces, con la figura del General Julio Argentino Roca en el anverso, y en el reverso las huestes de su ejército.

 

En el anverso de los billetes de cien pesos se encontraba la imagen del General Julio Argentino Roca,

y en el reverso las huestes del Ejército Argentino

 

 

Junto con mis compañeros de viaje caminé desde el “Centro” hasta las cercanías del río, donde aun quedaban muchos terrenos sin edificar. La temperatura era baja, pero, estando en movimiento no se sentía demasiado.

 

Terrenos a la vera del río Negro

 

 

Con Estrella durante la caminata

 

 

Me resultó sorprendente la gran incertidumbre acerca del significado del topónimo Choele Choel.

Una versión era la del sacerdote jesuita José Cardiel, que en sus relatos del año 1745 nombraba a este lugar como “Choeechoel”, manifestando que tal denominación correspondía a los “toelches”. Mientras que otro jesuita, el padre Thomas Falkner, en 1772 realizó un mapa donde aparece el nombre de “Choelehechel”.

En 1833 aparecieron tres menciones sobre este paraje. Charles Darwin, en su viaje científico a bordo del bergantín Beagle, haciendo reconocimientos a lo largo del río Negro lo denominó Choelechel; el General Ángel Pacheco en carta al General Tomás Guido, lo llamó Chelechel; mientras que Juan Manuel de Rosas en carta al General Juan Ramón Balcarce, lo escribió Chulechel. Y el General Manuel José Olascoaga consideraba que “Choel Choel” se refería a “espantajos de cáscaras de árbol”, señalando a las cortezas que las crecidas del río dejaban enredadas en los árboles cuando se producían las bajantes, todos en el marco de la “Conquista del Desierto”.

Por otra parte, la “Guía Comercial” del Ferrocarril Sud (1862) decía textualmente: “Choele Choel”, vocablo indígena que significa CHOELE (fantasma) y CHOEL (perros)”, completando la frase “echar los perros al fantasma”, muy usual en los indios del lugar en razón de oír ruidos extraños que procedían de los rápidos del río al estar encerrado entre los cerros.

Durante el siglo XX surgieron otras versiones. El padre Domingo Milanesio afirmó que CHOSCHEL provenía de CHOS (amarillo) y CHEL (espectro).

En un trabajo dirigido por el profesor Antonio Millán (1940) titulado “De Tehuelhetchu a Choele Choel” se consideró que el término era de origen puelche, y que, deformado a través del tiempo, había pasado de ser Tehelhetchu a Tehuelhetchuel, Choleechel, Choelehechel, Choelechuel, y por último Choelechoel, significando “lugar de la gente del sur”.

Por otro lado, el arqueólogo y paleontólogo Rodolfo Casamiquela (1932 – 2008) afirmaba que el problema consistía en determinar si se trataba de un vocablo mapuche o tehuelche. Si se trataba del primer caso, podría equivaler a “raza con flor amarilla o amarillenta”, mientras que, en el segundo caso, significaría “quijarro” o “ripio fino del río”.

Evidentemente, la sola confrontación de la fecha de ingreso de los araucanos, conocidos como "mapuche", con el ya preexistente nombre de CHOELE CHOEL en sus distintas expresiones no podía relacionarse de ninguna manera a una afinidad idiomática de esta etnia, según la investigación llevada a cabo por el historiador Héctor Espeche en 2002.

Pero a pesar de las diferentes interpretaciones, me pareció factible, que el río tuviera algo que ver con el tema, ya que, para este sitio, su influencia era trascendente.

 

Llegando al río

 

 

En la ribera norte del río Negro

 

 

Imagen del río Negro a su paso por Choele Choel

 

 

Recorrimos diversos lugares que se presentaban especialmente coloridos por la influencia del otoño en la vegetación, y respiramos el aire puro del cual carecíamos en la gran ciudad.

 

Tranquilo camino arbolado en las afueras del pueblo

 

 

Rojizos tonos otoñales

 

 

Espacio deportivo municipal

 

 

Circuito Parque El Mangrullo Choele Choel

 

 

La pista de karting de El Mangrullo

 

 

Grandes espacios para la recreación

 

 

Un establecimiento abandonado

 

 

A través de la avenida General San Martín volvimos al Centro, que lógicamente tenía una muy baja densidad, pero, además, no respondía a las características de la mayoría de las ciudades latinoamericanas. Allí, la Municipalidad, la Iglesia Católica, el Correo y el Banco de la Nación Argentina no sólo que no se encontraban concentrados alrededor de una plaza principal, sino que distaban algunas cuadras unos de otros, lo que era demasiado en un pueblo tan pequeño. Lo que ocurría era que no había sido fundado por los conquistadores de América sino por los “conquistadores del desierto”, en 1879. Más aún, la primera fundación con el nombre de “Nicolás Avellaneda”, que estuviera a cargo del General Conrado Villegas, mano derecha del General Julio Argentino Roca, necesitó reubicar el ejido en otras dos oportunidades, escapando de las crecidas, lo que también explica semejante dispersión.

 

Avenida General San Martín

 

 

Rosas rojas…

 

 

Y amarillas en el boulevard de la avenida General San Martín

 

 

Intersección de la avenida San Martín con Alfonsina Storni

 

 

La avenida San Martín entre Gobernador Tello y 9 de Julio, frente al Banco de la Nación Argentina

 

 

“Pueblo chico, infierno grande”, así lo reflejaba el dicho popular. Y fue que andando sin rumbo nos encontramos con una tienda en cuya vidriera había grandes carteles con los nombres y detalles de las deudoras.

 

Escrache de deudoras en la vidriera de la tienda Sandra

 

 

En diez años nada había cambiado. Y si bien había tenido un leve crecimiento demográfico, continuaba con sus poco más de diez mil habitantes, y sin casi nuevos emprendimientos comerciales. Era también entendible que, si la producción frutícola del Valle había pasado su momento de esplendor, no era demasiado probable que los pueblos más dependientes de dicha actividad florecieran.

 

 

Ana María Liberali