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Asunto:NoticiasdelCeHu 727/03 - Lecciones de Geografía
Fecha:Jueves, 12 de Junio, 2003  19:50:59 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 727/03
 

Lecciones de Geografía

 

Sobre algunas utopías reaccionarias

 

EL CASO ARGENTINO

 

 

                         

Lic. Humberto N. Voltolini     

Secretario Centro Humboldt  

                                                  

           Prof. Omar H. Gejo     

Miembro Comisión Directiva

      del Centro Humboldt


La tan anunciada crisis argentina ha dado lugar a las más variadas interpretaciones. Simplemente dentro de los enfoques sistémicos –capitalistas, burgueses, pro-mercado, etc.-, se pueden observar dos grandes vertientes.

Una, asociada a la ortodoxia, visualiza a la debacle nacional como el resultado de las inconclusas reformas estructurales. Para superarla, pues, habría que perseverar, aun más, en las sendas prescriptas por la alta burocracia banquera internacional, los ajustes. Ésta sería la posición de Rudiger Dornbusch, Alan Meltzer, Guillermo Calvo o, pensando localmente, de los tradicionales escritos de FIEL –Daniel Artana, Juan Luis Bour, Ricardo López Murphy-, o del CEMA –Carlos Rodríguez, Roque Benjamín Fernández, Jorge Ávila-.

La otra posición está representada por la crítica –parcial- a las terapias de choque y ajuste estructural ensayadas durante los ’90. Es la denominada posición heterodoxa. Internacionalmente, un Paul Krugman, desde hace tiempo, y un Joseph Stiglitz, el recientemente laureado por la academia sueca, desde hace no tanto, encajan perfectamente en ella. Localmente, los distintos estilos de desarrollismos vernáculos allí están presentes. Marcelo Ramón Lascano, Eduardo Curia, Eduardo Conesa, Aldo Ferrer, Héctor Valle, entre otros, son ejemplos de ello.

Pero más allá de estas divergencias, surgidas a partir de una lectura económica o economicista –esto último le cabe, sobre todo, al primer grupo-, el caso argentino también puede ser abordado desde una perspectiva más amplia, que definiríamos como geográfica.

 

 

Una versión geográfica

 

Durante la década del ’90 acompañaron la “reforma”, las transformaciones, una serie de visiones elementales –en un doble sentido, tanto al definirlas como básicas como al calificarlas como pueriles-, y que oficiaron como la gran pantalla ideológica de ese proceso. Estas visiones eran, a todas luces, verdaderas fantasías, hecho que se explicaba por su manifiesto carácter a-geográfico, es decir, por constituir utopías. Claro que en este caso, las inconsistencias de estas posiciones iban más allá de su irrealidad, pues a esta característica debe adosárseles la tipificación de ser genuinamente reaccionarias.

 

 

“Vayamos al mundo”

 

Hacia el final de la década del ’80, la Argentina vivió con particular agudeza el cierre de la continental “década perdida”, en un contexto hiperinflacionario desencadenado por una corrida cambiaria que desembocó en un traumático proceso de transición política que significó el derrumbe del alfonsinismo, el renovado y abortado movimientismo del remozado partido radical, allá, en la primavera democrática tras la dictadura.

La ofensiva ideológica estereotipada como neoliberalismo, entonces proclamaba, entre otras irreverencias al pensamiento, el fin de las ideologías en un sentido amplio, y concretamente para el caso argentino desparramaba un conjunto de vulgaridades que alcanzaron, vale reconocer y recordar, una amplia aceptación.

La primera observación que conviene registrar es que los problemas de Argentina en aquel momento, al parecer, emergían del constatable aislamiento internacional que padecía el país. La Argentina era una economía que le había dado la espalda a la economía (mercado, para mejor precisar los límites ideológico-conceptuales de estos análisis) mundial. Aducían que desde los años 40, obnubilado por una confusa y confesa ideología estatista-anticapitalista, nuestro país había retrotraído posiciones en el concierto internacional. Las críticas al intervensionismo estatal, al populismo, a las propuestas anti-mercado, estaban a la orden del día.

