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Asunto:NoticiasdelCeHu 300/15 - VIAJANDO: Puerto Blest sin lluvia
Fecha:Domingo, 6 de Septiembre, 2015  18:55:28 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 300/15
 

 

Puerto Blest sin lluvia

 

El viernes 21 Martín se levantó diciendo que quería ir nuevamente a la lancha. Había disfrutado muchísimo del Bosque de Arrayanes y de la isla Victoria, pero no era cuestión de repetir esa excursión ya que teníamos la posibilidad de hacer la de Puerto Blest, Cascada de los Cántaros y Lago Frías.

Esta vez ya me había munido de la tarjeta para el colectivo de línea con el que fuimos hasta Puerto Pañuelo; y en función de la experiencia gastronómica de la isla Victoria, preparé una vianda con sanguchitos que no llegó a destino porque la navegación abrió el apetito de los chicos y los devoraron en el catamarán.

 

Ludmila, Martín y Laurita navegando en el catamarán

 

 

Partimos de Puerto Pañuelo, en la provincia de Río Negro con rumbo hacia el oeste, y al ingresar al brazo Blest del lago Nahuel Huapi, pasamos frente a la isla Centinela, en la provincia del Neuquén, que se trataba de un afloramiento donde se habían desarrollado cipreses y coihues. Pero la importancia de la isla era que allí se hallaban los restos de Francisco Pascasio Moreno, quien por sus conocimientos de la región fuera nombrado perito de la Comisión de Límites entre Argentina y Chile, logrando retener para nuestro país mil ochocientas leguas cuadradas de tierras. El Perito Moreno consideraba que “un niño con barriga vacía no podía aprender a escribir la palabra pan”, por lo que creó comedores escolares costeados por él con el dinero recaudado por la venta de parte de las tierras que el gobierno argentino le otorgara como reconocimiento por su trabajo durante el arbitraje. Los demás terrenos los donó para la creación del Parque Nacional Nahuel Huapi. Y en homenaje a quien fuera el propulsor de otros proyectos de bien público, las lanchas aminoraban la marcha y hacían sonar su sirena, mientras los guías indicaban a los turistas que pusieran sus ojos en una cruz blanca que se divisaba a la distancia.

 

 

Isla Centinela, donde se hallaban los restos del Perito Moreno

 

 

Navegando por el brazo Blest sobre el límite entre las provincias de Río Negro y Neuquén

 

 

Continuamos navegando por el brazo Blest, donde se hallaba el punto de máxima profundidad medido hasta el momento, que alcanzaba a cuatrocientos cincuenta y cuatro metros. Cada uno de los brazos del lago Nahuel Huapi era el producto de una falla tectónica.

Desembarcamos en el Puerto Cántaros, en el extremo oeste del brazo Blest, y prontamente nos internamos en la selva valdiviana por un sendero escalonado que nos llevaría hasta la cascada de los Cántaros.

Si bien yo ya conocía el lugar, lo había hecho bajo lluvia o nieve, ya que se trataba de un microclima, el más lluvioso de la Argentina, donde caían 4000 mm distribuidos a lo largo de trescientos días al año, en forma de garua, permanente y suave. Aunque toda la región del Nahuel Huapi tuviera buen tiempo, generalmente estaba lloviendo o nevando en Puerto Blest y el lago Frías. Ese hecho explicaba la presencia de la selva valdiviana, y a la vez, que dicho bioma tuviera la capacidad de absorber semejante volumen de agua sin que causara inundaciones. Y en esa oportunidad, si bien el sol no nos acompañó en forma permanente, pudimos hacer una extensa caminata sin los inconvenientes que ocasiona la lluvia.

Eran alrededor de setecientos escalones los que conducían al lago Los Cántaros, pero nosotros solamente llegamos a la mitad, ya que si bien hubiésemos podido acceder a Puerto Blest mediante una lancha, optamos por hacerlo a pie a través del bosque, y si continuábamos subiendo escalones, no nos daría tiempo para encontrarnos a tiempo con el resto del contingente. Así que nos conformamos con llegar hasta los miradores de la Cascada de los Cántaros, y desde allí comenzar a bajar.

 

 

Martín mirando los pájaros mientras Ludmila y Laurita jugaban a “sostener” el tronco del árbol

 

 

Pasarelas y escalinatas rumbo a la cascada de los Cántaros

 

 

Raíces superficiales en medio del bosque

 

 

Diversidad vegetal y lianas en la selva valdiviana

 

 

Cascada de los Cántaros

 

 

Ludmila, Laurita y Martín en uno de los miradores de la Cascada de los Cántaros

 

 

Martín, Ludmila y Laurita en la pasarela

 

 

Y comenzamos el descenso…

 

 

Ludmila constatando la resistencia de las lianas

 

 

Cuando regresamos a Puerto Cántaros comenzamos a caminar por la senda que lo unía con Puerto Blest. No quería perder esa oportunidad porque cuando llovía o nevaba no siempre era posible hacerlo ya que el camino era de tierra y, además de convertirse en un barrial, en muchos lugares las raíces o los troncos caídos dificultaban la marcha.

