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Asunto:NoticiasdelCeHu 767/03 - Las dos caras de la Argentina
Fecha:Miercoles, 18 de Junio, 2003  15:55:58 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 767/03
 
Las dos caras de la Argentina

y cómo América Latina se manifiesta en nuestro territorio

 Prof. Ricardo O. Agüero

Miembro activo del Centro Humboldt

Docente e investigador de la Universidad Nacional de Río Cuarto - ARGENTINA

 

 

 

Planteo del tema

 

Consiste en tratar de precisar en una primera aproximación desde la óptica geográfica, dos espacios socio-territoriales diferenciados que coexisten en la Argentina.

En segunda instancia se procurará destacar cómo uno de ellos se asemeja y entronca por sus similitudes socio-económicas y culturales con América Latina; y por último, advertir dentro de la actual dinámica globalizadora, sobre la expansión de la pobreza en las dos áreas diferenciadas y la penetración creciente de múltiples influencias latinoamericanas en el contexto espacial del país, particularmente en los principales centros urbanos de la zona más rica del mismo.

Todo este enfoque no alberga otro propósito que alentar una línea de avance, a través de la contribución conceptual sobre ciertas realidades socio-territoriales, que por muy trabajadas y conocidas que sean, el volver a retomarlas, recrearlas y actualizarlas, implican un desafío de reinterpretación de lo conocido, o supuestamente conocido, como así también el de explorar y profundizar lo oculto de esa realidad que se da por sabida.

A su vez entendemos que en esta oportunidad no es necesario hacer mayor hincapié en la batería de indicadores socio-económicos de diversa procedencia1 –muy difundidos en los trabajos sobre problemáticas regionales– y que demuestran, en forma por demás elocuente, las diferenciaciones regionales a las que aludiremos, debido a que lo que se persigue en este estudio no tiene otra pretensión más que esbozar un conjunto de reflexiones introductorias, dejando la posibilidad de seguir ahondando en este tipo de complejidades espaciales más adelante. En suma, nuestra intención central, consiste en adentrarnos en el trazado grueso del estudio regional de los espacios contrastantes. Si bien los mismos son pasibles de sufrir profundas modificaciones en el contexto de la dinámica nacional y de la omnipresente globalización, sus características y peculiaridades vivenciales se mantienen vigentes y todavía distan mucho de haberse difuminado en un todo amorfo. Es nuestra intención invitar, desde nuestro pequeño ángulo de análisis, a repensar y promover la discusión sobre las diversas variantes que puede adoptar la conformación regional argentina y al planteo de cómo se asocia una parte de ésta con otras áreas de América Latina.

 

 

Identificación de las dos caras

 

En este acápite nos interesa explicitar cómo se han delineado, a nuestro juicio, dos espacios fuertemente diferenciados en el país.

Primeramente corresponde especificar los factores identificatorios que consideramos válidos para esta diferenciación: el factor “socio-económico” y el “socio-cultural”. Ellos van a interactuar como elementos de corte en esta diferenciación, entendiendo que de estas componentes centrales puede desagregarse un conjunto de numerosos subfactores intervinientes.

Nos remitiremos a continuación a una breve caracterización de los mismos.

A partir de la incidencia de las variables socio-económicas, es factible individualizar, por un lado, un espacio de relativa riqueza económica manifiesta, de buena capacidad productiva, y con una estratificación social más compactada, más matizada en todos sus gradientes. Por otro, un espacio empobrecido, de limitado aprovechamiento productivo y de una mayor polarización en su estratificación social. Lo dicho se expresa claramente en la participación de los indicadores socio-económicos, tal como: producto bruto geográfico total, producción agropecuaria, producción industrial, actividades del sector de servicios, incidencia en las exportaciones, índices de analfabetismo, hogares con necesidades básicas insatisfechas, precariedad de las viviendas, mortalidad infantil, condiciones sanitarias, desnutrición, etc., que no dejan dudas sobre la localización, en términos relativos, del espacio menos favorecido del país. Situación que, en general, permite  distinguir obviamente una Argentina rica de otra pobre. Sin embargo, destacamos que los indicadores precedentemente nombrados no siempre se manifiestan en forma insuficiente y secuencialmente lineal, en todas las jurisdicciones de la región menos beneficiada del territorio.

Pero a su vez, estos dos espacios también se diferencian en términos socio-culturales. El espacio “pobre”, especialmente el que se manifiesta en el noroeste argentino, se distingue por enmarcar el proceso de asentamiento poblacional de origen colonial más antiguo del país, en cuyos inicios conformó en gran parte, la porción territorial que gozó de mayor relevancia política, social, cultural y económica. Se distingue también por ser el menos afectado por las corrientes inmigratorias europeas masivas de los siglos XIX y XX; el de más acentuada mestización biológica y cultural entre las componentes amerindia y española; poseedor de una tradición autóctona más fuerte y con expresiones artísticas muy añejas y de marcada prosapia americana; con una cultura de la pobreza más vieja y elaborada; con un mundo rural más vivo y explícito, donde la proliferación del minifundismo y, por ende, la figura del campesino asumen una sólida presencia.

El otro espacio, el de “mayor riqueza relativa”, se caracteriza por un asentamiento poblacional exógeno más reciente; por haber sido afectado por una fortísima inmigración europea donde la incidencia cultural del mismo origen es manifiesta; por una tradición más cosmopolita y reciente; con una estratificación social menos polarizada donde las capas medias han tenido un particular desarrollo y presencia; con expresiones artísticas más mundanas; con un mayor desarrollo urbano, y con el predominio en el mundo rural de la figura del productor agropecuario capitalista –ya sea grande o pequeño– más que la del campesino, en virtud de que el manejo que practican en las explotaciones gira esencialmente en base a las relaciones capitalista de producción.

Si bien hasta aquí todo lo dicho es conocido, procuramos en esta instancia conjugar las dos componentes centrales a las que aludimos, de modo tal que, con las desagregaciones del caso, el entrelazamiento de ambos ejes nos permita la construcción de una configuración espacial específica, no estrictamente convencional, que no parta de una mera separación o aglutinamiento de las regiones geográficas conocidas. Pero destacamos que esta conformación sí tiene en cuenta las diversas formas de regionalización geográfica, como así también las que utilizan otras disciplinas.

 

Descripción territorial de los dos espacios diferenciados

 

Concretando, podemos decir que la línea o franja de transfiguración que, a nuestro criterio, deslinda las dos áreas a las que hacemos referencia (Ver mapa), posee –con ciertas inflexiones– un rumbo general O-E, que arranca aproximadamente entre el límite de Mendoza y San Juan, luego sufre una pronunciada curvatura hacia el sur para remontarse nuevamente hacia el norte, y absorbe mediante esta bajada las sierras de San Luis y Córdoba; prosigue hacia el este, atravesando el norte cordobés y santafesino, y penetra finalmente por el linde que separa Corrientes de Entre Ríos, hasta topar con el río Uruguay.

Vamos a tener así, esquemáticamente, al norte de esa franja, la cara pobre y de fuertes nexos culturales autóctonos, y hacia el sur, la cara más rica y con una tipología cultural más nueva y menos definida.

De este modo, en el área de menor desarrollo relativo, quedan involucrados, en base a la división política administrativa regional clásica, lo que se conoce como el NOA (noroeste argentino: La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy), y desde una óptica más bien económica y en parte geográfica, lo que se conoce también como el NEA (nordeste argentino: Formosa, Chaco, Corrientes y Misiones). A estas dos unidades citadas las podemos aglutinar bajo la denominación “Norte Grande”.

Pero en el dibujo de nuestra configuración espacial, incluimos también una buena porción territorial de lo que en términos históricos se conoce como Región de Cuyo: nos referimos a San Juan y al sector serrano y nuclear de San Luis. Asimismo el área abarca las sierras de Córdoba y el norte empobrecido de esta provincia y el de Santa Fe, no incluidas económicamente en la Región Pampeana. En suma, desde el punto de vista de la geografía regional clásica quedarían incorporados a este sector, parte de la Región de Cuyo, la Región de las Sierras Pampeanas o de los Pequeños Oasis, la Región del NOA, y la Región del NEA o –dentro de una caracterización más antigua y tradicional– la Región Chaqueña y gran parte de la Región Mesopotámica (Misiones y Corrientes).

