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Asunto:NoticiasdelCeHu 70/16 - VIAJANDO: Domingo de descanso en Firenze
Fecha:Martes, 29 de Marzo, 2016  17:17:53 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 70/16
 

 

Domingo de descanso en Firenze

 

Domingo 2 de febrero. Día de descanso. Veníamos de varias jornadas de intensos viajes y paseos, indudablemente espectaculares, pero tanto los cuerpos como las mentes necesitaban un freno. Y nada mejor que la tranquila Firenze para tomar fuerzas y continuar los días venideros con nuestra recorrida europea. Así que nos levantamos tarde y desayunamos enfrente del hotel un capuccino y una factura de crema pastelera. ¡Cómo extrañamos el dulce de leche!

La otra razón del parate tenía que ver con que ya no teníamos prácticamente ropa limpia, por lo aproveché para llevarla a la lavandería. El local era autoservicio, un verdadero autoservicio porque no lo atendía nadie. Todos los presentes eran clientes. En una máquina se ponían los billetes y daba cambio en monedas de un euro. Yo vi un bidoncito de jabón sobre uno de los mostradores, llené la tapita y se lo puse a mi lavarropas, junto a tres monedas. Apreté el botón correspondiente y comenzó el lavado que duró veinticinco minutos. Me senté a esperar y mientras leía algunos folletos de turismo, vi que llegaba más gente que traía su jabón, y otros, mediante otra moneda lo sacaban de una máquina. Y en ese momento advertí que el que yo había utilizado no había sido ofrecido libremente en el lugar. Al rato llegó una pareja, sacó su ropa del lavarropas y se llevó el paquete del que yo me había servido. ¡Qué vergüenza que sentí! No sabía cómo disculparme. Sequé mi ropa por tres euros más porque al haber prendas de lana tuve que poner el secarropas en tibio y cada moneda era para sólo ocho minutos.

Regresé al hotel y me quedé en el lobby usando una computadora. Después de un rato, vi que un hombre se había sentado en un sillón cercano, y ya con la culpa de lo que había hecho con el jabón, no queriendo molestar a nadie más, en perfecto español, le pregunté:

-          “Señor, ¿quiere usted usar la máquina?”

A lo que él me contestó: -“Non capisco. Io non parlo inglese”. (No entiendo. Yo no hablo inglés).

Fuimos a almorzar a uno de los restoranes que estaban enfrente del hotel. Omar volvió a comer pizza, pero de salame; y yo, gnocchettini al Gorgonzola, unos ñoquis pequeños con queso cremoso típico de la región. Luego Omar pidió crema catalana, y yo un crepe de Nutella. Y como era nuestra costumbre, tomamos un espresso en otro lugar, pero esta vez se trataba de una confitería muy paqueta frente a la terminal donde nos cobraron ¡seis euros!

Omar se fue a dormir la siesta, y yo a caminar sin rumbo. Y fue así que vi que tanto en jugueterías como en comercios dedicados a la venta de souvenires, era infaltable un muñeco hecho en madera de todos los tamaños y precios: Pinocho.

Lo que ocurría era que Firenze era la tierra de origen del personaje al que tanto queríamos los niños de mitad del siglo XX. Y éramos tan inocentes en esa época, que, si nos descubrían en alguna mentirita, nos decían que nos iba a venir la nariz larga como a Pinocho, y que si no estudiábamos nos iban a crecer las orejas de burro… ¡Y nos lo creíamos!

Pinocho, en italiano “Pinocchio” era la marioneta de madera protagonista del libro “Las aventuras de Pinocho”, escrito por Carlo Collodi, seudónimo de Carlo Lorenzini, quien fuera nativo de la ciudad. El autor lo había publicado en capítulos del suplemento “Giornale per i bambini”, suplemento para niños del periódico “Fanfulla della Domenica”, entre los años 1882 y 1883, con el título de “Storia di un Burattino” (Historia de un Títere).

“Las aventuras de Pinocho” fue una de las obras más leídas a nivel mundial, contando con traducciones a más de doscientos cincuenta idiomas y dialectos, como la de Alekséi Tolstói quien escribiera una adaptación en ruso del libro original, además de la conversión al sistema de lectura Braille. Y también a lo largo del tiempo fue el argumento de grabaciones de audio, obras de teatro, películas, ballets y óperas.

La versión original había sido muy cruel. Pinocho había cobrado vida mientras el carpintero Geppetto lo estaba tallando en su taller; pero si bien toda la trama estaba llena de escenas algo fuertes para los niños, se destacaba la de dos estafadores, que al intentar por todos los medios quitarle al niño sus monedas de oro, finalmente lo atrapaban decidiendo ahorcarlo en una encina, ya que Pinocho las había escondido en su boca. Las escenas posteriores habían sido menos dramáticas, aunque no exentas de sadismo. Finalmente, después de muchas idas y venidas, Pinocho, tan crédulo como desobediente, decidiendo hacer las cosas bien, terminó salvando la vida de su progenitor. Algunos investigadores han concluido en que Collodi, siendo masón, había pretendido hacer una alegoría sobre la formación de las personas basada en el honor, la verdad y la virtud.

Después de recordar varios pasajes del cuento, terminé comprando dos Pinochitos pequeños, de un euro cada uno, porque los regalos que llevaba debían cumplir tres condiciones, ser pequeños, livianos y baratos.

Regresé al hotel y con Omar salimos a buscar un locutorio para hablar por teléfono a nuestras familias, pero sólo encontramos uno en un barrio alejado del sector histórico, ya que sólo los inmigrantes marginales utilizaban ese servicio.

Y cuando cayó la tarde, a pesar de que había comenzado a llover nuevamente, vimos que mucha gente caminaba hacia la Piazza dei Duomo, y era que en la Catedral de Santa Maria del Fiore se estaba anunciando mediante campanadas, la celebración de la misa vespertina. Y allí fuimos…

 

Campanario di Giotto y fachada de la Catedral de Santa Maria del Fiore

 

 

 

Vista lateral de la Catedral de Firenze desde la Piazza dei Duomo

 

 

Esa noche regresamos a los lugares que más nos habían gustado y, como despedida, cenamos especialidades toscanas en un muy buen restorán del centro histórico.

 

 

Ana María Liberali

 




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