 

 

 

Laurita y Martín por la senda que unía Puerto Cántaros con Puerto Blest

 

 

 

Coihues, cañas de coihue, cipreses, lianas y enredaderas en este maravilloso bosque

 

 

Ludmila en medio del bosque

 

 

Laurita, Martín y Ludmila en un puente colgante

 

 

El río de los Cántaros nacía en el lago homónimo y desaguaba en el Nahuel Huapi

 

 

Las aguas del río arrastraban con fuerza a las rocas

 

 

Ludmila haciéndose la forzuda

 

 

Cañas de coihue durante un trecho

 

 

Cañas de coihue cubriendo el camino

 

 

Helechos, musgos y hongos productos de la gran humedad ambiente

 

 

Los musgos del tronco impidieron que nos sentáramos a descansar

 

 

Vegetación enmarañada en el sotobosque

 

 

Entre los árboles pudimos divisar la bahía Blest

 

 

Árboles de gran porte

 

 

Utilicé una de las cañas como bastón para ayudarme en la travesía

 

 

Debíamos tener cuidado para no resbalarnos a causa de los guijarros sueltos

 

 

Martín y Laurita se entusiasmaron con la caminata y se adelantaron demasiado, mientras que Ludmila y yo, nos detuvimos observando plantas y tomando fotografías. Y de pronto, el camino se bifurcó y Martín y Laurita no nos esperaron por lo que no sabíamos si habían continuado por el bosque o por la playa. Así que tuvimos que tomar una rápida decisión y elegimos bordear el lago. Pensamos que desde allí podríamos divisarlos, pero la exuberante vegetación impedía ver el otro camino. Y al tratarse de una playa de guijarros, se nos clavaban en las suelas y nos hacían perder estabilidad por estar sueltos, por lo que nuestra marcha fue mucho más lenta que por el bosque, y los tobillos comenzaron a dolerme una barbaridad.

 

 

 

 

 

Ludmila en el puente de la desembocadura del río de los Cántaros

 

 

El río de los Cántaros depositaba muchos guijarros en la playa de la bahía Blest

 

 

Se nos dificultó la caminata por la presencia de los guijarros

 

 

A lo lejos se divisaba Puerto Blest

 

 

La flor de amancay realzaba aún más el maravilloso paisaje

 

 

Al llegar a Puerto Blest, encontramos a Martín y Laurita cómodamente sentados en una de las mesas que había al aire libre esperándonos para que compráramos algo para merendar. De hecho, en ningún momento se habían preocupado por nosotras.

En un micro nos llevaron a Puerto Alegre que se encontraba a tres kilómetros de allí, para navegar el lago Frías, característico por sus verdes aguas y paredes muy escarpadas cubiertas de vegetación en todas sus márgenes. Como los demás lagos de la región, el Frías era de origen tectónico-glaciario, presentando forma de óvalo con orientación norte-sur.

En el extremo sur del lago se encontraba el Puerto Frías, un paraje que contaba con un muelle, un puesto de la Gendarmería Argentina y una Oficina de Migraciones, ya que desde allí se podía cruzar a Chile por el paso Pérez Rosales.

 

Río Frías

 

Embarcaciones amarradas en Puerto Alegre

 

 

Martín, Ludmila y Laurita al embarcar en Puerto Alegre

 

 

Laurita y Martín navegando por el lago Frías

 

 

Nacientes de los arroyos en las laderas de los Andes Patagónicos

 

 

Fue muy plácida la navegación por el lago Frías. Y en determinado momento divisamos el cerro Tronador, con sus tres picos, el argentino, el del límite y el chileno. Luego apreciamos los sedimentos que un río depositaba en el lago, y nos acercamos a Puerto Frías aunque no desembarcamos allí.

 

Vista del cerro Tronador,

a la izquierda el pico argentino, en el centro el del límite, y a la derecha el chileno

 

 

Sedimentos depositados por un río en su desembocadura en el lago Frías

 

 

Puerto Frías, denominado así en honor a Félix Frías

 

 

Vegetación diversa y exuberante en una cuña de la selva valdiviana

 

 

Yo había entusiasmado a los chicos con que íbamos a pasar por el paredón del eco, desde donde los pasajeros de las lanchas gritaban para poder probar ese fenómeno físico; pero nos encontramos con la novedad de que había sido prohibida esa práctica desde poco tiempo atrás para no espantar a los cóndores que habían llevado para repoblar la zona.

 

Paredes muy escarpadas y vegetación llegando al lago

 

Paredón del eco

 

 

Martín admirando el verde paisaje

 

 

De vuelta en Puerto Alegre pudimos observar los perfiles de suelo

 

 

Y bordeando el río Frías regresamos a Puerto Blest

 

 

Laurita, Ludmila y Martín junto al pabellón argentino en Puerto Blest

 

 

Martín, Ludmila y Laurita a punto de embarcar en Puerto Blest

 

 

Ludmila y Laurita navegando por el Nahuel Huapi rumbo a Puerto Pañuelo

 

 

Martín no se privó de una lágrima durante la navegación

 

 

Ya en Puerto Pañuelo tomamos el colectivo de línea hasta el Centro y finalizamos ese día excepcional cenando en la fonda de la calle Rolando.

 

 

Ana María Liberali

 




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