El área con mayor desarrollo relativo se conforma, en primer término, por lo que se conoce como Región Pampeana. Es por cierto el sector nuclear donde se incluye a las provincias de Buenos Aires (menos la porción territorial correspondiente a los partidos aledaños a la Capital Federal), gran parte de Santa Fe y Córdoba, Entre Ríos, La Pampa y el sector de la llanura centro-sur de San Luis. Cabe recalcar –como se mencionó en párrafos anteriores– que, a diferencia de la caracterización de tipo económico y demográfico que involucra en forma completa dentro de esta región a las provincias de Córdoba y Santa Fe, han quedado excluidos los sectores O-NO y N de Córdoba y N de Santa Fe. También consideramos dentro de este espacio de mayor desarrollo relativo al Área Metropolitana –a pesar de los grandes desfasajes socio-económicos internos–, entendiendo por tal unidad a la Capital Federal y los 25 partidos correspondientes al Gran Buenos Aires. A la vez sumamos la provincia de Mendoza que, como es sabido, representa el sector más dinámico de la Región de Cuyo y que, en cierto modo, se suelda con la Región Pampeana, a través de la Estepa o Pampa Seca. Por último acoplamos a esta área la región conocida por todos como Patagónica. Si bien sabemos que por sus singularidades geográficas y por su desarrollo económico, algunos autores e instituciones públicas la consideran como un tercer sector en la escala de crecimiento regional por los guarismos que se desprenden de sus variables socio-económicas –Área III para Manzanal y Rofman (1989:12)–, en función de detectar relativas homogeneidades de crecimiento económico y evolución socio-cultural con los espacios arriba aludidos y bajo un marco de suficiente flexibilidad, podemos asociar esta región con los espacios que venimos describiendo, y considerar a todos ellos dentro del área más evolucionada del país. Cabe aquí hacer la siguientereflexión: aunque en la escala demográfica la Región Patagónica es la menos poblada del país y, en este sentido, hay una fuerte disonancia con el resto del área a la cual la asociamos, en esta instancia la acoplamos al espacio de mayor desarrollo y especialmente a la Región Pampeana, básicamente por haber sido poblada hace poco tiempo por fuertes corrientes de muy variada procedencia (poblamiento de origen europeo, chileno, bonaerense y del norte del país, proceso que aún continúa), y porque además, si bien las mayores fuerzas económicas se han movilizado tradicionalmente al amparo de las relaciones capitalistas de producción avanzada tipo “enclave” (Manzanal y Rofman, 1989), esta modalidad productiva en el espacio patagónico se asemeja más a la de las áreas desarrolladas que a la de las atrasadas.

 

Magnitud territorial y poblacional de las áreas descriptas

 

Como se puede apreciar en el Cuadro 1, el área de menor desarrollo relativo ocupa una superficie nada despreciable: el 38,35 % del total del país. Si bien el aprovechamiento de los recursos naturales y de las materias primas actualmente en explotación no guardan la misma proporcionalidad que el porcentaje aludido, deja planteada la posibilidad en un futuro, del beneficio potencial de los grandes recursos económicos involucrados en este considerable espacio, que por el momento duermen o son aprovechados en forma deficiente en esta región.

En lo que respecta a la desagregación de esta área, se observa que la misma está
–como ya dijimos– conformada por el Norte Grande (el de mayor dimensión, 30,56 %), que representa el núcleo típicamente relegado del país, y una superficie a la que denominamos “área de ensamble” que, de acuerdo con nuestra caracterización de diferenciación de espacios, articula la cara pobre y tradicional de la Argentina con el sur.

Con respecto al área de mayor desarrollo relativo, que brinda muchos más beneficios económicos en proporción con su superficie, cabe hacer las siguientes observaciones:

El espacio que denominamos Región Pampeana, tiene la característica de aglutinar una enorme superficie de relativa homogeneidad, y a su vez esta peculiaridad se manifiesta al no estar ceñida exclusivamente a límites político-territoriales.

Si desagregamos a la Patagonia de esta área, vemos que el conjunto de la Región Pampeana más la provincia de Mendoza (en esta conjunción se expresa el mayor desarrollo relativo del país), ocupa un espacio considerablemente más reducido (32,57 %) que el del área de menor desarrollo relativo, y sí en cambio se aproxima en sus dimensiones a la superficie del Norte Grande. Es obvio que, de acuerdo con nuestra categorización espacial, la Patagonia con su enorme extensión (28,32 %), valoriza territorialmente al área de mayor desarrollo relativo.

En el Cuadro 2, correspondiente a la distribución de la población, vemos que la misma en el “área de menor desarrollo relativo” se ha incrementado, en términos porcentuales, entre 1980 y 1991 en el 1,09 %, hasta aproximarse a un cuarto del total del país. Ahora bien, con la desagregación del área mencionada, es el “Norte Grande” el impulsor del crecimiento demográfico (1,15 %), porque el “área de ensamble”, se mantiene prácticamente igual e inclusive sufre una pequeña disminución porcentual (0,06%).

Por lógica correspondencia, lo que gana proporcionalmente la cara pobre del país entre los dos censos, lo pierde el área de mayor desarrollo relativo. Pero en la desagregación de esta área advertimos las siguientes tendencias. La Región Pampeana sufre un cierto declive (0,8 %); Mendoza un casi imperceptible crecimiento (0,06 %), que se va a compensar con el incremento que experimenta la Patagonia (0,84 %), lo que deja hasta este nivel –representado por el “área de mayor desarrollo relativo sin el área metropolitana”– un pequeño saldo positivo de crecimiento porcentual entre 1980 y 1991, del 0,1 %.

En síntesis, el gradiente porcentual poblacional para 1991 queda repartido del siguiente modo: dentro del área de mayor desarrollo relativo, ésta se desagrega entre “sin el área metropolitana” 40,96 %, y el “área metropolitana exclusivamente” 34,82 %, una cifra que marca una profunda concentración urbana en un solo lugar y por ende una gran asimetría en la distribución general de la población, a pesar de haber disminuido proporcionalmente la población entre ambos censos el 1,19%, quedando para el área de menor desarrollo


relativo el 24,22 % del total poblacional del país. No obstante para este espacio, el porcentaje poblacional no es para nada desestimable, máxime si se considera la tendencia ascendente del mismo.

 

Contextualización de los espacios descriptos

 

Ahora, a fin de contextualizar los espacios que se acaban de definir, es pertinente volcar las siguientes consideraciones, con el propósito de reforzar y aclarar mejor lo vertido:

·      La división territorial propuesta no sigue límites preestablecidos, ya sean político-administrativos como tampoco los que se desprenden de regionalizaciones geográficas, históricas, etc. –más allá de que algunas de ellas pueda coincidir en parte–, aunque se los tiene en cuenta. Por lo tanto la división no consiste en separar por un lado y juntar por el otro regiones preexistentes. Es así que debe quedar claro que la partición no se basa en criterios regionales tradicionales, sino que la misma parte de la creencia de poder identificar, en base a la conjunción de lo socio-económico y socio-cultural y con los matices del caso, dos marcos territoriales bien contrastantes.

·      El criterio de identificación tiene como propósito marcar un punto de partida y resaltar la consecuente evolución de las conformaciones espaciales de referencia, más que brindar una imagen estática de las mismas, cuando se sabe que en la actualidad se están produciendo profundas reestructuraciones territoriales y no hay espacio que quede eximido.

