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Asunto:NoticiasdelCeHu 94/16 - VIAJANDO: En el Vaticano
Fecha:Jueves, 21 de Abril, 2016  15:37:47 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 94/16
 

 

En el Vaticano

 

El viernes 7 febrero por la mañana, ómnibus turístico mediante, regresamos a la Ciudad del Vaticano, y nos bajamos en la plaza San Pedro.

La intención inicial era ingresar a la Basílica, pero la fila era larguísima. Sin embargo, alguien vino a ofrecernos entrar por otra puerta abonando un arancel, pero no aceptamos. Yo ya la conocía y a Omar no lo atraía demasiado, por lo que decidimos deambular por nuestra cuenta.

 

 

En la plaza San Pedro

 

 

Sillas colocadas frente a la Basílica de San Pedro para la próxima misa del Papa

 

 

Nos detuvimos en algunos puestos callejeros para comprar algunos calendarios con la imagen del Papa Francisco y rosarios para familiares y amigos, momento en el cual se nos acercaron gran cantidad de promotores ofreciéndonos visitas guiadas a los Museos del Vaticano. Hablaban en diferentes idiomas hasta que, al detectar nuestra nacionalidad, quedó sólo un peruano que nos hizo saber que, desde el punto de vista comercial, no estaban muy satisfechos con que el Papa fuera argentino, ya que se llenaba de latinoamericanos con escaso poder adquisitivo que no tenían grandes consumos. Nos quedamos conversando un rato con él, pero no aceptamos su servicio, no sólo por el elevado precio en euros, sino porque demandaría demasiado tiempo. Por un lado, mi interés era puntual, y por otro, preferíamos continuar caminando por Roma en el último día de nuestra estada.

Así que mientras Omar salió a recorrer las calles de la Ciudad del Vaticano, yo fui a los museos pagando una entrada de solamente dieciséis euros, diez veces menor que las visitas guiadas.

 

 

La Escuela de Atenas de Rafael, en el anverso de la entrada a los Museos del Vaticano

 

 

Reverso de la entrada a los Museos del Vaticano

 

 

Primeramente, subí a la terraza para tener una visión panorámica del lugar y luego comencé a recorrer las galerías donde me detuve a admirar, no sólo cuadros famosos, sino paredes y cielorrasos de singular belleza.

 

 

 

 

Vista de los jardines del Vaticano desde la terraza de los museos

 

 

Terraza de los museos

 

 

Bóveda de una de las galerías de los Museos Vaticanos

 

 

Resurrección de Nuestro Señor

Serie “Escuela Nueva”. Episodios de la vida de Cristo.

Cartón de la Escuela de Rafael.

Bruselas, 1524-1531

Taller de Pieter van Aelst

562 x 964 cm.

 

 

Después de recorrer varias salas llegué a la Galería de las Cartas Geográficas, de la que mi padre me había hablado tanto cuando la había visitado en el año 1964. Y realmente fue lo que más me atrajo.

La galería tomaba su nombre por las cuarenta cartas topográficas que representaban las regiones italianas y de las posesiones de la Iglesia que Gregorio XIII Boncompagni (1572-1585) mandó pintar sobre las paredes entre el 1580 y el 1583. Éstas constituían uno de los documentos más importantes de los inicios de la cartografía moderna.

La galería había sido construida entre el 1578 y el 1580 por el arquitecto Ottaviano Mascherino, que ideó también la Torre de los Vientos, visible desde los jardines al extremo de la Galería. Ignacio Danti, antecesor de Galileo Galilei en la cátedra de matemáticas en Florencia e ilustre cosmógrafo, fue el encargado de preparar los cartones, traspasados posteriormente en pintura al fresco por un gran grupo de pintores coordinados por Girolamo Muziano y Casare Nebbia.