Uno de los indicadores que se utilizaban, frecuentemente, para confirmar el retraimiento era la baja participación del sector externo local en el comercio mundial; estábamos, pues, frente a una economía cerrada y, por lo tanto, ineficiente, no competitiva.

La apertura, por ende, estaba al tope de la agenda de la modernización. La idea en boga proyectaba la inserción argentina en el mercado internacional a partir de la liberación de la economía de las ataduras del estado, sobre todo de la caída de los aranceles externos que protegían al mercado local. Éste, así librado a las influencias de la circulación mercantil mundial, operaría un cambio sustancial. Como se puede apreciar, una verdadera fábula.

Una sencilla mirada, casi superficial, a la geografía del comercio internacional bastaría para echar por tierra con estas ensoñaciones de los pretendidos y presumidos entendidos.

La Argentina tiene una baja participación en el comercio mundial; desde hace bastante tiempo las exportaciones no pueden superar el 0,5% del registro mundial. Salvo en algunos renglones de escaso peso económico, la burguesía argentina tiene una participación marginal cuantitativamente hablando, y absolutamente desteñida en términos cualitativos. Su acceso a los mercados centrales es insignificante. Podríamos coincidir en la descripción de la situación como de insuficiencia estructural del comercio exterior argentino, aun cuando nos diferenciaríamos de la estructuralidad a-histórica de los desarrollistas.

Por cierto que esta estructuralidad de la situación argentina puede ser observada más abarcativamente desde un prisma regional, agregándole entonces la contundencia de una geografización significativa. Argentina integra el lote de América Latina, una región que a lo largo de las últimas dos décadas mantiene impertérrita una reducida participación equivalente a la vigésima parte del comercio internacional. En esos veinte años, con diversos ensayos políticos, la participación de la región no se ha movido de esa reducida cuota del total mundial. Sin embargo, y por supuesto, al interior de la región se han producido cambios, pero éstos refuerzan los argumentos de los impugnadores de la fantasía liberal-mercantil.

La idea de que la lisa y llana “apertura” transformaría dinámicamente al vector exportador resultó un fiasco, inevitable claro, pero fracaso estrepitoso al fin. Baste decir que a lo largo de la convertibilidad, mientras las exportaciones poco más que se duplicaron, las importaciones se multiplicaron por siete. Y analizando el desarrollo cualitativo exportador, el crecimiento que se produjo durante la primera mitad de los ’90 estuvo asociado a un patrón que hemos definido como de enclaustramiento regional. Cuando en aquel momento, hacia mediados de la década, se proyectaba la necesidad –y se le asignaba cierta probabilidad- de duplicar las exportaciones nuevamente para llegar a los 50.000 millones de dólares a fin de siglo, como única fórmula de escape a la avalancha de deuda contraída, se estaba asistiendo anticipadamente al tradicional cuello de botella externo de una economía periférica, dependiente, como la argentina.

Una economía que –como dijimos- es apenas el 0,5% del comercio mundial, y cuyo mercado interno equivale al 1% de la economía internacional, simplemente en términos cuantitativos no podía responder en su performance en forma diferente. La avalancha importadora, el déficit comercial consecuente y la destrucción del tejido industrial fueron el corolario ineluctable de dicha “estrategia”.

 

 

“Que el mundo venga a nosotros”

 

Pero junto al fallido intento de irrumpir en el mundo alcanzando la demanda internacional, se llevó a cabo una experiencia no menos aleccionadora, no menos fracasada.

Es que este relanzamiento argentino tenía doble mano. No sólo había una hipotética penetración en el mercado mundial, sino que también existía una imposición del espacio mundial en el mercado argentino. Éste debía pasar a ser una parte inescindible de aquél.

El proceso de privatización estaba en la base de esta transformación estructural a la que presuntamente se estaba asistiendo. Por un lado, al relegar a la ineficiente maquinaria estatal, la gran provocadora de la decadencia nacional. Pero, aparte, porque junto con este rejuvenecimiento empresarial (capitalista) se producía un recambio propietario, siendo convocados en primera línea los grandes capitalistas, es decir, las grandes empresas internacionales.