·      Como en toda división, se establecen “zonas de litigio” en donde los parámetros identificatorios que se utilizan, se tornan difusos, controvertidos o no cierran en su totalidad. En este sentido, nuestro corte espacial no escapa a la regla. Por ejemplo Mendoza conjuntamente con San Juan puede considerarse como uno de los territorios de más antiguo poblamiento, tanto americano como colonial español (pero de escasa población en ese período), poseedores a su vez de acendradas tradiciones. Pero el fuertísimo caudal inmigratorio de ultramar que va a recibir principalmente Mendoza a partir de los últimos decenios del siglo pasado, más sus elevados indicadores socio-económicos en términos comparativos alcanzados desde hace un tiempo, determinan la conveniencia de su inclusión en el sector más desarrollado. En cambio, por contraste con lo anteriormente dicho, San Juan con mayor presencia de población criolla y situación económica menos favorable, quedará del lado del área empobrecida.

Con respecto a la situación de Entre Ríos, si bien sus acentuados antecedentes criollos y ciertos indicadores socio-económicos no muy favorables lo ubican, según algunos criterios de regionalización económica, del lado del sector de menor desarrollo, consideramos sin embargo que la fuerte oleada inmigratoria de procedencia europea que va a afectar este territorio desde hace cien años, más la forma de capitalismo avanzado por el que se orienta su economía agraria en concordancia con el resto de la región pampeana de la cual forma parte, van a ser las causales por las que nos inclinamos a incorporar esta provincia al área de mayor desarrollo relativo.

Por último, en lo atinente a la provincia de La Pampa y sur de San Luis, a pesar de que muchos de sus indicadores socio-económicos no ayudan a caracterizar estos espacios dentro del área desarrollada, su conexión periférica a la Pampa Húmeda, de algún modo les transmite –aunque en forma bastante menguada– una vinculación asociativa en términos económicos. Además el grueso del poblamiento actual de la provincia de La Pampa, proviene también de las inmigraciones masivas de origen europeo, aunque a su vez no se desconoce que especialmente el sudoeste de esta provincia, tiene un ensamble físico y humano con la región Patagónica.

·      Por otra parte resaltamos que tanto en el área empobrecida coexisten bolsones ricos y/o culturalmente atípicos, como en el área desarrollada coexisten bolsones empobrecidos y/o culturalmenteatípicos. Así, a modo de ejemplo, podemos distinguir dentro de las economías regionales del norte del país, actividades productivas en consonancia con ciertos sectores sociales, imbuidos de un gran dinamismo económico. También es observable en el noreste argentino, fuertes manchones inmigratorios de origen europeo con sus correspondientes expresiones culturales, especialmente detectables en las provincias de Chaco y Misiones. A su vez en la otra cara de la Argentina, en particular en la periferia de la región pampeana y en las afueras de los oasis mendocinos, se pueden observar núcleos de extrema pobreza. Asimismo en la región patagónica se encuentran núcleos perfectamente diferenciados de población autóctona, con una capacidad de generación económica muy limitada.

Pero queda claro que estas disonancias intrarregionales no alcanzan la magnitud suficiente como para alterar las variables generales que nosotros consideramos que identifican a cada área.

·      También se tiene presente que las diferencias socio-económicas y socio-culturales a las que aludimos no se expresan solamente en sentido horizontal. En todo el país y desde luego también en el área desarrollada, tanto en el ámbito rural como urbano, es observable la plena vigencia de profundas diferenciaciones de clase y de niveles y conformaciones culturales, interactuando al mismo tiempo y en un mismo lugar.

No obstante, a fin de identificar dónde se expresan más la incidencia de las homogeneidades y polarizaciones de las clases sociales, distribución numérica espacial de las mismas, niveles de pobreza y tipologías culturales, tanto en términos absolutos como relativos, consideramos como muy útil la diferenciación en el plano horizontal.

·      A su vez, la partición territorial propuesta no se basa en los condicionantes naturales, aunque se sabe que las posibilidades en primera instancia de desarrollo económico de un territorio están en función de las características físico ambientales y de la prodigalidad o limitaciones de los recursos naturales que se manifiestan en él. Pero en última instancia, si una sociedad se articula adecuadamente con la naturaleza de una región, podrá extraer de ésta los suficientes beneficios como para vivir armónica y decorosamente. Por consiguiente –salvo casos extremos–, no se puede ligar estrictamente regiones de dificultosas condiciones físico ambientales y/o de limitados recursos naturales a sociedades pobres. En este sentido y a modo de ejemplo, podemos observar en nuestra bipartición territorial que la famosa diagonal árida –que implica escasez del recurso agua y que ocupa dos tercios de nuestro país– se encuentra repartida en ambas áreas y, de la misma manera, los ambientes húmedos y subhúmedos.

·      Asimismo entendemos que el aporte inmigratorio europeo no actuó obligadamente como disparador del crecimiento económico, aunque sí contribuyó a ello. Interpretamos que las buenas condiciones potenciales intrínsecas de un espacio geográfico, sumadas a la decisión política conducente a impulsar el desarrollo del mismo –que puede provenir del referido espacio o no–, es lo que va a determinar en ciertas circunstancias la asociación de la inmigración con el crecimiento económico. Cuando contraponemos territorios pobres y de cepa criolla versus territorios ricos y de raíz inmigratoria básicamente europea, no estamos relacionando la calidad del factor humano como el causante de las diferenciaciones regionales, sino que en estos casos interpretamos al factor inmigratorio como un “indicador”, que marca por dónde las políticas económicas priorizaron, con su inocultable carga de prejuicios raciales, el desarrollo territorial. Es así como en este contexto se puede visualizar nítidamente la asociación de espacios con mayores ventajas en sus condiciones naturales y consecuentemente promocionados, con población de acentuada raíz inmigratoria europea, y espacios empobrecidos –que no es sinónimo de pobreza de condiciones naturales pero sí con menores ventajas de esta índole– con población mayoritariamente criolla. Aunque hace más de medio siglo la primera nombrada se viene realimentando, a su vez, de corrientes inmigratorias internas 
–provenientes de las regiones pobres– y de los países limítrofes, imbuidos de un fuerte sello criollo. Pero cabe acotar que el aporte interno no ha logrado modificar todavía la conformación cultural neoeuropea del área más próspera, y sí en cambio más bien estas corrientes internas han sido influenciadas y en parte absorbidas culturalmente y en otros sentidos por la región receptora, aunque en los últimos tiempos este proceso de captación pareciese que tiende a modificarse, aspecto que desarrollaremos más adelante.

·      En lo que respecta a los nuevos factores de producción agropecuaria observables en el Norte Grande, podemos denominarlos, de acuerdo con un término generalizado, como proceso de “pampeanización”. El mismo se manifiesta especialmente en las llanuras subtropicales de las provincias de Santiago del Estero, Salta, Chaco, Formosa y Corrientes. Consiste esencialmente en la introducción de técnicas, metodología, mecanismos de comercialización y explotación de productos agropecuarios, tradicionalmente practicados en la región pampeana. Revisten especial importancia los cultivos de oleaginosas como la soja y la introducción de ganado vacuno adaptado a climas tropicales. La operatoria generalmente es impulsada por grandes firmas agrocomerciales –muchas de ellas transnacionales o asociadas a éstas– mediante la ocupación de grandes parcelas de campo bajo la práctica, en muchos casos, de arrendamientos transitorios, con utilización de muy poca mano de obra y alta mecanización. La orientación de este tipo de explotación sumamente especulativa, que implica desmonte y aprovechamiento máximo de los predios, sin importarles las condiciones ecológicas en que los dejan una vez que se retiran, produce serias alteraciones al ecosistema chaqueño y a los otros ecosistemas asociados. En suma, brinda grandes beneficios particularmente a los agree-business que explotan estos espacios, pero deja muy pocas utilidades a las sociedades que los sostienen. El funcionamiento de este circuito económico marca diferencias con las economías regionales clásicas, basadas en la caña de azúcar, tabaco, algodón, porotos, etc. que, a pesar de que ellas originan una distribución asimétrica de la riqueza, en su producción participan tanto en forma directa como indirecta gran parte de la PEA de estas regiones, y una porción no desestimable de las ganancias queda circulando dentro de las mismas.