El ciclo iniciaba en el extremo meridional del corredor, donde se encontraba originalmente la entrada, opuesto a la que existía en 2014, momento en que me encontraba allí. Danti ordenó los mapas adoptando como criterio la división dorsal de los Apeninos, por lo cual sobre la pared que daba al patio del Belvedere, estaban representadas las regiones bañadas por los mares Ligur y Tirreno (Aviñón y Condado Venosino, Sicilia, Cerdeña, Córcega, Calabria septentrional y meridional, Lucania, Principado de Salerno, Campania, Lacio e Sabina, Umbria, Lacio septentrional, territorio de Perugia y Ciudad de Castello, Toscana, Liguria, Italia Moderna).

 

Corsica

 

 

Calabria Ulterior

 

 

Principatus Salerni

 

 

Etruria

 

 

Liguria

 

 

Italia Nova

 

 

Sobre la pared opuesta, del lado de los jardines, se encontraban los mapas de las regiones bañadas por el Adriático (Apulia meridional, Apulia, Abruzzi, territorio de Ancona, Marcas, Ducado de Urbino, Romania, territorio de Bolonia, Ducado de Ferrara, Ducado de Mantúa, Ducado de Parma y Piacenza, Friuli e Istria, Veneto, Ducado de Milan, Piemonti, Monferrato y la Italia Antigua).

 

Transpadana Venetorum Ditio

 

 

Italia Antiqua

 

 

Sobre las paredes cortas estaban representadas las islas Tremiti, la Batalla de Lepanto, El Asedio de Malta y la isla de Elba. Y hacia la entrada, los cuatro grandes puertos de la época: Civitavecchia, Génova, Venecia y Ancona.

 

Ancona

 

 

La bóveda de cañón estaba ricamente decorada con estucos y frescos que representaban grotescas, alegorías y episodios de la historia de la Iglesia o de los santos estrechamente relacionados con las regiones abajo representadas.

 

 

Bóveda de la Galería de las Cartas Geográficas

 

 

 

Escudo sobre uno de los portales

 

 

Recorrí varias salas, pero el lugar por el cual sentía mayor interés era la Capilla Sixtina, de la cual mi padre no sólo me había hablado especialmente, sino que, a partir de diapositivas compradas, más las que él había tomado personalmente, había armado un audiovisual sobre el Vaticano que, como tantos otros, proyectamos en diferentes puntos de la Argentina.

 

 

Cúpula con ángeles luchando contra demonios en los Museos del Vaticano

 

 

La Capilla Sixtina originalmente servía como templo de la fortaleza vaticana, siendo conocida como Cappella Magna, tomando su nombre posterior en honor al Papa Sixto IV, quien ordenara su restauración entre 1473 y 1481. Desde entonces la capilla ha servido para celebrar diversos actos y ceremonias papales. Además, ha sido la sede del cónclave, la reunión en que los cardenales electores del Colegio Cardenalicio eligen al nuevo papa. Sin embargo, la fama de la Capilla ha trascendido lo meramente religioso, siendo su principal atractivo la decoración al fresco, especialmente la bóveda y el testero con el Juicio Final, obras ambas de Miguel Ángel.

Durante el pontificado de Sixto IV, un grupo de pintores renacentistas que incluía a Sandro Botticelli, Pietro Perugino, Pinturicchio, Domenico Ghirlandaio, Cosimo Rosselli y Luca Signorelli realizó dos series de paneles al fresco sobre la vida de Moisés (a la izquierda del altar, mirando hacia el Juicio Final) y la de Jesucristo (a la derecha del altar), acompañadas por retratos de los papas que habían gobernado la Iglesia hasta entonces en la zona superior, y por cortinas pintadas con trampantojo en la zona inferior. Las pinturas fueron concluidas en 1482, y el 15 de agosto de 1483, con motivo de la festividad de la Asunción, Sixto IV celebró la primera misa en la capilla y la consagró a la Virgen María.