Este doble fenómeno, la desestatización y la extranjerización de la propiedad, confluía brindando el soporte necesario para el despegue, al generar las condiciones para mejorar la competitividad de la oferta local (costo-precio-calidad).

Las empresas estatales, los ogros de la pendiente argentina, se vendieron. Ellas pasaron, casi instantáneamente –debe recordarse que hubo una pequeña y retributiva intermediación de la burguesía local-, a manos de capitales europeos, preferentemente. Por entonces, de desregulación se hablaba mucho. Se hablaba, claro.

Pero este no fue el único traspaso. La burguesía argentina también cedió posiciones en el sector industrial, al que no le vieron demasiadas perspectivas, por lo menos en sus expertas manos. De capitalistas “productivos” pasaban a ser, en gran medida, capitalistas “rentistas”, si adoptamos la jerga de algunos analistas disconformes –pero no tanto- con el capitalismo local.

Hasta fines del año 94 parecía que estábamos en el mejor de los mundos. Una nueva Argentina se había puesto de pie. Pero tras el tequila comenzaron a verse las notorias limitaciones que el “modelo” arropaba, entre ellas, la debacle industrial y su secuela de desocupación extendida. De todas formas, tras el recesivo año 95, la recuperación del año 96 dio pábulo a las más disparatadas ideas sobre la realidad nacional.

Fue precisamente durante el segundo turno de la Convertibilidad, bajo la tutela ministerial de Roque B. Fernández, que se popularizó aquello del “piloto automático”, que hacía referencia al innecesario control del proceso económico, el que habiendo sido desprovisto de las interferencias estatales podía dar rienda suelta al despliegue de sus potencialidades innatas. Esta observación primitiva, la del automatismo de mercado, además, era falaz de cabo a rabo, ya que en los ’90 asistimos a una de las intervenciones estatales más rotundas, más descaradas que haya conocido el país.

Pero la cantera de mitos no podía quedar reducida a esta superchería de nuestros “neoliberales”, que, por supuesto, no era de cosecha propia, pues en realidad reflejaba a la distancia la eufórica proclama de la abolición de los ciclos económicos, que la nueva economía nos legaba desde los EEUU. Había espacio aun para sorpresas adicionales, que con el correr del tiempo, aquilataría la dimensión del dislate.

Cuando ya se desarrollaba la segunda parte de la administración menemista, un diario económico especializado, habitual vocero del régimen, realizaba una evaluación exultante de las perspectivas del proceso político-económico argentino, que confrontada con el actual nivel de discusión la tornaría incomprensiblemente ridícula. Es que la Argentina, donde imperaba el mercado, donde el Estado había perdido su capacidad objetora , donde las grandes decisiones de inversión habían pasado a las empresas multinacionales, erigidas así en rectoras del ciclo económico local, no podía temer ya que la política y los políticos locales se inmiscuyeran torpemente. La economía era una senda ascendente, y la política un mero decorado que oficiaría como convalidador democrático de la saga mercantil. Éste era el cuadro de situación para una publicación que refleja a diario los avatares del mundillo financiero.

Más allá de la insustancialidad de estas afirmaciones, lo que impresiona es el giro que tomaron los acontecimientos, que nos ha llevado a que el planteo básico de estos mismos sectores hoy sea el que el Estado, la política y los políticos son, esencialmente, los factores del descarrilamiento nacional. Precisamente los factores que anunciaban como verdaderas piezas de museo, llamados a pasar inadvertidos de allí en más.

Pero esto no es todo. Desatada la crisis con furia, la bancarrota financiera ha demostrado, palmariamente, que la anhelada continuidad mundo-país era una presunción vana, futil, era una irrealidad. Las casas bancarias extranjeras instaladas en el mercado local han desconocido esa continuidad en la práctica, no asumiendo las casas matrices el riesgo contraído por sus filiales.