·      Por otro lado, consideramos a la población de raigambre “criolla” principalmente como aquélla mestizada biológica y culturalmente en mayor o menor medida entre los diferentes componentes poblacionales intervinientes en el continente: amerindios, europeos y africanos. Aunque para el caso de nuestro país, a pesar del uso difuso y variado del significado que se le suele asignar al término “criollo”, en nuestro caso lo utilizamos básicamente para referirnos a la mestización
–integral– entre la componente indígena y la matriz poblacional española, y en menor término también, cuando nos referimos a aquella vieja población de origen español (no mestizada), arraigada al territorio desde tiempos muy lejanos.

A su vez se sobreentiende que la gestación de una tipología criolla en una población determinada, demanda un largo proceso de cruzamiento, y el confrontamiento de vectores culturales –además de los biológicos–, ya sea interactuando conjuntamente, perdiéndose algunos de ellos por la predominancia de otros, como así también por el surgimiento de nuevas concepciones y procederes de vida, debido al profundo amalgamamiento que deviene en algunos casos de la mestización interviniente, lo que va a dar lugar a la conformación –no obligadamente consolidada– de una matriz cultural en gran parte en común, con signos identificatorios compartidos.

En este sentido, cuando en nuestro país contemplamos la incidencia de la inmigración delos países vecinos, especialmente en el Norte Grande, debemos recordar que mucha de ella es también de prosapia criolla, con una base amerindia y una historia de dominación en común, y que salvo la posesión de componentes culturales diferenciados construidos a partir de la constitución de sus respectivas nacionalidades de procedencia (que por cierto tienen su importancia), van a conformar con nuestra matriz criolla una subyacencia cultural en gran medida compartida.

Además de la tipología descripta, debemos también contemplar en el área empobrecida aquellos agrupamientos humanos con una fuerte componente indígena o directamente indígena, procedentes de diversas etnias, que en la medida en que no se desenvuelvan socialmente en forma aislada, comparten en gran proporción –donde han incidido fuertes procesos de aculturamiento– muchas de las características socioeconómicas y culturales de la población criolla.

Por último, cabe acotar que el vínculo societal está íntimamente entrelazado, cuando una misma etnia se encuentra a ambos lados de la frontera.

·      Debemos tener presente a su vez, la incidencia de los “movimientos migratorios internos” en la caracterización  de las dos caras de la Argentina.

Es sabido que estas corrientes internas provenientes especialmente del Norte Grande, empezaron a desplazarse hacia los grandes centros urbanos, particularmente Buenos Aires, a partir de la década del treinta, coincidiendo con el receso económico mundial –que frena los flujos transoceánicos– y la implementación como consecuencia de esa recesión de la estrategia de desarrollo conocida bajo la denominación de industrialización sustitutiva de importaciones. Luego continúan con fuerza estos flujos, durante las décadas del ‘40 y ‘50, compartiendo este incremento, con el encauzamiento de la inmigración europea y con la aparición significativa de la inmigración limítrofe. (Novick, en Oteiza et al., 1997:164-165).

Aunque este fenómeno de “bajada del provinciano” a Buenos Aires no es nuevo, por el carácter masivo que asume a partir de este período, va a modificar en parte el tejido social que se venía conformando en el área desarrollada del país. En este sentido, si bien hasta la introducción del aluvión transoceánico era un espacio de población criolla –conformada durante el período colonial– y luego de base inmigratoria europea predominante, desde este momento, van a empezar a convivir en los centros urbanos principales del área desarrollada las dos vertientes de población aludida. En suma, la localización de la población de raigambre criolla –cuya afluencia se sigue manifestando hasta el presente, aunque con tendencia descendente, al menos en el Gran Buenos Aires– se torna ubicua, empieza a convivir en los dos espacios diferenciados, lo que no quiere decir por ello que se hayan alterado radicalmente, hasta el momento, los patrones de asentamiento territorial de estas dos matrices poblacionales. Aunque desde hace tiempo, a ojos vista, se observa que se viene gestando una modificatoria de estos patrones socio-culturales-demográficos de ocupación territorial.

En concreto, la población criolla proveniente de la cara pobre del país, se reparte por toda la nación, inclusive desde hace unas décadas asume una acentuada presencia en la Patagonia, pero su peso numérico se sigue circunscribiendo al área de menor desarrollo relativo del territorio argentino.

·      Otro aspecto a tener en cuenta es la “inmigración limítrofe” hacia nuestro país, que si bien no lo afectó en las proporciones de la transoceánica, empieza a manifestarse notoriamente desde mediados de la década del ‘40 para asumir un rol preponderante durante 1955-75. A partir de 1976 “la inmigración limítrofe pierde magnitud y debe enfrentarse a restrictivas políticas –particularmente durante el régimen militar– que coinciden con el achicamiento del mercado interno y la decreciente demanda de mano de obra” (Novick, en Oteiza et al., 1997:127). No obstante, hasta el presente, a pesar de la disminución referida, la inmigración latinoamericanasigue siendo relevante, hasta tal punto, que desde la década del ‘60 podemos decir, siguiendo a Oteiza, que “el país ha pasado de ser receptor fundamentalmente de inmigrantes europeos y en menor medida del Cercano Oriente, a constituirse en receptor de inmigrantes latinoamericanos provenientes de los países vecinos y el Perú, y en menor grado de Corea y Taiwan”. Luego agrega: “Es importante tener en cuenta que dado el cambio de los flujos migratorios, la colectividad de origen inmigratorio latinoamericano crece y la de origen europeo disminuye”. (Oteiza et al., 1997:7). En suma –dentro de la tendencia declinante actual del crecimiento migratorio general en comparación con períodos anteriores– queda claro, la preponderancia que esta inmigración ha asumido en los últimos tiempos. Cabe resaltar a su vez –a diferencia de los flujos europeos– la persistente desvalorización social y asedio restrictivo que viene sufriendo la inmigración latinoamericana por parte de los diferentes gobiernos nacionales, y también de una alta proporción de la sociedad.

En lo que respecta a la ocupación territorial, esta inmigración se asienta en las provincias colindantes o cercanas a los países vecinos, y en mayor proporción, en los principales centros urbanos de la cara próspera del país que, salvo el caso de Uruguay con respecto a Buenos Aires y Chile con respecto a Mendoza, se encuentran alejados de los países vecinos.

Por último, por las características socioculturales descriptas en un punto anterior, tanto la población de las provincias de la cara pobre como los grupos de origen inmigratorio interno asentados en los grandes centros urbanos, van a establecer ciertos lazos vinculantes con la inmigración limítrofe –a pesar de algunos resquemores debido a la competencia laboral–, como consecuencia de la asociación cultural subyacente, que pervive entre los pueblos de vieja raigambre criolla e indígena latinoamericana.

·      En lo atinente a cómo se expresan en la “región metropolitana” los factores socioeconómicos y socioculturales-demográficos a los que venimos haciendo referencia, observamos que en este espacio se manifiesta toda la gama de los indicadores centrales que los caracterizan.

Por un lado, se detecta la mayor concentración de la riqueza en valores absolutos y relativos en convivencia con la mayor concentración de la pobreza del país en valores absolutos, pero no así en valores relativos al total de la población de su jurisdicción. Esto quiere decir que si bien en esta región está localizada la mayor cantidad de población en hogares con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) de la nación, esta cantidad en relación con el total de la población de la jurisdicción es muy inferior proporcionalmente a la de otros distritos del país, especialmente en las denominadas provincias pobres. De modo tal que en un sentido, los sectores sociales que cubren sus necesidades básicas resultan ser la población predominante, con una franja de capas medias y populares económicamente autosuficientes de gran relevancia numérica, lo que determina que el mayor peso cuantitativo de los que “zafan de la pobreza”, en consonancia con la gran concentración económica y dinámica propia de esta urbe, va a definir el encuadre de la misma, dentro del área de mayor desarrollo. Pero en otro sentido, esta valoración no deja de ser relativa, ya que no puede soslayar que el mayor porcentaje del total de la pobreza de la nación se concentra en este espacio urbano. Existencia de una cruda dualidad, que el contrapeso de la población que cubre sus necesidades básicas de la región metropolitana, no puede ocultar.2

Por otro lado, en esta mancha urbana, conjuntamente con una población de ascendencia europea predominante, convive el mayor porcentaje de extranjeros del mismo origen, y latinoamericanos asentados en el país, además de una significativa franja de población criolla proveniente de las migraciones internas. Si bien hasta ahora estas corrientes inmigratorias internas y de los países limítrofes no pueden alterar la predominanciademográfica y cultural de origen europeo en esta metrópoli, no cabe duda que desde hace tiempo viene desdibujándose paulatinamente el perfil que deviene de esa procedencia.