Entre 1508 y 1512, Miguel Ángel, por encargo del Papa Julio II, tuvo a su cargo la decoración de la bóveda de la Capilla, cuando ya era un artista consolidado, aunque siempre él decía que no se consideraba pintor sino escultor.

El primer plan acordado había parecido muy pobre para Miguel Ángel, por lo cual tras revisar el contrato y doblar los emolumentos, se le permitiría al artista pintar lo que quisiera, y no sólo el techo sino también las pechinas y las lunetas.

De todos modos, los primeros intentos fueron decepcionantes. El fresco del Diluvio Universal, realizado con técnicas heterogéneas, acabó en desastre, ya que la receta “florentina” del enlucido, no funcionaba con los materiales y el clima de Roma; en poco tiempo afloraron mohos y la pintura tuvo que ser parcialmente suprimida y rehecha desde el principio. Hicieron falta meses de angustia y dificultades hasta que el artista consiguiera dominar la técnica, pudiendo prescindir así de sus ayudantes.

En un soneto célebre Miguel Ángel hizo referencia a los prolongados esfuerzos a los que se sometió trabajando sin descanso durante años en una postura incómoda: “Los lomos se me han metido en la tripa y con las posaderas hago de contrapeso y me muevo en vano sin poder ver”.

Mientras, el Papa estaba impaciente, hasta el punto de que, según el biógrafo Condivi, amenazara con tirar al artista de los andamios, y en una ocasión hasta “le dio con un palo”. Ablandado por medio de regalos, amenazado y acosado, Miguel Ángel acabó por fin la obra que se inauguró el 31 de octubre de 1512. De su belleza había sido testigo, un poco antes de que fuera exhibido públicamente, Alfonso d’Este, Duque de Ferrara, quien subido al andamiaje lo admirara durante largo tiempo; y al bajar se negó a ir a visitar las Estancias (habitaciones situadas en la segunda planta del Palacio Apostólico), que estaban siendo pintadas por Rafael, el gran rival de Miguel Ángel.

Miguel Ángel volvió a trabajar en la Capilla Sixtina veinte años más tarde. En 1533, Clemente VII de Médicis le encargó que pintase al fresco el Juicio Universal en la pared del coro, lo que Pablo III, al ser elegido Papa en 1534, obligara al artista a cumplir, exigiendo que trabajara exclusivamente para él: “Hace ya treinta años que tengo este deseo, y ahora que soy Papa, ¿no puedo satisfacerlo”.

El fresco se realizó entre 1536 y 1541, pero al ser exhibido, suscitó reacciones contradictorias. Miguel Ángel había colocado en el centro de la escena al Cristo Juez rodeado de centenares de cuerpos que se agitaban proyectándose sobre el cielo azul de lapislázuli. No estaban solamente los condenados sino también los salvados, los doctores de la Iglesia, los santos sin sus aureolas y los ángeles sin sus alas. Todos los hombres se veían acosados por el juicio de Dios. Faltaban la Iglesia con sus instituciones, sus ritos y su mediación; y quizá fuera esto lo que provocara escándalo junto con los desnudos, e incluso más que estos.

A los admiradores incondicionales del artista se opuso una oleada de puritanos quienes consideraban que no estaba bien que hubiera desnudos en semejante lugar, que no podía ser que los personajes “enseñaran sus cosas”. Dicha corriente más intransigente de la Iglesia estaba encabezada por el Cardenal Gian Pietro Carafa, pronto inquisidor del Santo Oficio, quien en 1555 al ser instituido como Papa tomara el nombre de Pablo IV.