Pero esta declinación de la “mundialidad” excede al ejemplo de las casas bancarias, envolviendo también a empresas industriales y de servicios, que a la hora de las pérdidas se acogen a la “nacionalidad” y al paraguas del Estado argentino como salvaguarda frente a su endeudamiento insostenible. Penosa imagen, aunque pensando desde un ángulo nacional ingenuo podría implicar que no habiéndose conseguido la mundialización de la estructura nacional se ha logrado, en cambio, la nacionalización de las grandes empresas extranjeras.

 

 

“La culpa es de los esclavos”

 

Hay una política a la que la burguesía le ha dado una continuidad sin fisuras: la sistemática búsqueda de la reducción del costo laboral. Llevado éste al status de gran obstáculo para la competitividad, se convirtió en una verdadera cruzada para los “empresarios” (nacionales o no nacionales). Poco ha importado que las cifras del comercio internacional demuestren fehacientemente que aquellas economías con mano de obra mejor paga son las que controlan decisivamente el mercado mundial.

Durante la primera mitad de los noventa la ofensiva capitalista se llevó a cabo en el terreno de los llamados costos indirectos y a través de la campaña en pos de la flexibilidad laboral, el desguace de la legislación del trabajo, a la que consideran “anticuada”, por ser protectora en demasía.

Recientemente, en el contexto de la crisis definitiva de la Convertibilidad, el líder de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) argüía que a fines de los ’80 la hiperinflación había pulverizado los salarios; más tarde, con la administración Menem, la recesión y la desocupación los volvió a contraer; y ahora, la devaluación y la inflación los hunden a pisos casi históricos. Un relato certero, que se ciñe a algo más que una década de desarrollo y a un preciso objetivo alcanzado por diversas vías a lo largo de ese período.

Sin pretender resolver en un solo cuadro la complejidad del conjunto de la situación argentina, debemos sí destacar que la economía nacional se halla asentada, desde hace tiempo, en el funcionamiento de su mercado interior, del que sobresalen el consumo –ante todo- y la inversión, que dan cuenta del 90% del funcionamiento de él. Frente a esto, las exportaciones, la demanda externa, apenas alcanza a la décima parte de la economía nacional, lo que naturalmente ha dado origen, de tiempo en tiempo, a las consabidas manipulaciones estadísticas para confirmar el “carácter cerrado” de la economía argentina.

Cualitativamente debe aclararse algo que por sabido no es menos ignorado, la composición salarial del perfil productivo comercializable internacionalmente por el país es manifiestamente baja, como lógico correlato del sesgo primario de aquél. La persistente campaña para abatir el salario es, pues, a todas luces, inconducente, inconsistente por donde se la mire. Es más, sumándonos al jolgorio de la mixtura económico-ecológica prevaleciente, es insustentable, dándole, empero, aquí a esta definición un verdadero carácter integral, no el del cliché del festival “ambientalista”.

Es evidente que sindicar al costo laboral como eje de la campaña modernizadora de Argentina es chiste, o debería sonar a eso. Que se lo discuta con visos de seriedad es una ilevantable demostración de la quiebra generalizada, material e intelectual, de los capitalistas argentinos (nativos o por adopción) y de sus escribas.

 

Otra clase

La aventura exterior (mundialización activa), sustentada en la denominada apertura irrestricta, con sus lógicas consecuencias deficitarias (balanza comercial negativa, reducción efectiva industrial y galopante desocupación); la renovación de la estructura de gestión capitalista (mundialización pasiva), con sus manifestaciones de enajenación tendencial de los instrumentos básicos de autonomía y autarquía (relativas); y la modernización de cuajo del capitalismo local, avanzando resueltamente sobre las condiciones materiales de los trabajadores, constituye como conjunto una utopía. Pero, además, hay que recalcar que estamos frente a no cualquier utopía, enfrentamos una utopía reaccionaria.

La cuestión argentina, es evidente, está precisando una respuesta de otra clase. En términos de lo que habitualmente se entiende instrumentalmente como tal, sí; pero también, ante todo, como condición previa, como prerrequisito, necesita una respuesta de otra clase en términos concretos, en términos socio-políticos.


Texto publicado en el Boletín del Centro Humboldt, Año 5 Nro 8, de abril de 2002. Buenos Aires - Argentina.









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