Por último, si de esta gran conurbación desagregamos la Capital Federal –con sus tres millones de personas aproximadamente–, como se suele estilar en las mediciones estadísticas, obviamente se van a alterar los factores analizados, por ser el centro específico donde se concentra el mayor poder económico y político, y por haber oficiado como la principal boca de entrada y de asentamiento de la inmigración europea. Estas circunstancias van a dar como resultado el menor porcentaje de población en hogares con NBI del territorio nacional y el mayor porcentaje de población de origen europeo, con la correspondiente carga multicultural proveniente de este continente. Sin desestimar por ello, la existencia de otras importantes corrientes tanto internas como externas, que también se asientan en la Capital Federal.

 

La cara que se asemeja a América Latina

 

En este capítulo entramos quizás en el punto álgido o de mayor interés del presente artículo.

Nuestra preocupación central consiste en rescatar y valorar en su justa dimensión, ese gran retazo de nuestro país que ha sido escamoteado y subsumido detrás de una supuesta fachada rica de la Argentina, expresada esta visión tanto en los discursos oficiales a lo largo de más de cien años, como así también por ciertas apreciaciones volcadas en muchos casos por el mundo de la intelectualidad. Lo que este proceder ha motivado en el imaginario colectivo nacional, la idea de que se cuenta con un país inconmensurablemente rico, en el que predomina en forma abrumadora –como fenómeno peculiar y a la vez motivo de orgullo– una población de origen europeo, que lo diferencia del resto de América Latina y por qué no, nos acerca al mundo desarrollado, aunque sin desconocer por ello dentro de la conformación de este criterio, la existencia de provincias pobres, visualizadas más precisamente como regiones marginales –si bien reconocidas por sus bellezas naturales y riqueza folklórica–, escondidas en los extremos reales y evocativos del territorio nacional.

Con respecto al grupo de los intelectuales al que hicimos referencia, es dable observar una doble vertiente de opiniones, una que se acomoda y ha dado letra al discurso oficial de una Argentina equivalente en sus potencialidades generales a “pradera ubérrima”, más allá del sinnúmero de razones que han trabado el despliegue en plenitud de estas potencialidades; y otra posiblemente sin la intencionalidad de acogerse al discurso oficial, enfoca las múltiples problemáticas del país, desde un ángulo macro socioeconómico, donde las correspondientes variables numéricas que se manejan, encubren en gran parte los déficits, aportes y recursos del área menos beneficiada de la nación, y quizás sin proponérselo, cuando esta vertiente desarrolla su discurso, imagina implícitamente a la región pampeana y sus ramificaciones regionales, como la representación totalizante que engloba todo el territorio del país.

En este sentido pero con las variantes del caso, es conveniente analizar a modo de ejemplo, la opinión relevante entre otras, del antropólogo brasileño Darcy Riveiro
–explicitada con particular énfasis en su señero libro Las Américas y la civilización– sobre cómo él encuadra a nuestra nación en el contexto civilizatorio americano. Observamos así que, dentro del desarrollo del tópico que él denomina Tipología étnico-nacional, establece para los pueblos extraeuropeos del mundo moderno cuatro grandes configuraciones histórico-culturales. Éstas son: la de los Pueblos Testimonios, los Pueblos Nuevos, los Pueblos Transplantados y los Pueblos Emergentes. Al respecto dice: “Los primeros están constituidos por los representantes modernos de viejas civilizaciones autónomas sobre las cuales se abatió la expansión europea (Ej.: India, China, Japón, lospaíses islámicos, y en América: México, Guatemala, Perú, Ecuador, Bolivia). El segundo grupo, designado como Pueblos Nuevos, está representado por los pueblos americanos plasmados en los últimos siglos como un subproducto de la expansión europea por la fusión y aculturación de matrices indígenas, negras y europeas (Ej.: Brasil, Venezuela, Colombia, las Antillas, parte de América Central. En una segunda categoría diferenciada de los ejemplos primeros se encuentran Chile y Paraguay). El tercero –Pueblos Transplantados– está integrado por las naciones constituidas por la implantación de contingentes europeos en ultramar que mantuvieron su perfil étnico, su lengua y cultura originales (Ej.: Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá, Uruguay y Argentina). Por último, componen el grupo de Pueblos Emergentes las naciones nuevas de África y de Asia cuyas poblaciones ascienden de un nivel tribal, o de la condición de meras factorías coloniales, a constituir etnias nacionales.” (Riveiro, D., 1972:80).3

Como se ve, incluye dentro de los Pueblos Transplantados a la Argentina y Uruguay como los únicos representantes en América Latina pertenecientes a esta categoría. Si bien en su trabajo marca diferencias de gestación con respecto a sus pares de otros lugares, como Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, especialmente en el sentido de que en nuestro país el alud inmigratorio europeo no se volcó estrictamente sobre territorios en puja con poblaciones tribales, sino que se sobreimpuso y diluyó a una protoetnia ya conformada como Pueblo Nuevo, más los obstáculos impuestos a su desarrollo socioeconómico por la supervivencia de una oligarquía atrasada, características todas éstas que la distinguen de las otras naciones aludidas, termina el autor al final a través del conjunto de sus explicitaciones, sin una mediación significativa que indique la coexistencia de otra realidad socio-territorial, al englobar en los hechos a la totalidad del país en la categoría de Pueblo Transplantado.

Corresponde aclarar en este aspecto, que Riveiro reconoce la existencia de inclusiones menores de otro tipo de poblamiento, insertas en los grandes agrupamientos poblacionales nacionales, pero los menciona de manera genérica, y por lo tanto en nuestro caso, no diferencia en forma concreta la existencia territorial cabal de la cara pobre y vigente de cepa criolla y socioeconómicamente postergada de nuestro país. En cambio sí hace referencia a la oleada inmigratoria europea –sin diferenciar sustancialmente área alguna de incidencia, como si la misma se hubiese volcado sobre todo el territorio– que sepultó de acuerdo con su criterio a la protoetnia nacional preexistente, revistiendo al país por lo tanto, de una homogeneidad cultural neoeuropea, proceso de transfiguración, a nuestro entender, que no se manifestó en la fachada pobre, por la sencilla razón de que la oleada inmigratoria principal no llegó a esas regiones.

Es dable inferir que Riveiro no desconocía le realidad anteriormente descripta, pero posiblemente compelido por sintetizar todas las configuraciones histórico-culturales interactuantes en América en sus rasgos trascendentes, subvaloró el espacio empobrecido de nuestro país y proyectó a todo el territorio nacional las características intrínsecas pertinentes sólo a la porción territorial más importante del mismo.

Ahora bien, esta visión que aquí resaltamos, se toma a modo de ejemplo, por la gran divulgación que han tenido estas ideas como producto de la innegable trascendencia intelectual del autor, que a nuestro juicio –a pesar del respeto que le profesamos–, ayudan a desdibujar parte de nuestra realidad socioterritorial, básicamente por omisión y no por apreciaciones desacertadas. A su vez esta visión simplificada se reproduce como anteriormente lo mencionamos, no sólo en los discursos institucionalizados, explícita o implícitamente, sino también en otros autores adscriptos a las Ciencias Sociales, lo que nos motiva en concreto a rescatar y valorar en su correspondiente medida, esa cara del país que muchos no quieren ver vestida con el verdadero ropaje que la cubre.