Pablo IV prontamente dejó a Miguel Ángel sin sus pingües emolumentos y habiendo sabido éste que el pontífice pensaba hacerle “arreglar” su obra, replicó: “Decidle al Papa que este es un asunto pequeño y que se puede arreglar fácilmente; que arregle él el mundo, pues las pinturas se arreglan enseguida”. Sin embargo fue Pío IV quien ordenara el célebre “imbraghettamento”, el cubrimiento de los órganos sexuales de las figuras, con telas pintadas. En 1563, en el Concilio de Trento, se había aprobado un decreto que regulaba el uso de imágenes en las iglesias, especificando que no debía haber en ellas “nada profano y nada deshonesto”, y el Papa, dos meses más tarde, decidió aplicarlo a los frescos de la Capilla Sixtina. Semanas después de la muerte de Miguel Ángel, el trabajo fue confiado a Daniele da Volterra, que había estado junto al lecho del moribundo. A él se debe la ejecución de la primera censura que consistiera en cubrir las desnudeces de algunos personajes con intervenciones “en seco”. En siglos posteriores hubo muchas más modificaciones, mucho menos delicadas y respetuosas con la obra.

Al ingresar a la Capilla Sixtina me encontré con que estaba colmada de gente, la mayor parte rezando… Y los demás, mirando hacia arriba absortos. Enseguida los imité y quedé perpleja. Nada de lo que había visto en fotos era suficiente para describir lo que tenía ante mí… Y mucho más teniendo en cuenta las dificultades que se le habían presentado al autor de esas imágenes. Busqué un lugar donde sentarme y me quedé contemplando semejante obra de arte. Se me llenaron los ojos de lágrimas…, pero no por una cuestión religiosa, sino porque se sumaban la emoción de haber podido presenciar personalmente esa maravilla y por saber que me encontraba en el lugar que mi padre había visitado medio siglo atrás.

Quise tomar fotografías a pesar de que había carteles por todas partes que lo prohibían terminantemente con el argumento de no romper el clima de oración y meditación que allí se originaban. Pero, aprovechando que los muchos custodios que debían impedirlo, estaban distraídos con sus celulares, incliné mi cámara sigilosamente y sin utilizar el flash tomé una fotografía abarcando la bóveda y el muro donde se encontraba la gran obra del Juicio Final. Debido a las condiciones en que fue tomada, la foto no está en foco, pero sentí que, además de tener un registro de mi presencia en el lugar, le estaba haciendo un homenaje a Miguel Ángel por el hecho mismo de la transgresión, y vengando a mi padre a quien no le permitieran por nada hacer tomas teniendo que comprar las diapositivas en los puestos establecidos a tal fin.

 

 

Foto tomada sin permiso de la bóveda de la Capilla Sixtina y fresco del Juicio Universal

 

 

Continué mi visita por diversas galerías, y en todas, mi asombro fue mayúsculo. Había sido un verdadero regalo de la vida tener la posibilidad de estar allí.

 

 

 

 

Globo Celeste de Giovanni Antonio Vanosio

 

 

Boveda de los Museos Vaticanos

 

 

Maravillas de los pintores renacentistas

 

 

Maqueta de la Ciudad del Vaticano

 

 

Las escaleras de Giuseppe Momo daban salida a los Museos Vaticanos

 

 

Después de pasar toda la mañana visitando los Museos Vaticanos, me reencontré con Omar en el Caffe Vaticano, donde, como no podía ser de otra manera, elegimos menúes en base a pastas. Y algo que nos sorprendió fue que el restorán tenía muy buenos precios, a pesar de estar situado justo enfrente de la Pinacoteca Vaticana, tener muy buena ambientación, y productos de la mejor calidad.

Caffe Vaticano

 

 

Durante el almuerzo cada uno relató sus experiencias sobre lo que había visto. Entonces Omar quiso que pudiera conocer algunos aspectos del centro urbano y fue así que dimos algunas vueltas por las calles vaticanas antes de abandonar el lugar.

 

Viale dei Bastione di Michelangelo

 

 

Ya alejándonos, mientras íbamos en el ómnibus turístico rumbo al Coliseo, volvían a mi mente las maravillosas imágenes de las obras de los pintores renacentistas. ¡Un gran placer!

 

 

Ana María Liberali

 




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