Llegados a este punto, tenemos que recordar que si bien las variables socioeconómicas, culturales y demográficas traducidas en números que se desprenden del área a la que denominamos desarrollada, son las más favorables y producen en muchos casos un efecto psicológico envolvente que motiva que esta imagen se extienda a todo el país, el área menos desarrollada a su vez, dista mucho de ser poco relevante. Con casi un 40 % de la superficie y un cuarto de la población de la nación, más una serie de importantes recursos naturales, capacidades humanas y un aparato productivo potencial nada desdeñable, estas condiciones indican que esta región ocupa un lugar en el espacio nacional imposible de soslayar.

Es así como a nivel cualitativo y desde una perspectiva geográfica, podemos adelantar nuestra visión de este territorio diciendo que es un espacio de profundos contrastes naturales y humanos y de una gran variedad de ambientes. Por un lado tenemos un “centro-oeste” y “noroeste” donde se combinan grandes extensiones de tierras yermas alternando con oasis de regadío, valles de diferentes dimensiones empotrados en estructuras orogénicas esparcidas por toda el área, llanuras pedemontanas y mesetas de gran altura, con un clima árido a semiárido en el sector oeste, virando a un clima subtropical lluvioso hacia el sector este. Todas estas características se conjugan en un aprovechamiento discontinuo del espacio –a diferencia de la utilización continua del área pampeana–, aunque no por ello implique potencialmente un aprovechamiento menguado del mismo, debido al uso intensivo que es factible imprimirle. Por lo tanto la vivencia generalizada sobre estas regiones, que enlazan áreas desérticas con provincias pobres en una relación causal, si en parte tiene asidero al coincidir estos parajes con sociedades empobrecidas, vemos que tal asociación no es estrictamente correcta. En primer lugar porque no todos los ambientes son áridos, ya que varias zonas gozan de aceptables a abundantes precipitaciones, y en segundo, porque muchos sectores áridos cuentan con aceptables volúmenes de agua de origen fluvial y/o subterráneo para el riego, aunque quede mucho por hacer al respecto.

Pero en sí, la verdadera causa de la visión última de pobreza de estas regiones, más allá de si corresponden a ambientes áridos o húmedos, se debe a la desestructuración socioeconómica impulsada desde siempre por los centros de poder, que dentro de sus estrategias de conveniencia, han producido una crónica desarticulación de estos espacios.

Por el otro lado, nos queda un “nordeste” recorrido por extensas llanuras con un variado gradiente de cobertura boscosa, como consecuencia de una despiadada deforestación, alternando con “campos descubiertos” naturales y en muchos casos “descubiertos artificialmente”, más un área de meseta con vestigios selvosos, todo este espacio en conjunto, surcado por poderosos ríos y salpicado en algunos lugares por bañados y lagunas, dentro de un clima subtropical húmedo, transformándose a subhúmedo hacia el oeste, con características de semiaridez en los extremos occidentales del área chaqueña. Específicamente, las potencialidades económicas de este espacio son de gran importancia, siempre que medie sobre el mismo una explotación adecuada, en razón de la fragilidad de sus ecosistemas, formas de manejo que en general, no ha sido aún aplicada. No obstante, y a pesar de que se siguen cometiendo errores en este sentido, aunque algo atenuados por la experiencia adquirida, el nordeste es un espacio de grandes y múltiples posibilidades de desarrollo productivo.

En lo que respecta a ciertas percepciones de estos espacios, si bien no se los relaciona con áreas desérticas, sí en cambio con la dificultad que implica la convivencia en un ambiente boscoso y con un clima agobiante, como si estos factores oficiasen de limitantes concluyentes del desarrollo económico. Imagen negativa que no condice con la realidad productiva potencial del área.

Lo concreto es que aquí los déficits socioeconómicos no se los puede asociar a limitaciones climáticas, aunque la variación de estos factores produzca grandes alteraciones ambientales perjudiciales, de disponibilidad de tierras, en el sentido de magnitud y no de cómo está repartida la misma, ni de recursos naturales, sino que como siempre, se debe a las distorsiones impuestas al aparato productivo regional por los grupos de poder hegemónicos imperantes en el país.

En síntesis podemos observar en el área de menor desarrollo relativo un sinnúmero de paisajes humanizados con características específicas que, en su conjunto, pueden brindar múltiples opciones de desarrollo. A su vez no debemos considerar que sus potencialidades fincan solamente en un tipo de explotación primaria basada en el reciclaje racional de sus economías regionales fogoneadas con el apoyo secular de su población rural. Pensamos en cambio que además de contar con las potencialidades tradicionales, especialmente en conjunción con los recursos mineros y energéticos, se puede escalar también al desarrollo de actividades industriales complejas y de jerarquía, con materia prima en gran parte propia, y con el aporte de una población dúctil y mayoritariamente urbana, dado que ésta, desde hace tiempo, se desplazó en gran medida del campo a las principales ciudades del área.

En conclusión podemos considerar a este espacio empobrecido, con excepción del corazón chaqueño e interior misionero, como la “Argentina profunda” –no equivalente a una Argentina lejana y periférica en el sentido de haber sido incorporada territorialmente en épocas recientes– por su función de corazón histórico y motor primario en la conformación del estado nacional, al haber contribuido activamente con su humanidad y sus recursos económicos, en todos los procesos políticos, institucionales y productivos que se fueron desenvolviendo a lo largo de más de cuatro siglos, hasta la actualidad. Pero luego, como es sabido, a pesar de haber ocupado en su momento un lugar relevante en la historia de nuestra nación, esta área quedó marginada a un plano de subutilización económica, con gran parte de su sociedad, discriminada por las orientaciones e imposiciones prevalecientes de la oligarquía nacional, que fijaron el asentamiento del eje económico nodal del país, en el litoral pampeano, para luego proyectarlo –en tiempos relativamente recientes– hacia la Patagonia y Mendoza, como espacios complementarios del núcleo central.

Es así como esta área interior de la Argentina –que se despliega desde el límite con Chile hasta el límite con Brasil al oeste y este respectivamente, y que se contacta por el norte con Bolivia y Paraguay–, postergada socioeconómicamente y no afectada en plenitud por la inmigración masiva europea, donde la componente indígena –de diferentes etnias– y española se conjugaron en una mestización biológica y cultural, que va a caracterizar al grueso de las sociedades de este espacio en una tipología criolla con sus correspondientes matices, se engarza en los hechos por sus similitudes culturales, con las sociedades de las naciones limítrofes mencionadas. Lo que es lo mismo decir, por lógica concatenación socioespacial, con el resto de Latinoamérica.

Ésta es la cara del país en suma, que se asemeja a América Latina, sin perjuicio de que su derrame hacia los centros nodales de la cara desarrollada, introduzca con el bagaje de sus características, modificaciones en el tejido social de la misma. Esta sociedad está ligada indiscutiblemente en diferentes grados con la de los países vecinos nombrados y también con los más lejanos, tanto en el plano biológico, lingüístico (en gran parte), vivencial e histórico, como en el de las costumbres, tradiciones y asimetrías socioeconómicas. En una palabra, todo un cúmulo de variables identificatorias que se manifiestan asociativamente, de modo tal de plasmarse en un corpus cultural-espacial de contenidos semejantes, de cuya realidad y problemáticas, en lo atinente a nuestra cara postergada, los indicadores macro socio-económicos a nivel nacional suelen desdibujarla hasta encubrirla en muchos casos totalmente.


Distribución geográfica de la pobreza por áreas diferenciadas del país4

 

Nos interesa en esta circunstancia referirnos a la distribución territorial de la pobreza en hogares particulares, ya que ésta es una de las principales variables que caracterizan al área postergada, sin perjuicio de que sea importante resaltar también la expansión de la pobreza en el área desarrollada, debido a que obviamente la misma se extiende –con diferente relevancia demográfica y gran diversidad de situaciones– por todo el territorio nacional.

De acuerdo con este propósito, presentamos tres cuadros, donde se indica por área diferenciada la magnitud de la pobreza a través de las incidencias porcentuales y las correspondientes cifras absolutas, a nivel de hogares y personas respectivamente. Es así como podemos observar en el Cuadro 3, referido a Hogares particulares con NBI, los siguientes aspectos:

El porcentaje promedio de hogares con NBI del área desarrollada (13,7 %) está casi tres puntos porcentuales por debajo del promedio nacional (16,5 %), y el porcentaje del área menos desarrollada (28,6 %) está muy por encima de éste. A su vez, el total parcial del área postergada, es más del doble del total del área desarrollada, lo que testimonia el grado de pobreza que se manifiesta en aquélla área.

En las sub-áreas de la cara más desarrollada, vemos que los porcentajes de hogares con NBI correspondientes a la Región Metropolitana (13,5 %) –incide en este guarismo el porcentual de la Capital Federal (7,0 %), que es el más bajo del país– y al Área desarrollada sin la Patagonia (13,3 %), están por debajo del promedio del área. No se manifiesta así la Región Patagónica, donde salvo la provincia de Santa Cruz, el promedio de hogares con NBI (19,6 %) está significativamente arriba del promedio nacional y del área, pero su incidencia no es relevante en la segunda instancia, por la reducida cantidad en términos comparativos de hogares existentes en la región.

En la cara pobre las subáreas regionales del NOA y del NEA, sus porcentajes de pobreza, que corresponden al 29,6 % y 30, 7 % respectivamente, están por encima del promedio de área, siendo el valor de éste menor, por el contrapeso que imponen los bajos porcentuales relativos de la provincia de San Juan y San Luis.

En lo atinente a la división político administrativa, en el área desarrollada solamente cuatro jurisdicciones están por debajo del promedio de área, éstas son: Capital Federal,


Resto de Buenos Aires, Córdoba y La Pampa. Asimismo, en la cara de menor desarrollo, hay cinco provincias cuyos porcentuales se elevan alrededor de cinco puntos por encima del promedio del área.

Con respecto a los totales en cifras absolutas de los hogares con NBI de las dos áreas, el área desarrollada cuenta con una cifra que supera el doble de la que acusa el área de menor desarrollo, lo que representa que haya una alta concentración de pobreza, especialmente en los 19 partidos del GBA, Resto de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. En cambio los totales de las cifras absolutas en el área postergada están muy lejos de las magnitudes que poseen los ejemplos dados de la primera área. No obstante estas realidades numéricas que posee el área desarrollada, proporcionalmente los hogares con NBI sobre el total de hogares existentes en el área de menor desarrollo son notoriamente mayores, lo que implica a nivel regional una pobreza mucho más relevante y extendida en el área postergada, y en términos numéricos, una mayor pobreza absoluta en el área desarrollada.

En lo referente al indicador de la Población en hogares con NBI que figura en el mismo cuadro, vemos que los porcentuales de pobreza son más altos, entre dos y seis puntos, que los que se manifiestan a nivel de hogares (no alterándose por otra parte, las tendencias de distribución de la pobreza arriba descriptas). Ello no es más que una consecuencia del mayor número de personas por hogar, que caracteriza a los hogares pobres en relación con los no pobres. Estos índices son particularmente altos en los casos de Chaco (39,5 %), Formosa (39,1 %), Santiago del Estero (38,2 %), Salta (37,1 %) y Jujuy (35,5 %).

La incidencia de la pobreza en Hogares, según estratos de asentamiento urbano y rural que figura en el Cuadro 4, nos permite observar lo siguiente:

Las cifras de los porcentuales de hogares urbanos con NBI en las dos áreas están más atenuadas en relación con sus correspondientes del Cuadro 3, porque proporcionalmente la pobreza urbana incide menos que la rural, aunque en cifras absolutas, la pobreza predomina más en las áreas urbanas. Esto se relaciona con los altos índices de urbanización del país.

Es por demás elocuente el incremento de la pobreza rural con respecto a la urbana, más que duplicándose aquélla en el área de menor desarrollo. Hasta tal punto que en cinco provincias los hogares rurales con NBI superan el 50%, detentando Salta el récord con el


61,1 %, guarismos que se aproximan mucho a los promedios nacionales de pobreza de otros países latinoamericanos.

El promedio de pobreza rural del área postergada (47,3 %), más que se duplica con respecto al del área desarrollada (20,9 %). A su vez, este último promedio está por debajo del promedio de país (32,2 %), en cambio el promedio del área de menor desarrollo está muy por encima de aquél, lo que indica la fuerte incidencia de la pobreza rural en este último espacio.

Es de notar también, en líneas generales, la gran diferencia que existe entre la cantidad absoluta de hogares urbanos y rurales con NBI, que se manifiesta especialmente en el área desarrollada y que se refleja en los elevados índices de hogares urbanos presentes en el mismo, cuyo promedio del 91,7 % es por demás significativo. En cambio, si bien la diferencia también es grande en el área empobrecida, la predominancia urbana no es tan acentuada, traduciéndose esta característica en el promedio del índice de hogares urbanos que es del 73,0 %, muy por debajo del promedio del país (88,2 %).

En lo que respecta al porcentual del Población en hogares con NBI, según estratos de asentamiento urbano y rural que figura en el Cuadro 5, también aquí los valores de los índices están entre 2 y 6 puntos por encima del de hogares que describimos en el cuadro precedente. Es digno de destacar el promedio porcentual de población rural con NBI del área de menor desarrollo, que supera el 50 %, sobresaliendo Salta y Chaco, que sobrepasan el 60 % de población rural con hogares pobres.

Ahora, conviene remarcar en función de lo arriba expuesto, que a pesar de las alteraciones en las cifras que se producen en los tres últimos cuadros, por la inclusión en los mismos de tres jurisdicciones en forma completa, a diferencia del esquema regional ideado, en el que estas jurisdicciones figuran espacialmente seccionadas, entendemos que los guarismos finales de estas tablas no poseen la suficiente magnitud distorsiva como para que no se puedan adecuar a nuestra propuesta de bipartición territorial.

En síntesis, y a modo de conclusión podemos decir en función del perfil de nuestro trabajo, que la pobreza no necesariamente establece una relación unilineal –aunque sí tiene mucho que ver– con la procedencia, según nacionalidad o región, de una población. Sólo que cuando una confluencia de circunstancias así lo determine, puede afectar todas las tipologías socio-culturales y de origen de los agrupamientos humanos. No obstante, esta pobreza se manifiesta con particular énfasis en la población de origen criollo del país y de


los países vecinos, como producto de la marginación histórica, del encasillamiento socio-espacial y de la falta de oportunidades, que se ha visto obligada a aceptar.

También es digna de reiterar la profunda diferencia que existe en términos relativos entre la pobreza urbana y rural; ésta última muy camuflada por el alto grado de urbanización del país. En este sentido, llama la atención lo acentuado de la pobreza en la población rural, especialmente en las provincias del norte, cuyos elevados índices se emparejan en muchos casos, con los de otros países latinoamericanos.

La pobreza prescinde hasta cierto punto de los espacios regionales y está en todas partes, aunque su distribución no es equitativa; en algunos lugares aparentemente se diluye al coexistir con un alto porcentaje de población no carenciada, lo que no significa que no exista con gran peso numérico y carga de infortunios (léase como lugar, el área desarrollada).

Por último queremos destacar, la profunda asimetría existente en la distribución geográfica de la pobreza en nuestro país. Si bien este fenómeno se extiende por todo el territorio, no cabe duda de que a nivel regional su presencia en términos relativos, se asienta en forma muy marcada en el área postergada de la Argentina. La otra característica de esta realidad, es la alta concentración de la pobreza, particularmente en el conurbano bonaerense y en los principales centros urbanos del territorio.

 

Síntomas de cambio

 

Por último, a modo de cierre de las realidades espaciales descriptas, cabe observar ciertas tendencias dentro de la actual dinámica globalizadora, que implican hasta cierto punto, una reorientación en la incidencia de las variables especialmente en el área desarrollada, motivada por un incremento de influencias de procedencia latinoamericana.

Es así como, en primer término, del brazo de la pobreza se vienen insertando cada vez más, algunos estereotipos latinoamericanos, particularmente en los principales núcleos urbanos del país, relacionados básicamente con estrategias de sobrevivencia y también con expresiones culturales. Estas características se detectan en el incremento de los siguientes aspectos: el trabajo informal expresado generalmente a través del cuentapropismo; comercio al menudeo; precariedad y hacinamiento en las viviendas; subalimentación; mendicidad, marginalidad, etc., donde el flagelo del desempleo formal y especialmente del subempleo de muy baja retribución, obra como una de las principales causas de estas manifestaciones. Así también, en otro plano, estos estereotipos se observan en la música, tipos de comida, oferta de artículos específicos y formas de sociabilidad y de asociación comunitaria.

Cabe acotar que los sectores sociales que soportan las estrecheces arriba mencionadas, en general no están obligadamente encuadrados en los intersticios de la marginalidad social, sino que por el contrario, en la mayoría de los casos forman parte del circuito económico formal, pero eso sí, como uno de los últimos eslabones en la cadena distributiva de la riqueza. A su vez, si bien estos síntomas de precariedad han existido en diferentes grados desde siempre, ahora afloran más que nunca, resultando especialmente visible en el plano económico, en los principales nudos de comunicación y en las zonas dedicadas al comercio al menudeo de las grandes urbes del país.

Por otra parte, aunque los síntomas mencionados son comunes en general a las áreas subdesarrolladas a escala planetaria, en el proceso al que nos referimos, vemos que está cargado de matices y peculiaridades específicamente latinoamericanas, tanto por la presencia directa de miembros provenientes de los países vecinos –y últimamente no tan vecinos–, a los que se deben sumar los descendientes de éstos, lo que implica una expansión del espectro cultural demográfico de esta procedencia asentado en nuestro territorio, como por las formas culturales en que se expresan las diversas estrategias de sobrevivencia implementadas al respecto, que están lejos de distinguirse tan sólo por el colorido en que se manifiesta su quehacer callejero.

En relación con la franja poblacional de procedencia inmigratoria interna, que está asentada desde hace décadas en los grandes centros urbanos, vemos que si bien algunos de sus miembros han logrado cierta estabilidad económica de modo tal de zafar de la pobreza, otros continúan inmersos en la misma, conjuntamente con otros grupos que no tienen este origen. Son estos sectores de población criolla que no han logrado romper con el círculo de las limitaciones económicas, y que por sus afinidadessocio-culturales y semejanzas en las condiciones de pobreza con la población procedente de los países vecinos, los que van a participar y engrosar estas modalidades de sobrevivencia arriba expuestas.

En segundo término, se observa también a nivel superestructural, una incidencia del mundo latinoamericano en nuestro país, tanto en el plano económico, político, cultural, como en el intercambio de información, en general, superpuesta desde luego a las tradicionales influencias provenientes del mundo desarrollado. En este aspecto son Brasil y Chile, por el momento con respecto a nuestra nación, las que más se destacan en este derrame de influencias: el proceso de integración regional impulsado a través del Mercosur, más los contactos políticos periódicos entre mandatarios de toda el área y lo que deviene de ello, tiene mucho que ver en este sentido. Todo esto enmarcado a su vez, dentro del tan mentado fenómeno de la globalización “capitalista”, que a pesar de que representaría supuestamente, entre otras cosas, achicamiento de los espacios y uniformidad en los quehaceres y actitudes humanas, pareciera no poder contrarrestar las intercomunicaciones e intercambios distintivos y crecientes de influencias y materialidades que se empieza a intensificar cada vez con más energía, entre los países del subcontinente.

Pero volviendo a nuestro propio marco territorial, y en lo atinente a los procesos de captación cultural ejercido oportunamente por el modelo neo-europeo predominante en el área desarrollada sobre las corrientes inmigratorias internas y de los países limítrofes que comparten este espacio, pareciera que ahora éstas tienden a hacer prevalecer su propio perfil cultural. Esto conlleva un sutil y paulatino entrecruzamiento de vectores de este tipo, lo que no representa estrictamente una mezcla de identidades, sino la coexistencia inestable de diferentes perfiles socio-culturales compartiendo una misma área, aunque con ciertos desdibujamientos mutuos en sus respectivas matrices por inevitables intercambios demográficos y culturales, y donde el grupo tradicionalmente subsumido por el dominante, asume una personalidad propia cada vez más relevante.

En suma, si ampliamos el análisis de estas dualidades socio-económicas y culturales a la totalidad del territorio nacional, podemos esbozar, en una primera aproximación, que sólo con la marcha del tiempo se verá cómo podrán convivir estas fuerzas asimétricas y diferentes en pugna, compartiendo espacios únicos o diferentes. Pero a su vez, en una segunda aproximación, más allá del tiempo que es una variable esencial en los procesos de cambio social, tendrán mucho que ver en el avance de la equidad e interpenetración cultural, la profundidad y la calidad de las acciones que asuman tanto los sectores políticos como los de la sociedad civil, interesados en revertir las desigualdades económicas y los distanciamientos culturales existentes en la sociedad nacional.

Por último, y al margen de lo arriba expuesto, como reflexión final en lo atinente a la regionalización de la pobreza en nuestro país, podemos decir que, como las variables identificatorias de este fenómeno se miden a escala de jurisdicción política, no existe una coincidencia total entre espacios reales de pobreza y cifras. Es por ello que, hasta que no se realicen e intensifiquen análisis a nivel local o a nivel de espacios un poco más amplios pero específicos (que pueden ser áreas intra o extraprovinciales) de estas situaciones, los trabajos quedan ceñidos a un plano eminentemente descriptivo, como es el caso de este artículo con respecto a este punto. Por esta razón, resulta de suma importancia que se incentiven, bajo esta orientación investigativa nuevos estudios sobre el tema.

 

Notas

 

1 Al respecto, entre otros trabajos, especialmente la primera parte del libro de Manzanal y Rofman, Las economías regionales de la Argentina. Crisis y políticas de desarrollo, es una buena fuente de información sobre la incidencia de un conjunto de indicadores socio-económicos a nivel de jurisdicciones y áreas económicas del país.

2 Cabe aclarar que lo dicho hasta aquí se basa más bien en valoraciones correspondientes a años anteriores, ya que en la actualidad (1997), a raíz de la pauperización generalizada –con gran impacto en los sectores medios– posiblemente se estén produciendo grandes alteraciones en las condiciones socioeconómicas en la población del área, como así también en el resto del país.

3 Los ejemplos de los países insertos entre paréntesis, han sido incluidos por nosotros. No figuran en la cita, pero sí en otras partes del texto.

4 Cabe advertir que en las áreas diferenciadas que se detallan en los cuadros subsiguientes, se observa: a) que los totales de sus superficies y poblaciones insertas en éstas, son a “nivel aproximativo”, debido a que las provincias de Córdoba y Santa Fe se incluyen en forma completa en el área de mayor desarrollo, y San Luis del mismo modo, en el área de menor desarrollo. Por lo tanto estas provincias no sufren la partición territorial que se propone en el presente trabajo; b) que los valores de personas y hogares se tabularon en base a “hogares particulares”, por consiguiente queda excluida la porción demográfica correspondiente a los hogares colectivos; c) que se consideran 19 partidos del GBA, en vez de los 25 partidos atribuidos al GBA que se contemplan dentro de la Región Metropolitana en los cuadros precedentes. Todas estas características dan como resultado que los valores poblacionales parciales y generales de las áreas diferenciadas que figuran en el Cuadro 2 con respecto a los que aquí se presentan, no sean coincidentes (además de las diferencias implícitas de superficie que existen entre éstos y los del Cuadro 1).

 


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Artículo publicado en la Revista Reflexiones Geográficas.